Archivo de la etiqueta: cosas de la democracia

La rebelión del niño-masa

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Padrecito Vlad.

Lleva un tiempo darse cuenta de que la democracia hay que protegerla del pueblo. Cuando uno es pueblo, en el roussoniano sentido de niño-masa, desea que su voluntad particular coincida con la voluntad general. Y cuando no lo hace grita, patalea, llora al deshacer el envoltorio y descubrir el sofisticado nudo de contradicciones en que consiste el juguete, tan alejado de su rutilante fotografía en el satinado catálogo que le han vendido. Cuando ves la democracia en AliExpress y cuando te llega. Por eso los ilustrados americanos que la diseñaron protegieron su mecanismo contra niños intolerantes, y por eso se les llama padres: padres fundadores.

Un niño no entiende la diferencia entre venganza y justicia. Un niño no admite fácilmente que su libertad acaba donde empieza la de un niño distinto. Un niño, que es un sujeto conjugado en presente perfecto, no se privará voluntariamente de lo suyo para que lo disfruten unos desconocidos, porque contra lo que opina Gloria Fuertes los niños en realidad carecen de imaginación: desde luego de la imaginación necesaria para ponerse en el lugar de un viejo. Por eso deben leer cuentos fantásticos: para empezar a desarrollarla. Si siguen leyendo, es posible que terminen entendiendo el sistema de pensiones.

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El bueno (Pacto de Toledo), el feo (Congreso) y el malo (platós de televisión) en La Linterna de COPE

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19 marzo, 2018 · 11:22

Paloma, tercer león de las Cortes

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Paloma Santamaría, guardiana del Congreso, con Herrero de Miñón.

A cualquiera que frecuente el Congreso no le costará reconocer en esta fotografía a la persona que ostenta el mayor rango de representación institucional. Se trata de Paloma, la mítica ujier de San Jerónimo, entregando sus pertenencias a don Miguel Herrero de Miñón. Que es uno de los tres padres vivos de la Constitución y que acudió ayer a inaugurar la comisión para el estudio de la probabilidad de la hipótesis de su reforma. Paloma lleva más de tres décadas al pie del cañón de la soberanía nacional. Lo ha visto todo, pero no cuenta nada. Paloma es el tercer león de las Cortes, la metáfora diligente de nuestro 78, ajado pero firme.

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11 enero, 2018 · 11:38

Doña Manolita

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Navidad.

Se acerca la Navidad y hay que hablar de Manuela Carmena, porque la alcaldesa de Madrid brilla con luz propia en estas fechas de cuya naturaleza entrañable ella ya participa, como participan desde siempre las colas en Doña Manolita o los certámenes de villancicos. La carmenada, antes que motivo de indignación o mina de confidencial, constituye ya materia costumbrista, médula galdosiana. Nunca una política tan comprometida con el laicismo ejerció un efecto tan claramente navideño sobre el impersonal automatismo de la metrópoli, por no hablar de los periodistas.

Soy consumidor de entrevistas a Carmena en radio, prensa y televisión. El género me fascina, a pesar de que su planteamiento, nudo y desenlace se resuelve siempre en un flujo único de burbujeante adulación. Y en realidad sobran las razones. Madrid está intervenida porque su Consistorio es incapaz de presentar unas cuentas ajustadas a la ley. Paraliza operaciones en función de su importancia: cuanto más importantes, más paralizadas. Prefiere renombrar el callejero a proyectar calles nuevas. Hipoteca el futuro al rastreo simbólico del pasado y se apropia de causas y orgullos implantados y financiados por alcaldes previos. Recorta la deuda porque no sabe ejecutar el presupuesto si no es comprando ladrillo. Y no ha hecho en suma nada recordable porque antes siquiera de planteárselo debe armonizar las pintorescas militancias de las doce tribus de disidentes del frente judaico popular que integran su sigla.

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11 diciembre, 2017 · 15:55

No estaba muerta, no, no

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Herederos del 78.

