La gloria de Xabi Alonso

La última prueba del heroísmo siempre es el sacrificio.

La última prueba del heroísmo siempre es el sacrificio.

La épica de nuestro tiempo se llama Liga de Campeones. La creó el Real Madrid para que a todos los pueblos llegara la noticia de su grandeza, y se preocupó de regar la leyenda con el polvo cósmico de nueve noches triunfales. Con ese polvo de estrellas se labra luego la plata maciza de la orejona. De la última de ellas, sin embargo, hacía ya demasiado tiempo y el mundo corría el peligro de olvidar a su rey.

Doce largos años llevaba el eco de la historia esquivando al Real Madrid. Para salir de tan amarga travesía se necesitaba una acción heroica, a la altura de su destino legendario: se necesitaba nada menos que arrasar Germania. Encararse con la bestia negra y torearla en buena lid. Y lo hizo este Madrid de don Carlo Ancelotti en el año del Señor de 2014, primero contra el Schalke, luego contra el Borussia y para finalizar, postre de dioses, el Bayern de Guardiola reducido a escombro y humillación.

El Madrid, sin necesidad de filosofías genialoides, consumó la gesta con una idea tan antigua como difícil: los atacantes defienden, los defensores atacan. El Madrid se comportó como un grupo tan compacto y solidario que se hace imposible destacar aportaciones individuales. Podríamos cantar el poderío de Ramos, el sacrificio de Bale, la movilidad de Modric, la solidez de Pepe, el récord sobrenatural de Cristiano Ronaldo. Cada uno de ellos merecería su propia Lupa.

Pero en el día después de la batalla, cuando preparamos con ilusión incontenible el viaje a Lisboa, queremos fijarnos en el hombre que no podrá jugar esa final soñada. Sabía Xabi Alonso que estaba apercibido, pero se marchaba Bastian Schweinsteiger y el vasco fue al suelo como van los hombres. La falta no estaba en su intención, pues encogió la pierna, sino en la inercia de un césped regado y en el efecto colateral de su coraje, el mismo que se requiere para vencer. Enseguida se tapó la cara con las manos: sabía que el árbitro no se la pasaría. Él ya ganó una final de Champions, con gol incluido, pero quizá ningún otro jugador del Madrid ha ayudado tanto a Ancelotti a construir este Madrid ganador. “Me debía una Champions”, dijo de Alonso el entrenador italiano cuando llegó a Madrid, recordando la remontada histórica del Liverpool frente a su Milan.

Pues bien: Xabi ha cumplido. Su esfuerzo ha llevado al Madrid hasta la orilla de la Décima, y él mismo se ha quedado en ella, castigado injustamente. Pero no nos fijemos en el rigor del árbitro ni en la estupidez de la norma, sino en la pura verdad de que, si se toca la gloria, a las manos de Xabi corresponderá uno de los pedazos más grandes. Los héroes no siempre están en la última foto: donde tienen que estar es en todas las anteriores.

(La Lupa, Real Madrid TV, 30 de abril de 2014)

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IRQ entrevistado

Con Iñaki, en el boxeo.

Con Iñaki, en el boxeo.

Enlazo, con mi gratitud por sus cariñosas palabras a partir del 27:50, la entrevista que Antonio Chinchetru le hace a Ignacio Ruiz Quintano, maestro mío y amigo. Y el número uno de esto.

El primer y quizá único escritor de periódicos al que deseé conocer. Y lo logré.

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Diario de un estudiante. París 1914

Gaziel: estilo y mirada.

Gaziel: estilo y mirada.

