Las dos musas de Raúl del Pozo

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[Reproduzco a continuación el prólogo que escribí para El último pistolero, el último libro de Raúl del Pozo, que ya está en las librerías bajo el benemérito sello de Círculo de Tiza. Fue un honor]

Tiene escrito Raúl del Pozo que no piensa ir a ningún entierro sino al suyo propio. Pero miente porque no fue al de Umbral pero sí estuvo en el de Ruano, donde declaró solemnemente que ya no se divertiría tanto hasta que muriera Azorín. De modo que Raúl evita los entierros por una complicada penitencia que consiste en no reírse de un mundo irrisorio, el muerto el primero. Y en esto no hace sino prolongar la risa escalofriante de la calavera barroca, que es una de sus musas. Porque la prosa de Raúl abreva en el Siglo de Oro sin ninguna prosopopeya, con la familiaridad con que la amante indecorosa usurpa cada noche nuestro cepillo de dientes. No muchos columnistas pueden aún mentar a Quevedo sin mancharse la boca. A mí de momento sólo se me ocurre uno, y se llama Raúl del Pozo.

Pero asiste a Raúl el capricho de otra musa, que no es negra y clasicista sino callejera y solar, y que se llama periodismo. Si el columnista umbraliano es aquel que lleva todos los días flores a su propia tumba, Raúl jamás se ha preocupado de cebar el cementerio de las frases brillantes, esas que hoy son y mañana se echan al fuego, junto con el resto del periódico un día de barbacoa. Voltaire nos recomendó cultivar nuestro jardín y Baudelaire nos dio a libar las flores del mal, pero ni Voltaire nació asomado a la ferocidad de las hoces del Júcar ni Baudelaire se peleó con los chulos de la calle de Huertas, donde la redacción de Pueblo revolvía, al decir de los mayores, los vicios y las ambiciones del oficio con un descaro legendario. Ahora bebemos fuera de la redacción, Raúl, pero bebemos.

Conocí al autor mucho después de empezar a leerle. Fue el 23 de abril de 2014, un año antes de recalar yo en El Mundo. La revista Leer organizaba por el día del libro una charla sobre la crónica parlamentaria como género literario. Invitó de ponentes a Víctor Márquez Reviriego, a Raúl del Pozo y al incrédulo abajofirmante. Allí declaró Raúl su deuda con Azorín, y por modestia no añadió –lo hago yo ahora– que suya es la estirpe que nace en Larra, se arremolina con Ramón, fluye por Ruano y cae en cascada a partir de Umbral. De ese manantial tiene que beber quien quiera probar la corriente más fresca de nuestras letras recientes, que es el columnismo; no digamos ya quien quiera escribirlo.

El lector que vague por la acrópolis que tiene en las manos constatará con asombro que todas las columnas siguen en pie. Esta terca resistencia desafía el dicterio de Connolly, que escribió que el periodismo, por su propia naturaleza, estaba excluido de cualquier participación en el mañana. Este libro participa del mañana tan bien como del pasado reciente, y ello se debe creo yo al envidiable concurso de las dos musas citadas. Si el lector sólo encontrara aquí literatura, aún podría pasear los ojos por una hermosa naturaleza muerta. Si el lector solo hallara periodismo, no traería cuenta talar más árboles para reimprimir estas piezas. Pero han de saber ustedes que a la madera así invertida no le pudo caber mayor honor.

Posee nuestro columnista el don de la frase perfecta, lo cual no es ninguna suerte, porque puede ahogar el sentido bajo los arrullos de sirena del ritmo, el látigo de la esdrújula y el fogonazo ninja que deja la nada cuando se disipa el humo. A Raúl le ha importado siempre significar, y por eso huye de la abstracción y se aferra a las cosas pequeñas. Se le llama ahora a esto, con verborrea de coach mingafría, salir de la zona de confort. Raúl sale de ella como de las metáforas inútiles y de los funerales: porque se encontraría demasiado cómodo. Por eso en su última reencarnación se ha inventado un columnismo de confidencia y de exclusiva, y cada día llama o le llaman los primeros políticos de este país no para conminarle a observar un off the record sino para rogarle que lo transgreda, con la negrita bien clara. Tampoco se me ocurre otro a quien esto se le consienta.

De manera que la contraportada de El Mundo, que un día por semana me honra compartir con él, atrapa el ruido de la calle para no ensordecernos con los violines llagados del narcisismo. Y a veces afina tanto el radar de su escritura que pulsa el latido de la Españeta eterna. De esa finura nace esta antología. Yo les diría a los estudiantes de Periodismo que se olvidaran por un puto día del trending topic, del posicionamiento SEO y del número de visitas y aprendieran de Raúl a usar el lenguaje, que es lo que les dará de comer, si no se les adelanta un colombiano con más y mejores lecturas. Yo, si me dejaran, les tiraría este libro como Cela –que tanto quiso a nuestro columnista– le tiró un día mil pesetas a un mendigo a la salida de un lujoso restaurante: “¡Toma, anda, para que escarmientes!”

