París era una siesta

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Vigilia blanca.

Ya que los ultras no dejaron dormir a los jugadores del Madrid, los jugadores del Madrid decidieron presentarse en el campo de empalmada y cerraron la eliminatoria sin pestañear. Uno no gana tres Copas de Europa en cuatro años si no sabe administrar bien sus vigilias. De este modo la sorpresa se la llevan todos los que te habían dado por dormido. Y no les culpamos, porque Zidane es hombre tan sosegado que lleva a equívocos fatales. Hay que imaginarle como la mantis religiosa que primero se confunde con la planta sobre la que reposa y un minuto después aparece devorando tranquilamente a su presa, que muere antes de empezar a saber qué falló. De ahí la cara de Emery, por quien deberíamos empezar a llevar un lazo todos los demócratas.

Ahora ustedes escucharán más mofas de Emery que elogios a Zidane. De súbito el PSG habrá perdido toda su capacidad de intimidación y habrá vuelto a ser el eterno conglomerado de mercenarios sin pedigrí reunidos a golpe de petrodólar. Pero eso en cristiano se llama lanzada a moro muerto, y que el jeque Al-Khelaifi me perdone. Si París fue una siesta es porque el entrenador francés planteó una malla en el centro de campo tejida por la ubicuidad de Casemiro y sujetada por Lucas y Kovacic, y el partido entero quedó retenida en ella.

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7 marzo, 2018 · 13:32

Dos entrevistas

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Presentación del libro en la Universidad Francisco de Vitoria.

Aquí, el vídeo completo de la presentación de mi libro en la librería Neblí, con Juan Carlos Girauta y Raúl del Pozo. Hay trozos que aún no ha visto el fiscal.

Aquí, una sosegada entrevista de madrugada en Radio Nacional de España, a cargo de Chema García Langa, en su programa El canto del grillo.

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6 marzo, 2018 · 12:19

Normas para una revolución

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Sea posmoderno, derogue la responsabilidad.

Usted, naturalmente, está harto de este mundo, que le parece invivible. Usted tiene poderosas razones para desear cambiarlo, porque una exótica fe le ha convencido de que es más fácil cambiar el mundo que cambiarse a sí mismo, y una infundada esperanza le persuade de que su posición mejorará con el cambio. Usted calienta su fantasía admirando a revolucionarios históricos que voltearon las condiciones objetivas de su tiempo. Por debilidad poética, y al contrario que los buenos narradores, glorifica los principios y olvida los finales, porque al revolucionario le inspira la excitante destrucción del presente, no la trabajosa edificación del futuro. Que tiene la ventaja de que nunca llega, así que todo sacrificio en su nombre está justificado. Usted vive en el siglo de los sacrificios baratos, pero deberá poner algo de su parte para triunfar.

Los revolucionarios modernos reclamaban libertad, es decir, la capacidad de hacerse cargo de sí mismos. Pero la autonomía individual resultó una pesada carga, de modo que las revoluciones posmodernas añoran la tribu. Libérese de la libertad. Su causa será viral si implica la abolición de la responsabilidad. Quién quiere ser libre si serlo limita la empoderadora industria de la queja. Usted es posmoderno: odia responsabilizarse de sus propias decisiones, y por tanto de sus fracasos intransferibles. Examinar la propia conciencia anula la revolución, pero examinar la ajena la desata. Evite examinarse. La autocrítica ya se la harán camaradas más ambiciosos que usted.

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Vuelve El bueno (Tomás Burgos), el feo (la memoria histórica del PSOE) y el malo (Puigdemont)

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5 marzo, 2018 · 11:31

Viaje al comienzo del día

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[Donde debuto como analista de moda en Marie Claire, y descubro lo mucho que hablar del Parlamento facilita hablar de la pasarela]

La colección de Céline para esta temporada está inspirada en el barroco italiano. Más concretamente en los drapeados pujantes que emergían del cincel de Gian Lorenzo Bernini. El diseñador ha tenido que pasar muchos horas debajo de la tumba de Alejandro VII, en la Basílica de San Pedro, para poder alumbrar esos chalecos insensatos que tocan la punta del zapato de la modelo; esas mangas rozagantes, vueltas sobre sí mismas, que se sujetan mágicamente sobre el pecho o la cadera; esa ropa talar que reniega de su fe para abrazar la carnalidad más sofisticada, del mismo modo que el genio napolitano creaba en la piedra inerte, fría y sensual de Carrara una ilusión de movimiento.

