Ante la duda, echar al entrenador

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«Pregúntame. A ver de qué eres capaz»

El día después de las elecciones estaba uno invitado a la copa de prensa en el Bernabéu. Supongo que la convocaron para ese día en la esperanza de que los periodistas -deportivos, pero periodistas al cabo- se olvidaran un poco de Benítez y se distrajeran algo con la resaca electoral. Y al principio funcionó, pues creo que no fui yo el único que se acercó a Florentino para preguntarle por la tabla del bipartidismo y la quiniela de los pactos.

-Yo sobre todo sé de política.

-Lo sé, presidente. Por eso.

Su teoría sobre quién debe y quién va a gobernar España -la distinción es solo aparente, o no- no es materia de esta columna, así que procederemos a consignar las opiniones de Florentino Pérez en materia de fútbol, que tan escaso interés revisten para él y para mí. Confieso que logré retenerlo en una esquina solitaria durante unos minutos, pero enseguida empezaron a sumarse compañeros y ya hubo que hablar de fútbol y del Real Madrid, como en un bar cualquiera. Lo cierto es que en los corrillos con reporteros el presidente apuntaló al entrenador como solo hace cuando tiene decidido echarle. Con mucha mayor convicción defendió el legado de Mourinho -«intensidad, intensidad»- y lamentó el annus horribilis que acaba con 2015. También habló de los árbitros y aún más de la prensa, que son dos famosas obsesiones florentinianas. Y madridistas en general, a qué engañarse. Yo le dije lealmente que el presidente del Real Madrid no debería bajar al barro a forcejear con los plumillas en esas ruedas suyas que hacen llorar al gatito de Gento, pero creo que no le convencí.

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2 enero, 2016 · 11:39

Un alto para confraternizar

Miguel Gila

«¿Es el enemigo?»

Este era el año del cambio que inauguró el ‘tic-tac’ de un reloj y termina con el desconcierto del ábaco: todos sumando bolitas de colores para ver quién gobierna qué. Iba a ser el año en que eclosionara la nueva política que regenerase la democracia secuestrada por el régimen del 78 y concluye en rendida, unánime mímesis de los pilotos de la Transición. La invocan ya todos desde Iglesias a Susana, pasando por Rivera. El problema es que quieren ser Suárez, pero cuando más falta hace serlo, en pleno periodo de negociación postelectoral, cada cual tira al monte de su Fraga o su Carrillo.

El Rey, navideño, habló de concertación en la tierra por donde aún vaga errante la sombra de Caín. Así debió de sonar Jobs cuando presentó el primer Mac en pleno apogeo del Spectrum. ¿Coalición, gabinete polícromo? Puro futurismo. Con nosotros o contra nosotros: ¡ni un paso atrás! En España, por fortuna, tenemos el humor para no morir siempre del cainismo. Aquella viñeta que satirizaba a un orador de la Transición:

-¡Algún día os arrepentiréis de esto que os estoy diciendo!

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El último Parnasillo del año, con los hitos que nos traerá 2016

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1 enero, 2016 · 20:31

Entrevista (sincera) en Res Publica

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Quedo con Jorge en un bar que casualmente está cerrado. Vamos a otro bar. Que también está cerrado. Empezamos a ponernos nerviosos justo cuando encontramos, en las inmediaciones del Congreso, el bar en el que finalmente tenemos la entrevista. Las primeras preguntas fueron tensas. En las siguientes me apetecía pedir otra cerveza. Y al final estuve a punto de pedirle que me acompañara a hacer algo más. A ver Madrid, yo qué sé. A cualquier cosa. Pero le habían pedido que escribiese un artículo.

¿Son más felices los aspirantes a periodistas que entre el resto de carreras? Ser periodista es resignarse a cobrar poco al principio (menos que la media) porque prefieres hacer lo que te gusta.

No sé si es así. La felicidad la definiría por la vía negativa, como hacían los escolásticos con Dios. Por la vía negativa se podría definir la felicidad así: uno no se da cuenta de que es feliz, se da cuenta de que es infeliz. La felicidad se conjuga en pasado. Pero eso lo descubres más tarde, como decía Gil de Biedma.

