Salvad a las benditas cucarachas

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Firma invitada.

Dicen que la genética acabará consumando nuestro anhelo de perfección. Que la ciencia avanzará tanto trecho que los hombres no envejecerán, ni los niños nacerán con los ojos marrones si sus padres los prefieren azules, ni los estudiantes deberán esforzarse para aprender porque máquinas serviciales lo sabrán todo por ellos. Que ningún narciso tendrá ya que preocuparse de filtrar sus autofotos porque, se mire como se mire, saldrá siempre guapísimo.

Dicen incluso que los nuevos algoritmos son capaces de redactar noticias mejor que cualquier falible becario. Y un día, quizá pronto, la inteligencia artificial escribirá columnas de opinión. Y las escribirá tan ponderadas e ignífugas, tan acompasadas a la fenomenal marcha del planeta que ninguna red arderá con ellas, ni el trol más esquinado podrá satisfacer con la madre del autor su triste piromanía. El progreso terminará por abolir la historia como trata de cancelar la enfermedad, y ya no sufriremos por amor, porque solo se ama lo imperfecto, y ya nunca más nos inquietará el futuro, porque el tiempo habrá sido detenido. La ternura, como la información, serán anacronismos.

Me pregunto si incluso entonces llegará el día en que el periodismo se vuelva innecesario. Si extinguidas las malas noticias –las únicas que merecen un lugar en la portada–, un provecto nativo digital, nostálgico del Twitter y del Facebook de su adolescencia, apagará la luz de la última redacción y echará el cierre, como aquellos copistas medievales que mentaban entre dientes el desaprensivo ingenio de Juan Gutenberg.

Imaginaos que los periodistas dejaran de existir no por la cicatería de los clientes, ni por el colapso final del hábito lector –que requiere una concentración tan demodé–, sino porque dejaran de existir las propias noticias. ¡Qué magnífica noticia sería que el progreso volviera superfluo el periodismo! Claro que alguien tendría que dar la noticia del fin de las noticias, y de las opiniones que se nutren de las noticias. Seguramente un periodista coriáceo como las cucarachas –alguien feo, un superviviente del holocausto de belleza que se nos viene encima–, uno que aprendió que los hombres mienten y se dañan a veces sin obtener nada cambio.

Yo, señores, nunca me sentí periodista. Me gustaban demasiado las palabras y sus filos –«la travesura suficiente para lastimar vanidades», diría Wenceslao– como para cumplir con honor la promesa de objetividad del oficio. Pero ahora sé que no he querido ser otra cosa en mi vida que uno de esos escritores de ABC que inspiraban a don Torcuato, al decir de Azorín, «el respeto al desenvolvimiento de su personalidad y la defensa tenaz del redactor combatido injustamente». Porque a los redactores se les sigue combatiendo injustamente. A los frentes clásicos de la política y la empresa se les ha venido a unir la grillera totalitaria de los ofendidos, que censura mejor que ningún palco. Si algún crédito asiste a los apocalípticos lo concede la rabia digital que no tolera la idea, ni el valor, ni el nombre, ni el salario debido a la faena. Me importa muy poco si escribiremos en papel o en grafeno. Me importa solo que perdure en la cima un puñado de humanistas que respete a sus escritores de periódicos –más cuando son atrabiliarios, punzantes, imperfectos– como a la última estirpe de libertad que va a quedar sobre la faz de la tierra.

(Publicado en los diarios de Vocento, incluyendo ABC, el martes 25 de julio de 2017)

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26 julio, 2017 · 14:14

Poesía y contabilidad

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Gil de Biedma, poeta catalán y español.

Que la independencia iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde. Como todos los indepes, yo vine a llevarme el Estado por delante. Estos versos habrá de repetirse dentro de unos años, desde el áspero regazo de la madre de todas las resacas, el crédulo culpable del Procés; ese populismo con lindes que le robó el corazón solo hasta el instante exacto en que amenazó con tocarle el bolsillo. Vendrán entonces tiempos buenos para la lírica del género elegíaco: quisimos dejar huella, marcharnos de España entre aplausos, aunque ya entonces sospechábamos las dimensiones del teatro. Fue una obra total, rememorarán los nostálgicos: nosotros escribíamos el guion, nosotros lo representábamos y nosotros nos aplaudíamos a nosotros mismos. Pero al final asomó la insoportable verdad: la producción corría a cargo del FLA. Es decir, del propio Estado, que un día decidió bajar el telón.

Harán falta las mejores plumas de la narrativa barretinera para presentar a las futuras generaciones un relato tolerable de semejante ridículo. El censurado Morán revelaba en su artículo el pensamiento inconfesable que circula estos días entre los guionistas de la farsa: «Solo un muerto salvaría a Cataluña». Y así es. Lo que eleva una opereta bufa a la categoría de drama épico es la intervención del hecho trágico. Pero qué tanque vas a mandar contra un Turull, por el amor de Dios. No merecen ni aquel madrugón en Perejil. Basta, y sobra, un pelotón de contables, como dice Ignacio Camacho.

