
Padrecito Vlad.
Lleva un tiempo darse cuenta de que la democracia hay que protegerla del pueblo. Cuando uno es pueblo, en el roussoniano sentido de niño-masa, desea que su voluntad particular coincida con la voluntad general. Y cuando no lo hace grita, patalea, llora al deshacer el envoltorio y descubrir el sofisticado nudo de contradicciones en que consiste el juguete, tan alejado de su rutilante fotografía en el satinado catálogo que le han vendido. Cuando ves la democracia en AliExpress y cuando te llega. Por eso los ilustrados americanos que la diseñaron protegieron su mecanismo contra niños intolerantes, y por eso se les llama padres: padres fundadores.
Un niño no entiende la diferencia entre venganza y justicia. Un niño no admite fácilmente que su libertad acaba donde empieza la de un niño distinto. Un niño, que es un sujeto conjugado en presente perfecto, no se privará voluntariamente de lo suyo para que lo disfruten unos desconocidos, porque contra lo que opina Gloria Fuertes los niños en realidad carecen de imaginación: desde luego de la imaginación necesaria para ponerse en el lugar de un viejo. Por eso deben leer cuentos fantásticos: para empezar a desarrollarla. Si siguen leyendo, es posible que terminen entendiendo el sistema de pensiones.





El argumento del 1 de octubre de 2017 es el amor. Algunos se quedarán con las cargas policiales y las urnas arrancadas, y los cinturones negros del victimismo aprovecharán la legítima violencia del Estado para invertir la energía del golpe y presentar al defensor de la ley como al allanador de su morada, sin dejar de ejercer un ápice de violencia propia. Pero esa llave de judo a la democracia parecerá el abrazo de un amante, y de eso se trata.






