Cuando el PSOE presumía de ser el partido que más se parecía España no fundaba tal vínculo en la clase social, pues el obrerismo perdió sentido hace tiempo en las sociedades posindustriales, sino en la diversidad territorial. Desde que Feijóo tomó las riendas del PP -dejando la rienda larga por contraste con el centralismo casadista-, y sobre todo desde que el 28 de mayo los españoles retiraron abrumadoramente el poder territorial al PSOE para confiárselo al PP, el partido que más se parece a España es el liderado por un gallego flexible y templado que ha hecho del respeto a los acentos singulares de la nación su paradójica seña de identidad.
Los animales solo salen de su madriguera de confort cuando están desesperados, pero de la entrevista que Sánchez al fin concedió a Alsina me interesaban mayormente las preguntas. Una repuesta de Sánchez no importa a nadie porque procede de un animal invertebrado cuyo principal atributo es la liquidez: la abolición de la correspondencia entre lo dicho y lo hecho, entre la voluntad y la responsabilidad. Si se le inquiere por lo que ve cuando se mira al espejo, él contesta que pandemias y volcanes y guerras. La entrevista entera se redujo a una única pregunta sin respuesta que quedó flotando en el aire de las ondas como la canción de Dylan: por qué nos ha mentido tanto, presidente. «En qué», tuvo el cuajo de replicar. No quiso Alsina rematarlo en un susurro: tengo una lista pero no hará falta, Pedro, porque todo tú eres mentira.
A finales de noviembre de 1781 la tripulación del Zong, propiedad de un sindicato negrero de Liverpool que cubría la ruta entre Ghana y Jamaica, tomó la decisión de arrojar por la borda a 142 esclavos africanospara poder cobrar el seguro de 30 libras por cabeza que la póliza estipulaba, alegando que así salvaban el resto de la mercancía: otros 300 esclavos. El primer día arrojaron a 54 mujeres y niños; el segundo, a 42 varones; en los días sucesivos se deshicieron de varias decenas más. Una vez en Jamaica los tripulantes del Zong reclamaron la compensación por la pérdida. Si se celebró un juicio llamado a sacudir las conciencias del sedicente siglo de las luces fue únicamente porque la aseguradora se negó a pagar.
Tu partido acaba de presentar una reclamación contra mi periódico y contra otros porque no le gustan las encuestas que van saliendo en ellos. No sé qué de «ocultación intencionada» y de «datos de obligada publicación», dice tu organización, llamada PSOE de soltero; o sea, antes de conocer bíblicamente a tu hagiografiado. Date cuenta, Pepe Félix, de las risas con que ha sido recibida la noticia en esta redacción. Calibra el estallido de jolgorio que nos ha sacudido al enterarnos de la genial maniobra, a medio camino entre la desesperación africana y la amenaza caribeña.
Nadie cae del cielo de las finanzas a la celda del talego sin experimentar un íntimo cambio. Rodrigo Rato (Madrid, 1949) rompe un silencio de 10 años para contar su versión de la historia que mejor encarna el auge y la caída de un hombre que fue una época. Llega en moto, se quita el casco, posa paciente y descarga su conciencia con sosiego y más ajustes de cuentas que actos de contrición. Para penar ya está Soto del Real.
Usted defiende que la politización no fue el problema de las cajas en España.
Los problemas que tuve en Caja Madrid y los que vi en las otras seis cajas no eran los créditos políticos. Eran operaciones bancarias, casi todas relacionadas con hipotecas. Caja Madrid tenía sobre todo hipotecas a inmigrantes que eran un problema, y otras, como Bancaja, tenían además préstamos a promotores en los que la caja entraba con un porcentaje. Eso es típico cuando las cosas van bien. Pero cuando la demanda se frena, los bancos se adaptan ampliando capital. Las cajas no tienen a quién cargarle las pérdidas porque no pueden ampliar capital. Ahí el timing es fundamental. Todo esto empieza en 2007. En ese momento todos los partidos tenían cajas regionales y no quieren privatizarlas. Y ahí se pierde un tiempo precioso. Pero las cajas han financiado la vivienda de las clases medias españolas.
La muerte de Silvio Berlusconi es el mayor escándalo de una vida fecunda en escándalos que solo respetó una ley: la de que el espectáculo debe continuar. Entre el pacto fáustico y la comedia del arte, el condotiero milanés se reinventó tantas veces que nos acostumbramos a creer que no moriría. Morirse era un acto troppo vero para farsante tan consumado. Su poder mediático lo resguardaba de la muerte política; su imperio empresarial lo protegía de la muerte civil; su habilidad política lo alejaba de la muerte judicial. Como magnate del fútbol avivaba el calor del pueblo y como adicto al quirófano conjuraba el acecho de la biología. Su fin traciona la premisa básica del berlusconismo: se trata de sobrevivir a cualquier límite.
Hace tiempo que mojar la pluma en las lágrimas de impotencia de Pablo Iglesias e Irene Montero me causa el rechazo propio de cualquier abuso. El refranero castellano, poco atento a los pudores de la corrección multicultural, llama a eso lanzada a moro muerto. Pero en la hora grave de la disolución podémica, cuando una democrática lluvia de votos lava el último coágulo del neocomunismo español y lo encauza de regreso al sumidero de la historia, quizá sea necesario recontar los daños dejados por la riada de populismo que rompió los diques institucionales y anegó las plazas de España hasta enfangar parlamentos, aulas y redacciones.
Que el fundador de Bandera Roja en Zaragoza, escisión maoísta del PCE, terminara convertido en el periodista más influyente de la derecha democrática española desde la Transición hasta nuestros días puede sorprender a los sexadores ideológicos más superficiales. Pero quienes se hayan asomado a sus primeros textos y los cotejen con su recién publicado El retorno de la derecha (Espasa) descubrirán, por debajo de las inflexiones de la coyuntura política, un bajo continuo en la trayectoria de Federico Jiménez Losantos (Orihuela del Tremedal, 1951) que nunca ha dejado de servir a dos pasiones insobornables: la idea de España y el anhelo de libertad. Losantos se hizo comunista porque a comienzos de los 70 era la única manera honesta que el hijo de un zapatero de una aldea de Teruel tenía de comprometerse con la libertad política frente al régimen franquista. Y dejó de ser comunista cuando constató decepcionado, China y Solzhenitsyn mediante, que la izquierda catalana prefería alinearse con la burguesía nacionalista de pulsión hispanófoba antes que con las clases populares de cultura castellana que habían labrado la prosperidad de Cataluña. Visto así, el viaje a la derecha liberal de FJL sorprende mucho menos.