Al estilo de Raúl unas veces le sopla la musa cheli del casticismo que sabe demasiado fuerte para el tecnolenguaje aséptico de ahora, esa sopa Childs cuyo éxito universal cifraba Camba precisamente en una insipidez que a nadie disgusta. Y otras veces le toca el arpa la musa elevada de Grecia y de Roma, y entonces me lo imagino alzado sobre coturnos y cubierto con la túnica, con un agujero oportuno para la pija. Porque la sicalipsis a menudo embravece su imaginario y todavía epata a las burguesas, y quizá a alguna duquesa. Hay días en que uno no sabe si Del Pozo es un Bradomín guapo, bolchevique y sentimental y días en que se nos aparece como un golfista perfectamente british. Aunque con el golf no admite bromas y se cabrea si lo tildan de elitista: lo es, pero porque la élite no va en la clase sino en la inteligencia. Yo confieso que a veces la audacia de Raúl me ha hecho envejecer de golpe por comparación: en los cócteles y en las columnas, en el Manolo y por teléfono: “Bustos, por vender más un día nos pedirán que salgamos en la contra haciéndonos una paja”. En tanto llega tan gozoso apocalipsis, quiero dejar aquí mi nota admirada por un hombre que es pura raza de las letras, que incluso habla en pedazos redondos de escritura y que permanece incólume mientras el mundo –¡mi mundo!– se va rápidamente licuando entre balbuceos de ágrafos digitales.

 Madrid, 1 de febrero de 2017

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9 mayo, 2017 · 10:36

Absteneos, esclavos

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El abstencionista que no se queje.

De la agonía de Francia en brazos del nazismo a Chaves Nogales le admiró la sencillez del proceso, que fue de muerte natural. «Un pueblo puede caer en la esclavitud sin que el autobús haya dejado de pasar por la esquina a la hora exacta, sin que se interrumpan los teléfonos, sin que los trenes se retrasen ni los periódicos dejen de publicar una edición». Los teléfonos sobre todo: una caída de Whatsapp suficientemente prolongada causaría un levantamiento popular que las condiciones laborales del becario de un chef no logrará nunca. La rebelión de las masas no la desata la igualdad abstracta sino la incomodidad física generalizada. Venezuela hoy, por ejemplo, tras casi dos décadas de obvio despotismo.

Que los europeos del siglo XXI, desmemoriados por la absorbente juguetería electrónica, repitan el suicidio del XX solo depende de que siga consolidándose en ellos «la falta de imaginación colectiva» que ya adujo Chaves en 1940. La imaginación no es la facultad cursi del 68 sino un deber cívico, casi una premisa del sufragio. Alguien sin ilustración para figurarse distopías totalitarias no debería acercarse a una urna, y sin embargo todos necesitamos que se acerque. A media tarde de ayer, la participación resultaba ridículamente baja tratándose de unas elecciones que decidían el futuro del continente. El francés medio sesteaba en casa, pulsando F5, esperando la emoción del peligro que moviera su culo hasta el colegio electoral. Una dictadura sentimental le lleva a confundir la democracia con Eurovisión. El abstencionista a menudo se juzga superior al vulgo engañado por un sistema que no le representa, pero solo es otro esclavo mudo de la corriente mayoritaria. No es el elegante escéptico que se cree sino otro yonqui de la pureza, otro marginal tirado en la acera de una vieja ideología. Como si el juego no consistiera en votar el mal menor.

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8 mayo, 2017 · 13:24

‘Amadís’ Sánchez

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A la izquierda, la realidad; a la derecha, Pedro Sánchez.

Una legislatura es eso que transcurre entre derrota y derrota de Pedro Sánchez, y cada vez transcurre menos tiempo. En Sánchez se inspiraron los Python para su caballero negro de la mesa cuadrada, aquel que profería contra su adversario amenazas tanto más terribles cuantas menos extremidades le iban quedando, hasta que fue reducido a un tronco con cabeza y proclamó eufórico su victoria. También don Pedro cabalga de nuevo a lomos de sus avales y el gozo le revienta por las cinchas del caballo, como a Alonso Quijano tras ser armado caballero. Ya contábamos con el entusiasmo que el quijotismo apareja en su locura; cuesta más explicar la satisfacción de quien apuesta por un loco. El problema no es Sánchez, sino el que avala a Sánchez. Españoles: ¿quién avala al avalista? Todo militante del PSOE dispuesto a avalar a Sánchez debería presentar primero su nómina en el banco, como se hace al firmar una hipoteca de riesgo; adjuntar el psicotécnico sería ya opcional.

