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En la muerte de Gabriel García Márquez

Gabo cuando aún era el reportero García.

Gabo cuando aún era el reportero García.

[Reproduzco a continuación, por si fuere oportuno, la contraportada de La Gaceta del 4 de agosto de 2012 en la que escribí lo que sigue al enterarme de un empeoramiento del mal de Alzheimer que sufría Gabriel García Márquez]

Está uno desasistido de la familiaridad que permite a Juanillo Cruz llamarle a usted Gabo sin más y, sin embargo, le escribo para demorar todavía el momento en que no tenga quien le escriba o lo tenga pero no le deje advertirlo la neblina senil que va cerrando el asedio a sus meninges exhaustas. Uno imagina su final como el de un androide cinematográfico que, hundiéndose en la lava postrera de la desmemoria, toma fugaces y sucesivas apariencias de coronel sonambúlico, de apostante en peleas de gallos, de abuelona memoriosa, de sicarios anunciados y de sementales genesíacos que desembarcan en mágicas aldeas con la piel cocinada a fuego lento por el salitre.

Cuando se vive para contar, se asume la contrapartida de callarse cuando se deja de vivir. Usted, don Gabriel, ya no tenía nada que decir y consecuentemente desarrolló la demencia pactada con el fáustico oficio del narrador como unas vacaciones bien argumentadas ante el jefe. Sólo le aguarda ya el cuchicheo de la lumbre y la respiración pedregosa, el manoteo pueril de la memoria por apartar las nubes densas que decoran el páramo de su castillo mental. Aún oirá el revuelo de la hojarasca en las aceras y pensará en los gallinazos que velan en el puerto por los desperdicios de un entendimiento varado. Y aún intentará una metáfora con perros, cadáveres eviscerados y sedimento de estribo de cobre en el paladar.

Queda el suspense residual de quién cebará antes las necrológicas, si su galardonado nombre o el de su amigo Fidel. Un picado en paralelo abrocharía la evidencia de que la gracia en el estilo y la frondosidad en la imaginación no sólo no riñen sino que maridan como el flamenco y un gitano con la pompa dictatorial, exuberante, del trópico. Si Flaubert acometió a Bovary por odio a la burguesía y acabó identificándose con ella, cómo no le iba usted a desear furtivas primaveras al más otoñal de los patriarcas. La propiedad soteriológica de la literatura, no obstante, reservará solo laurel para su busto, mientras que el de todo dictador siempre termina corroído por una lluvia macondiana de cagadas de mosca.

A la muerte de Fitzgerald, su compañera de generación Glenway Wescott sentenció: “No debe existir ninguna disputa entre literatura y periodismo. En una época de temas tan solemnes cada vez es más necesario que ambos se inspiren mutuamente, los literatos aferrándose a la verdad y los periodistas usando la imaginación”. ¿Solemnidad? Después de todo, no cabe hoy en España reportaje más veraz que aquel que concluye con la respuesta del coronel a su mujer cuando ella le pregunta qué comemos:

“El coronel necesitó setenta y cinco años –los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto– para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

–Mierda”.

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Iniciación de un hombre. 1917

Dos Passos a un lado, Hemingway a otro, y milicianos en medio.

Dos Passos a un lado, Hemingway a otro, y milicianos en medio.

La ópera prima de John Dos Passos nació de sus observaciones directas en el frente francés durante la Gran Guerra, en la que se enroló románticamente este aprendiz de escritor antibelicista de 21 años más que nada “porque no quería perderme el espectáculo”. Desde el título apela Dos Passos al género del bildungsroman, el camino hacia la adultez recorrido aquí a través de las armas, veta abierta por su paisano Crane en La roja insignia del valor.

De todos los autores de la Generación Perdida, Dos Passos es quien acusa mayor compromiso político en su literatura. Evolucionó del socialismo utópico al anarquismo, abrió como Orwell los ojos al anticomunismo durante la guerra civil española y acabó apoyando la paranoia del senador McCarthy. Este primer libro suyo pertenece a la primera época, de una ingenuidad muy americana, pero también inocente y lírica.

