Ejercicios espirituales en el PSOE

“Al igual que la mayoría de los hombres que combinan rentas de tres mil libras al año con digestiones pesadas, Lucas era un socialista convencido, por lo que sostenía con una firme convicción que no se puede aspirar a elevar el espíritu de las masas si a estas no se les da antes la oportunidad de descubrir cosas tales como los huevos de codorniz”.

Así presenta el venoso Saki –el gran cuentista satírico de la era victoriana– uno de sus personajes de clase, esa populosa oligarquía que hoy llamaríamos progresía de salón y que no tiene nada que ver con la rebeldía individualista de Camus. El PSOE está lleno de Lucas y ahora los coge a todos y los lleva de ejercicios espirituales para reencontrar su alma tironeada en sus puntos cardinales por el federalismo, el quincemismo, el derecho a decidir, la brigada de demolición de Cuelgamuros, el justicialismo garzonita, el esencialismo manchego de Page y el oportunismo femenil de Susana Díaz, que quiere ser una Esperanza Aguirre en rojo cortijero. Los Levi´s que estira la impar cuadra socialista los calza el pobre Rubalcaba –ya le vimos con unos que le quedaban holgueros cuando salía del hospital, las Ray-Ban caladas– y ya todo es restar semanas para el desgarro sonoro y capitulador.

El penúltimo tirón ha salido de la cocina caliente del CIS, que ahonda la caída del PSOE y premia con subida el optimismo macroeconómico popular. Y ya puede Rubalcaba desacreditar los fogones estadísticos que ese fuego lo alimentarán ahora con chispas de navaja los afiladores traperos que hace tanto tiempo esperan su ocasión. La soledad de Rubalcaba, pese a que sigue siendo el socialista más listo que tienen en ese partido evanescente, hoy solo admite parangón con la de José Ignacio Wert, ninot achicharrado de la política no profesional. Luego se quejan de los políticos profesionales, pero como para entrar en ese horno sin carné ignífugo, oigan. Cagadas aparte.

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6 noviembre, 2013 · 18:13

El otro Wilde

Hector Hugh Munro, el afilado Saki.

Hector Hugh Munro, el afilado Saki.

Oscar Wilde no estuvo solo en la dramática contienda contra la era victoriana. A su lado peleó con gloria poco reconocida el caballero británico Hector Hugh Munro (Birmania, 1870 – Francia, 1916), por sobrenombre Saki, el más afilado cuentista británico de entresiglos y uno de los talentos más sutilmente divertidos del ámbito anglosajón junto con el estadounidense O. Henry. El celebrado Wodehouse debe tanto al magisterio cómico de Saki como el añorado Tom Sharpe, que en junio de este mismo año decidió morirse en Gerona al constatar el decepcionante retraso de la recuperación o de la independencia, una de dos. Antes de morir, sin embargo, dejó escrito: «Si empiezas un relato de Saki, lo terminarás. Cuando lo hayas terminado, querrás empezar otro; y cuando los hayas leído todos, jamás los olvidarás». No creo que se puede recompensar mejor la entrega de un escritor al juicioso mandamiento de Sainte-Beuve: «Leed cosas grandes, escribid cosas agradables».

Saki leyó a los grandes ironistas de su tradición cultural, de Sterne a Swift, y escribió unos cuentos gratísimos de leer que bien leídos no están exentos de amargura íntima ni de aullido social. Lo que me gusta de Saki es que no necesita operaciones exhaustivas como las de William Makepeace Thackeray (otro inglés nacido en la India) para abrir en canal a la sociedad eduardiana. Con tres incisiones muy localizadas pone la moral porcina de una marquesa a chorrear sangre boca abajo. Sus cuentos van al grano tras una ambientación impresionista y mantienen unas constantes estructurales y temáticas cuya reiteración obsesiva no preocupa en absoluto al autor. Y lo que es más importante: tampoco al lector.

