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Ancelotti, el italiano tranquilo

La ceja que ondula el camino.

La ceja que ondula el camino.

Cuando se anunció el fichaje de Carlo Ancelotti, fue el madridismo el que enarcó la ceja primero. Por supuesto que se le conocía, incluso se le valoraba vagamente, pero veníamos del ardor guerrero de Mourinho y se nos proponía la placidez mediterránea de Carletto. Los medios que creían haber ganado una guerra corrieron a bautizar al italiano como el Pacificador. Ancelotti hizo como que no se enteraba de nada, colocando la ceja un metro por encima del fuego mediático, y empezó a trabajar con fineza sobre la cuidadosa base dejada por su antecesor.

Hoy, el Madrid está clasificado como primero de grupo en Champions, está a tres puntos en Liga de un Barça en descomposición, promedia tantos goles a favor como en la mejor temporada de Mou y cuenta con una plantilla versátil y engrasada por las rotaciones que le permite apalizar al rival también sin Cristiano Ronaldo, del que se llegó a decir que con Carletto no volvería  ser el mismo.

Así que esta Navidad imaginamos al bueno de Carlo sentado en su sillón de orejas, paladeando una copa de Vega Sicilia y reposando la mano sobre la testa lanuda de su perro labrador, caso de que lo tenga, mientras murmura como Hannibal: “Me gusta que los planes salgan bien”.

No habrán salido bien hasta que nos lleve a la Cibeles, claro, pero no se puede negar que el balance es esperanzador. Las críticas, por supuesto, llegan con la regularidad acostumbrada tanto desde el Frente Popular de Judea como desde el Frente Judaico Popular. Que si todavía el Madrid no ha ganado a ningún equipo de entidad. Que si el dibujo táctico es demasiado cambiante y confunde a los hegelianos del pizarrín. Que si no pone a los canteranos, que si los pone demasiado. La olímpica ceja de Ancelotti sobrevuela todas estas objeciones y cuando al fin baja, baja con nieve, que son las canas de la experiencia de un hombre de fútbol con más callo que mano de pelotari. A Ancelotti será difícil cabrearle por otra cosa que por un despiste defensivo de sus centrales. Ha tratado con Berlusconi, con Abramovich y con un jeque de los de sandalia y turbante. No es que haya visto arder naves más allá de Orión: es que probablemente las ha apagado varias veces.

De Mourinho se contaban batallas campales en el vestuario a base de latas de Red-Bull, y de Guardiola se dató el distanciamiento con Messi a raíz de un capricho infantil de Coca-Cola. De Ancelotti, como mucho, se podrá escribir que se le ha derramado la tila. Ha conquistado un punto de su exitosa carrera en que se puede permitir algo revolucionario: la naturalidad. Si el equipo ha jugado mal y le piden autocrítica, responde que sí, que ha jugado mal. Si tiene que reconocer que le salió mal un cambio, lo reconoce. Y cuando hay que ponerse serio para defender a su jugador de la payasada de Blatter, se pone serio. A un tipo así solo puede vencerle el fútbol.

En El hombre tranquilo, John Wayne le aclara a Maureen O’Hara: “Entre nosotros no habrá puertas ni cerrojos, Mary Kate, excepto los que tú pongas en tu mezquino corazón”. La afición del Madrid puede ser tan caprichosa como una pelirroja irlandesa, pero no pondrá puertas ni cerrojos en su corazón al hombre tranquilo que la devuelva a la edad del esplendor en la hierba.

(La Lupa, Real Madrid TV, viernes 6 de diciembre de 2013)

La locución aquí, a partir del 16:45

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Gareth Bale, el caballero claro

Bale, el caballero claro.

Bale, el caballero claro.