De hecho, en su factura formal de estampas de combate -descripciones barrocas pero vívidas del hastío de la trinchera, del “coágulo de arcilla” que abrían los bombardeos, del hedor a pulpa cadáver- advertimos más paralelismos con el estilo poético del Kaputt de Malaparte que con el gusto por la acción de Hemingway o del soldado Jünger. En su fraseo complicado advertimos la prosa primeriza, el tanteo estilístico de un aprendiz muy dotado pero aún tentado por la ampulosidad, que es el vicio original de todo escritor bisoño. Hay diálogos formidables, con un calado filosófico poco esperable del registro cuartelero. El joven Dos Passos no poseía el sentido del realismo sintético de Hemingway, su ojo para el instante revelador, y procede más bien por acumulación de escenas; así, su primera novela avanza gracias a un pulso casi periodístico antes que a una verdadera trama narrativa.

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17 abril, 2014 · 13:52

Flaubert o la agonía del estilista

El corazón de Emma: lección de anatomía.

El corazón de Emma: lección de anatomía.

El traductor Mauro Armiño prepara una edición de Madame Bovary que incluye tres fragmentos inéditos en castellano, avanzados en el número de marzo de la revista Turia. Pocas exclusivas tan grandes como esa puede dar el periodismo cultural. Cada fragmento de Gustave Flaubert (Ruan, 1821-Croisset, 1880) es una pieza única de artesanía que se cobró caras cuotas de salud de su orfebre, horas de insomnio, levas forzosas de exhaustas neuronas, recortes indudables en su esperanza de vida.

Flaubert fue el sumo sacerdote de la prosa francesa. Decidió bajarse del mundo, anudarse su eterno batín, encerrarse en el gabinete de su casa ajardinada de Croisset, junto al cauce del Sena, y entregarse a la reinvención de la sintaxis narrativa como si fuese el primer relojero sobre la tierra. De su quijotesco sacrificio nace todo el caudal de la novela contemporánea. Vais a pensar que me doy a la boutade pero soy riguroso si afirmo que Flaubert, de hecho, inventó el cine. Ningún autor había sabido desaparecer tan mágicamente como él y animar a la vez a sus criaturas con semejante autonomía, de tal modo que la descripción psicológica se funde naturalmente con la acción, y la acotación moralista o didáctica del narrador, esa invasiva voz en off (tan galdosiana), se vuelve innecesaria: los personajes a partir de Flaubert se definirán estrictamente por sus obras, como en la vida real. Él solo tomó el arte literario y lo llevó a marchas forzadas por territorios inexplorados, hasta tiempos futuros, con la misma productiva violencia con que Newton empujó la física, Edison la técnica o Miguel Ángel la pintura. Cuando Flaubert muere, la literatura universal ha completado gracias a su carrera un relevo entero en la pista de la historia artística. La gesta tuvo un precio, claro: la propia vida. Flaubert es el atleta de Maratón de la prosa moderna.

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23 marzo, 2014 · 14:00

Liberen a Tarantino de las garras de Hannah Arendt

Portada del libro, ya en su librería de confianza.

Portada del libro, ya en su librería de confianza.

[La editorial Renacimiento acaba de publicar Lo mejor de Ambos Mundos, una primorosa antología de artículos aparecidos en la homónima revista digital de la Fundación UNIR, que conoció luego una nueva encarnación bajo el nombre de Suma Cultural. Entre enero de 2012 y enero de 2013, bajo la sabia batuta de Ignacio Peyró –conoceré a editores tan cultos como él, pero no más–, Ambos Mundos reunió a un elenco transversal de firmas españolas y extranjeras, consagradas y noveles, convocadas por los únicos dictados de una cierta ambición intelectual, alguna elegancia de estilo y el respeto a la tradición cultural de Occidente. Procedían de la universidad, la industria cultural o el periodismo (desde el ABC y La Vanguardia a La Gaceta, pasando por Avui o Diario de Mallorca). Peyró no exigía nombradía, edad ni carné ideológico: solo cultura e inteligencia, humanismo y buena prosa. Cine, literatura, música, hispanismo, americanidad, europeísmo, lírica, biografía, artes plásticas, filología, periodismo eran solo algunas de las disciplinas ensayadas a cargo de plumas como las de Andrés Trapiello, José Carlos Llop, Juan Bonilla, Luis Alberto de Cuenca, Valentí Puig o Enrique García-Máiquez. Lo mejor de aquella etapa –en marcha a través de la web enlazada– lo agavilla este libro antológico en el que, por ser firma habitual de la publicación, me ha cabido el honor de participar con el articulito que reproduzco a continuación, publicado en enero de 2013]

Hace pocos días un periodista cabreó a Quentin Tarantino al insistirle durante una entrevista en la banalización del mal que su cine propone. El entrevistador acabaría de terminar un ensayo de Hannah Arendt, o al menos la parte de la solapa que resume su conocida tesis sobre el terror industrializado, hecho rutina, del III Reich.