 ¿Y eres feliz con tu trabajo?

La felicidad relacionada con la vocación laboral es un factor que completa a la persona. Hay personas que tienen todo su potencial de sentimiento centrado en las relaciones personales, y con eso son felices. Pero normalmente la gente tiene dos vocaciones: su trabajo y su familia. Si falla una de las patas, no se es del todo feliz.

En mi trayectoria profesional es verdad que he pasado por el deseo y la frustración de no alcanzar la estabilidad, y al final he obtenido un premio más o menos modesto. Y rezo para que se mantenga porque esto tampoco está asegurado. La verdad es que uno no plantea estrategias para llegar a la meta. De hecho no estudié Periodismo: estudié Filología Clásica. Cuando terminé el primer ciclo de Filología mi facultad (la de Filología en la Complutense) acababa de abrir una nueva licenciatura: Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Muchos filólogos de primer ciclo decidimos ampliar miras en vez de seguir con una filología especializada y nos decantamos por el estudio teórico de la literatura: en EEUU y otros países estaba esa licenciatura desde la posguerra mundial. Mi catedrático, Antonio García Berrio, fue el que instauró esos estudios en España, en la Complutense.

A partir de ahí teníamos dos opciones: matricularnos en los cursos de doctorado y comenzar la carrera de la docencia -que es desesperantemente lenta en este país- o, para los que no teníamos paciencia, nos quedaba el periodismo.

Yo empecé a publicar a los 19 años críticas literarias. Lo primero que hice en mi vida, la primera vez que aparece mi nombre en negro al final de un texto, es en una crítica literaria.

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31 diciembre, 2015 · 14:17

España, la Transición que no cesa

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Esta España mía, esta España nuestra.

España es un país difícil de cerrar, milagro que lo españoles le pedían a Santiago durante la Reconquista. Desde entonces ha habido muchas tentativas, algunas tan exitosas en lo territorial como la de los Reyes Católicos, o tan cumplidas en lo ideal como la de los constituyentes de Cádiz. Pero estas meritorias intentonas eran al cabo desbaratadas por una celtíbera discordia que rebrotaba tercamente. Hasta que, muerto el dictador, el milagro nos fue concedido y España tomó por una vez a tiempo el tren de la historia y lanzó una democracia europea, bajo el aplauso internacional.

Sin embargo aquí nunca está todo atado y bien atado. Cuando Aznar llega a La Moncloa en 1996, el primer presidente de derechas desde la muerte de Franco confiesa a un colaborador: “Ahora sí hemos superado la Guerra Civil”. Esta obsesión por declarar unilateralmente cerrada una etapa española es típica de nuestra idiosincrasia. Hay en ella mucho del cojonudismo unamuniano, que prescinde de la razón conservativa para proclamar la solución de barra de bar; el mismo adanismo airado que mueve a los jóvenes jacobinos a diagnosticar el agotamiento del “régimen del 78”. Es la manía quijotesca de no seguir el raíl, bruñéndolo si se precisa, sino de cargar cada cual con traviesas nuevas para tender el suyo.

El análisis de Aznar, en todo caso, no era descabellado: González había basado su última campaña en el miedo ideológico a la derecha dobermaniana que venía a arrancar las pensiones a los viejos y los subsidios a los pobres. Por eso se esforzó aquel primer Aznar en aparecer como líder de centro reformista, menos pendiente de las esencias que de la negociación requerida para su investidura en minoría. Logró el respaldo de Arzalluz acreciendo el autogobierno vasco y el de Pujol en el hotel Majestic a cambio de cesiones que él todavía defiende; y es verdad que por entonces muy pocos podían sospechar el grado vergonzoso de deslealtad institucional que alcanzaría el nacionalismo, uno de cuyos nombres señeros –Miquel Roca– había sido padre de la Constitución.