La feliz recuperación editorial de la obra periodística que dejó Agustí Calvet “Gaziel” (Gerona,1887-Barcelona, 1964) nos persuade de incorporarlo de pleno derecho al panteón de los inmortales del oficio a la vera de Camba, Chaves Nogales o Pla, quien confesó la influencia que sobre su vocación y estilo ejerció el primero de los libros que reseñamos aquí. Al estudiante Calvet, 26 años, doctor en Filosofía y promesa del noucentisme -movimiento pródigo en talentos de un moderado catalanismo, sensibilidad clásica y exquisita cultura- la Gran Guerra le pilla en París ampliando estudios en una pensión balzaquiana y cosmopolita, cuyo pathos microcósmico funciona como reflejo fidelísimo del desconcierto mundial. Sin propósito definido pero consciente de la gravedad histórica tanto como de su don excepcional para la observación, el futuro periodista Gaziel comienza a registrar en un cuaderno íntimo la primera reacción del pueblo parisino a la declaración de guerra: su vertiginoso paso de la incertidumbre al miedo, de la hospitalidad a la xenofobia, del pacifismo sincero al heroísmo marcial, del rancio clasismo a la emocionante solidaridad frente al enemigo prusiano común que avanza salvajemente hacia París. Todo ello sostenido escrupulosamente por hechos que no necesitan de la cercanía al frente para condensar una dramática elocuencia.

El Diario abarca solo el primer mes de guerra, aquel agosto del 14, pero por su intensidad narrativa, por su capacidad nabokoviana para el detalle, por la grandeza ética de su tono humanista, por el fraseo pulcro y rico de su prosa, por todo esto aquel inopinado debut constituyó no solo la obra maestra de su autor sino también uno de los grandes libros de la historia del periodismo español. El entonces director de La Vanguardia, Miquel dels Sants Oliver, demostró buen ojo cuando el estudiante se repatrió a Barcelona y le mostró aquellas notas; Oliver le pidió que las reelaborara para su publicación por entregas en el periódico y el éxito fue fulminante, decidiendo para los restos la vocación de Calvet, que iba más bien para otro Eugenio d’Ors. Lo cual prueba una vez más que el gran periodismo no requiere tanto una titulación como una mirada y un estilo.

La escritura de Gaziel es un venero de seny mediterráneo -de sentimiento inequívocamente español, por cierto- que reivindica la racionalidad y el orden siempre amenazados por la fragilidad de “esta capa tan tenue, convencional y quebradiza que llamamos civilización cristiana”. Conmueve su diario de guerra porque, sin llegar a la visceralidad de una Anna Frank, cada entrada combina el rigor del intelectual, capaz de cuestionar por ejemplo la propaganda triunfalista de la prensa francesa, con una estampa moral de hidalgo, llevándonos del franco humor a la tragedia pasando siempre por la piedad, erigida en alegato contra la locura fratricida de Europa. Gaziel no fabula jamás, y busca fuentes directas o indirectas con intrepidez, pero asimismo selecciona muy bien lo que quiere contar, calibra la potencia simbólica de la anécdota adecuadamente presentada y tampoco se priva de la conjetura política, la nota lírica o la reflexión filosófica; eso es lo que le convierte en un gigante de la crónica personal.

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1 mayo, 2014 · 9:07

Roma vincit

El centauro de Camas.

El centauro de Camas.

En el año 2767 desde la fundación de Roma, que equivale al 2014 del calendario gregoriano, el capricho de los dioses encomendó al Real Madrid la ardua misión de arrasar Germania. Debía vencer donde la historia le había humillado. Eliminar a los esquivos mineros del Schalke, a los jóvenes orgullosos de Dortmund. Y en una noche primaveral del mes cuarto, con todos los elementos en contra, la horda bárbara perfectamente alineada, la mofa de los conspiradores ya secándose en amarillento pergamino a la espera de ser difundida, el equipo blanco llevó a término su misión reduciendo a escombros los cimientos de Baviera, con ayuda de Marte, guiado por la cegadora astucia de Carlo Ancelotti, fecundo en ardides, y los poderosos muslos de un hispano y un lusitano, de tremolantes penachos, queridos por los dioses.

No hay palabras en la ancha paleta de las musas para describir la gloria de los vencedores ni el pesar de los vencidos, en especial el pesar de su primus inter pares: Pep Guardiola, de torva mirada y lengua silbante. La batalla comenzó como se esperaba, pero terminó antes de tiempo. El esquema de Ancelotti era tan previsible como eficaz: 4-4-2 en defensa que se desplegaba en fulminante 4-3-3 cuando el Madrid robaba y lanzaba el ataque. La principal novedad la representaba el trabajo defensivo de Bale, que corría hacia atrás sin reparo para ayudar a Carvajal a secar a Ribery, interpretando a la perfección el plan del mando: los atacantes defienden, los defensores atacan. Nada más y nada menos bordó el Madrid en una primera parte homérica que obró el milagro de un ninguneo histórico al Bayern en su campo.