Tenéis varias ediciones. Yo he manejado los Cuentos Completos en Alpha Decay y las Crónicas de Clovis en Valdemar, aunque hay algunas otras fruto de un feliz, y reciente, redescubrimiento editorial. Las piezas narrativas de Saki suelen estructurarse en torno a una escena de corte teatral, en donde los diálogos y las descripciones psicológicas canalizan el veneno de la sátira costumbrista: conversaciones en salones de mansiones londinenses o coloniales, fiestas o clubes de bridge. Aristócratas de afilado ingenio y pícaros arribistas alternan golpes de florete dialéctico abrumando al lector-espectador que asiste a un despliegue sintáctico y verbal deslumbrante. Los vicios de clase —la hipocresía, la avaricia, las maniobras del gorrón o la pesadez del charlatán— son satirizados sin piedad, con el efecto multiplicador que se logra envolviendo la carga vitriólica en elegantes capas de referencias indirectas y elaboradas perífrasis y comparaciones. El estilo relampagueante de las comedias wildeanas, vamos.

Se trata de una literatura que toma a los lectores por inteligentes. Exige un paladar medianamente distinguido para apreciar tanto un enredo endiablado como un moroso dibujo de caracteres, una erudición exótica, una nota macabra y una sintaxis sin miedo a la subordinación. De los ingleses siempre sorprende un poco esa simultánea aptitud para el escándalo y la permisividad, caras de la misma moneda de la civilización. Fue el puritanismo victoriano el que condenó a Wilde, pero solo después de llenar durante años los teatros que representaban sus obras. Al final parece que el único precepto absoluto es el que promulgara en mármol Michi Panero: «Lo único que no se puede ser en esta vida es un coñazo». Ni Wilde ni Saki aburren jamás.

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6 noviembre, 2013 · 13:40

El hombre (y la mujer) de Vitrubio

Hombres limpiando, fijando y dando esplendor.

Hombres limpiando, fijando y dando esplendor.

Durante siglos la crítica occidental vivió a salvo de Oscar Wilde y pensó pacíficamente que el arte imitaba a la naturaleza y no al revés. El arquitecto romano Vitrubio, conservador devoto de los órdenes griegos y formulador del canon arquitectónico indiscutido hasta el Barroco, expresó la idea de que las columnas, por ejemplo, no son sino las copias artificiales de los árboles sobre los que en edades primitivas se apoyaban las techumbres de los edificios. Fue el mismo Vitrubio quien calculó la medida armónica del hombre que luego plasmaría famosamente Leonardo. Y fue Vitrubio quien explicó que las proporciones de las columnas clásicas se basaban en las proporciones del cuerpo humano, con tres órdenes correspondientes a tres formas ideales de lo corporal: el dórico a las del varón, el jónico a las de la mujer y el corintio a las de la doncella, señorita o muchacha en flor.

Sería interesante recorrer, por ejemplo, los edificios públicos de Madrid con el libro de Vitrubio en la mano y con ganas de aplicarlo rigurosamente. Las consecuencias son fastuosas, seguramente injustas e indudablemente cómicas. Sin salir de la almendra central, nos topamos con la sede de la Real Academia Española, cuya limpia fachada neoclásica se sustenta sobre columnas de orden dórico, como expresando el predominio de lo masculino en una institución que aún hoy cuenta con solo seis académicas de cuarenta y seis sillones ocupados. Y si la dórica RAE se resiste a la feminidad, como decía Vitrubio, qué diremos de los pintores de El Prado, cuya fachada precedida por Velázquez repite el orden dórico con sereno, sobrio, viril neoclasicismo.

La Bolsa o la vida, ambas femeninas.

La Bolsa o la vida, ambas femeninas.

La idea vitrubiana de feminidad señorea, en cambio, la columnata jónica del Instituto Cervantes, con sus imponentes cariátides custodiando el chaflán. Si reparamos en que el hoy Instituto Cervantes se diseñó para Banco Central, podríamos concluir que su arquitecto vino a subrayar el tópico bíblico de la mujer hacendosa, o bien la deidad grecolatina de la feracidad, es decir, ese talento crematístico, ese don para la administración de los dineros que siempre se ha atribuido a las mujeres, según Pla «el ser antirromántico por excelencia».

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4 noviembre, 2013 · 16:34

Siente al Rayo a su mesa

El Rayo es, en números redondos, el peor equipo de la Primera División, aunque está capacitado para hacer un buen papel en Segunda, al César lo que es del César. Al Rayo, sin embargo, contra todo espíritu científico, le siguen diciendo que es un equipazo, del mismo modo que hay telepredicadores en Texas que desmienten a gritos que vengamos del mono. Pero el hecho es que venimos del mono, incluido Paco Jémez, el brahmán de Vallekas, uno de esos sabios pancescos del fútbol al que le han dicho que es un genio y se lo ha creído. Jémez lleva el guardiolismo más allá del juego de un equipo incapacitado para practicarlo: lo lleva a su propia indumentaria. Ya nadie le apea del chalequito, cuyas sisas no revientan durante los partidos de puro milagro; tales son los trances epilépticos que se apoderan durante los encuentros de este místico castizo, cuarto pastor de Fátima contemplando el rostro de la posesión sobre el muro pelado del Estadio de Vallecas.