De la primera legislatura de Aznar ha quedado mejor recuerdo que de la segunda. No solo por el carácter pactista al que le obligaba un gobierno sin mayoría absoluta, sino principalmente por la gestión económica. El reto era ciclópeo: no solo sacar a España de una crisis profunda, con el desempleo rondando el 23% y las instituciones desacreditadas por la corrupción general, sino meter al país en la estrecha cintura del euro que prescribía Maastricht. Y Rato lo consiguió a base de liberalizar la economía y racionar el gasto, compatibilizando tanto patriotismo con los diseños mentales del entramado societario con el que pronto se pondría a amasar su ilícita fortuna. Aznar no perdonará a Rato semejante borrón sobre su expediente primero.

Pero peor fue el que cayó sobre su segundo mandato. El alienante síndrome de La Moncloa se cebó con un presidente otrora equilibrado que sin embargo acabó perdiendo pie en la persecución del sueño atlantista, o regazo de Bush. A ese viaje no lo acompañaron los españoles, empezando por dos que figuraban con Mayor Oreja como candidatos a su sucesión (¿primarias?, ¿qué primarias?): Mariano Rajoy y Rodrigo Rato. Las ínfulas imperiales de la boda escurialense, por donde desfilaron los padrinos de una trama de corrupción florecida al amparo del aznarismo, afiló los colmillos de columnistas poco partidarios. Pero la ofensiva mediática contra el PP se canalizó por lo emocional: la emoción ecológica abatida ante el Prestige y la emoción pacifista atizada por las inexistentes armas de destrucción masiva. Un anodino diputado llamado Zapatero, ascendido a líder del PSOE por descarte, escogió la vía callejera de oposición y se abrazó a la pancarta. Pero fue el 11-M la prueba que puso al desnudo la fragilidad de nuestra reconciliación. Al dolor unánime le siguió el agit-prop –esto es por vuestra guerra de Irak- más cainita en décadas, y la sociedad quedó partida en dos mitades: una quería creer a sus torpes representantes y otra los criminalizaba abiertamente y acosaba sus sedes.

De aquel fango goyesco emergió la sonrisa de Zapatero, quien decidió bascular como un péndulo hacia el polo opuesto del estilo aznarista. Nacía la era del talante con la retirada inmediata de las tropas de Irak, lo que unido a la sentada pueril del ahora presidente al paso de la bandera useña, condenó a la diplomacia española a entenderse con líderes bananeros durante años. Zapatero confesó a su esposa que cualquier español podría llegar presidente, y nunca dejó de estar a la altura de esa afirmación.

La primera legislatura de ZP entronizó a un dirigente naïf que enunciaba bondades solemnes, anunciaba gabinetes paritarios, se llevaba bien con los periodistas y en su mejor momento tomaba medidas pioneras en el reconocimiento de los derechos de los homosexuales o en la cobertura legislativa de los dependientes. Pero sin dejar de sonreír, Zapatero también dejaba aflorar al agente ideológico que venía a restablecer el paradigma de la Segunda República, reabriendo imprudentemente querellas amnistiadas. Con la ayuda de nuevas plataformas mediáticas, de artistas alineados y de la inercia económica, Zapatero revalidó el cargo ante los de Rajoy, que ejercían de cierrabares –se avista crisis- tras pasarse cuatro años encajando su traumático desalojo del poder.

Fue entonces cuando empezó a fraguarse el marianismo. Que nació en un congreso pepero en Valencia bajo un prurito de emancipación: del aznarismo y de sus consejeros mediáticos. ¿Qué manera? “El marianismo es centro y mujeres”, declaró Rajoy tras nombrar a Cospedal jefa orgánica y a Soraya mano derecha. Así que mientras la crisis –perdón, desaceleración- minaba el crédito de ZP, Rajoy perfeccionaba la estrategia que le ha hecho legendario: perfil bajo, inventos los justos, pragmatismo a prueba de lecturas y sentarse a ver pasar el cadáver de tu enemigo. Que fue exactamente lo que pasó.

El monzón despiadado de la crisis se llevó por delante al zapaterismo defendido precariamente por Rubalcaba. Rajoy fijó rumbo en la economía y tiró por la borda todo lo demás. Aguantó noches de pánico en el despacho, donde se le aparecía la prima de riesgo como la niña de la curva. Se negó al rescate total que le pidieron incluso aquellos a quienes obedecía con perruna docilidad (Merkel). El gallego resistió aquel embate y ganó entonces la baza decisiva para defender su reválida en 2015.