Sabemos que, llegados hasta aquí, sin Décima no habrá paraíso ni memoria. Pero valdría la pena recordar siempre el modo en que el Real Madrid de Carlo Ancelotti se ensañó con la potencia muniquesa del filósofo Guardiola, cuyo dogma de la santa posesión queda tan seriamente revisado en Europa como el geocentrismo. Veremos si no es Beckenbauer el primero en prender la tea del sacrificio expiatorio, la quema del heresiarca.

El Bayern no tejió su rondo como en la ida. El partido nació a brincos, a cabezazos, a desconexiones nerviosas. Carlo y Pep ya estaban de pie en el minuto dos para tratar de atajar semejante espectáculo, tan indigno de una legión romana como de una horda bárbara con estudios. Enseguida Di María quiso emular la de Coentrao en el Bernabéu y sacó un centro desde la banda al que esta vez no llegó Karim. Bale voleó luego muy alto un rechace de Neuer que anunciaba cosas raras, inversiones de hegemonía, fallas paradigmáticas: un gol en Múnich. Y el gol no tardó, pasados unos rifirrafes pueriles entre Ribery, Carvajal y Pepe que evidenciaban tanta ansiedad alemana como picaresca madridista. Recupera el Madrid, Cristiano toca de espuela, Benzema controla en la frontal, se la roban y es córner. Modric al lanzamiento. Coloca el balón en la curva fantasmal donde se aparecen los muertos. Y ahí estaba Ramos, agazapado. Se elevó con toda su raza, aplicando lo ensayado ante Osasuna, y la puso tan lejos de Neuer que todo pareció hecho. El sagitario de Camas inauguraba su noche colonial, insomnio de los niños bávaros que soñarán con la criatura mitológica que hundía imperios a cabezazos.

Los alemanes acusaron el golpe. Empezaron a pegar. Plantillazo escalofriante a Cristiano de Dante (faltaban Virgilio y Beatriz), signo elocuente de frustración. Ni siquiera tuvieron tiempo de hacer muchas más faltas. Di María cuelga otra falta al área y Ramos avanza el rostro con determinación caníbal. Segundo gol. El relincho del centauro apaga las gargantas. ¿No era este el que tiró aquel penalti hace dos años? Sí era, sí.

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30 abril, 2014 · 1:47

Soraya ha dicho puta

Esta boca es mía.

Esta boca es mía.

Soraya ha dicho puta.

–¿Qué Soraya? –te preguntan en el Twitter, donde creen más verosímil que lo diga Rodríguez, ellos sabrán por qué.

Pero lo soltó la vicepresidenta del Gobierno y lo soltó en los pasillos, no desde el escaño. Con la crisis en la prensa y su cosecha de cobardía, oficiosidad y ventriloquia por un lado, y la tradicional omertá que vigila el sanedrín del periodismo parlamentario por el otro, uno ya no sabe con qué grado de exactitud hay que recoger una conversación de corrillo con un político. La redactora de El Mundo no dudó en titular por lo literal, con el escandalito consecuente.

El casticismo de la vicepresidenta solo puede sorprender a quien crea en los estereotipos como de hermano Grimm de las tertulias, donde se quiere un bando de pijos azules y otro de milicianos carmesíes. A lo sumo oiremos el rasgado vestimentario de algún humorista de La Sexta –clerecía del nuevo puritanismo–, sin necesidad tampoco de que procedan a mesarse las barbas y a recoger cantos para la lapidación. Porque los políticos, fuera de micro, hablan como todo el mundo, aunque quizá un poco mejor: ya dijo Churchill que no hay mayor refutación de la democracia que charlar cinco minutos con tu votante. A Aguirre le daban votos sus micrófonos traicioneros y a los que no conocían la expresividad en privado de Sáenz de Santamaría quizá les guste enterarse de que la mujer más poderosa del país no es ajena al gracejo popular del mejor castellano. Uno da fe.

