Pensar sin asideros, de Hannah Arendt

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Hannah.

Leer a Hannah Arendt (1906-1975), sobre todo si uno viene de cubrir una campaña electoral de 2019, provoca el mismo efecto que subir en ascensor ultrarrápido desde un sótano enrarecido hasta la azotea de un imponente rascacielos. Pero ese efecto no sólo lo produce la gigantesca estatura intelectual de la pensadora judía, sino igualmente su coraje temerario a la hora de defender posiciones que ella creía verdaderas al margen de las desagradables consecuencias que su claridad le acarrease en el mundo académico como en el mediático, e incluso entre los de su raza.

Estos dos volúmenes que recogen su obra ensayística inédita en forma de libro -desde artículos y conferencias hasta coloquios y entrevistas- no en vano se titulan Pensar sin asideros. Arendt llevó la disposición insobornable del filósofo liberal al extremo de su compromiso, y ya se sabe que el precio de la independencia a menudo suele ser la soledad. Despreciaba la tradición de la metafísica occidental -en eso era marxista- no por soberbia, sino porque se daba cuenta de que el siglo que le había tocado vivir, el terrible siglo XX, había liquidado las categorías de lo concebible hasta entonces. Tocaba levantar un nuevo corpus filosófico para comprender al hombre. Al hombre capaz, por ejemplo, de diseñar el Holocausto o el Gulag.

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19 noviembre, 2019 · 10:21

Si te preocupa Vox, entonces

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Militancia.

Si te preocupa Vox, lo primero que tienes que hacer es respetar a sus votantes. Ahorrarte esa estúpida superioridad moral que solo añade entusiasmo a su militancia, forjada en el orgullo de catacumba. La marginación da combustible al populismo, y el sentido de pertenencia a una España ridiculizada opera en el voxero como antaño la conciencia de barriada en el obrero. Sobre nacionalista y confesional, Vox es una causa identitaria cuyo éxito depende del vínculo no mediatizado entre el líder y su grey, y esa identificación emocional se aviva en la persecución y languidece en el argumento.

Si te preocupa Vox, deja de llamar fascistas a sus votantes, porque no lo son en absoluto, pero sobre todo porque esa palabra ya no significa nada, ya solo produce una furiosa vanidad en el emisor y una indiferencia sonriente -cuando no jactancia- en el receptor. Vox aporta el calor de una identidad compacta a votantes demasiado enfadados para transigir con el arte de lo posible y demasiado inocentes para valorar la belleza de lo impuro. La virginidad política del voxero no es algo de lo que debas reírte, porque es entonces cuando se transmuta rápidamente en fanatismo. Vale más compartir la pedagogía de la experiencia. Es fácil, si eres de derechas, culpar a las autonomías, la inmigración o el feminismo de frustraciones propias pero ajenas a esas causas. Uno aprende que las autonomías existen porque España ya era plural en el medievo y no se vuelve plural en 1978 por instaurar las autonomías, que por lo demás soportan el gasto del bienestarismo y conceden refugio al madrileño o al andaluz temeroso del abrazo de Sánchez e Iglesias. Uno aprende que es mentira que los varones blancos heteros estén amenazados cuando trata a la primera mujer maltratada, y lo confirma cuando trata a la segunda. Uno advierte que Omar, el hacendoso jardinero de la urbanización de sus padres, puede un día ser apalizado por patriotas que del listado de apellidos árabes de Abascal dedujeron el permiso oficial a su xenofobia. Uno descubre que los partidos que gritan no gobiernan, que influyen solo mientras dura la novedad y que los que gobiernan deben traicionar sus viejos gritos porque para ese efecto civilizador se concibió el sistema. Uno acepta, en fin, que sus impuestos financien subvenciones de más a cambio de que reduzcan desigualdades que partirían la sociedad en tribus resentidas.