Pese a que es una máquina de perder puntos, a Jémez se le perdona todo en virtud de una pulsión españolísima llamada aporofilia o amor al pobre, una forma laica de misericordia que sirve al primermundista exitoso para lavarse la mala conciencia de su íntima prosperidad. Sobra bibliografía al respecto, lean ustedes las memorias de Carlos Barral o las carantoñas de Hollywood a los Panteras Negras contadas por Tom Wolfe. En cada entrevista Jémez no pierde la ocasión de vocear el mísero presupuesto de su club, en la esperanza de que terminemos de confundir la falta de dinero con la falta de puntos. Yo prefiero ser del rico Madrid porque soy pobre, que ir con el pobre Rayo porque se es rico, como hace Robinson. Pero si yo fuera vallecano y me viese colista cada semana, le pediría al señor Jémez que, ya que somos pobres, dejase de intentar jugar como los ricos, porque el dinero y los puntos en Liga es lo único en esta vida que no se puede ocultar.

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4 noviembre, 2013 · 16:30

Papá, ¿por qué estamos en Europa?

Qué jartá de democracia, oigan. Aguanté cinco horas exactas de debate parlamentario, de pluralismo político, de polifonías minoritarias, de réplicas y contrarréplicas, de bostezos ahogados e incontinencia urinaria. Es lo que pasa cuando la sesión de control al Gobierno de los miércoles viene precedida de la sesión informativa del Consejo Europeo. De Europa siempre vuelve Mariano Rajoy más estadista que nunca, intenso y pedagógico como una institutriz de piano. Como ese tipo tan pesado del chiste al que le preguntas qué tal está y va y te lo cuenta.

Bueno pues Rajoy nos ha contado hoy cómo están las cosas por Europa con tanta paciencia, con tanta prolijidad que a los cronistas más jóvenes nos entraban ganas de coger a los venerables reporteros de la Transición por allí aún presentes y preguntarles por qué estamos en Europa, como el niño del Atleti que necesita que su padre le invoque razones que justifiquen tan ardua militancia.

A la mañana de este miércoles en el Congreso le pasa lo que según Camba les ocurre a las palabras alemanas, que son tan largas que hay que coger perspectiva y entornar los párpados para juzgarlas en toda su magnitud. A las nueve y cinco comenzó el presidente a desgranar la letanía temática: del comercio interior al mercado digital único, de la unión bancaria a la convergencia fiscal. Pero se extendió sobre dos asuntos de rabiosa actualidad: la escandalera clueca del espionaje yanqui –qué fuerte, qué fuerte– y el grito en el cielo de la tragedia de Lampedusa.

Ambos temas se prestaban luego a atractivas bifurcaciones dialécticas en torno a las partidas de cooperación, los incentivos al desarrollo, la prevención en origen, la inteligencia compartida y otros entretenidos sintagmas informalmente distribuidos a lo largo de la rica gama que media entre el pleonasmo y el oxímoron.

Oxímoron parece la comparecencia del director del CNI, general Félix Sanz Roldán, que vendrá al Congreso a hablar para que nadie se entere, pues lo hace en la comisión de secretos oficiales que cursa a puerta cerrada como los entrenos de Mourinho. Suponemos que Obama fletará un par de unidades móviles para asegurarse de que llega la señal sin interferencias.

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30 octubre, 2013 · 19:32

Un clásico sin relato

Al clásico le faltó relato, que es lo que sucede cuando lo viejo (Xavi Hernández) no acaba de morir y lo nuevo (el Madrid de Ancelotti) no acaba de nacer. El resultado es un partido que no tiene otra vibración que su nombre, su propaganda fatigosa, su exceso retórico sin fundamentación en el juego. Del Barça dominador solo quedan el canto de cisne de Valdés, los coros y danzas de Neymar, el rondo contestatario en torno al árbitro y el cariño fiel de los narradores del Plus. Del Madrid que tomó el Camp Nou con la agresividad perdida del Innombrable no quedó hoy más que el contraataque que culminó Jesé y un cierto orden táctico desde la salida de Illarra.