A Tarantino, de estreno con una película en teoría sobre la esclavitud que abusa del término “negro” –acíbar al sensible paladar de la corrección política–, se le han echado encima muchas veces a cuenta de la riesgosa desvinculación ética que comporta la estilización de la violencia, tan obsesivamente presente en su cine. En esta ocasión lo está haciendo el colectivo afroamericano –nunca pensé que condescendería a escribir este sintagma–, pero tanto da quién porte el inmaculado estandarte en función de qué susceptibilidad afrentada. Lo importante es que los apóstoles de la corrección matan moscas a cañonazos cuando desatan su reprobación contra el brillante cineasta de Knoxville.

El cine de Tarantino es irreprobable porque no presenta ideas que reprobar. De hecho, apenas presenta sentimientos, entendidos éstos como una categorización superior a la emoción animal. La paradoja de Tarantino, de quien se ha escrito quizá ya demasiado, es que su fundamentalismo formal indigna a la crítica posmoderna… cuando no hay nada más posmoderno que el culto a la estética despojado de toda trascendencia (en eso el posmodernismo no es sino otra vuelta de tuerca al modernismo). La violencia de Tarantino no puede escandalizar a nadie: el escándalo es algo serio, es una violación honda de la moral. La violencia de Tarantino atañe a la epidermis sensitiva, así que su capacidad provocadora únicamente alcanza a cosquillear la piel del espectador, dando por sentado que este haya visto alguna vez mear a una señora o el ovillo enrojecido de un gato enfriándose en un arcén. Son emociones muy básicas, pero ellas son las células del tejido del entretenimiento. Y como no otra cosa que entretener se propone su creador, hay que convenir en que Tarantino es un artista honesto. Deshonestidad en arte sólo equivale a fraude, y él allega lo que promete, ni más ni menos.

Ahora bien. La fórmula tarantinesca ofrece un reto a la crítica tradicional que ha venido asociando el estilo al carácter, la estética a la ética, de un modo indisoluble. ¿Puede una cadena humanamente articulada de fotones estar desprovista absolutamente de mensaje, de conato de moraleja? Claro que no. Hay un mensaje en la plasticidad gratuita de Tarantino, en su cine verborreico y estructuralista. Es un mensaje tan antiguo como el oficio del rapsoda griego; tan decorativo como el relato inacabable de Sherezade, cuya vida depende de entretener a su oyente. Así la vocación modesta pero noble del travieso Quentin. Nadie llorará con el desenlace climático de una trama tarantinesca, ni se identificará dramáticamente con sus personajes de papel de pulpa. Ni falta que hace. Hay tiempos en los que la misión más alta de un creador se reduce a despertar y sostener el hastiado interés de la gente por el desprestigiado –a fuerza de sobrecargarlo de prestigio– arte de la ficción.

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Camba, el nómada perdurable

Nomadismo memorable.

Nomadismo memorable.

¿Qué diría Camba si pudiera levantarse para contemplar el éxito inconcebible de que hoy gozan sus antologías de artículos, un siglo después de haber sido escritos? ¿No es extraordinario que sus crónicas periodísticas, género que se supone pegado a la actualidad, sean objeto de un frenesí editor como solo se reserva a los autores que acaban de morir o de recibir el Nobel, y sean consumidas con general aceptación por los lectores de 2014?

Pero este febril revival de Camba que arroja nuevas ediciones cada mes deja de ser inconcebible y extraordinario si reparamos en los méritos únicos de un escritor de periódicos que según la exacta apreciación de Pla creó una fórmula sin antecedentes en la literatura española, y que según el ojo fotosensible de Ruano alumbró páginas de observación tan brillante que obran la paradoja de triunfar sobre el paso del tiempo, siendo así que fueron escritas para el periódico del día, ese proverbial envoltorio del pescado de mañana.

