Todos sabemos que hay dos tipos de periodistas: los que explican el periodismo y los que lo hacen, que son la minoría. Hacer periodismo es más complicado que teorizarlo, y por eso quienes más lecciones dan son a menudo los que menos lectores tienen, básicamente porque su sacerdocio les quita tiempo para cosechar noticias o ideas propias y publicarlas.
El olimpismo, como las oposiciones o la selectividad, empieza a no ser de este mundo. Este mundo, medalla de oro en hipocresía, proscribe la competición y rinde culto creciente a la debilidad exhibida. Una farsa de igualdad que queda restringida a las tablas de la comedia humana; entre bambalinas, el personal sigue lo mismo que cuando bajó del árbol, maquinando el ascenso en la oficina, la casa más grande, el programa más visto, el cuerpo mejor operado. Eso somos gracias a Dios, quien por razones estrictamente evolutivas dijo hermanos pero no primos.
Mientras el compañero Pepefé Tezanos siga al frente del CIS, el rigor demoscópico tendrá que correr de nuestra parte. En esta sección estamos profundamente concernidos por los asuntos que preocupan a la gente, sobre todo en verano. Y nadie puede negar que, junto con la lucha de clases, la brecha generacional o los agravios interterritoriales, existen otras graves dialécticas que están dividiendo a los españoles. La nación se rompe hoy entre los partidarios del gazpacho y los devotos del salmorejo, y nos parece inexplicable que sobre esta dialéctica sopera no se haya fundado aún un partido populista. Pero también Errejón tiene que descansar de vez en cuando.
Al aproximarnos a los datos, sin embargo, descubrimos que en lo tocante a gazpachistas y salmorejistas la fractura no es tal: los primeros se imponen abrumadoramente. En todas las edades, en todos los sexos -en nuestra encuesta solo hemos consignado dos- y en todas las militancias. No hay discusión: la inmensa mayoría prefiere el gazpacho. Así que debo resignarme una vez más al bufido interior de mi espíritu de contradicción. Porque yo creo que comparar el gazpacho con el salmorejo es como como comparar una lapa con una ostra, la sidra con el champán, Morata con Mbappé. No es que el gazpacho sea malo: es que exige poco esfuerzo al paladar y pasa por él sin dejar mayor recuerdo. Es como esa sopa Childs con la que Camba comparaba a los autores de best sellers: «Su labor es principalmente eliminatoria, y no consiste en agradar a todos sino en no desagradar a ninguno. El día en que esa literatura tuviera algún sabor se convertiría en materia opinable, tan grata para unos como ingrata para los otros, y perdería la universalidad de que hoy goza».
Bustos es jefe de opinión del diario El Mundo y uno de los columnistas de referencia de la prensa española, amén de uno de los más claramente letraheridos.
Depositario y gestor de innumerables lecturas, y poseedor de una mirada poética que a menudo se ve forzado a sacrificar, o supeditar, a la crónica política, este año se dio el gusto de dar rienda suelta a su vocación más puramente literaria con ‘Asombro y desencanto’, un singularísimo libro de viajes por el París ilustrado y La Mancha de El Quijote.
Con anterioridad escribió ‘La granja humana’, ‘El hígado de Prometeo’, ‘Crónicas biliares’ y ‘Vidas cipotudas’, siempre en los márgenes del ensayo y lo literario. Bustos no oculta que fue educado en una familia conservadora católica y esa herencia, nunca negada, aflora por aquí y por allá en sus columnas y sus textos como instrumento de interpretación del mundo.
En esta entrevista habla con claridad de ese legado y de otros asuntos que conciernen al futuro del hombre en nuestro tiempo. Y en casi cualquier otro tiempo.
– Escribió ‘Asombro y desencanto’ para huir de la política, que monopoliza su actividad profesional. Pero más allá de sus circunstancias particulares, es verdad que la política cada vez lo invade todo más. Hay una creciente sensación de asfixia.
