Aquel peregrino blanco, en el 92.48

Escena de cama de nuestras vidas.

Escena de cama de nuestras vidas.

En la primavera de 2014 se registró una falla tectónica con epicentro en la ciudad de Madrid. El continente entero se achicó y los escasos 500 metros de asfalto que separan Neptuno de Cibeles crecieron hasta atravesar el planeta fútbol como un nuevo meridiano. A las tradicionales playas de Valencia, Andalucía y Cantabria, el incorregible centralismo madrileño sumaba un cuarto punto cardinal para satisfacer sus ansias de expansión: Lisboa.

La UEFA había elegido el Estadio da Luz como sede para la final de la Champions League 2013-2014, y el viejo poblachón manchego decidió -con esa displicente chulería con que ha conquistado imperios o subsecretarías- que no dejaría pasar la oportunidad. Mayo le dio a Madrid lo que en septiembre le había robado Tokio. Y aunque Ana Botella habría preferido los Juegos, seguramente su marido hoy aplaude que las cosas se dieran como al fin se dieron, a juzgar por el abrazo en el que se fundió con Florentino Pérez cuando Gareth Bale aún descendía del escabel galáctico al que se había encaramado para colocar el 2-1 en el marcador. Algunos quisieron ver en la celebración entre Aznar y Florentino la apoteosis icónica de la casta; los madridistas, en cambio, no vimos otra cosa que la chepa sudorosa del amigo o del anónimo con la que andábamos ocupados en ese momento, como intentando traspasarla. En el sexo y en el fútbol se dan los entusiasmos más violentos, pero ninguno tanto como el que desató Sergio Ramos en el minuto 92, segundo 48 -otros, los impacientes, dicen que 45-, latitud fondo sur. Uno estuvo allí y toda su vida exhibirá con orgullo las secuelas emocionales de aquellos moratones.

Debemos a Camus la idea de que Europa, escarmentado de dos guerras mundiales, inventó el fútbol para poder agredirse sin destruirse. España también en esto se mostró diferente, pues su especialidad, de Napoleón en adelante, es más bien la guerra civil. Fiel a esta entrañable tradición fratricida, la capital de España eligió librar contra sí misma la guerra europea anual por el botín de la orejona, enfrentando al Real Madrid, que miraba febril hacia la Décima, con el Atlético de Madrid, que soñaba marcialmente su Primera. Y siguiendo el curso del Tajo se puso en camino del frente, petando la carretera de Extremadura de banderas rojas y blancas como un atrezzo tan castizo como universal. La zarzuela definitiva que ofrecer al mundo.

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Breve entrevista en Bernabéu Digital sobre el derbi.

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Rea RAE

Campaña romaní.

Campaña romaní.

Con motivo del Día Internacional del Pueblo Gitano celebrado el 8 de abril, Carolina Fernández, subdirectora general de incidencia y defensa de derechos de la Fundación Secretariado Gitano -qué lejos de esta burocracia identitaria quedan, ay, los Camborios, Torres y Heredia del Romancero-, reclamó a la Real Academia Española que suprimiese la acepción trapacero de la entrada ‘gitano’ del Diccionario. Objetivo, en apariencia modesto, de la campaña ‘Yo no soy trapacero’ que, haciendo el inevitable uso publicitario de unos niños tan gitanos como inocentes, halló eco en los principales periódicos y telediarios del país.

Prendida y hallada culpable ante el sanedrín de la corrección, la rea RAE balbuceó una defensa:

-El lexicógrafo hace un ejercicio de veracidad: refleja usos lingüísticos efectivos, pero no incita a nadie a ninguna descalificación ni presta aquiescencia.

No quedó convencida Fernández, que anima a la RAE a traicionar su misión -total, ya claudicó el Día del Síndrome de Down- porque «el lenguaje no es inocente». Y claro que no lo es. Ni dejará de serlo porque proscribamos del Diccionario los conceptos feos. ¡Ah, qué fácil sería entonces gobernar! ¡Qué dulce la vida en los patios de colegio y en las selvas de Kenia! Bastaría un solo ministerio orwelliano que decretase solemnemente la expulsión de todo término indeseable de su comunidad hablante: los filólogos vestiríamos de policías, los políticos ocuparían un sillón en la RAE a la vez que su escaño en el Congreso y reinaría la armonía en un mundo hecho de Paz, Amor, Prosperidad, Unión, Progreso y Democracia, por citar un eufemismo de moda. Solo que al día siguiente los niños en los patios seguirán llamándose gitano, o subnormal, o maricón. Palabras desde luego muy precisas, nada inocentes, que se pronuncian porque sirven perfectamente a la única ley que rige el lenguaje: la de la utilidad para nombrar lo que tenemos en mente. El problema no está en los significantes que registra el Diccionario, sino en los significados que contiene el cerebro. Mientras subsista el deseo de insultar -y todo apunta a que la especie ‘sapiens’ no se privará próximamente de semejante placer-, el humano encontrará las palabras, oficiales o no, para hacerlo. También para elogiar, y aun con la misma palabra con que ofende, pues la sexta acepción de la voz ‘gitano’ reza: «Que tiene gracia y arte para ganarse las voluntades de otros».