Si Camba viera hoy cómo se le reedita, cómo se le lee y cómo se le cita probablemente haría dos cosas: en primer lugar descolgar el teléfono para llamar a su editor y preguntar por sus márgenes de beneficio; y a continuación, colgar el teléfono y girarse en la cama para seguir durmiendo en la ancha cama de la suite 383 del Hotel Palace. No hay que olvidar que don Julio fue el articulista antiliterario por excelencia y que su odio más auténtico se dirigía “al miserable que inventó la imprenta”. Sin embargo, como suele suceder, la renuncia a toda pose literaria genera la mejor literatura; en este caso periodística, es decir, no ficcional.

El último de los Cambas llegados a mi agradecido buzón –adonde ya han llegado prácticamente todos los anteriores– es fruto del trabajo abnegado del investigador Francisco Fuster, que entrega en estas Crónicas de viaje de la benemérita editorial Fórcola la antología definitiva del Camba corresponsal. Que es como decir de Camba entero, porque desde que en 1900, contando dieciséis, se escapara de casa para echárselas de anarquista en Buenos Aires hasta que en 1949 fijara su residencia en el Palace, donde moriría 13 años después, durante ese medio siglo de vida este nómada intermitente no hizo otra cosa que viajar y escribir sus impresiones del extranjero. Fue un corresponsal sin arraigos posibles, observador de un irónico adanismo y arquitecto de ángulos paradójicos que explican la singularidad de sus piezas. Al corresponsal de Villanueva de Arosa no le interesaba la cobertura política como la sociológica y la cultural. En la mayoría de sus crónicas se sirve de la posición admirativa del recién llegado, se construye una fingida ingenuidad y parte del prejuicio generalmente extendido sobre el país concreto en que se encuentre para luego darle la vuelta con su conocido juego de silogismos sorpresivos.

Así, envidia en el dulce París la cocina y la moral de los franceses. Se ceba con la hipocresía inglesa, que consiente la máxima libertad de expresión y la mínima de comportamiento fuera de férreas convenciones. Descree en Estambul del cacareado progreso turco, critica con humor el machismo coránico –“La turca no solo está guardada por su virtud, que alguna vez cedería, sino también por el turco, que no cede nunca. Para seducir a una turca, la imposibilidad consiste en seducir al turco” – y anota que en Turquía no vale la pena ser bonita, porque por culpa del velo toda belleza es anónima. Con desagrado simétrico al de Lorca, aunque empleando la sátira en lugar de la lírica, deplora la mecanización del individuo que fomenta Nueva York. Se ríe de la obsesión alemana por lo colosal. Disiente de la teatralidad romana, ciudad demasiado grandilocuente para su decidido gusto antirretórico. Constata que en Suiza no hay suizos. Y en su Madrid adoptivo encuentra la exactitud imperecedera para definir la capital como “un pueblo de comentaristas”.

La selección obedece al criterio personal del antólogo, a quien hay que agradecer la laboriosa molestia de recuperar artículos rigurosamente inéditos en formato libro: rescatados directamente del amarillento periódico de la época. El volumen lleva un prólogo entusiasta de Antonio Muñoz Molina, quien acierta a explicar la melodía liviana pero perdurable de la fórmula cambiana: “Ocurrencias instantáneas, que se abren y se cierran casi como un golpe de abanico, poseen una trabazón interior y proponen una unidad de lectura tan acabadas como las de un poema. Crónicas perfectamente arbitrarias, que casi nunca tienen un tema identificable, que jamás tratan asuntos de gran importancia –ni de pequeña importancia, la mayor parte de las veces– contienen intacto el tono de una época, no porque su autor tuviera la pretensión de hacerlas intemporales, sino porque cultivaba una distancia irónica hacia todo lo importante de su propio tiempo”. Solo matizaría a don Antonio que el gran tema identificable en Camba, como en Pla, es precisamente la huida de la solemnidad y de la ideología, y que ese estilo de ser y escribir blinda estos textos contra el naufragio militante de su siglo, les confiere su milagrosa vigencia que es elevación del costumbrismo a categoría.

