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El urgente ideario de Miguel Mihura

Cuando Mihura estaba a punto de nacer, Madrid no estaba inventado todavía, y hubo que inventarlo precipitadamente para que naciese Mihura y para que naciese otro señor bajito, cuyo nombre no recordamos en este momento, y que también quería ser madrileño.

Así empieza Mihura sus imprescindibles Memorias, libro que conservo en una urna hipobárica sobre mi estantería y que extraigo con mucho cuidado en momentos de confusión o tristeza para recuperar de inmediato el gusto por la vida y la indulgencia hacia el género humano. Porque Miguel Mihura no es sólo el comediógrafo español más importante del siglo XX sino un prosista genial de una ternura y un divertimento nunca convencionales, y yo creo que su genio no tiene nada que envidiar al de Salinger, por ejemplo, aunque a los oídos beatos del papanatismo español este ponderado juicio suene a herejía.

En estos momentos una de sus mejores comedias, Maribel y la extraña familia, ocupa la cartelera del Teatro Infanta Isabel, y todos ustedes harían muy bien en ir a verla porque el reparto es excepcional –no hay actores ni actrices guapitos de tele contratados para reclamo comercial, y la calidad interpretativa se beneficia decisivamente de esa bendita ausencia– y porque el texto es de Miguel Mihura. La comedia insiste en los temas obsesivos del escritor, pues un escritor sin temas obsesivos está siempre muy cerca de ser un farsante: la denuncia de la hipocresía burguesa, el desafío a las convenciones sociales, la postulación de la alternativa epicúrea, la búsqueda de una ética libre del individuo en un siglo de morales colectivas y la proposición del humor y la piedad como lenitivos artísticos para la crudeza de la vida. No pueden ser temas menos originales, lo cual garantiza que son honestos. El mérito estriba en la amable ironía de su tratamiento, que sólo al final de su vida dejó que se deslizara por la torrentera de la sátira; en la bondad sublimada de los personajes, cuya idealizada factura sirve para combatir la misantropía que aquejaba al propio dramaturgo y a la cual buscaba antídoto en la ficción; en la introducción de recursos vanguardistas que anticipan en décadas el teatro del absurdo cuyo estandarte se apropiarían después Artaud, Beckett o Ionesco, con el precursor inclasificable de Alfred Jarry. La fascinante Tres sombreros de copa (1932) compite en la misma liga en que juegan las obras de estos nombres extranjeros, con la ventaja a mi juicio de un romántico sentido de humanidad, una especie de última calidez franciscana que brilla por su ausencia en la dramaturgia europea del XX, presidida por el escepticismo o directamente por el existencialismo. El personaje de Maribel repite ese arquetipo mihuresco entre lo alocado y lo candoroso, mezcla de mundanidad e inocencia que había inventado con la deslumbrante Paula de Tres sombreros de copa (y que se me ocurre emparentar con la dulce Irma de Billy Wilder). Maribel es prostituta y Paula una vedette de music-hall, y sin embargo ambas reservan no se sabe dónde una pureza de corazón que el atolondrado protagonista masculino termina pulsando, desanudando poéticamente. Y el espectador burgués, en lugar de escandalizarse, termina la función sinceramente conmovido. En ese efecto consiste la maestría inmarcesible de Mihura.

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26 agosto, 2013 · 11:47

La exquisita alegría de ser Salvador Dalí

A Dalí (Figueres, 1904 – Figueres, 1989) le habría gustado mucho enterarse de que la completísima exposición a él dedicada en el Museo Reina Sofía está salvando del cierre a los locales de la zona. Aquel hijo rebelde del surrealismo, a quien el patriarca Breton –en perfecto anagrama de las letras que forman el nombre de Salvador Dalí­– rebautizó como “Ávida dollars”, nunca se avergonzó de su fortuna astutamente amasada, de su olfato fenicio, de su pionera encarnación del artista capitalista en la ya convencional tipología del escandaloso calculado. Dalí es otro de los nombres del éxito, y él hizo que el éxito y el narcisismo resultaran tan artísticos como el malditismo y la bohemia autodestructiva.

