Archivo de la etiqueta: el canon occidental

Francia declina, España sestea

Para humillar el orgullo de Francia antes no había más remedio que batirse bajo el sol de Bailén o cruzar la Línea Maginot por las Ardenas. Ahora basta con subirse a una scooter y presentarse en el Louvre a las nueve y media de la mañana por la fachada que da al Sena, elevarse en la grúa de una furgoneta de reformas, cortar la ventana con una radial, acopiar las joyas que quepan en la mano y salir zumbando por donde has venido aunque en la huida pierdas la corona de una emperatriz. No niego que el robo del Louvre sea de película, pero del cine quinqui.

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21 octubre, 2025 · 19:59

Salvar el planeta jodiendo cuadros colonialistas

De todos los futuros a los que puede aspirar el ser humano, ya hay que ser modesto para conformarse con un futuro vegetal. En este propósito late una superación del franciscanismo, que llamaba hermano al lobo, para terminar abrazando a la hermana encina, al primo poto o al cuñado cactus. Hemos visto vídeos de orientales fugados del frenopático que caminan a cuatro patas porque afirman haber descubierto su identidad canina y se han autodeterminado como perros. Pero se precisa una ascesis particularmente exigente para retrotraer la evolución del reino animal al reino vegetal. Ya se sabe que hay gente para todo: mientras unos fantasean con vivir del videojuego en Andorra, otros sueñan con poder hacer la fotosíntesis.

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18 octubre, 2025 · 9:10

Entrevista a Rüdiger Safranski

Decía Hannah Arendt que el pensamiento es la capacidad de hacerse compañía a uno mismo. Por eso Rüdiger Safranski(Rottweil, 1945) nunca está solo. Después de El mal, el pensador alemán publica Ser único (Tusquets), donde reivindica el individualismo liberal aupado sobre los hombros de los gigantes canónicos de la filosofía occidental, sin concesiones a la banalidad. Nos recibe en El Prado. Por fortuna ningún cuadro resultó rociado con puré woke durante la entrevista.

Usted afirma que el mal es el precio de la libertad. Pero quizá a la gente le cueste cada vez más pagarlo. Quizá prefiera aceptar la servidumbre, las zonas seguras de la corrección política, antes que enfrentarse al mal.

En Occidente disfrutamos de libertades garantizadas, pero en el seno de la sociedad en sí misma se observan intolerancias. Un ejemplo es el absurdo de la cultura de la cancelación, que es una limitación de la libertad provocada por moralistas sobreestimulados. Pero no es tan peligrosa porque nos podemos defender.

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1 noviembre, 2022 · 18:38

Anatomía de un guantazo

Lo primero es reconocer que el guantazo existe. Si llevamos la duda metódica a los extremos del escepticismo digital o de la conspiranoia sistemática, la ciencia moral resulta impracticable. Así que aplicaremos la navaja de Ockham a la hipótesis del montaje para ganar audiencia. Los hechos desnudos postulan a un presentador que asume los afilados códigos de la mordacidad, a una esposa agraviada por esos códigos, a un marido dispuesto a reparar la afrenta al viejo estilo y a la opinión pública mundial dividiéndose entre partidarios y detractores del sopapo. Todo esto sucede en Hollywood, matriz del poder blando americano. A juicio de Chris Rock, quizá no tan blando. Y desde luego, tampoco blanco.

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29 marzo, 2022 · 10:03

Tiziano os respeta

Todo empezó en Venecia, donde el 23 de febrero de 2020 se canceló el carnaval por primera vez en mil años y donde el 27 de agosto de 1576 murió Tiziano Vecellio, después de cambiar la historia de la expresión humana. La peste y el arte, la muerte y el sexo, la atonía y el color anudan la danza salvaje de nuestra condición en ningún sitio como en El Prado. Se expone al exponerlas a los ojos birojos de la pacatería interseccional, donde militan los entendimientos nublados por el humo de sus propias teas incendiarias. Pero Madrid se niega a ocultar su tesoro ni ante el virus ni ante la estupidez.

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8 marzo, 2021 · 11:55

Dos entrevistas

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El autor, postureando para la foto.

JORGE BUSTOS: «EL COLUMNISMO ES COMO EL MADRID: CUANTO MÁS LO ATACAN, MÁS SE IMPONE»

Ha llegado lejos en el periodismo sin claudicar ante los dogmas del maniqueísmo imperante ni tomar como objeto de culto el esnobismo estético de la cultura de moda. Aun conociendo sus epicentros, bordeando sus núcleos. Un riesgo que suma mérito y coherencia a su propuesta, ¿o no es tan dogmático el que abraza un precepto sin condición como aquel que piensa en que bajo tal sesgo todos son iguales, y renuncia la compañía? Jorge Bustos (Madrid, 1982) es un tipo tan desclasado y complejo que puede permitirse el lujo de triunfar en la página de la prensa nacional con lectores, que no es lo mismo que hacerlo con seguidores, o con palmeros. Una cultura poco común en su generación y una mirada original con la que abordar el diario de España son las claves de su personalidad. Una personalidad cuyo estilo incorpora lo mejor del ensayismo y del articulismo español. Y europeo. Occidental, vaya. De Steiner a Camba.

Bustos acaba de publicar, aunque escrito con diez años de antelación, Crónicas biliares –editorial Círculo de Tiza-, una recopilación de breves divagaciones, ensayos, reflexiones sobre sus circunstancias, con una caótica unidad de relación temática entre ellos. El estilo, algo más ampuloso del que ofrece en sus columnas de El Mundo, o el de aquellas lejanas crónicas y extensos artículos de Zoom News, Jot Down o Revista de Libros, acaso sorprenda al lector habitual. No es defecto o inconveniente, aunque la forma varía respecto del Bustos de hoy, el fondo se mantiene idéntico: depuración y voluntad de estilo en la elaboración de la prosa y fino pensamiento en su envoltorio.

