
Don Mariano aguantando, lo que mejor hace.
La mañana se prestaba al ajuste de cuentas. El embalse de la indignación ha ido llenándose durante este mes de clima extremo, seco de parlamentarismo pero inundado de escándalos. Don Mariano debió de sentirse como el almirante Vernon cuando llegó al escaño y descubrió que Lezo seguía allí, inamovible, esperándole. Y más que la corrupción, cuya repercusión en el CIS parece innegable, fueron las filtradas maniobras que perseguirían acotar su daño las que monopolizaron la primera hora del debate, recuperando el Hemiciclo para el vistoso pugilato de la réplica y la contrarréplica. Antonio Hernando frunció el ceño, intensificó la mirada, adoptó gravedad y lanzó una andanada -hondonada, diría un castizo- de recuerdos desagradables a la cara del presidente. «Ustedes no son vistos como luchadores contra la corrupción, sino como cómplices». Rajoy fingió sorprenderse, atribuyó maliciosamente la vehemencia de Hernando a los problemas internos del PSOE -«consumo interno», masculló- e invitó a los socialistas a sumarse a la aprobación de leyes útiles y dejarse de jeribeques, vocablo marianista que don Mariano aún no ha utilizado pero debería.
Pero el intercambio con Pablo Iglesias fue el que deparó los mejores minutos de esgrima dialéctica. El líder de Podemos se había preparado la intervención con puntería: cualquier día se ponen a trabajar y desgastan al Gobierno. Podría decirse que don Pablo ayer sí llenó la chaqueta, recurriendo al cinegético episodio del ministro Bermejo como antecedente nítido de la colusión de poderes que ahora denuncian los fiscales. Iglesias citó el reproche de Rajoy entonces. «Tenía usted razón y Bermejo dimitió». El argumento estaba bien afinado e hizo diana en su adversario, cuyo talento para la esquiva irónica en todo caso se mantiene en forma: «Hace bien en citarme, y si lo hiciera más a menudo mejoraría mucho». Iglesias le había espetado que presentará la moción de censura no por discrepancia ideológica sino por parasitismo institucional. Y entonces Rajoy sacó el as: leyó el fragmento del programa electoral de Podemos en que reclama a los jueces del tiempo nuevo «compromiso político con el gobierno del cambio». Le devolvía el golpe en el enterradísimo culo de Montesquieu, y la grada de animación pepera, necesitada de moral, ovacionó al jefe durante más tiempo del recomendado en todos los manuales de gregarismo.




El trabajoso desbloqueo político apenas deja espacio estos días para discutir de nada más. Por ejemplo de regeneración democrática, procesos penales aparte. Y sin embargo las razones esgrimidas para bloquear la investidura de Mariano Rajoy apuntaban precisamente a la necesidad de una regeneración que el PP fue el último en aceptar. Lo curioso es que, cuando ya la tenía asumida, el PSOE entró en una crisis existencial de la cual emergió –si ha emergido– notablemente cambiado: preguntado por la exclusiva de este diario sobre las lecciones de corrupción en cómodos croquis de powerpoint que impartía el PP, el portavoz de la Gestora, Mario Jiménez, declaró no tener mucho más que añadir. Y el propio Javier Fernández ha tratado de explicar que la corrupción ya no puede servir para continuar bloqueando el país, como le sirvió al pedrismo para perseverar en el no. El nuevo PSOE confronta con Podemos, no con el PP, y ese viraje pone sordina a las demandas de limpieza institucional que hasta hace poco centraban el debate político.