Se rumoreaba un ataque de entrenador de Carletto y se acabó constatando: Ramos de medio centro y la primera parte regalada al Barça más flojo del lustro, un gesto de cesión desidiosa como de aristócrata cansado de sus riquezas. Iker saludaba afectuoso a sus amigos azulgrana en el túnel de vestuarios, que es su forma pueril de aplicar el discurso del Príncipe en Oviedo. Se veía un 4-3-3 claro, pero no se veía a Cristiano, que es lo que yo quiero ver antes, durante y después de cualquier alarde de pizarra. Bale en punta puso voluntad, arrancadas herbívoras y disparos de zapatones. Di María no encontraba yesca sobre la que prender su chispa y solo Modric demostraba algo de criterio, de ganas de ganar, en medio del respeto beato que el Madrid en general parecía profesarle al Barcelona después de habérselo perdido gloriosamente en las últimas visitas a domicilio.

A un gripado Iniesta, triste por lo suyo, le bastó un primer y único acelerón para habilitar a Neymar, que marcó con fortuna por roce de Carvajal. Pero ni siquiera el graderío que más cerrilmente se calaba la boina de la estelada daba al Madrid por muerto tras el 1-0, no porque el Madrid llevara peligro, sino porque el equipo del Tata estaba lejos de exhibir una ambición ofensiva medianamente precisa y constante. Por momentos tiquitaqueaba el Real y contragolpeaba el Barça, pero ambos profesaban ese credo sin ninguna convicción, como cuando le aceptamos un folleto al testigo de Jehová que nos timbra la puerta.

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27 octubre, 2013 · 11:55

Luis Paret, nuestro primer dandi

'Carlos III, comiendo ante su corte'. Una sutil obra maestra del detalle y la ironía.

‘Carlos III, comiendo ante su corte’. Una sutil obra maestra del detalle y la ironía.

Me gustó el cuadro en cuanto lo vi, reproducido en aquella antología de El Prado que cogía polvo en la biblioteca de mi padre. Se trataba de Carlos III, comiendo ante su corte y lo pintó en 1775 el divino Luis Paret y Alcázar (Madrid, 1746-Madrid, 1799), que es uno de los artistas especialmente seleccionados para la muestra que el museo dirigido por Miguel Zugaza ha dado en titular “Belleza cautiva”. Hay que darse prisa en ir a ver la exposición porque echa el cierre el 10 de noviembre.

Paret es noticia porque El Prado ha adquirido un nuevo cuadro suyo para esta exposición, Muchacha dormida, aunque a mí me bastaba con ese almuerzo de Carlos III que forma parte de la colección permanente y que merecería traspasar el círculo admirativo de los iniciados para obtener algún predicamento popular, porque parece que en el XVIII español no hay más pintor que Goya. Quien por otra parte no es más que un oscuro busto de una gala de cine.

El cuadro es un portento barroco. El ángulo elegido para representar la escena no puede ser más teatral: desde la sombra de una suntuaria sala del Palacio Real asistimos a la pomposa comida del rey, servido por su corte con arreglo a un minucioso, exquisito y extenuante protocolo. Cada uno de esos adjetivos está subrayado por la técnica empastada de Paret, un caso originalísimo de terquedad rococó a lo Watteu en tiempos en que el canon lo marcaba el neoclasicismo ideal de Mengs que, muy pronto, conocería la brusca contestación prerromántica de lo goyesco. Paret ingresaría en la Academia de Bellas Artes de San Fernando (en la que empezó su formación a los diez años de edad) al tiempo que Goya, en 1780, cuando el aragonés aún no había abandonado el clasicismo de escuela con toque rococó para emprender su huida sorda y genial.

Paret no poseía la personalidad vehemente del genio, sino la chispeante del dandi, pero en sus mejores momentos de juvenil desinhibición sí alcanzó la genialidad pictórica, para más tarde abandonar la ardua senda del personalismo y acomodarse al canon imperante. Hay un famoso autorretrato suyo en que se dibuja engalanado de pitiminí, rodeado de elementos que lo identifican como un cruce entre el Amadeus de Milos Forman y un Oscar Wilde avant la lettre. Fue Paret un pre-prerrafaelita madrileño que había venido a este mundo a divertirse, a gozar de los placeres del absolutismo y de los saberes de la Ilustración, y a rodearse de belleza. También a rodear de belleza a los demás, en concreto al hermano de Carlos III, el infante don Luis, mujeriego compulsivo a quien Paret abastecía de cortesanas como un auténtico proxeneta de altos vuelos. Tan es así que el rey acabó enterándose y lo mandó al destierro.