Pedro Sánchez es un trapisondista entrañable, más terco de lo frecuente, ayuno de consciencia y sobrado de cintura, que se refuta a sí mismo sin sonrojo tres veces al día porque sabe que la memoria del pueblo dura bastante menos que su resentimiento (el del pueblo, no el suyo, que también). Sánchez es un personaje de novela picaresca, y que lo hayan alzado al género de la caballería andante -«¡no es no!», grita mientras acomete los molinos de la trama- solamente se comprende por el rencor contra Susana, mucho más estimulante que el recuerdo de voto en dos elecciones generales, por no irnos a los programas, que no recuerda ni quien se los escribió. Amadís Sánchez se ha metido otra vez en la carrera por el trono de Ferraz porque le adornan dos atributos españolísimos: el odio al rico y el amor a los difuntos. Aquí siempre hemos reservado los mejores elogios a los muertos; si además el cadáver resulta ser un mártir del Ibex, lo lloramos con tanto sentimiento que somos capaces de resucitarlo. He ahí Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi etcétera. Total, cualidades de estadista nadie le adivina tampoco a la presidenta de Andalucía, donde las personas con empleo y sin cargos por corrupción gozan de la categoría ufológica de avistamiento.

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La buena (Báñez), la fea (Susana) y el malo (Montoro) en La Linterna de COPE

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5 mayo, 2017 · 11:31

Cristiana sepultura

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El tirano.

Desde hace años el Real Madrid acostumbra a formar con un orden ofensivo llamado BBC. Son tres jugadores bastante buenos que han dado unos cuantos títulos al Madrid. El resultado del mantenimiento de ese orden equivale al que obtenemos de su negación: el Madrid gana en Champions jugando con la BBC o sin ella. La BBC es la tesis de un Madrid dialéctico que, forzado a rotar por lesión o por capricho técnico, acaba ofreciendo una misma síntesis, es decir, la hegemonía europea. Si este año el Madrid conquista la Liga, o la Champions, o ambas, nadie podrá explicar cómo lo ha hecho a falta de Hegel, que está muerto. El Madrid, en cambio, en primavera y en Europa, suele estar vivo.

Era Isco el jugador propuesto por el pueblo para suplir a Bale, y Zidane, que no por votar a Macron deja de ser pueblo, atendió la demanda con tanta solicitud como perseverancia probó alineando a Benzema, a quien las tricoteuses esperan a pie de guillotina. Tampoco Cristiano se salva del furor iconoclasta: duele recordar que lo tasan mejor los antimadridistas con su miedo que el ‘pipero’ con su cicatería. No sólo cumplió en su avatar de ariete biónico sino que recuperó su memoria de extremo profundo: desborde y centro. Cristiano tiene con el gol la relación del tirano con el poder. En el segundo tuvo tiempo de vestirse de mameluco antes de fusilar a Oblak. Por fardar de banquillo Zidane sacaría después a Asensio y Lucas, pero bastó un solo hombre para dar Cristiana sepultura al Atleti.

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3 mayo, 2017 · 10:50

Dos papas y un imán

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Un humanista.

El Papa regresa de El Cairo después de recordarle al gran imán que la caridad es «el único extremismo que se permite a los creyentes». Lo dijo en Al Azhar, lugar al que llaman universidad, más bien la catedral del islam suní. No presumo: tampoco es que en Políticas de la Complu se use mucho la razón. Yo celebro las palabras de Francisco; el problema es que las celebre también el imán Al Tayeb, en vez de comprometerse a desautorizar la intransigencia de algunas fatuas dictadas desde Al Azhar.

Que no todos los musulmanes son terroristas es una obviedad insuficiente; falta secar la fuente textual de la herejía terrorista. Falta que los propios imanes condenen la literalidad de los versos violentos del Corán, igual que los papas han ido reinterpretando en un sentido espiritual los pasajes más incendiarios de la Biblia. Falta que el islam retorne a Averroes, donde se detuvo su ilustración y de donde partió la de Tomás de Aquino.

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2 mayo, 2017 · 12:43

La e-moción de censura

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Showman.

Ya dijimos, cuando el típico chaval conflictivo conectó un gancho de izquierdas en la cara de don Mariano sin moverle del sitio, que tumbar al marianismo no iba a ser fácil. Lo que no podíamos predecir es que otros chavales de izquierdas con ganas de conflicto y escaños en las Cortes proporcionarían a Rajoy todas las facilidades para que concluya apaciblemente su mandato. Descartada la sospecha de que Pablo se inventó la moción de censura para tapar el sofocón de Irene tras la cobra de la SER, los analistas coinciden en que se trata de la enésima presión sobre el PSOE para decantar sus primarias a favor de don Pedro, que últimamente viste chupa de rebelde anticapi temporada 2016/2017. El arcón de disfraces políticos del transformista Sánchez convierte a Mortadelo en un monótono Zuckerberg de camiseta gris.