Con Bustos no se habla, se conversa, y a pesar de que no somos primerizos en el asunto, el respeto se impone. También la certeza de saber que cualquier respuesta generará ironía, sapiencia, gusto, agudeza: un buen rato para el lector. “Lo que no puede uno ser, si es que ama la placidez, es periodista, porque a todos les gusta matar al mensajero”, escribe Jorge Bustos en una de las páginas de Crónicas biliares. Y con el ánimo de rechazar la comodidad, con ganas de que maten al mensajero, nos acercamos a su encuentro.

–Este libro lo escribiste a los veinticinco y lo publicas metido ya en la treintena. ¿Te reconoces en sus páginas?

Ese ha sido el reto. Desempolvarlo, releerlo y podarlo para adaptarlo a mi yo actual, pero con dos premisas: no añadir nada y respetar mi voz de entonces. Eso supuso preservar algunas páginas que no me representan, ni por pensamiento ni por estilo. Pero también descubrí que, en algunos aspectos, yo era mucho mejor que ahora. Ha sido un ejercicio inquietante, a veces claustrofóbico, a veces entusiasta.

–Pueden darse dos opciones: o que naciste viejoven o que no has madurado desde entonces. Creo que es lo primero. Y que presumes de ello.

Un viejoven está exonerado del deber de madurar, de modo que la primera opción excluye la segunda. Y sí, yo fui educado para prescindir de las vergonzantes gilipolleces de la adolescencia. Y lo hice. Luego he ido conciliando, como Benjamin Button.

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BUSTOS: UN LEÓN EN EL CUERPO DE UN GATITO

Crónicas biliares (Círculo de Tiza), el tercer libro de Jorge Bustos es, a la vez, la explicación y el negativo fotográfico de todo lo que hemos leído hasta ahora de su autor. Es la explicación porque cuenta de dónde salió Bustos con sus obsesiones y sus temas. Y es el negativo porque el dibujo se reconoce pero los blancos y los negros aparecen del revés.

Hace 10 años, cuando escribió Crónicas biliares. Bustos tenía veintitantos y hacía periodismo por carreteras secundarias. Se sentía como un león encerrado en el cuerpo de un gatito y escribía en casa, de noche, porque algo tenía que hacer con sus delirios de grandeza. «Veamos. Había terminado la carrera de Teoría de la Literatura dos años atrás; tenía la cabeza infestada de teorías estéticas, novela de vanguardia y autores europeos ilegibles a los que quería parecerme. Pero mi lado pragmático me había inducido a huir de la academia y meterme en el periodismo, lo que ya entonces, año 2007, era difícil. Solo encontré hueco en un periódico local con sede en Vicálvaro».

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27 junio, 2017 · 10:33

Sin palabras

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Mark Thompson, periodista.

El hoy presidente de The New York Times antes fue director de la BBC, así que algo sabe sobre lenguaje político. Personalmente, no he leído un ensayo sobre la decadencia de la retórica democrática tan desalentador y a la vez esperanzado desde Fuego y cenizas, de Ignatieff. Como él, Mark Thompson (Londres, 1957) combina el tono confesional y la reflexión profunda con ese compromiso casi patrimonial respecto de la democracia que solo poseen los anglosajones. Su estilo es tan claro como su pensamiento, lo cual no significa simple, porque maneja con soltura una erudición pertinente que le permite remontar la genealogía del nuevo populismo hasta la sofistería antigua, para que el lector constate que todos los peligros están advertidos hace tiempo.

Que la corrupción del lenguaje -la escisión entre el signo y la cosa- precipita la democracia hacia la tiranía es algo que ya identificó Tucídides en la frivolidad ateniense o Salustio en Catilina, célebre populista que tuvo la mala suerte de topar con Cicerón. Pero son Aristóteles y Orwell las referencias más constantes de este libro. El primero porque su división del discurso público en logos (argumento), ethos (carácter del emisor) y pathos (estado de ánimo del receptor) no solo no ha perdido vigencia sino que facilita el diagnóstico: la eficacia emocional ha desplazado el debate racional en nuestras democracias. El segundo, porque desenmascaró la negación del principio de no contradicción que sustenta toda propaganda totalitaria. Y la dictadura no es más que la degeneración de la democracia a través de la demagogia.

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17 abril, 2017 · 11:52

Cameron de su Isla

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Keep calm and Britannia rules.

La Unión Europea es la única utopía que nos gusta, precisamente porque sus cautelosos fundadores no partían del adanismo sino del escarmiento. De la guerra, que es otro de los nombres del nacionalismo. La construcción europea avanzó con lentitud, como la ciencia lo hizo en medio de la superstición, pero la historia no es lineal y sirve recaídas oscuras: Grexit, Brexit, radicalismos al norte, populismos al sur.

-La UE no funciona porque sus ciudadanos no nos sentimos europeos -se dice.

Y quizá el sentimiento nacional no sea tan elástico como para apiadarse del destino de un ucraniano o alegrarse por la pacificación balcánica. Kissinger advierte que el orden salido de Wetsfalia, que acuñó la medida natural del Estado-nación soberano, se resiste al universalismo democrático con que soñó Kant, siempre tan optimista. El europeo es primero francés, primero alemán, primerísimamente inglés. Y el español mira a Europa para pedir su subvención. Todo el capital unificador que acopiaron Schumann y Adenauer hoy lo distribuyen apenas la Champions y Eurovisión.

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22 febrero, 2016 · 12:15