Por nuestra parte, y aunque a nuestro amigo Hughes le empiece a estomagar ya la fiebre cambiana, nunca nos cansaremos de reivindicar la artesanía perfecta y pegadiza de don Julio no como un tributo nostálgico sino como un espejo posible, un estandarte alzado para salvar lo que quede del futuro periodismo.

(Publicado en Suma Cultural, 8 de febrero de 2014)

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La belleza de la derecha

Louis Auchincloss en el registro de Yale del año 1939.

Louis Auchincloss en el registro de Yale del año 1939.

Hace poco los curiosos muchachos de Arsuaga extrajeron de la Sima de los Huesos un fémur de cuatrocientos mil años cuyo análisis de ADN arrojó una conclusión asombrosa: pertenecía a un homínido más siberiano que burgalés. Hasta ahora en Atapuerca se creía haber encontrado básicamente casquería neandertal, individuos peor o mejor representados de la especie heidelbergensis. Pero resulta, dicen los chicos de Arsuaga, que la familia humana se dividió en dos ramas hace un millón de años, y que la fetén alumbró neandertales y sapiens mientras que la lerda siguió dando indocumentados documentados en norte de Rusia y norte de Burgos. El descubrimiento complica las cosas, enreda el árbol familiar y establece científicamente la verdad del torero: no solo hay gente pa tó, sino que la hay al mismo tiempo en el mismo planeta.

Creíamos que la historia de la evolución humana venía regida por un patrón de progreso lineal que iba enderezando al mono hasta erguirlo completamente para alcanzar cierta manzana por consejo de una mujer tentada por un ofidio, y ello antes de doblar al hombre otra vez sobre un ordenador de oficina según enseña el famoso chiste. Pero Atapuerca nos muestra que en el mundo convivieron especies distintas con distinto grado de sofisticación genética. Es decir, que la humanidad es en primer lugar gradual, y en segundo lugar tan sincrónica como diacrónica. Hubo un tiempo en que se podía ser más o menos humano no por educación sino de mero nacimiento, y en que los linajes pugnaban darwinianamente entre sí para pasar de la prehistoria a la historia pero a la vez eran exponentes cabales de su linaje particular, gorilesco o lampiño.

En Atapuerca ya se daba por tanto uno de los principales rasgos de la democracia: las minorías. La democracia es simultaneidad de estadios evolutivos dispares. Umbral definía Madrid por su simultaneísmo, por su generosidad para albergar a la vez a tontos y a listos, a carrozas y a dandis emprendiendo en el mismo barrio su acción contradictoria. Bien, pues ese simultaneísmo va a resultar muy viejo, de hecho connatural a lo humano desde su albor, y abre debates insospechados. ¿Cómo es posible que ante la reciente muerte de Nelson Mandela unos humanos entonasen la alabanza al ángel ido y otros de su misma especie lo despachasen como criminal? Pues porque ya que no la genética, sí la formación, las lecturas, la dotación neuronal estratifican incesantemente a la humanidad en minorías de desigual sofisticación, como ha sucedió siempre según sabemos ahora por los sabuesos de Arsuaga. Y no nos preguntaremos si el aborto de un feto neandertal habría sido más legítimo, por más inhumano, que el de un feto sapiens, aunque podríamos especular bizantina y deliciosamente al respecto puesto que ambas especies coexistieron hasta que el sapiens, inexplicablemente, se impuso a su pariente bruto hace quinientos mil años. Antes incluso de la Transición y de sus ancianos periodistas.

Exactamente lo mismo ocurre en la historia de la literatura y del arte en general. En arte no existe el progreso lineal: los frescos bajomedievales de Giotto no quedan superados por el descubrimiento de la perspectiva renacentista. Poseen un valor en sí mismo, ejemplifican una cima del espíritu humano en su tiempo, sí, pero también emocionan a ojos venideros. Hoy, mal cobijados bajo ese gran paraguas permeable que es la posmodernidad, la coexistencia de especies literarias es una realidad delirante. Hay gente escribiendo novelas exactamente igual que como las escribía don Alejandro Dumas —¡y recibiendo premios por ello!— y hay, supongo, oscuros y eternos becarios experimentando en su buhardilla con las vanguardias y los estilos del mañana. Y hay una infinidad de matices intermedios.