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Un corderito para Rajoy

Comandante del ejército más poderoso de Europa, y quinto del mundo.

Comandante del ejército más poderoso de Europa, y quinto del mundo.

Ese corderito huérfano al que David Cameron sienta en su regazo tory para darle el biberón. Para besarle en el hociquillo, incluso, una vez alcanzado un punto insoportable de ternura sobre las pajas de este belén laico donde solo falta una urna en funciones de pesebre. Luego el World Press Photo se lo llevará cualquier drama bélico de innegable lacrimogenia, pero el día que al fotoperiodismo le interese el retrato visceral de la política primermundista deberá premiar cosas como este navideño retozo de Norit en los brazos de un premier británico. Porque uno puede relanzar la economía de su país, y crear empleo, y superar un referéndum secesionista; pero tarde o temprano deberá posar amamantando a un cordero blanco para optar a mantenerse en el poder. Son las premisas de la democracia Facebook, qué le vamos a hacer, don Mariano. Usted se niega a acatarlas, pero luego no pregunte por qué no le votan esos ingratos de ahí fuera.

Si yo fuera Arriola u otro rasputín orgánico cualquiera imprimiría la foto del pastorcillo Cameron y la llevaría hoy a la Junta Directiva del PP para dejársela a Rajoy encima de la mesa. Señor presidente. A ver cómo le explico. Cameron no es más progresista que usted, ni menos conservador. Reivindica para sí la condición de «razonable» como usted la de «previsible», no se le conocen aficiones estrafalarias como el veganismo o la teodicea e incluso sale a correr por Hyde Park como usted practica el senderismo en Pontevedra. Ahora bien. Sabe que no ganará si no se muestra medianamente humano. Consiente debates abiertos y entrevistas duras. Y si tiene que hacerse una foto con un corderito huérfano, se calza las botas de aparcero y se reboza en esencia de establo hasta arrancarle una lágrima a la mujer de un estibador de Liverpool.

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¡Haz reír, haz reír!

Portada del libro.

Portada del libro.

“Mi muerte es un asesinato colectivo”, dejó escrito Jardiel, comida ya su garganta por el cáncer, su bolsillo por las deudas y su ánimo por el entrañable cainismo español: a un lado el sectarismo de la izquierda, que ni hoy le ha perdonado su alineamiento claro con el franquismo, y al otro la mojigatería de la derecha, que receló siempre de la amoralidad de sus personajes y del ateísmo de su autor. Ya se sabe que en la España del XX los vencedores de la guerra perdieron los manuales de literatura; pero Jardiel Poncela resiste desde las tablas que reponen sin pausa sus demandadas comedias y desde el merecido medallón de piedra del Teatro Español -junto a Lorca, Benavente o Valle-, y sabe al fin que ha vencido.

Por la necesidad de reivindicar el talento del mayor comediógrafo español del siglo pasado entendemos la resuelta devoción con que el periodista Víctor Olmos afronta la peripecia vital de su biografiado, sin ocultar la elasticidad de su moral privada pero justificando siempre al hombre por sus obras. Como la mayoría de sus contemporáneos en la república de las letras, Jardiel fue misógino humorístico, antisemita retórico y franquista por mero “antiizquierdismo de las izquierdas españolas”: era un burgués liberal que como tantos se refugió en el Movimiento cuando los milicianos le requisaron el Ford V8 que tantas cuartillas de escritura de café le había costado; años después La Codorniz le volvería a embargar el mismo coche por faltar a sus compromisos editoriales.

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Nueve aleluyas

Resurrecto.

Resurrecto.

De buena mañana las mocitas madrileñas acudieron al sepulcro de puntos en el que los comentarios postclásico habían depositado a su equipo, pero se encontraron con que la piedra que lo sellaba había sido removida. Y un ángel con la cara de James les anunció: «No busquéis entre los muertos al que vive: hay Liga. Id y predicadlo a la afición».

La santa pegada que agonizó en el Camp Nou resucitó en todo su esplendor frente al Granada un Domingo de Resurrección según el calendario litúrgico, que al Madrid empieza a coincidirle con el calendario liguero, como debe ser. Al Granada los locutores lo llaman conjunto nazarí, pero mejor sería decir nazareno penitente, pues le tocó recorrer un vía crucis de nueve goles como nueve estaciones. Y deberíamos sujetar ya esta hemorragia metafórica. O no.