A Breton y a Orwell les cabreaba profundamente el individualismo irreductible de Dalí en tiempos de grandes causas colectivas, fueran éstas el marxismo o el socialismo (y más adelante la misma democracia, frente a la que el pintor de Figueres se declaraba anárquico-monárquico metafísico). Sus guiños manifiestos a Franco y su incalculable legado testado a favor del Estado español y no de la autonomía catalana terminan de convertirlo en un artista incómodo para la izquierda orejera y para el aldeanismo institucional que rige su tierra. Pero tratar de encorsetar a Dalí en las tumefactas taxonomías de la crítica engagé o pretender ahormarlo a los propósitos propagandísticos de la política de barretina no es menos disparate que subir el zapato de tu mujer a una balanza adornada y llamar a la ready made “Objeto objeto escatológico de funcionamiento simbólico”. Con Dalí ni se puede ni se podía contar para ningún empeño social que tratase de involucrar a más de dos personas: el genio y su musa, o sea, Gala. “La lucha contra el mundo moderno tiene que ser solitaria. Donde haya dos hay traición”, escribió Gómez Dávila, y Dalí, que presumía de no tener un solo amigo porque Gala colmaba toda la potencia afectiva de su corazón, no luchaba contra el mundo moderno sino que más bien ampliaba sus márgenes para hacer hueco en él a su disparatada egolatría. En estos tiempos de socialdemocracia espiritual –una forma de pacatería supletoria y simétrica del pietismo santurrón­– que glorifican la humildad de los que no pueden ser otra cosa que humildes, Dalí nos señala el santo camino de la autorreferencia:

–Cada mañana, cuando me levanto, experimento una exquisita alegría, la alegría de ser Salvador Dalí, y me pregunto entusiasmado: “¿Qué cosas maravillosas logrará hoy este Salvador Dalí?”

Claro que es un camino sólo transitable por algunos elegidos, y en la im-pres-cin-di-ble entrevista concedida a Soler Serrano el propio genio rizaba el rizo de la modestia vanidosa:

–A medida que me admiro más, encuentro que soy una real catástrofe. Si hubiera dos mil Picassos, treinta Dalís o cincuenta Einsteins, el mundo sería prácticamente in-ha-bi-ta-ble. Pero que nadie se espante: no los hay.

No los hay, y por eso veneramos a los pocos que afloran. ¿Pero por qué la modestia en Dalí habría sido pecado? ¿Por qué suspendió el examen de graduación en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando –enojando mucho a su freudiano padre– al negarse a desarrollar el tema de Rafael ante un tribunal de tres catedráticos, alegando que él sabía más sobre Rafael que los tres miembros del tribunal juntos? Pues porque, efectivamente, sabía más. Todo el genial invento de la personalidad de Dalí se sustenta en un talento nato para el dibujo, una dolorosa hiperestesia, una técnica superdotada, un estudio obsesivo de los maestros del Renacimiento italiano y del Barroco español, una imaginación densísima, una formación intelectual de primer orden. Sin nada de eso, Dalí se habría quedado en Damien Hirst o en cualquier otro payaso del star system museístico posmoderno.

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14 agosto, 2013 · 12:23

Daliniana de Bárcenas con gaviota al fondo

«Los que me conocen saben que no soy un paranoico», ha declarado Pedro J tras denunciar un operativo de anacletos que le habría montado Jorge Fernández por esa molesta vocación de albacea que el director de El Mundo tiene contraída con Luis el Cabrón. Y aunque lo fuera, ya sabemos que ser un paranoico no significa que no te sigan.

La paranoia tiene una tradición muy rica en España. Prácticamente no se puede ser un gran periodista español sin denunciar seguimientos y ahí tenemos a José Luis Gutiérrez, que avistaba agentes del moro en cada terraza de la Castellana, lo que no quiere decir que no los hubiera. Como el periodismo, también el arte español –ambas disciplinas se ocupan de la realidad tanto como de la ficción– ha dado grandes paranoicos, siendo Dalí el más científico de todos ellos:

–La paranoia es mi misma persona, pero dominada y exaltada a la vez por mi consciencia de ser. Mi genio reside en esta doble realidad de mi personalidad; este maridaje al más alto nivel de la inteligencia crítica y de su contrario irracional y dinámico. Mi método consiste en explicar de forma espontánea el conocimiento irracional que nace de las asociaciones delirantes.