El constitucionalismo corre el peligro de parecerse al columnismo según Umbral: el de llevar todos los días flores a su propia tumba. Cada 6 de diciembre nuestros representantes depositan flores al pie de la Constitución, sin reparar en la fúnebre resonancia de su ofrenda, aunque enseguida debemos añadir que ¡todavía! se llevan flores a las mujeres de las que uno se enamora. Eros o Thanatos: he aquí el dilema afectivo de la reforma constitucional. El muerto insigne del constitucionalismo ha sido este año don Manuel Marín, a quien ahora aman todos los compañeros que hace no mucho lo enterraban en críticas. Susana Díaz compareció de negro luctuoso para encarecer su ejemplo -«manchego, español, europeo»- y para pedir una reforma igualitaria de la financiación autonómica, que fue la verdadera protagonista de los corrillos, muy por encima de la constitucional. Entre la identidad y el dinero, los barones lo tienen claro. Lo cual nos hace dudar de que sean cosas diferentes. Uno es lo que da y lo que recibe, como ya sospecharon los fenicios. «Nosotros vamos a coincidir antes con Feijóo o con Juan Vicente que con algunos de nuestro partido», me confesaron los socialistas manchegos con impecable criterio liberal. Porque los derechos, los servicios públicos, son de las personas, que luego van y votan.

Para conjurar el riesgo narcisista y necrófilo de homenajear un texto difunto, Ana Pastor introdujo una astuta cita nada menos que de Cambó en su discurso: «España es una cosa viva, una sustancia». De la cual los nacionalismos serían los accidentes, en pura lógica aristotélica. Yo miraba a Alfonso Guerra, que fue quien puso palabras a aquello que allí nos congregaba, cabeceando discretamente en una esquina. Pastor, flanqueada por maceros -uno de los cuales parecía dirigir un partido de tenis con la mirada, a modo de ojo de halcón institucional-, desgranaba la exitosa transformación de España a lo largo de los últimos 40 años, incurriendo en ese lenguaje como de editorial viejuno sobre el consenso que nos hemos dado y el que todavía nos vamos a dar. Rajoy, siempre pragmático pese a su nebulosa reputación retórica, lo había expresado antes bajo la carpa del patio: «En este tiempo la renta per cápita de cada español se ha duplicado». O sea, cada español es hoy la mitad de pobre o el doble de rico que en 1978. Después de eso, si somos honestos, no habría que desperdiciar una sola palabra más en el examen de la Transición.

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7 diciembre, 2017 · 11:39

El deber del Derecho

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Animales con presunción de inocencia.

Cuando yo era adolescente, elegir carrera consistía en hallar razones para descartar la matrícula en Derecho. Todos los de letras terminaban estudiando Derecho de un modo indefectible -«Tiene muchas salidas»-, y resistirse a aquel determinismo jurídico obligaba a un acopio de personalidad impropio de la edad. Se ofertaba en todos lados y pedían un cinco como nota de corte. Sus legendarias cafeterías cautivaban la imaginación. Derecho estudiaron españoles tan distintos como Mario Conde y Pablo Iglesias, aunque ni la conducta del primero ni el discurso del segundo delatan un escrúpulo legal precisamente calvinista. Pero no son casos aislados.

Para ser un país petado de juristas, el título no cunde. España sigue siendo un país de moralistas intuitivos donde el rigor de la ley causa tanto escándalo como el sol en Noruega o la sobriedad en Rusia. No es que los españoles no queramos juzgar; al contrario, lo juzgamos todo compulsivamente. Lo que ocurre es que juzgar, para nosotros, constituye un acto tan natural que no entendemos que requiera una formación específica. Por eso nos hacemos tertulianos. Por eso criticamos a los tertulianos. Por eso, ante cualquier problema, sentimos nacer en la incubadora caliente de nuestras meninges el cigoto de un juicio que en la mente de un alemán exigiría semanas de gestación, mientras que nosotros lo parimos perfectamente formado en décimas de segundo. Quizá porque no se trata de un juicio, sino de un prejuicio. Por eso cuando llegamos a la universidad ya es tarde: ya no hay nada que puedan enseñarnos.

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La buena (Susana Díaz), la fea (tesorera del PP) y la mala (Marta Rovira)

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19 noviembre, 2017 · 22:33

Del contubernio al tubérculo

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Tardá en su Lepanto particular.

Reconforta que los debates que llevan tiempo en la calle desemboquen naturalmente en el Parlamento, sede de la representación ciudadana. Nos referimos al debate sobre la tortilla de patata, que incendia las redes desde hace años. Cómo cocinamos la tortilla. Con cuánta patata. Y de qué variedad, pues el tubérculo es un vegetal identitario: está la patata valenciana reivindicada por Baldoví, la euskopatata de Esteban, el cachelo galaico, la papa canaria o la patata caliente de Puigdemont, que tiene cinco días para decidir si la quiere con cebolla. O sea, con el 155.