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29 enero, 2014 · 14:34

El formol delicioso de Julio Camba

Sus crónicas alemanas están entre lo mejor del articulista gallego.

Sus crónicas alemanas están entre lo mejor del articulista gallego.

Parece una paradoja que el auge editorial de Julio Camba (Vilanova de Arousa, 1884-Madrid, 1962) coincida con la ruina del periodismo tradicional, amén del cincuentenario de su muerte que se conmemoró el año pasado. Asombra la vigencia de la prosa cambiana en su estilo y en sus temas, sancionada por el favor de nuevas generaciones de lectores que descubren al gran genio español del columnismo del siglo XX ahora que cualquier bloguero con pretensiones se llama a sí mismo columnista. Pero quizá no sea tan paradójico el resurgir de Camba (a quien hace diez años nadie leía ni reeditaba en este país) en tiempos críticos para el periodismo, porque es conocida la facultad selectiva de las crisis para expurgar únicamente lo mejor con cierto ánimo de reivindicación. Y Camba no sólo es de lo mejor que le ha pasado a la historia del periodismo español, sino de lo mejor que podría sucederle a su futuro.

La editorial sevillana Renacimiento, con un primor ya reconocible, publica ahora las crónicas escritas por Julio Camba entre 1912 y 1915, siendo corresponsal en Alemania para La Tribuna primero y para el ABC de Torcuato Luca de Tena después:

–Pero si yo no sé alemán.
–Eso no importa, lo hará usted muy bien –le contestó el fundador de ABC.

Camba, que venía de cubrir las corresponsalías más excitantes de Londres y, sobre todo, de París, encaró Berlín con una desgana que la siempre fina ironía de sus artículos deja traslucir perfectamente. «Yo soy el hombre menos alemán del mundo», declaraba, y aunque pasó allí dos años y escribió algunas de las mejores crónicas de su vida periodística, nunca llegaría a encariñarse de lo germánico. Regresó aliviado a Madrid en los inicios de la Gran Guerra, aunque él dijo que volvía por aprensión de sabiduría, porque empezaba a notarse «síntomas así como de ir adquiriendo un criterio científico para todas las cosas» y él no quería defraudar a sus amigos castizos del café volviendo del país de Kant hecho un sabio de levita.

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29 noviembre, 2013 · 17:52

¿Hay que acabar con las series de TV?

No veas tanta serie y vente el Gem con Al.

No veas tanta serie y vente el Gem con Al.

Es significativo que uno de los portales más célebres y visitados por los espectadores piratas (valga la redundancia) de nuestro país se autotitule Series Yonquis. El nombre es de una eficacia publicitaria innegable entre españoles, tan tenaces en el liderazgo europeo del consumo de drogas como en la ostentación del farolillo rojo de los informes educativos. Solo que la droga de las series también puede ser educativa.

La ficción, efectivamente, es una droga para el hombre, y no solo para el hombre español, como lo prueba esta edad dorada del género serial que despuebla Hollywood de guionistas y actores, más atraídos por la ambición narrativa de las series que por el efímero relumbre de los largometrajes, y que ha obligado a todos los periódicos digitales a abrir blogs especializados en el análisis de series, blogs que son seguidos y comentados con profusión de neologismos camino ya del arcaísmo como friki o spoiler.

Que la ficción no es un lujo sino una necesidad es una verdad antigua que justificó la emergencia de los aedos y rapsodas del mundo clásico, de los dramaturgos del Siglo de Oro e incluso de los monologuistas del Club de la Comedia. El IVA al 21% puede obstaculizar su satisfacción, pero no extirparla, y si nos lo suben al 91% volveríamos a la linterna mágica y a las cajas de guiñol en la plaza.

Las series cumbre de las cadenas yanquis –amén de yonquis– AMC o HBO nos proveen ciertamente de una sofisticación dramática desconocida hasta la fecha. Sin considerarse uno un yonqui fetén, un colgao irredimible de la sorkinina (Aaron Sorkin, autor de El ala oeste entre otras) o la simonina (David Simon, autor de The Wire entre otras), he de reconocer que los mejores ratos de pantalla –incluyendo la de cine y hasta la del chat con top models- que he experimentado en los últimos tres años se los debo a este puñado de títulos gloriosos: Los Soprano, The Wire, Mad Men, Breaking Bad, El ala oeste de la Casa Blanca, Deadwood, House of Cards y alguna más. No muchas más porque no me he aventurado mucho más allá de estas grandes obras que los amigos me encarecían con razón. También he curioseado en otras producciones a mi juicio fallidas, como The Newsroom y Boardwalk Empire, aunque no es difícil encontrar en ellas momentos de verdadera maestría cinematográfica.