Lo cierto es que el visitante se plantó en el Bernabéu con defensa adelantada y filas prietas, negando al Madrid la bendición del espacio. Fueron minutos ilusorios en que Kroos o Ramos probaban con cambios de juego a desordenar la hermandad costalera de Abel, que terminó pasando las de Caín. La disciplina duró lo que tardó Bale en echarle fe y trazar una escora cubista para inaugurar la pascua. Luego metió Cristiano un hat-trick en ocho minutos mientras las campanas de la capital repicaban a vivo, a vivísimo. CR volvió a poner a currar a los mineros de la estadística con un repóquer insensato que lo distancia otra vez de Messi y restaura su fútbol predatorio, ese don de la ubicuidad que es privativo de los cuerpos milagrosos. «La mejor manera de hacer vivir a un dios es pintar a un hombre», escribió un crítico al ver el retrato que Bonnat le había hecho a Victor Hugo. A Cristiano lo coge Antonio López ahora y hay que criogenizarle como a Walt Disney antes de que abocete la suela de las botas.

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Venciste, Galileo

La Pasión según Podemos.

La Pasión según Podemos.

«La religión es el suspiro de las criaturas oprimidas, el corazón de un mundo sin corazón y el alma de las situaciones desalmadas». No lo escribió Santa Teresa sino Karl Marx, a renglón seguido de lo del opio del pueblo. Steiner afirma que sólo una sensibilidad judía como la de Marx podía articular el sistema comunista sobre una plantilla bíblica: el edén como estadio previo a la explotación capitalista, el proletariado como pueblo elegido, los intelectuales como nuevos clérigos y la sociedad sin clases como paraíso prometido. Por eso no me sorprende que Begoña Gutiérrez, diputada electa de Podemos, asistiera a la salida de la hermandad de los Estudiantes de Sevilla. Solo hay que leer al Guareschi de Don Camilo, el cura que siempre tiene al alcalde comunista en primera fila los domingos. Por no aludir al morado penitencial que viste el logo ni a la efigie nazarena de su líder, que para colmo se apellida Iglesias.

Que el comunismo es un cristianismo despojado de trascendencia está dicho hace tiempo, pero quizá haya que repetirlo. Precisamente Álvaro Pombo, generoso lector de esta columna, reedita ahora en Ariel su biografía del Santo de Asís, a la que ha añadido un prólogo político que me recomienda. Allí tiende Pombo el puente del franciscanismo entre política y fe, entre Podemos y el Papa. Ante los aplaudidos gestos de Francisco, como ante el olor a fratría y catacumba de los círculos ‘podemitas’, «inclinamos sombríamente las cabezas, pensando: revolucionará la retórica política y religiosa, triunfará al principio estrepitosamente, nos deslumbrará, pero fracasará», augura Pombo. Como, a ojos de la política romana, fracasa hoy Cristo en la cruz.

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Correcalles y ruedines

El bipartidismo cabalgando hacia el cuatripartidismo.

El bipartidismo cabalgando hacia el cuatripartidismo.

El fútbol se pone divertido cuando el crono apremia y el resultado no satisface a ningún equipo: es entonces cuando la emoción desordena la pizarra, los jugadores olvidan lo entrenado, el centro del campo degenera en correcalles y el entrenador crepita en la banda. La política se pone interesante cuando la fecha electoral se acerca y los sondeos no contentan a los partidos: entonces la pública discrepancia quiebra la disciplina de partido, los candidatos se desmarcan de su sigla, la polarización desmiente el centrismo y el aparato no da abasto para sofocar fuegos internos e impostar sonrisas externas.

Nuestra partitocracia es hoy un correcalles donde la traición y la rajada conviven con el brindis al sol y la trola de gabinete, y por eso está tan entretenida. Por una viñeta de Idígoras y Pachi reparo en tres emocionantes disidencias que están ofreciendo las cuadrigas de PP, PSOE y UPyD visto lo visto en Andalucía: más que con otras todas riñen entre sí, si bien cada una por un motivo diferente.

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La implacable normalidad de Andreas Lubitz

Un hombre "normal".

Un hombre «normal».

Así que ya pasó seis meses de baja por depresión en 2008, le había dejado su novia de siete años -lo que no nos extraña- y se medicaba para combatir el bajón. Con estos datos parece que la bruma que celaba el misterio mental de Andreas Lubitz se aclara significativamente. Pero lo cierto es que no. Que en absoluto.

El periodismo responde a la demanda curiosa de la gente, y más que la mera curiosidad o el morbo mediático, en este caso interviene casi una sed metafísica, un hondo deseo de conocer por qué. Y cuando parecía que habíamos topado con un abismo, con una pulsión al fin impenetrable a la lógica -la yihad es irracional, pero entendemos sus premodernas motivaciones-, acuden la biografía sentimental y la farmacopea psíquica en nuestro auxilio. Ruptura, depresión, suicidio. Un relato por fin canónico para calmar perplejos.

Pero no. El misterio de Lubitz permanece incólume. A todos nos dejan, todos nos deprimimos, tampoco es precisamente extraordinario pedir una baja por razones anímicas. Pero no todos nos llevamos a 149 humanos con nosotros porque ella se fue y nos escuece el corazoncito, carajo. De hecho, solo lo han hecho otros cuatro pilotos comerciales en toda la historia. Esta clase avería psicológica es tan excepcional que resistirá todas las explicaciones científicas, y la psicología nunca puede aspirar al estatuto de infalibilidad de la física.

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