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29 abril, 2014 · 20:10

Maniobras militares

Mortero a punto.

Mortero a punto.

La parsimonia también gana y tenemos ejemplos vivos en Moncloa. El Madrid apalizó al Osasuna sin conceder un solo gol en contra, sin conceder un solo minuto de la certidumbre de sufrimiento que le espera en Múnich, sin conceder tampoco otra vibración al público que los misiles y los cabezazos de sus atletas. De Cristiano, que volvió a afrentar al fútbol con dos tomahawks escasos de rondo desde el pico del área: uno parabólico y curvo como hojarasca macondiana, otro hermosamente lineal y directo, el hachazo invisible y homicida que deja a los pájaros cantando.

A Cristiano se le descifra tan bien la ansiedad después de un error –el error ante Neuer– que sabíamos que no dejaría tranquilo ni al balón ni a sus compañeros hasta que satisficiera su propio desagravio. De paso, se daba el gustazo de contradecir a los médicos, que siempre creen saberlo todo. Como si el cuerpo de CR pudiera figurar vulgarmente en la Lección de anatomía de Rembrandt y no, como le corresponde, en el área ufológica 51 de la CIA, desierto de México. Esos latigazos no los puede soltar una pierna netamente humana, y mucho menos convaleciente.

El Madrid afluía balones a Cristiano para calmarle, y este monopolizaba el fútbol de ataque (por allí se movía la voluntad china de Morata, y hasta la compostura universitaria de Nacho) bien asistido por Isco y Xabi, a veces doblado por Marcelo, que ha visto a su vez cómo Coentrao le doblaba en la carrera por los partidos cruciales: triunfo de la disciplina militar sobre su fútbol de capoeira. El Osasuna no se sentía con ánimo de presionar, de forzar alguna marcha más del partido, y parecía conformarse con su destino colocando dócilmente la cabeza en el taco de su verdugo. Por cierto que cuando buscas decapitación en Wikipedia, tropiezas con la maravillosa exactitud de esta frase: “No existe un tratamiento médico conocido para salvar a un paciente decapitado”. Sic.

Los pases del Madrid en campo contrario parecían el abanico de lady Butterfly. Muñeca suave y nívea, cadencia desacelerada. El partido se fue al descanso con 1-0, pero el Bernabéu entendía que no era jornada para exigir tempestades. Fue, eso sí, día para despedir a Tito con señorío verdadero y para adivinar en los ausentes la alineación de perforadores lunares para el Armageddon bávaro.

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27 abril, 2014 · 16:01

Como un solo hombre

Carlo mira a Pep sin dejar de mascar chicle.

Carlo mira a Pep sin dejar de mascar chicle.

¡Ay Guardiola, mira que si te echa el Madrid de la Champions en tu primer año al frente del Bayern todopoderoso, que venía al Bernabéu no ya con la vitola de favorito, sino casi con la compasión en los labios por el destrozo que pretendías causar! Parecía que el estadio quedaría arrasado tras el partido y que Florentino tendría que anticipar su reconstrucción para el jueves por la mañana. Todo el florido antimadridismo del país cuchicheaba prematuramente la paliza, contaba el saco de goles que iban a encajar los de Ancelotti, ese italiano con suerte –decían- que nunca podrá compararse al genio filosófico de Pep.

Y sin embargo el filósofo perdió toda su flema a medida que las coreografías alemanas chocaban contra la solidez defensiva del Madrid. Y cuando en la segunda parte, comandados por un imperial Xabi Alonso, los blancos subieron líneas y robaron la posesión al mismo equipo que había hecho bandera de ella, el impecable Guardiola se transfiguró en el Mono Burgos. Cualquiera se hubiera atrevido a acercarle una botella de agua.