Yo creo que el último espectáculo parido por la productora Pablirene & Asociados solo es la recompensa al esmero con que el PP vació su tramabús de vergüenza ajena y se lo llenó de verosimilitud al estallar la Lezo. Y Podemos, en justa correspondencia, ahora quiere reforzar a don Mariano cuando atraviesa su peor momento. Porque eso es lo que pasará si presentan la moción: que la ganará Rajoy, en votos y en réplicas, y Podemos sufrirá el desgaste de la derrota. A los niños que baten palmas en las gradas del circo morado, esperando que a Rajoy se lo coman los leones, hay que explicarles que toda moción de censura debe proponer un candidato alternativo y un programa consensuado, y 2016 nos enseñó que para ese potaje los ingredientes de PSOE, C’s y Podemos ni mezclan ni pueden mezclar. Por supuesto Iglesias lo sabe, pero sería la primera vez que le importara gastar su crédito en tiros de fogueo. La moción es una e-moción, una sacudida de realidad virtual que renueve la atención infantil de su público, que amenazaba con aburrirse si no le subían la dosis de adrenalina hater. Claro que quien más se divierte con todo esto, naturalmente, es don Mariano.

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El bueno (Guindos), el feo (Iglesias) y la mala (Ferrusola) en La Linterna de COPE

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28 abril, 2017 · 10:31

El liberalismo es Messi

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Un liberal que cree en el individuo.

Al madridista le queda el consuelo no ya de que su equipo aún depende de sí mismo para ganar la Liga, sino de que el Barça tuviera que robar el estilo -es decir, la falta de estilo- de su eterno rival para ganarle. Ya se sabe que el Madrid nunca juega a nada y que en todo plagio alienta un homenaje. Aquel juego coral fabricado artesanalmente en La Masía hoy ha degenerado en anárquicos instantes de genio individual y épica a destiempo. O sea, exactamente el fútbol que nos gusta, aunque esté mal reconocerlo ante el sanedrín de bar donde pontifican los entendidos. Messi golpea en los minutos de Ramos con la presencia omnímoda e intransferible de un Di Stéfano. Consuela decir que cuando el Madrid deja de serlo, el Barça pasa a ejercer tan alta dignidad, convirtiéndose en el Real Madrid por otros medios. Lo importante es que la identidad no se destruya: solamente se transforma.

En la madurez, Messi juega andando y acelera únicamente cuando el premio está garantizado, como el cazador experto que solo aprieta el gatillo cuando sabe que cobrará la pieza. Su gestión de los partidos debería estudiarse en Economía, porque eso es lo que hace: economizar recursos, implementar la productividad, maximizar el beneficio y otros tantos sintagmas de silicona que conforman la germanía de escuela de negocios. No nos extraña que evadiera impuestos: si no regala una carrera de más a su afición, cómo va a entregar un euro de sobra al Estado. Argentina no solo tiene al Papa, sino también al dios, que se manifiesta cuando le da la gana. El fútbol de Messi es tan tremendo como la pintura de Caravaggio: necesita de la sombra para que brille la figura.

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25 abril, 2017 · 12:25

A las armas, ciudadanos

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Llamado a reformar.

Al barrio francés de Madrid lo llamamos de Justicia porque el Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional enmarcan la hermosa plaza de la Villa de París, a la que se asoma la fachada del Instituto Francés, partida cada noche por un haz tricolor de luz roja, blanca y azul. Muy cerca, de la puerta del consulado, brotaba ayer una larga cola de votantes residentes en España. Estaban llamados a reventar el sistema o a reformarlo.

Sospecho que la mayoría de ellos, por haber experimentado la facilidad europea para instalarse en un país vecino, votó por lo segundo. Pero hace ya tiempo que sobrevaloramos la lógica cuando pronosticamos el sentido del voto en Occidente. Lo prueba el hecho de que los votantes de Mélenchon, en caso de que su extremista de izquierdas no pase a la segunda vuelta, declaran en las encuestas que se pasarán en masa a la extremista de derechas. La idea es que todo se vaya a tomar por culo, con uno o con otro, pero que se vaya. Romper la baraja y que vuelvan a repartir cartas como en 1789 (ignoran que entonces ya las dieron trucadas, pues nunca fue una revolución del pueblo sino de clase: la burguesía contra la aristocracia). Y a ver si hay más suerte con la nueva mano, que lo viejo nos ha decepcionado demasiadas veces.

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24 abril, 2017 · 10:38