Si la ficción es droga, habrá mierda buena y mierda mala, y ustedes disculpen el argot del lumpen. La mierda antecitada es muy buena, posee todos los principios activos del más puro psicotrópico artístico. Meta azul del mismo Heisenberg de Breaking Bad, de hecho. Si a ustedes no les suenan estos nombres y estas ficciones, ustedes están fuera de su tiempo (cosa que tampoco es ningún drama, oigan). Siempre he creído que de haber continuado hasta hoy las bulliciosas tertulias en los cafés literarios, los Valle-Inclán y los Gómez de la Serna se juntarían hoy para comentar los episodios de estas series que constituyen sin duda la manifestación estética más importante e idiosincrásica de principios del siglo XXI, del mismo que la novela lo fue en el XIX, el ensayo en el XVIII, el teatro en el XVII y la poesía en el XVI.

Ahora bien. En la fiebre de las series, como en la del oro, afloran paladas de cuarzo, feldespato y mica por cada pepita áurea. Como adicción que es, el visionado compulsivo de series exige una enorme cantidad de tiempo y la oferta es inacabable. Ahora que viene el frío la adicción empeora, recluye a sus víctimas en el interior rancio de sus pijamas durante findes enteros, agarrota sus músculos, irrita sus córneas. Hay que medir muy bien si el beneficio espiritual compensa el sacrificio corporal, porque no está nada clara la ventaja.

La serie es una amante posesiva que nos quita de pasatiempos tan acreditados como el amor, el deporte o la lectura. ¡Antiguallas!, aducirán los frikis. Puede ser, puede ser. Pero no estamos seguros de que la sustitución del paseo serrano con la novia por el atracón de capítulos de Homeland –serie que me resisto a empezar a ver, porque se me acumulan tristes los libros en la estantería– representa un signo de progreso y modernidad. Más bien la conversación solipsista y fanática del devorador de series nos hace a veces el patético efecto del paletillo taurino que todo lo compara con el toro y su mundo, y cada situación de la vida le parece anticipada simbólicamente por el giro de culo de un mozo de espadas amigo suyo. Yo sostengo, más que nada por mis amistades, que se puede ser perfectamente moderno asistiendo a corridas de toros y perfectamente medieval rindiendo pleitesía a los diálogos de Sorkin.

Lo peor de las series, incluso de las buenas, es que proporcionan una cultura exclusivamente visual, de escenas memorables y personajes magnéticos. No es poco. Pero no es suficiente. Se ha dicho tanto, y sobre todo lo han dicho tantos cursis que produce alipori repetirlo, pero es que es verdad: el desarrollo del homo sapiens sapiens viene caracterizado por la sutileza creciente de su capacidad de abstracción, cifrada en el lenguaje verbal. Una persona que ve buenas series y lee buenos libros es un ejemplar sano y cabal del sapiens sapiens. Una persona que ha sustituido los buenos libros por las buenas series es un espécimen cojeante de la especie. Una persona que sustituye las buenas series por las series españolas es una anomalía genética que hace llorar a Darwin sobre el cuaderno de notas de Mendel.

¿Hay que acabar de una vez por todas con las series de televisión como con una lacra social cualquiera? Umm. Quizá la lacra no haya exhibido aún toda la obscenidad de su poder deletéreo; quizá el enclaustramiento catódico que fomenta no deba motivar el mismo rechazo social que la jeringuilla en el antebrazo. Todo se andará. Ya verán ustedes. Y los que dentro de un par de décadas sobrevivamos a la plaga con los cerebros limados pero aún hábiles podremos escribir el guión definitivo sobre cómo las series de televisión fueron nuestra Movida y sembraron de cadáveres intelectuales las añoradas pandillas de la juventud, cuando el lado salvaje de la vida se caminaba sin salir del cuarto, embutido en un pijama.

(Publicado en Suma Cultural, 9 de noviembre de 2013)

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