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26 julio, 2017 · 14:08

Dos entrevistas

jorge-bustos-en-zendaSOBRE JORGE BUSTOS Y LA HIJA DE LOS CLUTTER

Hay poco pudor en las páginas de este libro, bastante poco. Será porque nadie en su sano juicio querría releerse en voz alta o enseñar fotos suyas, de niño, abrazado a un osito de felpa. Y algo de eso tiene Crónicas biliares, el libro que Jorge Bustos acaba de publicar con Círculo de Tiza. Pero bueno, es él. Que Jorge Bustos es un arrogante es algo que hasta él admite de buena gana. Alguien a quien sus arrebatos de prosista le pueden y que sin embargo sobrevive al exceso de confianza por su capacidad de hacer humanismo a contrarreloj: desde hablar de la alineación de Zidane hasta revisitar las fábulas de Esopo. Y eso, a su manera, adjetiva, explica y hasta redime.

Leo a Jorge Bustos desde mucho antes de su fichaje como columnista de El Mundo,  y lo hago sólo para estar en desacuerdo con él. Algo así como una terapia con sanguijuelas. Esa forma rara de empatía que pueden entablar quienes se llevan la contraria. He llegado incluso a pensar que la discrepancia se ha convertido en una secreta amistad y una modalidad respeto. ¡Jorge, por Dios!, exclamo ante el papel poroso de sus glosas futboleras de los lunes y qué decir de sus opiniones sobre asuntos tan variados que abarcan desde los vestidos de la Pedroche en año nuevo hasta las mociones de censura. ¡Jorge, por Dios!, digo llevándome la mano a la coronilla. Pero regreso, siempre regreso. Y esa es la razón de este encuentro.

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Afilada entrevista me hace aquí, a partir del minuto 15, Cristina López Schlichting en COPE

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23 julio, 2017 · 17:25

Dalí profanado

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Obra sin título.

Cada mañana se levantaba experimentando la exquisita alegría de ser Salvador Dalí y se preguntaba: «¿Qué cosas maravillosas logrará hoy Salvador Dalí?». El pintor de Figueras fue un genio porque se propuso serlo con determinación absoluta, y se labró su propia genialidad pintando tetas voladoras y calzándose chaquetas adornadas con chupitos de pippermint. Pero desde que murió, Dalí ya no puede levantarse entusiasmado consigo mismo, lo cual no quiere decir que su obra haya quedado interrumpida: únicamente se tumbó a esperar a que nuestra pertinaz necrofilia terminase el trabajo. Finalmente el surrealismo daliniano alumbró ayer su obra maestra, que no fue la muerte del genio, como el mismo Dalí pensaba, sino su resurrección por orden del juez para acreditar una paternidad póstuma. El círculo creativo del ácido desoxirribonucleico ha sido cerrado.

La rareza de Dalí no consiste en su arte sino en su optimismo, que es voluntad proyectada al futuro. Si en España la genialidad escasea es porque se resiste a abandonar su idiosincrásico fatalismo, que es voluntad encadenada al pasado. La política regala ejemplos a diario. ¿Pacto educativo, reforma de las pensiones, modelo fiscal? ¿A quién le importan las ilusiones de la próxima generación si movilizan más las penas de las generaciones perdidas? Aquí la memoria histórica no es un precepto compartido sino una parafilia grupal. La Transición no se acaba nunca, para impugnarla o para extenderla hasta Doña Leonor. Franco es una presencia cada día más amenazante, hasta el punto de que don Lambán se ha visto obligado a arbitrar sanciones millonarias para contener las riadas de fascistas que bajan por el Ebro cantando el Cara al sol. Los callejeros se renombran obsesivamente. Las mociones de censura se dirigen contra Cánovas del Castillo. Las comisiones de investigación se remontan a las meriendas de Fraga, y se reclaman otras nuevas para revivir la dulce guerrilla urbana cuando lo de Irak o para adjudicar nuevas culpas por el accidente de Angrois. Ni siquiera el suicidio de Blesa extingue la fruición justiciera del español estafado, que desearía hacer con su cadáver lo que Twain con el de Jane Austen: desenterrarlo y golpearle el cráneo con su propia tibia. La muerte en España nunca muere: es como el semen de Dalí, que engendra demandantes después de enterrado. El mismo semen que el adolescente Salvador metió en un bote y envió a su padre con este mensaje: «Ahora no te debo nada». Admirable ejercicio de emancipación liberal que, en el solar de papá Estado, singulariza más al artista que sus asnos podridos y sus relojes licuados.

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21 julio, 2017 · 12:34

La gélida Lagarde

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FMI: el mundo nunca es suficiente.