Sabemos que el debate se produce porque la receta de la tortilla española quedó demasiado imprecisa en el título octavo de la Constitución. A diferencia de la tortilla francesa, que no lleva patata y por tanto goza de mayor uniformidad, la tortilla española corre siempre el peligro de descomponerse como Míster Potato, ese juguete que tratado a golpes (de Estado) acaba perdiendo los ojos, las narices y el bigote porque cada una de estas extremidades decide proclamarse juguete soberano. Queda entonces un cuerpo ocre y mutilado que sería Castilla. Abandono ya la fiebre metafórica, pero es que ya no sabe uno cómo explicar a los niños el concepto de soberanía nacional.

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12 octubre, 2017 · 13:49

Llora, catalán, y conquistarás el mundo

A2-85931633.JPGEl argumento del 1 de octubre de 2017 es el amor. Algunos se quedarán con las cargas policiales y las urnas arrancadas, y los cinturones negros del victimismo aprovecharán la legítima violencia del Estado para invertir la energía del golpe y presentar al defensor de la ley como al allanador de su morada, sin dejar de ejercer un ápice de violencia propia. Pero esa llave de judo a la democracia parecerá el abrazo de un amante, y de eso se trata.

Nos tienen advertido que el fin del mundo no se consumará con una explosión, sino con un gemido. De igual modo, la democracia mediática de la posmodernidad no muere bajo los porrazos de la policía, sino por un beso filmado a tiempo. El pueblo es muy enamoradizo: se va con cualquier descarado que sepa cortejar su vulnerable autoestima. Y ese beso fundacional termina siempre posándose sobre la mejilla de un caudillo oportuno y cachondo, con esa forma de hablar -ese cinematográfico relato- tan irresistible que nos persuade del divorcio con la democracia liberal, ese marido estable pero aburrido con el que la masa ya no siente placer.

Esto es lo que está pasando, una vez más, en una pequeña parte de un continente que ha proyectado la misma puta película cientos de veces, interpretada por actores diferentes, explotada lucrativamente por remakes que nunca acaban de escarmentarnos, porque cada día nacen nuevas generaciones que desconocen el final.

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Me entrevistan en la radio largo y tendido sobre columnismo

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1 octubre, 2017 · 23:07

Alemania al fin aburre

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El fin de la historia.

A nuestra corresponsal en Berlín le ha tocado cubrir «una de las campañas electorales más aburridas de los últimos tiempos». Los que tenemos que escribir sobre Cataluña la compadecemos. Uno se hace periodista en la esperanza de cubrir al menos una revolución en su vida, pero no parece que la Alemania de Merkel vaya a satisfacer próximamente esta romántica fantasía. Hablamos de la cuna continental del romanticismo, y de cosas aún peores. Pero tras liarla parda a lo largo de los siglos, el alma germana ha encontrado la paz. Ya no tiene ganas de provocar la caída del Imperio Romano, ni de originar un cisma que parta el cristianismo, ni de vengarse de Francia, ni siquiera de invadir Polonia. Ya no compone sublimes sinfonías ni redacta metafísica trascendental. Hoy se conforma con oponerse a la mutualización de la deuda y copar el mercado europeo del automóvil.

Ahora bien, la principal exportación alemana es el consenso político. El domingo va a ganar Merkel, pero daría lo mismo que ganara Schulz. El debate televisivo que sostuvieron los coaligados contrincantes fue de tal cortesía que la audiencia declaró vencedor al cámara. Se peleaban literalmente por darse la razón. El socioliberalismo alemán, camino de su cuarto mandato, se nos antoja el verdadero fin de la historia, alcanzado por la misma nación exhausta y feliz que antaño no solo aceleraba los acontecimientos, reescribiendo el atlas cada semana, sino que describió el mecanismo dialéctico para teorizar su propio avance inexorable hacia la plenitud nacional. Ya los alemanes no quieren ni oír hablar de Herder, el formulador de esa pulsión primero lírica y luego criminal llamada nacionalismo, ni tampoco de Carl Schmitt, doctrinario del antagonismo amigo-enemigo que ahora recupera el populismo para fundamentar sus revanchas callejeras contra la democracia liberal. En Alemania está prohibido el nazismo, el comunismo y el independentismo. Esto es como plantarse en la cueva de Zugarramurdi, petada de brujas y hechiceros, e instalar fibra óptica. Se ahorra uno muchos siglos de parloteo estéril y sacrificios humanos.

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22 septiembre, 2017 · 11:26