Un vejo dicho inglés asegura que el fútbol es un deporte de caballeros jugado por villanos, mientras que el rugby es un deporte de villanos jugado por caballeros. Pero los ingleses, que suelen tener razón casi siempre, no habían contemplado la posibilidad mixta: la de un jugador de fútbol que antes lo fue de rugby, y que por tanto es un perfecto caballero practicando un deporte perfectamente caballeresco. Ese hombre único es Gareth Bale.

Al principio de su carrera, nunca mejor dicho, el fibroso chico de Cardiff descubrió que podía correr los 100 metros lisos en 11,4 segundos, y no solo eso: descubrió que mientras lo hacía resultaba difícil tirarle al suelo. Con ambos descubrimientos era lógico que se aficionara al rugby, pero por suerte para el Madrid se cruzó en su camino un profesor de educación física providencial que le reclutó para el teórico deporte de los caballeros: el fútbol.

No quiero fijarme hoy en la facilidad goleadora de Bale –siete goles en nueve partidos de Liga–, ni en su versatilidad ofensiva, ni siquiera en su clase para servir suavemente un centro a la misma cabeza de Cristiano o Benzema. Hoy quiero fijarme en su honestidad deportiva, en su generosidad en el campo, en su silencio tras ser zancadilleado, en su fútbol gallardo y viril de la mejor tradición británica. Si Christian Bale, el actor que encarnó a Batman, ejerce de caballero oscuro, la personalidad limpia de Gareth Bale le convierte en un caballero claro, un jugador de una pieza donde no caben la trampa ni el capricho del divo. A diferencia de otro fichaje rutilante con el que se le compara inútilmente tanto por rendimiento como por actitud, Bale no necesita fingir agresiones tremendas para sacar ventaja de su juego, o para saciar una íntima vocación de comediante. Más bien al revés: cuando en los inicios del partido contra el Valladolid llovió sobre el galés una sucesión de agarrones, pataditas y empujones, Bale apenas dirigió al árbitro un discreto alzamiento de cejas. A continuación se ponía en pie rápidamente y volvía a encarar la portería contraria. Así es como se logran los hat-tricks. Entrega y orden, potencia y control. Así es como juega al fútbol un caballero británico.

Cuando no está marcando goles o dándolos, Gareth Bale ha declarado que hace una cosa: dedicarse a su mujer y a su hija y ver partidos de rugby por la tele. Bale sabe, como sabía don Vito, que un hombre que no está con su familia no puede ser un hombre. Estudia español dos horas tres veces por semana, lo que seguramente es más de lo que puede decir un niño de Gerona, y le gusta el jamón. La modestia que destacan de él sus compañeros, y que está favoreciendo una integración meteórica en la a veces espinosa plantilla blanca, la aprendió de su padre, conserje de colegio. Todo en la vida de Bale es de una claridad sin artificios que refuta el prejuicio economicista generado por su fichaje y ajeno a su voluntad.

El Bale oscuro ajustando cuentas con la prensa deportiva.

El Bale oscuro ajustando cuentas con la prensa deportiva.

A todo caballero que se precie no le pueden faltar dragones y Bale los ha tenido en forma de crítica apresurada, de burda mentira sobre su estado de salud o de diagnóstico delirante en boca de gurú desfasado. Este tipo de dragones los ha vencido Bale galopando con serenidad hacia el área rival y retornando con el yelmo del portero atravesado en su pica. En la mesa redonda del rey Cristiano se ha sentado ya el caballero Lanzarote, procedente de Gales, y el ciclo de su leyenda solo acaba de comenzar.

(La Lupa, Real Madrid TV, 3 de diciembre de 2013)

La locución aquí, a partir del 45:00.

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Los juegos del hambre… de gol

Una película que estos días se proyecta en los cines, con gran éxito de taquilla, nos presenta a un selecto ramillete de jóvenes superdotados que luchan a muerte por su supervivencia. En la película no queda del todo claro por qué llaman a su lucha los juegos del hambre, ni por qué a los contendientes se les llama tributos, aunque suponemos que todo tiene que ver con la crisis, la económica o la de guionistas, vaya usted a saber.