Pero no sé si no es culpa nuestra también. No es que unos malvados políticos nos estén obligando a dejar cada vez más espacio a su voracidad intervencionista. Es que somos los ciudadanos los que estúpidamente pedimos a la política más. El vacío moral, existencial, llámese decadencia, lo que provoca es que la gente tiene hambre de soluciones y se las pide a la política.
Los que nunca secundamos los juegos de manos de Iván Redondo tenemos el derecho a compadecerlo que no asiste a su descabezado séquito. Esa corte de políticos, empresarios y periodistas es corresponsable de su ruina, pero roto el hechizo del poder los cortesanos corren a borrar su número y a sustituirlo por el de Félix Bolaños. A rey muerto, rey puesto. Así funciona esto desde los godos, que dicen que ya no se estudian, y donde no hay memoria todo es novedad.
Esta matraca del año perdido, del paréntesis trágico. Como si 2020 no hubiera sido un año inolvidable, el primero que justificóel retorno de la historia a nuestra vida cuando a los primermundistas nos habían separado ya del ser y el tiempo, condenándonos a la periódica actualización de nuestras aplicaciones telefónicas. Un año que de verdad podremos llamar histórico sin incurrir en la inflación calificativa del periodismo.
Claro que comprendemos las ganas de cerrarlo, de engullir con las uvas el tránsito nervioso a un año nuevo, se supone que mejor. Pero si el mono asustado que somos dejó de serlo fue porque almacenó sus traumas y los transmitió en forma de cuentos, mitos y dramas, que son el encantador precedente de nuestros prosaicos reportajes de balance anual. No cometamos el error animal de desperdiciar 2020 cuando debemos estudiarlo, paladearlo, odiarlo y amarlo.
GómezTraseira, Macarena. Natural de Córdoba, 42 años. Un vástago nacido de cohabitación conyugal con varón. Actriz profesional.Complexión tendente al canon heteronormativo. Veganismo no acreditado. Considerando su cuna, no se descarta que le gusten o hayan gustado los toros.
Se le imputan afirmaciones fuertemente subversivas que elevamos a la consideración del comité de Desviaciones, Resabios y Rajadas Patriarcales de España: el DERRAPE, dependiente del Ministerio de Igualdad. «Estamos forzando el feminismo, hay un discurso del odio contra los hombres», ha asegurado Gómez en entrevista no encriptada, accesible por tanto a través del dispositivo móvil para cualquiera de nuestras criaturas. La interfecta profesa la igualdad entre mujeres y hombres, pero no cree que estos sean más tontos que aquellas. Se resiste a denigrarlos. Llevada de la imprudencia que nace al calor de las conversaciones mal vigiladas -dicho sea en su descargo, si procediere-, manifiesta incluso que las mujeres necesitan a los hombres. Al poco del alumbramiento -técnica de parto pendiente de averiguación: no se descarta el uso de analgésicos no naturales- dejó a la nueva criatura al cuidado del progenitor no menstruante para reincorporarse al trabajo, recibiendo por ello las dosis previstas de autocrítica colectiva digital. Reconoce haber fregado en su propia casa.
Todo vestidito de blanco, remataría un villancico sarcástico con su adicción. Pero lo que importa, a la vista de todas las identidades mendicantes que en la misma tarde del miércoles echaron a volar en círculos sobre el mito, es la pregunta.¿A quién pertenece Maradona? ¿A los tertulianos deportivos? ¿A los comunistas? ¿A la indignación de los aliados feministas? ¿A la camorra? ¿Al nacionalismo peronista? A cualquiera menos a sus deudos, porque los dioses no tienen familia. A quien de ningún modo pertenecía Maradona era al irrelevante Diego Armando. Eso fue así desde muy pronto -«Prefiero la gloria a la plata», declaraba en Boca- y eso fue lo que lo mató, según estaba escrito.