¿Es delirante la asociación entre Bárcenas, Rubalcaba y Pedro J? Tiene toda la pinta. ¿Significa eso que todo conocimiento que nazca de semejante alianza ha de ser irracional? Ah, amigo, eso deberá dirimirlo Pablo Ruz, cuyo flequillo moriría por pintar Dalí, por supuesto sobre el rostro de Gala.

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4 agosto, 2013 · 11:07

La pícara comezón de desollar al prójimo

El insulto es uno de los géneros más exigentes de la literatura y requiere enormes dosis de tacto y refinamiento intelectual. Lo escribí hace unos meses, añadiendo que insultarse está hoy mal visto en España, del mismo modo que está mal visto ganar el Premio Nobel o ameritar un crédito ICO. Si no hay talento para escribir grandes novelas ni guiones luminosos de cine español, tampoco iba a haberlo para insultarse con sabrosa malignidad, y la invectiva pública, tan fastuosamente cultivada por el español desde tiempos de Marcial, decae como cualquier género literario víctima de la revolución tecnológica y la crisis educativa, que es como decir de la falta de lecturas del personal. Twitter nos facilitó los mimbres para levantar un poco el rendido pabellón del denuesto, pero los resultados son más bien descorazonadores. Hay pocos trolls verdaderamente creativos. Y como la gente ya no sabe injuriarse con buen gusto, las asociaciones de prensa, en vez de impartir cursos de formación en maledicencia ilustrada, han resuelto condenar el insulto como una práctica bárbara, ignorando su importancia motriz en la fundación y desarrollo de la institución. El periodismo se inventa para meterse con los demás; de qué todo este rollo, si no.

Para calibrar la desoladora distancia que nos separa entre lo que fuimos y lo que somos, basta leer un libro rigurosamente descatalogado que conseguí por la benemérita mediación de Iberlibros. Se trata de La linterna de Diógenes, de Alberto Guillén. Ustedes no habrán oído hablar de él por esta misma moda de denostar al denostador que vengo denunciando. Pero es el clásico de historia literaria española mejor escrito del siglo XX y el muestrario de vanidad letraherida más fascinante y divertido que he leído en mi vida. No he podido dejar página sin subrayar. Es un libro que justifica no una tesis, sino una cátedra de literatura hispánica. Es un perdurable monumento a la fatuidad irredimible de los hombres de letras, un Machu Picchu de la sátira venenosa, un reguero monstruoso de ídolos caídos, una cumbre de la vis cómica a la altura de Aristófanes y Quevedo escrita por un emigrante peruano de 23 años en la escena literaria madrileña dominada por los ismos y las generaciones del 14 y del 98. El buen juicio de Alberto Olmos comparte aquí el descubrimiento definiéndolo con tanta plasticidad como tino: “un rayajo de coca para los lectores de la toxina literaria”.

Alberto Guillén, que solo por esta obra ya discute a Mario Vargas Llosa la primogenitura literaria de la ciudad de Arequipa (donde había nacido en 1897), se plantó en Madrid en 1920 ahíto de arrogancia juvenil, dispuesto a situarse como uno más entre los grandes literatos españoles y a ceñir el laurel del éxito sonoro en la antigua metrópoli. La ambición fantasiosa es habitual en veinteañeros altivos; lo que no suele suceder a esa edad es que además la acompañe una erudición clásica, un estilo maduro, un vocabulario fecundo, un control pleno del tono y el humor, un dominio ciertamente insultante del retrato psicológico, un talento en suma tan cuajado como el que derrocha el autor de La linterna de Diógenes.