Lo que a uno le gusta de Paret es una paradoja: la combinación inopinada entre su gusto por el primor y su discreta distancia de lo que pinta; Paret es el primer dandi de la corte madrileña porque atiende al detalle, y lo fija con esmero, pero al mismo tiempo se distancia de él como previendo la ridiculez anacrónica del absolutismo engolado a punto de ser barrido por los vientos de la historia.

Se ha señalado de Paret su sentido escenográfico, pero sobre todo su sentido del humor. Hay en este cuadro de Carlos III una guasa sutilísima, con algo de sátira y con nada de denuncia, porque Paret se sabe miembro propagandístico del Antiguo Régimen, y astuto logrero de sus favores pese a destierros y escándalos, pero al mismo tiempo adivina lo efímero del tiempo incierto que le ha tocado vivir. Mirando sus cuadros uno advierte un tributo último de devoción por el despotismo ilustrado, y también un guiño abierto al gozne de las revoluciones por venir.

De Paret admiramos su técnica puntillosa, colorista, delicada. Pero sobre todo aplaudimos una sabia sutileza que no rompe con lo vigente pero ahorra una sonrisa eterna para el futuro.

(Publicado en Suma Cultural, 25 de octubre de 2013)

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Estamos todos un poco trufados

Eso declaró hoy, en la última intervención del insufrible debate de los Presupuestos, Cristóbal Montoro tras confundir a Carlos Salvador con un Sebastián, supongo que Miguel Sebastián, o bien el cangrejo de La sirenita, o el mayordomo de Clara, la amiga de Heidi. No se nos ocurren muchos más.

–Estamos todos ya un poco trufados.

Pero olvidó usted el suplemento del verbo, don Cristóbal, que es lo que conferiría algún sentido a la frase: ¿trufados de qué? ¿Trufados de dinero, como asegura Botín, suponemos que por experiencia? ¿Trufados de cifras a favor y de realidades en contra? Hemos superado la recesión, dice el Banco de España, pero quizá lo que quiere decir es que estamos trufados de recuperación económica, que es una fórmula más compasiva con los hechos, menos pretenciosa que declarar con entusiasmo la inauguración de la prosperidad.

Por eso, a falta de suplemento don Cristóbal enunciaba esta mañana una verdad espontánea con su frase a medio construir. Estaban sus señorías tan trufadas por día y medio de debate presupuestario que tras la frase de Montoro se procedió a la votación a fin de evitar que la trufa nacional se desbordase definitivamente.

A las nueve de la mañana se reanudaba la sesión abierta en la tarde del martes y el hemiciclo comparecía desértico como pedía la ocasión, porque eso de que la Ley de Presupuestos es la cita más importante del año legislativo no pasa de fanfarronada administrativa, de postureo de funcionario. En términos políticos se trata de una sesión amortizadísima por la mayoría gubernamental, y en términos retóricos lo mismo porque los portavoces llegan vaciados al escaño después de pasar semanas criticando las cuentas en las radios y en las teles.

Los pocos diputados montaraces que no tenían otra cosa mejor que hacer que asistir al debate parlamentario de los Presupuestos Generales del Estado estaban mentalmente muy lejos de allí, deslizando el dedo por el iPad, leyendo El País o hablando por el móvil como Casillas en el banquillo: tapándose la boca. Toni Cantó (o Cantuvo) consultaba (¿incendiaba?) Twitter, otros escribían en su portátil, Sánchez Llibre tomaba notas, Irene Lozano llegaba tarde embutida en una bata galáctica, el diputado popular Javier Puente –así apellidado porque colinda con el Mordor parlamentario que empieza en Amaiur– le preguntaba cosas al portavoz abertzale Larreina, Soraya Rodríguez se acercaba al escaño de Rosa Díez y esta le elogiaba la falda, una diputada de vaqueros burdeos se cambiaba de asiento para poder tener a alguien con quien charlar y el resto sesteaba con los ojos abiertos. Y tampoco estamos seguros de que no llevasen gafas con pupilas pintadas.

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23 octubre, 2013 · 16:35