No fue un periodista deportivo -la estirpe mejor dotada para el epíteto- quien le puso a Julio Rodríguez el sobrenombre de «ángel de Adamuz». Fue Carmelo, el padre de uno de los viajeros a los que Julio rescató del jeroglífico de hierro del primer vagón del Alvia.
No sé si habrá sido el último mensaje de Navidad pronunciado por Felipe VI con Pedro Sánchez todavía en La Moncloa. Es probable que sí, y en caso contrario habrá sido el penúltimo. Y precisamente por esa sensación de finitud autopercibida (que se ha hecho más espesa desde la debacle extremeña), el Gobierno parece haber intervenido con mayor celo que otros años en el discurso del Rey. Cuando un presidente se siente fuerte no necesita acudir tan desesperadamente a una autoridad superior para que revitalice su propaganda. Bienvenidas fueron las alusiones a la multilateralidad, el cambio climático, el europeísmo, el problema de la vivienda. Pero echamos de menos una mención a la separación de poderes, a la regeneración, a la función del Parlamento.
Nos quedamos un rato observando el mapa de España y notamos algo raro. Un cambio imperceptible a simple vista porque la vida sigue igual, el domingo acaba con el mismo frío con el que empezó, los críos ya están de vacaciones, a ver si mañana apuramos la tarde para las últimas compras de Nochebuena. Pero si nos fijamos bien en el mapa y miramos abajo a la izquierda, al costado verde por donde España se toca con Portugal, descubriremos con horror algo que no había hasta ahora: es un cráter.
Si la nostalgia es la pasión de nuestro tiempo será porque nuestro tiempo ofrece menos futuro que pasado. Y si los políticos hoy ganan elecciones prometiendo recuperar lo perdido será porque así lo siente una mayoría de ciudadanos, sea cierto o no. Siempre se ha dicho que el control de los tiempos es la habilidad crucial que franquea el acceso al poder del político astuto; y siempre se ha dicho que las campañas electorales nunca deben versar sobre lo que ya se ha hecho sino sobre lo que se va a hacer. La manera poética de resolver la promesa contradictoria de otro ayer la formula Eliot en los versos inaugurales de su célebre cuarteto: «Tiempo presente y tiempo pasado / se hallan quizá presentes en el tiempo futuro / y el tiempo futuro dentro del tiempo pasado«.
Cuando denunciamos el deterioro institucional experimentamos la misma sensación que Lyndon B. Johnson cuando hablaba de economía, según le confesó a Galbraith: «¿No has pensado, Ken, que hacer un discurso de economía es como mearse encima? Uno nota el calor, pero nadie más se da cuenta».
En el principio fue Franco. Nada se explica sin él sobre la faz de esta tierra, en el solar machadiano por donde cruza errante la sombra de Caín. Ni los pantanos ni las universidades privadas ni la energía nuclear. Del urbanismo de Benidorm a las navidades en familia, todas las asechanzas que envenenan los sueños del alma progresista se remontan incesantemente a aquel alzamiento que destruyó el edén republicano. Puede que Franco muriera en la cama hace medio siglo, pero el franquismo no puede morir: no lo permitirá el antifranquismo. Hubo una izquierda efímera que prefirió definirse como hija de la democracia antes que como nieta de la guerra civil, pero esa herejía felipista fue denunciada por el zapaterismo y definitivamente condenada por el sanchismo.
Hace 40.000 años una manada de leones de las cavernas atacó a una cría de mamut en una helada ladera de Siberia, pero no se la comieron. La cría murió intacta, conservada en el permafrost con el gentil propósito de que los científicos humanos de 2025 lograran secuenciar su ARN. El mensaje ribonucleico contenido en Yuka -que así se llama la pequeña mamut- ha llegado hasta nosotros como una botella de genes a través de un océano de milenios. Si algún millonario desea intentar otra vez que la naturaleza imite al arte, asistiremos a la inauguración de un Parque Cuaternario, acaso más manejable que el Jurásico.
Para defender la inocencia de Álvaro García Ortiz, visto lo visto, debes cumplir una serie de requisitos morales. Debes convencerte, como en su día se convenció Francisco Franco, de que el sistema democrático no está por encima de tu idea política de España. No importa si esa idea es conservadora o progresista: lo decisivo es creer que los principios de limitación del mando, separación de poderes y proscripción de la arbitrariedad que impiden la autocracia pueden suspenderse invocando una razón ideológica superior o el lado correcto de la Historia. Por ejemplo, que Ayuso no se salga con la suya. Si estás convencido de que la lucha contra las bestias negras de tu imaginario antifascista bien vale la revelación de los datos del novio de la presidenta madrileña, entonces cerrarás filas con el fiscal general. Poco cianuro te parecerá, de hecho.