El sábado vimos otra película en el Estadio de los Juegos del Mediterráneo y se nos ocurren algunos paralelismos. El Madrid de Ancelotti también es un equipo de jóvenes más o menos superdotados que compite con todo por sobrevivir en el once titular. Su batalla también es un juego, y su hambre está perfectamente definida: se trata de hambre de gol. Seas canterano o extranjero, seas centrocampista o delantero, al Madrid se viene a atacar. En el árbol de navidad de Carletto algunas bolas pueden ser intercambiables, pero todas tienen que emitir su brillo. Y no hay mejor forma de brillar que el gol.

Jóvenes tributos abriendo la boca de hambre.

Jóvenes tributos con hambre.

Marcaron cinco como pudieron marcar diez, y eso que hubo que achicar el tamaño antirreglamentario de las porterías. El primero fue de Cristiano, claro, porque lo suyo no es apetito de gol sino verdadera hambruna, glotonería de gloria, como un Obélix delgado que se hubiera caído de niño en la marmita del fútbol total. Otro día aplicaremos la lupa sobre el coloso portugués para tratar de explicar las causas sobrenaturales de su voracidad. El sábado se retiró prudentemente a mitad de encuentro, pero yo creo que la sobrecarga era una excusa caballeresca, un gesto elegante del jefe de la manada que se aparta de la presa, sin haber saciado su hambre, para que la sacien también los cachorros.

Y así nos tributaron sus goles Isco y Morata, aparte de Bale y de Benzema, y pudieron marcar también Carvajal y Casemiro entre otros. Ancelotti soltó a sus tributos ávidos a la arena, y la inocente defensa del Almería acabó pagando el pato. Ya digo aquí que el récord de los 121 goles de la épica temporada de Mourinho está a tiro. Se siguen oyendo críticas al juego del Madrid, algunas porque no juega el suyo, y otras, las de los hegelianos de la pizarra, porque no ven claro el sistema. Que se sigan oyendo mientras caigan de cinco en cinco los chicharros a domicilio.

Damas y caballeros: los juegos del hambre de gol han quedado inaugurados. Los tributos más salvajes juegan en el Madrid, y de ahí el éxito de taquilla.

(La Lupa, Real Madrid TV, martes 26 de noviembre de 2013)

La locución aquí, a partir del 14:35.

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Carletto y la fábrica de chocolate

Este Madrid fabrica ocasiones de gol como Willy Wonka chocolate, y en su mundo de fantasía y derroche disfrutaron ayer los canteranos como los niños del libro de Roal Dahl, que no se llamaban Charlie, sino Morata o Jesé, Carvajal o Isco, y su Wonka no se llama Willy sino Carlo, que ya es casi diciembre y ha montado para ellos su árbol de navidad.

El éxtasis canterano o canteránida llegaría en la segunda parte. En la primera me enfadé con Cristiano por esa impaciencia goleadora que no te permite llegar ni un minuto tarde al bar; cuando llegué ya estaba celebrando, desplegando su torso como un tablón de anuncios para que el planeta fútbol entero clave sus quejas contra Blatter, y al principio pensé que se trataba de un reportaje del Plus sobre el Balón de Oro. Pero no: es que había marcado el primero filtrándose entre los centrales almerienses como el cuchillo entre la mantequilla. A Cristiano le buscan sus compañeros con el descaro con que se buscaba a Maradona cuando apremian las ganas de gol como el capricho femenino de chocolate, y a veces Cristiano se para en un ángulo frente a un defensa y se pone a andar, como Cruyff, antes de explotar otra vez en su loca carrera hacia la integración de todos los talentos históricos del fútbol en uno solo. Se retiró en el 51 con un golpe en el muslo de esos que en la ruta escolar llamábamos fresones, y fue eso lo que luego abriría el patio a los escolares. Salió Jesé para remedar esa misma zancada de comandante. Pero Jesé sería más que la Cecilia de Ronaldo, en la acepción de Cecilia que Ruiz Quintano ha instituido para los imitadores artísticos que acaban haciendo afición. Jesé dio dos asistencias de gol y es un jugador caliente llamado a derretir algunas semifinales.