A medida que avanzaba la legislatura, la derecha más clásica se impacientaba. ¿Qué pasa con el aborto? ¿Cuándo va a revocar la ley de memoria histórica? ¿Se resuelve ya el recurso al Constitucional del matrimonio gay? Se resolvió en el sentido exacto en que deseaba Rajoy: dejando las cosas como estaban. Casi lo mismo con el aborto –episodio que se cobró la cabeza de Gallardón, víctima de esa letal ambigüedad marianista que funciona como un nudo corredizo para que se ahorque el más inquieto- y con el resto de legislación social zapaterista. Las reformas de Rajoy se han circunscrito principalmente a la economía, y las de mayor calado como la reordenación financiera han venido impuestas. Otras medidas urgentes y prometidas como la despolitización de la justicia las ha enterrado sin mucho remordimiento, y algunas polémicas como la ley mordaza no estaban en el programa pero sí han salido adelante.

Tras el aventurerismo infantil de ZP, el marianismo significa un retorno pendular a modos analógicos. Rajoy es todo lo contrario de un salvapatrias, de un pontífice moral, de un ansioso de protagonismo y hasta de un político del PP: de ahí el odio con que Aznar le distingue. Un presidente así, funcionarial e imperturbable, puede ser el mejor piloto para la tormenta, o para conducir un relevo ejemplar en la Corona. Pero no es un líder de futuro. No sabe reaccionar cuando aflora la mierda en su partido –le dicen Génova y él piensa en Italia-, ni salir al paso del separatismo catalán… hasta que Artur Mas se le declara en franca rebeldía. Don Mariano ni siquiera es capaz de explicar lo que hace bien porque encarna la persistencia de la vieja política, considerada como la atención al hecho y no al relato del hecho. Justo lo contrario de lo que caracteriza a las nuevas formaciones, sin otra experiencia que la pericia comunicativa: Podemos y Ciudadanos. Pero los centristas de Rivera, en concreto, pueden encarnar la némesis paradójica del moderado Rajoy, robándole el centro y empujando al PP a la derecha merced a un discurso creíble de regeneración. Si facilitan una segunda investidura del superviviente de Pontevedra, le obligarán a hacer lo que más detesta: cambiar. O sea, hacer la enésima transición española.

(Publicado en La Otra Crónica de España, El Mundo, 27 de diciembre de 2015)

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31 diciembre, 2015 · 8:00

El jardín del PSOE

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¿Habemus modelo de Calvin Klein?

La entrañable refriega que parte al PSOE ya la profetizó Rilke, quien a las puertas de la muerte dejó escrito: «¡Oh rosa, pura contradicción, voluptuosidad de no ser el sueño de nadie bajo tantos párpados!». Y párpados hay muchos, tantos como barones, pero todos se abren cuando entra Susana y se cierran cuando habla Pedro. La rosa socialista se deshoja en el puño interino de su líder, que fantasea voluptuosamente con no ser el sueño de nadie. Tiene hasta febrero para seguir soñando con La Moncloa y con Ferraz, pues son uno y el mismo sueño: o presidente y por tanto jefe orgánico indiscutido, o modelo de Calvin Klein. ¡Oh rosa, pura contradicción! Ayer obrera y española, parlamentaria y central; hoy tu dueño duda si dejarte crecer en el parterre socialdemócrata o trasplantarte al monte donde se embosca el maquis. ¿Qué piadoso jardinero/a vendrá mañana a regarte la maceta? ¿Quedarán raíces por entonces?

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30 diciembre, 2015 · 15:39

Ácratas y fenicios

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Pericles emocionado.

El Frente Popular de Judea y el Frente Judaico Popular empataron el domingo a votos en un polideportivo -demasiado parecido a un circo- de Sabadell, en el ejercicio de democracia radical que emocionó a Spielberg. Por la autoestima de la otrora envidiable Cataluña rogábamos que el empate obedeciese a un tongo, pues de una conspiración de cínicos se puede volver, pero del ridículo en bucle va siendo cada día más difícil. Que la CUP era antieuropea, antisistema, anticapitalista se sabía: ahora sabemos que también es contraria a la vergüenza propia, aunque temo que la gestión de la ajena ya escapa a sus empates.