Guillén estaba dotado de un talento singular y de una vívida conciencia de la singularidad de su talento, dejémoslo en egolatría justificada. Ocurre que la egolatría es la primera instancia de la decepción. Cuando esta llega, algunos se deprimen y otros se vengan. “Su faz apuñaladora era faz de hombre sanguinario, que ha asistido al sacrificio de los imbéciles en el ara de los sacrificios. (…) Estaba borracho de orgullo y tuvimos cuidado con él como con los borrachos de vino. (…) Pronto me di cuenta de que tenía talento, y talento peligroso”, rememora Gómez de la Serna, que aceptó al peruano en la sagrada cripta del Café Pombo. Guillén frecuentó tertulias y aduló a los mandarines del momento; en Madrid logró publicar tres poemarios pero traía ideas demasiado miríficas sobre la generosidad de la Madre Patria y no encontró otra cosa que el eterno mundillo infatuado de ayer y de hoy, admirable solo en las obras y ruin en los caracteres, despreciativo de cuanto ignora, cerrado a corrientes foráneas que amenacen su prestigio arduamente erigido sobre obediencias debidas y colegas descabalgados. Pero antes de salir de aquí sacudiendo el polvo de las sandalias, decidió que aquella corte de ingratos pavos reales se acordaría de él. Y vaya si se acordaron. “Guillén pasó por España como el simún por el desierto”, exclamaría el venezolano Rufino Blanco-Fombona recordando el fenomenal escándalo que siguió a la publicación de La linterna de Diógenes.

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8 julio, 2013 · 14:43

Juan de Ávalos y los malos tiempos para la épica

Franco le pagó 300.000 pesetas por su trabajo escultórico en el Valle de los Caídos, y aunque Juan de Ávalos era republicano y socialista de carné –el número 7 de la agrupación de Mérida, en concreto–, aceptando este encargo engrosaba sin saberlo el panteón simbólico de tantos abeles ejecutados en la desmemoria de esta España machadiana por donde cruza errante la sombra de Caín; y cuando ha terminado de cruzar en un sentido, da media vuelta y cruza en sentido contrario. Y así pasamos los siglos.

Confiaría Ávalos –como cualquier artista español que eligió no exiliarse entre 1939 y 1975– en que la posteridad le juzgara exclusivamente por el talento demostrado en su obra y menos por el más célebre de sus clientes, pero aún es muy pronto para que se le haga esa justicia. Hoy, a los ojos astigmáticos del establishment cultural sigue siendo el escultor del mausoleo franquista cuya notable Piedad se derrumba grano a grano merced al pánico rector del político contemporáneo, de uno u otro signo: el pánico a que le llamen fascista si acuerda una partida presupuestaria para restaurar la obra que corona la fachada de la Basílica del Valle de los Caídos.

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21 mayo, 2013 · 14:22

Guy Debord, el primer quincemista

“No hay que admitir las cosas, hay que hacer revoluciones”. Esta reducción a eslogan del marxismo se debe al ensayista y activista francés Guy Debord (París, 1931 – Bellevue-la Montagne, 1994), cuya influencia en la articulación ideológica del mayo del 68 resulta mucho más reconocible que la que pudo ejercer el existencialismo sartreano, con su notorio deje de burgués reciclado. Otra cosa es que Sartre supiera publicitarse mejor que Debord, quien era más coherente con sus ideas. Más pardillo, si quieren.

Ahora que la calle se prepara para acoger la kermesse heroica de un nuevo aniversario quincemista –y ojalá proliferaran para la ocasión tantas papeleras como ideas–, parece pertinente evocar el paradigmático caso del antisistema primigenio que devino autor sistematizado, o el apocalíptico jacobino que resultó finalmente integrado según la terminología acuñada por Umberto Eco en 1965. Solo dos años después –eran los sesenta y el pensamiento occidental bailaba una última danza lisérgica, entrechocándose las últimas utopías con alienaciones recién estrenadas, antes de ingresar en la debilidad crónica de la posmodernidad–, publicaba un título cuyo concepto axial compite con Marshall McLuhan en lucidez diagnóstica y lugarcomunismo académico: La sociedad del espectáculo. Vivimos en una sociedad del espectáculo regida por el consumo de masas donde el medio es el mensaje: esto es capaz de cacarearlo cualquier tertuliano sin haber leído jamás una sola página de Guy Debord o de McLuhan. Pero lo cierto es que el poder de impregnación por ósmosis da la medida del éxito de una idea, y un filósofo no puede aspirar a mayor gloria que la popularidad de sus tesis aun a costa de la de su nombre.

