Si la agonía del marianismo quedó cifrada en el bolso sedente de Soraya, el final del sanchismo se anuncia en el bolso falso de la hija de Yolanda Díaz. El bolso se nos presenta así como el alfa y el omega de un periodo español más accesorio que sustantivo. Que una familia comunista recurra a complementos de mercadillo a mí no me parece tan mal como a su propio Gobierno, que difundió una compaña ceñuda contra los productos falsificados sin reparar en el ejercicio de autoinculpación. Porque el Gobierno de coalición progresista es en sí mismo un gigantesco bolso falso, un Luis Vuitón tendido sobre la manta de un senegalés de la Gran Vía.
Me interesó la distinción entre torpeza y maldad que ensayó el dimisionario Mazón en la esperanza de ser recordado antes por la primera que por la segunda. Y es probable que tal plegaria sea atendida a medida que se enfríe su cadáver político, y con él los odios encendidos por su numantinismo kamikaze. Con el tiempo la gente se referirá a Carlos Mazón como aquel efímero presidente valenciano que tuvo que dimitir porque la riada mortífera de 2024 le pilló alargando el almuerzo con una periodista rubia. Nada menos, nada más.
El Parlamento español ya es una cancha estrictamente impracticable, un potrero suburbial, un comedero de patos en día de lluvia. Hace años que no sirve para ensayar el arte de la oratoria; después dejó de servir para aprobar leyes o presentar presupuestos; lo dramático es que últimamente no sirve ni para insultarse con claridad, porque los abucheos tapan los insultos y los palmoteos contra la mesa compiten con los aplausos de rabia o de desesperación según se pertenezca a la oposición o al Gobierno. La única forma de entender algo es que de pronto los diputados acierten a disolver su individualidad -tampoco es que les cueste demasiado- en una sola masa sonora que grita «¡Dimisión!» o «¡Cómplice!», mensajes que llegan al fin con nitidez hasta nuestra libreta.
España vuelve a ser diferente. No tendrá la cabeza de Fraga, pero Pedro siempre se remonta instintivamente al franquismo en busca de inspiración. No solo por la obsesión con la prensa no adicta y los puñeteros jueces. No solo porque la pornografía y la prostitución escandalizan más al puritanismo progresista que los registros policiales en Ferraz. Sabemos que vivimos en el año Franco (la analogía histórica se redondearía con unas generales el 20-N, como ya ensayó Zapatero) porque España ha vuelto a convertirse en la excepción ibérica: ahora aspira a una autarquía militar entre los Pirineos y Marruecos.
Los primeros partes emitidos desde el búnker de Moncloa en defensa de Álvaro García Ortiz deberían terminar en la Galería de las Colecciones Reales. Son obras maestras de lo que Juan Soto Ivars llama el «arte de tomar a tus votantes como auténticos gilipollas». Félix Bolaños ha dicho que García Ortiz es un «servidor público ejemplar», cuando va quedando acreditado que fue un solícito siervo privado del matrimonio Sánchez-Gómez. Óscar Puente, que estos días pasa de manipular pañales a escribir tuits sin solución de continuidad (de ahí que lo mezcle todo), ha insultado al Supremo y a Feijóo en la misma frase agramatical: «El desastre de su manifestación de ayer, tiene que haberles sentado fatal». Se empieza deslizando acusaciones de golpismo judicial desde un ministerio de trenes con demora y se acaba colocando comas entre sujeto y predicado. En cuanto a Óscar López, aguardamos expectantes su reacción al auto del juez Hurtado, que sitúa el origen de la filtración en el gabinete de Presidencia del Gobierno. Cuidado, Óscar.
Si el bachillerato obligara a estudiar -como debería- una asignatura troncal llamada «Estado de derecho», el libro que ha escrito Manuel Marchena (Las Palmas, 1959) debería ser su manual. En La justicia amenazada (Espasa) el magistrado del Tribunal Supremo que presidió el juicio más importante de la democracia -el golpe del separatismo catalán en octubre de 2017- no se pronuncia sobre escándalos de actualidad, pero disecciona sus causas profundas y expone las debilidades de un sistema amenazado por la voluntad de poder de gobernantes con pocos escrúpulos… y por la incultura jurídica de demasiados opinólogos.
El libro parte de un diagnóstico inquietante: la justicia está amenazada en España. Y el culpable de la amenaza es aún más inquietante: el poder político. Los políticos siempre han querido controlar el poder judicial. ¿Por qué ahora la gravedad de la amenaza es mayor?
Efectivamente, creo que el diagnóstico es inquietante. La tendencia del poder político a controlar a los jueces forma parte de la Historia. Lo que sucede es que en los últimos años estamos viviendo episodios de especial gravedad. No sólo en España. El enfrentamiento entre Trump y los jueces, por ejemplo, está marcando un hito en la historia de EEUU y es fiel reflejo de lo que pasa cuando el populismo se enfrenta a cualquier intento de control. La sociedad española se está familiarizando con una normalidad que es patológica. Los ataques a los jueces, incorporados incluso a acuerdos políticos que hablan de lawfare, están teniendo un efecto demoledor en la credibilidad de la justicia. Y creo que se pone en riesgo la paz social si la sociedad no confía en los jueces y empieza a creer que los conflictos jurídicos pueden resolverse mejor en las redes sociales o a puñetazos.
La democracia en Hispanoamérica es un triste oxímoron que se ha prestado mejor al realismo mágico que al rigor de la historiografía. Santiago Muñoz Machado ha tenido que dedicar mil páginas a compensar ese desequilibrio. El resultado se titula efectivamente La democracia en Hispanoamérica (Taurus), un empeño colosal que sigue el modelo de Alexis de Tocqueville, a quien la parte sur del continente le importó bastante poco. Al fin y al cabo era francés. Pero un español cabal no deja de sentir como propio el cíclico fracaso del constitucionalismo liberal en aquel hemisferio consanguíneo que ya no comparte rey pero sí cultura, lengua, religión y afectos. Lo escribió Nicolás Gómez Dávila en uno de sus punzantes escolios: «La mejor crítica de la colonización española son las repúblicas suramericanas». La buena noticia es que la metrópoli se está esforzando tanto por converger políticamente con sus antiguas colonias que quizá pronto todos los hispanos volvamos a agruparnos bajo el signo unánime del caciquismo.
El destino de los pueblos, como el de los hombres, está cifrado en su carácter. Dicen que los españoles enterramos como nadie, pero para seguir llevando flores al panteón nacional hace falta algo más que el alfilerazo urgente de la pena (cuando no del remordimiento) desde el que se despachan aquí los obituarios más efusivos. Para una memoria histórica sin intención política y para una identidad patriótica sin aspavientos reaccionarios se precisa conocimiento, convicción y constancia. Se precisa al menos saber dónde diablos tenemos enterrados a los nuestros. O dónde siguen cumpliendo con el dictado de su honor.