Ancelotti venció a Guardiola y el Madrid ganó al Bayern con el increíble mérito añadido de una alineación diezmada por las bajas, con Cristiano y Bale convalecientes. Sin el concurso idóneo de sus dos mayores estrellas, el Madrid tuvo que ser más solidario que nunca, más abnegado en la presión, más atento a las ayudas. Pepe y Ramos ganaron todos los balones aéreos, de tal manera que los córners del Bayern dejaban de representar una amenaza. Carvajal y un homérico Fabio Coentrao, auxiliados en la cobertura por Di María e Isco, taparon todos los accesos a Robben y Ribery, que se fueron frustrados del partido. Benzema dio otro recital de juego de espaldas entre los centrales bávaros, y cuando tuvo que ser un nueve lo fue con un gol de relojería que puede valer una final. El sacrificio colectivo desactivó al campeón de Europa, que aún salió vivo de Madrid, pues Di María y Cristiano perdonaron dos ocasiones de una claridad que el Bayern no soñó en todo el encuentro. Y en la mejor que tuvo apareció Casillas, como requiere la épica.

No hay nada hecho todavía. Alemania será un infierno. Pero nadie le quitará al madridismo la noche en que se comportaron como un solo hombre para derrotar al todopoderoso Bayern de Pep Guardiola.

(La Lupa, Real Madrid TV, 24 de abril de 2014)

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Conversaciones con Fabio Coentrao

El feo y el bueno. Falta el malo.

El feo y el bueno. Falta el malo.

Cuánta cerveza derrochada para acabar coreando una posesión intransitiva y mucho córner venial. Cuánto orgullo restañado contra el equipo maldito y el entrenador imperdonable. Cuánta reminiscencia de la gloria primisecular bajando por la Castellana como entonces, cuando fuimos los mejores.

Don Carlo Ancelotti, sin necesidad de tirar una sola botella de agua, apenas mascando el interior curtido de sus carrillos venció a la Historia de la Filosofía representada por su último epígono hegeliano: Pep Guardiola, germanófono y gurú. Qué dulce noche de reencuentro con el espíritu de Europa que vaga hace años por el imaginario blanco sin terminar de concretarse. El Madrid ganó con casta y contraataque en la primera parte; con ambición y esparcimiento en la segunda. Nada está resuelto aún, por supuesto, salvo una cosa importantísima: Guardiola, con todo su Bayern en estado de revista, ha sido derrotado en el Bernabéu que tanto profanó por un Real Madrid sin apenas Bale, sin apenas Cristiano, sin Marcelo, sin Arbeloa, sin Khedira y sin Jesé. Bastó un hombre de peinado imposible, afición tabaquera y prensa nefasta –portugués: mayor regocijo– para desafiar la hegemonía bávara. Ya nadie nos quitará la noche de Fabio Alexandre da Silva Coentrao. Se rumorea que el Sabadell quiere incluirle en una próxima conversación de su catequesis financiera.

Y no fue el único, porque ahí está la guerra de Blas de Lezo, que tomó carne nueva en Xabi Alonso. Ahí está, en algún lado del área, la espalda entregada de Pepe en la caída de su enésimo salto de hotentote. Ahí está el despliegue estajanovista del canteránida Carvajal, anoche graduado para los restos. Ahí están el mascarón croata, el endiablado francés, el sacrificio malagueño. Ahí estuvo el Santo, el realismo mágico de Móstoles, para volver más reconocible el camino hacia la añorada orejona, inconcebible sin una parada –una única parada, tiene que ser una única parada– que sostenga el sentido del esfuerzo grupal. Aún no hay nada hecho, por supuesto; pero anoche el Madrid ganó al todopoderoso Bayern de Múnich del inmaculado Josep Guardiola, y el madridismo tiene derecho a recrearse en el atentado.

Sobre todo por la afirmativa sensación que deja flotando. La cohesión en la doble línea de cuatro, solidaria e intensa, pero (a diferencia del Chelsea en el Calderón) con la comisura de los ojos puesta en Neuer. Así llegó el zarpazo del gato: la recuperación de Xabi, el pase a Cristiano, el toque insidioso para la carrera de su compatriota, la asistencia afilada de este para la placentera llegada de Benzema. Tras un cuarto de hora de posesión alemana, cuando más subía la espuma del fervor de los locutores viudos, el Madrid se señalaba el pecho y decía: también vosotros sois mortales.

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24 abril, 2014 · 1:14