Una campaña electoral se parece a un certamen de relato corto que espera ganar el que miente mejor. De la reivindicación de los prodigios obrados y de la promesa de los que se obrarán el público menos ingenuo suele descontar un alto porcentaje de mala literatura hecha con buenas intenciones:de ahí el cínico aserto de que las promesas electorales solo comprometen a quienes se las creen.
La soledad peor comprendida no es la del portero ante el penalti ni la del corredor de fondo, sino la del regateador. El extremo o el delantero de talento que atesora la destreza del drible y la fantasía del amago no solo debe regatear a los defensas más enconados sino al propio fútbol moderno, dominado porla pedagogía castrante de la pizarra. A medida que este juego se aleja de la infancia de su propia historia se vuelve más igualitario, más progresista, más aburrido. En el patio del colegio el bueno apenas necesita cinco segundos para destacar, pero su habilidad solo representa un insulto para los padres de los niños del equipo rival; dentro de la cancha los chavales aceptan con naturalidad que el bueno exista, que sea elegido capitán, que juegue siempre, que chupe y que lidere. El sentido de la jerarquía es natural en los niños, si bien no hace falta leer El señor de las moscas para reparar en sus oscuras contraindicaciones.
Para que no le acusen a uno de antisanchista superficial, como si lo fuera por moda y no por convicción, viraré el foco de la persona a su obra.
La obra política del sanchismo recibe entre los académicos el nombre de polarización, fenómeno moral que adopta la forma de paja en el ojo ajeno, ojo que por definición pertenece a un facha. Como lamenta un politólogo de cámara en una de las geniales viñetas de Daniel Gascón, no estaríamos tan polarizados si todos pensáramos igual que el Gobierno. En consecuencia, la solución que propone la ciencia política independiente con base en Ferraz para acabar de una vez por todas con la polarización es la autocracia. La evidencia empírica de esta fórmula reside en las Cortes franquistas, que al decir de nuestros mayores eran una balsa de aceite: ni un grito ni una mala cara ni una camiseta con mensaje. Cero por ciento de polarización, oiga.
El partido de Miguel Ángel Blanco tuvo que escuchar este martes, de boca de un presidente socialista, que «hizo lo imposible» para que ETA durara más. Claro que no es un presidente socialista cualquiera, sino el único que acordó su investidura, sus presupuestos y sus leyes y decretos con los herederos políticos de la mafia. Claro que no es una mafia cualquiera, sino la única que justificó el estallido de nucas y la amputación de piernas porque así lo exigía ser muy vascos y ser muy de izquierdas. Y claro que esta no es una legislatura cualquiera, sino la única que ha logrado completar el vuelco ideológico y afectivo del PSOE, su desnaturalización constitucional, su empoderamiento cainita: mejor, mil veces mejor Otegi que Feijóo, porque Arnaldo al fin y al cabo es progresista. Un tal Pedro Sánchez Pérez condujo a la presunta izquierda de Estado a un territorio moral desconocido, varios pueblos más allá de las fronteras del 78, y ese es un lugar del que ya no se vuelve.
A este cronista le dijo una vez Pedro J. Ramírez: «Federico cree que la izquierda es mala y que la derecha es tonta». A esa conclusión solo se llega después de militar en ambas y conocerlas a fondo. En El retorno de la derecha -pronto best seller- la voz más influyente de la derecha española desde la Transición repasa las siglas de la no izquierda -UCD, AP, PP, UPyD, Cs, Vox- para constatar su adecuación o su traición a los principios inmutables de su base social, que hoy espera ganar la batalla contra el sanchismo.
Afirmas que todos los problemas de la derecha se resumen en que los representantes no se reconocen en los representados y viceversa. ¿No pasa lo mismo en la izquierda?