“Toda la vida de las sociedades donde rigen las condiciones modernas de producción se manifiesta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes se vivía directamente, ahora se aleja en una representación”, escribe Debord, quien como tantos marxistas sagaces acierta en los diagnósticos del capitalismo y equivoca trágicamente los tratamientos. ¿Quién puede negar que el desarrollo tecnológico y el imperio de la imagen nos sirvan bajo el pretexto de la comodidad una existencia vicaria, meramente simbólica, acechada por el fantasma de la alienación espiritual? ¿Cómo desmentir que el arte bascula entre la banalidad y la deshumanización, que las instituciones políticas se divorcian del sentir ciudadano y que el foco de los medios de comunicación airea todo escondite por el efecto multiplicador de las redes sociales? Si lo definitorio de un espectáculo es su condición ficticia, el plano de fingimiento verosímil que se alza entre la butaca y la escena, entonces habremos de convenir en que hoy padecemos una expropiación forzosa de la realidad que nos tiene de lo más insatisfechos. Indignados, incluso. Nos han vedado el acceso directo al mundo, todo nos llega mediatizado por lo espectacular, sea una pieza de informativo, un anuncio publicitario, un titular de prensa, una aplicación de smartphone. Distinguir el hecho de su relato no es que nos resulte arduo: es que ya nos resulta indiferente.

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15 mayo, 2013 · 12:27

Elogio del ‘mainstream’

Nadie salvo un cabeza de alcornoque ha escrito jamás por otra razón que no fuera el dinero. Eso dijo textualmente el doctor Johnson, depósito humano de la Ilustración inglesa, y el espíritu fenicio de Pla no se cansaba de citar en inglés tan abierta declaración de filisteísmo: «No creo que sea necesario traducirla por su inteligibilidad y su buen sentido», apostillaba. Por dinero, exactamente por unas birriosas 1.575 libras, compiló Johnson en solitario su célebre diccionario de la lengua inglesa de 40.000 entradas, la mayoría de las cuales viene ilustrada con citas de autores griegos y latinos.

De Johnson a Amy Martin, la columnista fantasma del PSOE, se traza toda la línea de la degeneración del intelectual en Occidente. La gráfica admite un empeoramiento trágico si le añadimos el eje temático que va de Píndaro, primer cantor de atletas en la Siracusa del siglo V antes de Cristo, al actual periodismo deportivo.

Recuerdo haber leído en una columna de Arturo Pérez Reverte la afilada teoría de un profesor amigo suyo a propósito de la espinosa postura del intelectual ante el dinero:

-La mayor desgracia que le ha sucedido al intelectual fue la alfabetización masiva. Cuando el pueblo era ignorante, el intelectual -el artista, el escritor, el hombre de pensamiento en suma- podía desarrollar todo su talento al servicio de un sibarítico mecenas que pagaba como la élite porque exigía como la élite. Pero cuando la masa aprendió a leer y reunió el poder adquisitivo que la caracterizaba ya como burguesía, el artista hubo de ponerse paulatinamente a su servicio para poder vivir, achicando los horizontes de su exploración estética si ese era el precio de la popularidad. La sociedad de consumo, la cultura de masas basada en el espectáculo no son sino el corolario natural del proceso.

La cita no es textual –y hasta es probable que la hayamos mejorado-, pero el espíritu es fiel, y parece veraz. Todo adolescente conoce (le va la vida en ello) la diferencia entre el burdo mainstream y el heroico underground. Luego, afortunadamente, crece y empieza a adivinar la porosidad estructural de esa frontera que creía impermeable. Empieza a darse cuenta de que algunos artistas supuestamente insobornables cultivan la semilla de su imagen indie en un patio marihuanero, donde fermenta bajo focos bien graduados, para luego poder recoger la cosecha en el mercado global, donde realmente cotiza el malditismo; y descubre también que artistas a los que inicialmente había despreciado por el presupuesto de sus videoclips y la amplitud de su público son capaces de tomar riesgos en su arte.