Se pasa uno los días pontificando contra el populismo. Advirtiendo de su tramposa estrategia de confrontación entre pueblo virtuoso y elite perversa. Discutiéndole la propiedad política de los sentimientos -no hay emoción superior a la libertad-, condenando su resentimiento fratricida y sometiendo sus apocalípticos diagnósticos al desmentido cotidiano de la cuarta economía del euro. Y llega doña Lagarde, del Fondo Monetario Internacional, se chupa su gélido dedo, lo levanta al viento y sentencia: «El momento populista ha pasado. Ya pueden proceder a congelar las pensiones y fomentar la privatización».

Si doña Lagarde se piensa que la victoria de Macron cierra el ciclo en que vivimos peligrosamente es que no se ha enterado de nada; trastorno autista, por lo demás, de lo más prevalente entre los culos afelpados del FMI. Es justamente ahora cuando la democracia liberal bienestarista se la juega porque, como enseña Escohotado -que ha escrito la historia entera del anticapitalismo-, las revoluciones se hacen siempre en tiempos de prosperidad: no en las crisis sino al salir de ellas, porque unos salen mejor que otros, que es lo que indigna.

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Una entrevista de Carlos Barragán donde prescindo un poco del pudor

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19 julio, 2017 · 13:05

Ganemos Mónaco

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Es capitalista, solo que aún no lo sabe.

Este concejal ya célebre, Zapata, que se va de Podemos harto de tener que compartir su soldada con las insaciables bocas del activismo zurdo. Le exigían una cuota específica para financiar el partido de Iglesias, pero él pretextaba que ya contribuía a su facción propia dentro de Ahora Madrid. La cosa se resuelve en expediente y baja, y con suerte y tiempo en epifanía liberal.

Que un comunista tenga una relación conflictiva con el dinero es tan lógico como que un puritano la tenga con el sexo. Todos nos obsesionamos con aquello que nos prohíben. Freud dedicó su vida a tasar el precio subconsciente de la convivencia social, que paga el animal humano con la moneda cara de los deseos reprimidos. Luego cada cual gestiona como puede los desajustes entre sacrificio y gratificación.

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El bueno (Javier Fernández), el feo (Zapata) y la mala (Carmena) en La Linterna de COPE

El Debate de TVE de esta semana: Miguel Ángel Blanco, Venezuela, salarios y más

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14 julio, 2017 · 11:51

Honrar a los muertos, representar a los vivos

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«Tú eres el imán y yo soy el metal».

En un país que distribuye la propiedad de sus muertos con enfermiza sutileza -los de ETA son tuyos, los de Franco son míos, las del machismo más nuestras, los de la yihad más vuestros, y así- siempre resultará oportuno un minuto de silencio compartido. Antes de comenzar la última sesión de control del curso, todas sus señorías -menos los partidarios del crimen, claro: Bildu se ausentó- se pusieron en pie y la liturgia del grito silencioso por la memoria de Miguel Ángel Blanco se cargó de sentido. ¿Tan difícil es coincidir en el mero bando de la decencia con ese al que te han enseñado a odiar, españolito que vienes al mundo?

Pero el político no debe permitir que la concordia devore su alma, así que enseguida arrancó el santo teatro de la confrontación. Doña Robles, que va puliendo su estilo Rottenmeier, incurrió en la ingenuidad de pedir opinión a Rajoy. Qué le parece que el Congreso repruebe ministros y que el TC los desautorice. Es como preguntar a Froome por el caso Puerto: oiga, a mí que me cuenta, ni que fuera ciclista. «El presidente nombra ministros y disuelve las Cortes», respondió don Mariano. Para algo que puedo hacer sin consenso no me toques la barba, Margarita.

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13 julio, 2017 · 15:37

La guerra de Fundéu

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El cristal de la Fundéu.

Sobre la mampara de cristal de la sala de reuniones de la Fundéu están pintadas las cuatro últimas palabras del año. En 2013 fue escrache, en 2014 selfie, en 2015 refugiado y en 2016 populismo. Realmente están bien elegidas: leídas una detrás de la otra describen la parábola espiritual de la época. Sintetizan el reciente devenir de nuestro mundo -ese en el que lo real coincide con lo escrito: lo que no se publica no existe- a través de los respectivos movimientos del alma: la ira, la vanidad y la compasión. Lo curioso es que la suma de esas tres pasiones da como resultado la cuarta palabra: populismo. Que es, efectivamente, el estado de ánimo propio del narciso cabreado por la pena que siente de sí mismo.

La Fundéu no tiene por misión crear el lenguaje -y por tanto la realidad- sino registrarlo y sancionarlo. Pero a menudo se dirigen a ella españoles cabreados (valga el pleonasmo) para exigirle que prohíba determinada expresión machista o que imponga tal otra fraseología inclusiva. Prohibir e imponer son dos aficiones entrañables de este pueblo de poetas que no aspira a comunicar el mundo sino a inaugurarlo. Porque de eso trata la buena poesía, cuya raíz nace de un verbo griego, poiein, que no significa decir, o versificar, sino justamente hacer.

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El bueno (Garicano), la fea (Isabel Rodríguez) y el malo (Puigdemont) de la semana en La Linterna de COPE

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11 julio, 2017 · 16:34