Yo miro fascinado el desfile de estas telas sin cuerpo, ambulantes y huecas, como soportadas por un chorro de aire que naciera del suelo y abultara sus lujosos volúmenes. Me parece que estoy descubriendo nuevos éxtasis laicos como el de Teresa en Santa María de la Victoria. Si acaso un poquito más mohínos, pero eso es por el careto de las maniquíes, que no saben poner cara de orgasmo como la santa, quizá porque nunca han tenido uno.

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1 marzo, 2018 · 18:42

El David de Tabarnia

15197783139774.jpgQueríamos ver al Madrid en Cornellà para confirmar si el David de Tabarnia, que esta temporada ya ha tumbado a Barça y Atleti, se enfrentaba a un Goliath creíble como el que prometía el reciente reencuentro de la BBC con la pegada perdida. Pero Cristiano se había quedado en casa y, en lugar del tiburón, Zidane apostaba por la economía colaborativa del centrocampismo y sus finos estilistas, que es como tratar de suplir un gran banco con la fusión de varias cajas: una estrategia voluntariosa aunque arriesgada. Pero eso hizo Luis de Guindos y ahora vicepreside el Banco Central Europeo.

Los locutores insistían en los «detallazos» de Isco, pero uno aún no ha roto a admirar el brujuleo moroso del malagueño, su fútbol imantado que siempre gira sobre sí mismo, como si saltara a jugar con los tobillos impregnados de magnesio. A veces parece que va a haber presidente legal en Cataluña antes de que la suelte Isco. El norte del ataque blanco es y será Cristiano, y sin norte hasta las mejores brújulas se vuelven locas. Otra cosa es lo de Lucas y sobre todo lo de Asensio, que cubrían la cuota de emprendimiento pero no encontraban cliente.

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28 febrero, 2018 · 11:38

La musa vestida

15194118294562.jpgSe dice que nos encaminamos a una edad dorada de la censura, y quizá sea cierto, pero solo porque venimos de una edad dorada de la libertad. La censura nace de la libertad en el mismo sentido en que la primera causa del divorcio es el matrimonio. El amor se nos rompe de tanto usarlo, y la libertad ejercida sin coste termina aburriéndonos y echándonos a los apasionados brazos de la servidumbre. La carrera de Santiago Sierra cuenta la historia de un hombre libre empeñado en dejar de serlo por un instante y cobrar por el efímero sacrificio. Necesita para ello la colaboración del público, como los magos: necesita la azafata con lentejuelas de la susceptibilidad y, en los éxitos más sonados, que el empresario le cierre el teatro. Necesita desesperadamente que alguien impresionable, en algún lugar, le coarte. Planea esmeradas provocaciones que le reporten el infinito placer que experimenta no cuando es libre, sino cuando es censurado; o al menos cuando lo parece, pues es en la publicidad donde reside el negocio. A nadie se le escapa la naturaleza masoquista de su pulsión, pero el dolor queda paliado por las riadas de dinero que amasa en el proceso gracias al lucrativo escándalo de los burgueses. Es un mecanismo muy antiguo, pero no ha perdido eficacia. La censura en Arco ha sido, sin duda, su obra maestra.

Pero la obra de Sierra no tiene ningún interés en comparación con él mismo, con la performance en él encarnada, que es una metáfora muy poderosa de nuestro tiempo. Sierra es un niño grande al que todos le pagamos sus travesuras, y a perpetuar esa privilegiada condición es a lo que aspiramos todos los hijos de la posmodernidad. Hemos heredado las mayores cotas de libertad de la historia del hombre, y ese es nuestro problema: que por la misma cualidad gratuita de lo heredado hemos dejado de valorarla, nos hastía, y entonces concebimos el turbio pero excitante anhelo del límite, de la frontera, de la persecución. Como esos niños que, según Chesterton, caminan por la acera circunscribiendo voluntariamente sus pisadas al centro de las baldosas, sin pisar jamás las junturas entre ambas. Podrían correr, saltar, moverse libremente, pero eligen limitarse porque la libertad absoluta, concluye Chesterton, no es humana. Si nadie nos castiga, aunque sea sin motivo, aunque el castigo nos lo inflijamos nosotros, ¿cómo podemos estar seguros de que somos inocentes? Victimízate: disfruta.

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El bueno (Forges), el feo (presidente de Ifema) y el malo (ultras de fútbol)

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24 febrero, 2018 · 20:55

Presentación de Vidas cipotudas

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Girauta, Bustos, Del Pozo.