Se suceden las revelaciones: el público puede no ser siempre imbécil. El éxito puede no ser una maldición impura, sino una meta legítima. Nos resignamos a comprarnos la ropa en Inditex. Se puede decir entonces que hemos crecido. Aunque hay casos de gente que no crece, claro.

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13 mayo, 2013 · 14:32

¡Ay, Carmela!

Se prevé que en la tarde de hoy, cuando el carro de Faetón, hijo de Febo, emprenda ya en el cielo el descenso incendiario de su parábola cotidiana, un coro de luchadores prodemocráticos asedie la sede de la soberanía nacional pertrechada de consignas de Gramsci o en su defecto de palos de tundir lomos y lomos de reposar palos. Dijo Pascal que el hombre es una caña pensante, pero el esqueje autóctono del perroflautismo bolivariano prefiere la dialéctica inflexible del palo a la más ambivalente de la caña. No vas a darte a la mayéutica con un antidisturbios.

¿Podría la cultura replantar a nuestros ígneos antisistema en el sembrado institucional de las cañas pensantes? Depende de qué cultura, claro. El sábado pasado acudí al Teatro Reina Victoria para ver el musical ¡Ay, Carmela! -y no negaremos de momento que un musical sea cultura, aunque existe controversia académica al respecto-, cuyo desaforado sesgo republicano, en el sentido guerracivilista del republicanismo, yo daba por descontado sin necesidad de haber visto la película de Carmen Maura y Andrés Pajares. El musical ofrece un montaje ágil, música militar, pasodobles raciales, histrionismo cómico, énfasis melodramático como para que un churrero meta el palo y cobre diez metros de porra azucarada y, en definitiva, todo el bagaje sentimental del antifranquista a posteriori que es doctrina en vigor del establishment cultural español desde 1975, si no desde los primeros exilios de poetas. Yo todo esto lo presumía y no me alteró lo más mínimo, y lo pasé perfectamente bien. Habiendo nacido en 1982 y completado un cierto ciclo vital de lecturas contradictorias y viajes al fondo de la noche, uno contempla el apasionamiento ideológico como en el zoo las piruetas automatizadas de los delfines cuando no las pajas desvergonzadas de los babuinos, sin que tampoco acreditemos templanza como para prologar a Marco Aurelio. De hecho a veces me gusta piruetear en el agua; de lo otro no vamos a hablar ya.

Donde sobra corazón suele sobrar tragedia, Carmela.

Donde sobra corazón suele sobrar tragedia, Carmela.

Pero hubo un momento especialmente álgido del musical que me dio que pensar. Fue cuando un trío de trágicos caricatos -un franquista, un fascista y un nazi- ejecuta al unísono un número musical para el que demandó inocentemente el concurso de las palmas del público; detecté entre el respetable un rechazo pavloviano a seguir la orden, así fuera en plausible beneficio del espectáculo y la interactividad, esa lacra de los musicales. Pero las palmas solo tímidamente se arrancaron. En cambio, minutos después, cuando comparece Carmela arrebatada y envuelta literalmente en una tricolor –rojo, gualda, morado-, al público de toda edad le costó sujetarse en el asiento y prorrumpió en un brioso acompañamiento aderezado de vítores que salían del hondón de la conciencia de bando que en este país echa raíces coriáceas, de una longevidad desesperante, transmitida de padres a hijos. Por la otra acera lo mismo, ojo. Con lo saludable que es cambiar de bando de vez en cuando; y más, causar baja de todos y recortarse en solitario contra el crepúsculo, para el que pueda.

En el improbable caso de que el activista púber fuera al teatro, y de que se metiera a ver ¡Ay, Carmela! en el Reina Victoria –en la mismita Carrera de San Jerónimo-, dada su proverbial impresionabilidad habría salido derecho de allí a asediar el Congreso igualmente, pero al menos pertrechado de alguna munición ideológica. El drama de estos asedios quincemistas es que ya no los justifica la pátina cultural de un manifiesto decimonónico, una razón histórica o una adhesión sentimental a causa cierta. Aunque no sé si en esa carencia está el drama ciego de todas las revoluciones.

Hermanas en armas, que dirían los Dire Straits.

Hermanas en armas, parafraseando a los Dire Straits.

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