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25 noviembre, 2013 · 13:39

El once del equilibrio

Con esta es la tercera vez que escribimos que el Madrid hizo su mejor partido desde que lo entrena Ancelotti, y eso avala una evolución esperanzadora que sobre todo se certifica en los bares de turistas de interior donde bulle la decepción del antimadridismo provinciano. Yo lo vi en uno de la Cava Baja, en el corazón del viejo Madrid petado de andaluces precalentando el sábado noche capitalino. Con el prematuro larguero de Cristiano se empezaron a torcer las bocas. La primera la del propio Cristiano, a quien sorprendió la cámara con ese gesto oblicuo que ponía Eastwood al disparar al sombrero de Lee Van Cleef. No fallaba: presentaba sus credenciales y de paso calibraba la mira.

Cristiano Ronaldo.

Cristiano Ronaldo.

Ya no habría más gestos, solo goles, todos distintos. El semidiós luso enseguida perforó el lateral de la red donostiarra a pase lujurioso de Benzema, y el parroquiano de mi derecha musitó: “Qué cabrón”. No era solo rendirse a la pegada –reducir el bagaje ofensivo del Madrid a la pegada es como ver matar a LeBron James y murmurar: “Claro, así cualquiera”–, es que al cuarto de hora de partido el dominio blanco era abrumador, inclemente, antidemocrático. La alineación del Madrid parecía por fin compensada en todas sus líneas, con el principal hallazgo de un visionario Modric lanzado hacia la media punta con las espaldas herméticamente cubiertas por Xabi Alonso y Sami Khedira. En ese desempeño Luka parece que se desdobla y que es capaz de manejarse a sí mismo desde arriba, desde la preclara panorámica del jugador de Play Station. “Qué bueno es Modric”, hubo de reconocer el parroquiano de mi derecha.

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12 noviembre, 2013 · 14:46

Siente al Rayo a su mesa

El Rayo es, en números redondos, el peor equipo de la Primera División, aunque está capacitado para hacer un buen papel en Segunda, al César lo que es del César. Al Rayo, sin embargo, contra todo espíritu científico, le siguen diciendo que es un equipazo, del mismo modo que hay telepredicadores en Texas que desmienten a gritos que vengamos del mono. Pero el hecho es que venimos del mono, incluido Paco Jémez, el brahmán de Vallekas, uno de esos sabios pancescos del fútbol al que le han dicho que es un genio y se lo ha creído. Jémez lleva el guardiolismo más allá del juego de un equipo incapacitado para practicarlo: lo lleva a su propia indumentaria. Ya nadie le apea del chalequito, cuyas sisas no revientan durante los partidos de puro milagro; tales son los trances epilépticos que se apoderan durante los encuentros de este místico castizo, cuarto pastor de Fátima contemplando el rostro de la posesión sobre el muro pelado del Estadio de Vallecas.

Pese a que es una máquina de perder puntos, a Jémez se le perdona todo en virtud de una pulsión españolísima llamada aporofilia o amor al pobre, una forma laica de misericordia que sirve al primermundista exitoso para lavarse la mala conciencia de su íntima prosperidad. Sobra bibliografía al respecto, lean ustedes las memorias de Carlos Barral o las carantoñas de Hollywood a los Panteras Negras contadas por Tom Wolfe. En cada entrevista Jémez no pierde la ocasión de vocear el mísero presupuesto de su club, en la esperanza de que terminemos de confundir la falta de dinero con la falta de puntos. Yo prefiero ser del rico Madrid porque soy pobre, que ir con el pobre Rayo porque se es rico, como hace Robinson. Pero si yo fuera vallecano y me viese colista cada semana, le pediría al señor Jémez que, ya que somos pobres, dejase de intentar jugar como los ricos, porque el dinero y los puntos en Liga es lo único en esta vida que no se puede ocultar.