Que la política catalana haya degenerado en un videoclip de Peret filmado por Lazarov con guión de Azcona y arreglos de Chiquito de la Calzada no es culpa de la arcangélica Gabriel ni del pícaro Baños, sino del artúrico personaje que ligó su apocalipsis personal al autonómico. En su delirio acaso obtendrá consuelo de compararse con el mismo Dios, cuya existencia fue sometida a votación en el Ateneo de Madrid en 1931. Unos dicen que ganó el sí y otros que ganó el no, en ambos casos por un solo voto de diferencia.

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Comentario en COPE sobre la entrañable guerra civil en el seno del PSOE

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29 diciembre, 2015 · 11:20

El misterio de Belén

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El misterio, pintado por El Greco.

Hemos rodeado la Navidad de villancicos mecánicos, de campañas invasivas, de cuñados arquetípicos -de rito social, en suma- porque ya no podemos soportar sin escándalo la desnudez del hecho histórico que pone a andar nuestra civilización. Hay que reconocer que el cristianismo, como estrategia de marketing, no puede ser más torpe. Su fundador nace en un comedero de bueyes, pasa treinta años en un taller de carpintería y el éxito de su predicación se ciñe a tres años no exentos de asechanza, al término de los cuales es ejecutado como un delincuente común. Sus seguidores causarán escándalo en Roma porque reivindican el signo de la cruz, que es como si hoy los yanquis llevaran pendiendo del cuello una pequeña silla eléctrica.

Aún peor, dice Carrère, que quiere explicarse la fuerza persuasiva de la secta cristiana. Los hombres están hechos de tal modo que quieren el bien de sus amigos y el mal de sus enemigos. Prefieren ser fuertes que débiles, ricos que pobres, dominantes que dominados. La religión griega no prescribía otra cosa, y la piedad judía tampoco: antes bien una vida principal era el primer síntoma de la predilección divina, de conformidad con el sentido común humano. Pero a partir del siglo I empiezan a pulular unos hombres que no solo dicen sino que hacen exactamente lo contrario. Inspirados por el ejemplo de su líder, bendicen a sus perseguidores, reparten sus beneficios y trasladan la esperanza a una vida ultraterrena incluso al precio del bienestar más inmediato, sin que quede clara la sensatez de la apuesta. Al principio no se les comprende. Pero después los romanos, peritos en hedonismo exhausto, comienzan a envidiar la intensidad vital que los cristianos logran extraer de esa conducta aberrante. Y prende en los habitantes del Imperio el deseo de ser como ellos.

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25 diciembre, 2015 · 11:41

Del turno al Twister

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Don Mariano hace amago de cubrirse: llega la nueva política.

Transcurría la tarde y el pueblo hablaba, pero a decir verdad no se le entendía. Unos decían una cosa y otros la contraria en proporciones inconciliables, y el fantasma del señor Victor D’Hondt se las vio y se las deseó para ordenar el guirigay. El gráfico de las israelitas presentaba una correlación de fuerzas imposible y todos empezamos a disponer el espíritu para el luto por el bipartidismo y para la paciencia ante unas eventuales elecciones con la primavera.

Que España es ingobernable ya lo sabía Amadeo de Saboya cuando nada más pisar su reino le mataron a Prim y le declararon una guerra carlista. Duró en el trono dos años, cifra que no le garantizamos al próximo presidente del Gobierno. Después de don Amadeo llegó el turnismo, o sea, el bipartidismo de Cánovas y Sagasta, época que se recuerda como la de mayor estabilidad política en España hasta 1978. Hoy riega el suelo la espuma del cava electoral, pero cuando cierre el bar del adanismo aquí muchos van a añorar la geometría clara y confiable de la alternancia PP-PSOE. La Bolsa la que más, y la prensa la que menos.

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Análisis de la noche electoral en COPE

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21 diciembre, 2015 · 14:16