No, porque la derecha ha cambiado hasta nueve veces de partido. La izquierda tiene al PSOE y a los comunistas. El bloque numérico de la derecha social no ha cambiado: son 10, 11 millones desde la Transición. ¿Qué es lo que cambia? La derecha no cree en la política profesional. Cree en la familia, la nación, la propiedad, la Historia de España, la religión o al menos la tradición religiosa, cosas más de sociedad civil que política. Pero tiene una idea instrumental de los partidos. El problema es que en la derecha se instala una negación de su pasado, que no viene del alzamiento de Franco sino de antes: del sectarismo republicano. Las raíces de la derecha están en aquella vivencia traumática, y en cómo luego los mataban por ir a misa o les quitaban lo que habían heredado de sus padres. ¿Cómo no va a tener derecho a existir y a gobernar media España? Y esa injusticia, convertida en terror ya en la guerra, explica que la derecha se entregara a Franco. Dicen, vamos a dedicarnos a la familia, a lo nuestro, a rehacer nuestra propiedad, se casan con los del otro bando, reanudan la vida fuera de la política. En ese sentido Franco les viene bien, pero al mismo tiempo que salva al enfermo lo escayola. Y cuando al escayolado le quitan la escayola en democracia, no puede andar.
No lo entiendes. Te falta imaginación o te sobra ingenuidad para entenderlo. Bilduno incluye en sus listas a asesinos -con su nombre en clave de asesino- a pesar de su pasado: los incluye gracias a su pasado. Los incluye porque una porción tristemente numerosa de la sociedad vasca lleva medio siglo reuniéndose en el txoko o en la herriko a celebrar el vuelo de aquel coche, y ese preso que logró escapar, y la nuca abierta de una fiscal demasiado confiada, y el extenso charco rojo que dejó aquel autobús reventado donde viajaba el enemigo. Porque las bases de Bildu siguen pensando que un guardia civil, un concejal del PP, un columnista de EL MUNDO, una maketa con el hijo que ya no caminará o un militante del PSOE de ayer -el PSOE que los combatía- es un fascista. Y matar fascistas es una hazaña militar que no debe caer en el olvido, que debe ser honrada con bienvenidas y cargos, que debe ser remunerada con dinero público. Esta es la confesada mierda que Bildu fabrica en sus sesos intestinales y fluye hasta sus listas electorales, y tú debes ser capaz de mirarla y de llamarla por su nombre de mierda. Debes leer el titular «Ortega vuelve a la cárcel» en la cara de la portavoz del partido cuyo voto ha sido decisivo para investir a Sánchez y mantenerlo en el poder hasta diciembre, y más allá. Debes reconocer que la monstruosa inclinación a romantizar la violencia todavía es patrimonio ideológico de la izquierda; pero no de la izquierda molotov de escrache y casa okupa, sino de la izquierda institucional que cogobierna una democracia europea y de la izquierda cultural que recompensa a una reputada escritora cuando lamenta la ética de Camus y rechaza el humanismo de Castellio: «Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino que es matar a un hombre».
Sabíamos desde Gide que con buenas intenciones se hace mala literatura, pero Yolanda Díaz nos está enseñando que con buena literatura se hace mala política. De la novela de aeropuerto al poema de polideportivo, la musa del Magariños incurrió en una dosis letal de cursilería.Ahora entendemos por qué prometía salud bucodental para todos y todas: se trata de combatir las caries que provoca el azúcar de su discurso. «¡Basta de que solo recurramos a la cultura en tiempo electoral!», exclamaba la oradora mientras recurría a la cultura en tiempo electoral. Cuando en un pico de hiperglucemia invocó el bien de la «res pública», la calavera de Cicerón rebotó de cólera contra las paredes de su tumba.
Incluirlo en la crisis habría supuesto un alivio inmerecido, un blanqueamiento. La crueldad de Sánchez es infinitamente más refinada: ha querido castigar a Marlaska no echándolo de este Gobierno sino manteniéndolo en él hasta el final. Exhibiendo el túmulo de cenizas desde el que apenas humea el hilo afónico de su voz, calcinado hasta los tobillos, con todo el pasado por delante. A quién puede juzgar mañana un espectro así en un tribunal que se respete a sí mismo.