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4 noviembre, 2013 · 16:30

Un clásico sin relato

Al clásico le faltó relato, que es lo que sucede cuando lo viejo (Xavi Hernández) no acaba de morir y lo nuevo (el Madrid de Ancelotti) no acaba de nacer. El resultado es un partido que no tiene otra vibración que su nombre, su propaganda fatigosa, su exceso retórico sin fundamentación en el juego. Del Barça dominador solo quedan el canto de cisne de Valdés, los coros y danzas de Neymar, el rondo contestatario en torno al árbitro y el cariño fiel de los narradores del Plus. Del Madrid que tomó el Camp Nou con la agresividad perdida del Innombrable no quedó hoy más que el contraataque que culminó Jesé y un cierto orden táctico desde la salida de Illarra.

Se rumoreaba un ataque de entrenador de Carletto y se acabó constatando: Ramos de medio centro y la primera parte regalada al Barça más flojo del lustro, un gesto de cesión desidiosa como de aristócrata cansado de sus riquezas. Iker saludaba afectuoso a sus amigos azulgrana en el túnel de vestuarios, que es su forma pueril de aplicar el discurso del Príncipe en Oviedo. Se veía un 4-3-3 claro, pero no se veía a Cristiano, que es lo que yo quiero ver antes, durante y después de cualquier alarde de pizarra. Bale en punta puso voluntad, arrancadas herbívoras y disparos de zapatones. Di María no encontraba yesca sobre la que prender su chispa y solo Modric demostraba algo de criterio, de ganas de ganar, en medio del respeto beato que el Madrid en general parecía profesarle al Barcelona después de habérselo perdido gloriosamente en las últimas visitas a domicilio.

A un gripado Iniesta, triste por lo suyo, le bastó un primer y único acelerón para habilitar a Neymar, que marcó con fortuna por roce de Carvajal. Pero ni siquiera el graderío que más cerrilmente se calaba la boina de la estelada daba al Madrid por muerto tras el 1-0, no porque el Madrid llevara peligro, sino porque el equipo del Tata estaba lejos de exhibir una ambición ofensiva medianamente precisa y constante. Por momentos tiquitaqueaba el Real y contragolpeaba el Barça, pero ambos profesaban ese credo sin ninguna convicción, como cuando le aceptamos un folleto al testigo de Jehová que nos timbra la puerta.

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27 octubre, 2013 · 11:55

La insoportable gravedad de ser del Madrid

El Madrid salió con ganas de dar otra imagen que la de la radiografía ficticia de una hernia, pero con la tranquilidad que da saber que no se puede jugar peor que contra el Levante, en palabras de Carletto. Lo cierto es que hizo su mejor partido de Liga desde que lo entrena el italiano, lo cual no es decir mucho, pero es decir algo. El equipo no se partió, dominó sin pájaras, mantuvo el orden y enseñó actitud a falta de Pegada, que es el nombre de la undécima musa y no siempre está de humor para abrir los findes.

La raya euclidiana en la cabeza de Ramos expresaba una voluntad de disciplina defensiva, aunque no siempre basta con peinarse. Tampoco le bastó a Cristiano, pese a que fue el mejor del partido junto con Di María (otra vez Di María), quizá porque Cristiano, más que un peinado, lucía un arañazo. Probablemente sea más efectivo el rasurado integral por el que opta Wilfredo Caballero, negativo porteño de Wilfredo el Velloso, que paró tanto que parecía parar por vicio ya, y quizá sea ese rostro de vicioso agresivo el que le impida salir en anuncios deteniendo tablets, porque otra razón no la entendería. Qué portero, Caballero, que buen Caballero era, diría Alberti.

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21 octubre, 2013 · 13:21