[Esta crónica de Luis Alemany, que siempre me clava porque me lee, sobre la presentación de mi libro, publicada hoy jueves, 22-II-18, en El Mundo]

Lo malo de llamar a un libro Vidas cipotudas (La Esfera de los Libros) es que luego hay que explicar una vez tras otra que el título es una broma pero no sólo una broma. Le pasa al periodista Jorge Bustos, autor del libro que este miércoles tuvo su bautismo en la Librería Troa de Madrid. «Igual ha sido un señuelo equívoco. Igual parece una declaración reaccionaria de principios, cuando es lo contrario. El caso es que cipotudo es una palabra que se ajusta perfectamente a la idea que quería expresar».

Por si alguien no se ha enterado todavía: por cipotudo entiende Bustos una disposición simultánea al idealismo y a la acción que a lo largo de la historia ha llevado a grandes gestas y a ridículos colosales y que se ha dado con especial frecuencia entre los habitantes de España. Cabeza de Vaca, Juan Ramón Jiménez, Josep Tarradellas, Juana de Castilla, Menéndez Pelayo, Sabino Arana, Amancio Ortega… Son ejemplos concretos. Vidas cipotudas hila sus historias y por eso Ymelda Navajo, la editora de La Esfera de los Libros (parte del grupo Unidad Editorial), se acordó de los libros de perfiles de Indro Montanelli y de Stefan Zweig para ponerle un par de referencias al libro.

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22 febrero, 2018 · 15:05

La inmersión aprieta, y además ahoga

Sesión de control al Gobierno

Perfil alto.

El Congreso no legisla porque sus señorías están demasiado ocupadas instando a legislar. Pero esa es costumbre muy añeja, no puede decirse que importune a don Mariano. Por eso sorprendió su tono de este miércoles, más desabrido que de ordinario. Hubo dos momentos en la sesión de control en que no reconocimos al Rajoy flemático cuyo aliento hiela los problemas cuando se los arroja a la cara la oposición. Primero un casi cordial Pablo Iglesias le recordó muy pertinentemente que la Constitución obliga al Gobierno a someter las cuentas del Estado a debate en la sede de la soberanía, pero Rajoy le espetó: «Déjeme a mí hacer presupuestos y usted dedíquese a otras cosas». Nadie que aprecie su patrimonio le entregaría a Iglesias la gestión de su contabilidad, pero ese no es su estilo, presidente. Tampoco lo es la prepotencia con que acalló la atinada pregunta sobre el menguante poder adquisitivo de las pensiones de Íñigo Alli, que topó con este desplante olímpico: «Todos compartimos sus buenas intenciones, pero yo tengo que gobernar». Nadie lo diría mirando el BOE. ¿Qué fue de la exitosa saga del orador celta y la retranca perdida? A ver si, como le vino a decir Margarita Robles, está empezando a tomar conciencia de que ya tiene todo el pasado por delante.

Pero fuera de Rajoy, la diana de los zascas -iba a poner venablos, pero qué quieren- la sujetaron por turnos Catalá, Montoro y Méndez de Vigo. El ministro de Justicia se destapó con una fogosidad muy ajena a sus burocráticas hechuras. La culpa fue primero de Artemi Rallo (PSOE), que se desgañitó llamando «integrista y homófoba» a María Elósegui con tanta saña que al cuarto alarido ya estábamos todos completamente seguros de que María Elósegui es una bellísima persona. No quieren a Luis de Guindos porque no es mujer, pero tampoco quieren a Elósegui porque no es de izquierdas ni tampoco a Elena Valenciano porque no es sanchista. Sobre lo que quiere este PSOE se podrían rodar los más enigmáticos anuncios de compresas. Catalá perdió luego los papeles en Irán y en Venezuela cuando Errejón le hizo una observación exacta y bastante comedida sobre la corrupción: que la crónica de esta legislatura discurra eminentemente por el género de tribunales lastra toda la iniciativa política del Gobierno. Por cierto que De Guindos protagonizó un desaire cómico en los pasillos, donde se colocó a la espera de que le hicieran caso los periodistas, arremolinados en torno a Albert Rivera. La escena medía con precisión la actual cotización mediática de PP y Cs: un canutazo del próximo vicepresidente del BCE interesa bastante menos que la guerra abierta entre azules y naranjas.

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21 febrero, 2018 · 14:19