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19 noviembre, 2019 · 10:16

Después de Sánchez

15738251787552.jpgQue la investidura de Sánchez se pacte en Lledoners no puede escandalizar a nadie, porque lo propio de las bandas es hacer negocios en el trullo. El Joker de Moncloa está a punto de concretar el chiste más macabro en la broma infinita de su vida pública. «¡Pero salvó al PSOE del acecho de Podemos!», cacarean las pedrettes, incapaces por amor de entender que el precio que ha pagado su gallo por mandar en la izquierda es la titularidad del corral. El PSOE acabó de morir un martes de noviembre de 2019, cuando su secretario general abrazó al epígono leninista de Anguita para abrirle la puerta del Consejo de Ministros. Ahora un condenado a 13 años por sedición otorgará a Sánchez la gracia de unos meses más de insomnio en su colchón, pero el protagonismo pasará al vicepresidente Iglesias, que devorará diariamente en las teles a su presa. Será una legislatura furiosa y estéril que solo culminará un proyecto, activado el día que Sánchez reconquistó Ferraz: la destrucción de la socialdemocracia española. Su legado.

Forma parte de la paradoja institucional que llamamos sanchismo el destino de precipitar su agonía en la sesión que alumbre su investidura. Será un final operístico, con Cataluña degradada a paraíso del anarquismo callejero, con el paro galopando y Moscovici mandando hombres de negro a Madrid con un maletín y una podadora. Cuando el polvo se disipe, en mitad del escenario aparecerá una piltrafa tumefacta, un cuerpo entre rojo y amoratado que llamaremos sociopodemismo y cuya descomposición empezará al minuto siguiente del desalojo de las nóminas públicas que fueron su única razón de ser.

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17 noviembre, 2019 · 23:19

La tumba recobrada de Chaves Nogales

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En el cementerio de North Sheen, Londres.

Él era eso que los sociólogos llamarían un pequeñoburgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Ganaba su pan y su libertad confeccionando periódicos y escribiendo artículos, y con ellos se hacía la ilusión de animar el espíritu de sus compatriotas. Nunca creyó en la virtud salutífera de las grandes conmociones y sentía un odio insuperable a la estupidez y la crueldad, porque sabía que el único pecado que no tiene perdón es el pecado contra la inteligencia. Hoy reposa en una tumba sin lápida y sin fecha, bajo el negro graznido de los cuervos y el rutinario rugir de los aviones que surcan el cielo sobre el cementerio de North Sheen, Londres, lejos de la patria que mantuvo su nombre en el olvido durante medio siglo porque a nadie convenía su memoria.

Se llamaba Manuel Chaves Nogales, y se presentaba como un simple periodista cuando un simple periodista podía custodiar a solas la herencia siempre amenazada de la civilización. Ese «peso moral» que destacó Ignacio Peyró, artífice desde el Instituto Cervantes de Londres de un homenaje tan necesario que no entendemos cómo no se había hecho hasta ahora. A Chaves le tocó atestiguar la epidemia de cainismo que enfebreció al pobre celtíbero, cuya sangre y cuyo fuego testimonió como nadie durando aún la contienda con la inverosímil lucidez de un historiador. Sus palabras, hoy canónicas, para serlo debieron primero ser rescatadas por Abelardo Linares y Andrés Trapiello, quien ayer al pie de su tumba confesó el secreto de la memoria histórica bien entendida: recordar que hay que olvidar para ganar la paz. «Llamé a Abelardo y le dije que en Chaves había encontrado la clave de bóveda de mi libro». Ese libro era y es Las armas y las letras, que es la obra que Abel escribiría sobre su hermano con una mirada de paz, de piedad y de perdón, pero jamás de olvido.

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14 noviembre, 2019 · 15:05

El centro ha muerto, ¡viva el centro!

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El túnel.

El hundimiento de Ciudadanos es la sinécdoque del hundimiento de la democracia del 78, que anoche expiró a eso de las diez de una gélida noche de noviembre. Ha muerto a manos de los sospechosos habituales, la izquierda y la derecha, las dos únicas maneras permitidas de ser español a excepción de la independentista.

Albert Rivera llevó el partido a la gloria en abril y lo ha conducido a la UVI ahora, pero cada bando ofrece explicaciones contradictorias entre sí. Para unos le mató el veto a Sánchez en primavera, para otros haberlo levantado en septiembre. En realidad da lo mismo. Rivera, detestado ya por todos los nacionalismos, declaró además la guerra a las dos maquinarias de poder más formidables del Estado -Génova y Ferraz-, al tiempo que despreciaba al populismo conservador. Ningún quijote sale victorioso de semejante arremetida contra gigantescos molinos.

Se convirtió en el enemigo número uno de todo el país. Fue masacrado durante meses. Se lanzaron campañas públicas y subterráneas para convertir su imagen personal en un comedero de cormoranes. Cometió el error de aislarse, desentenderse de los cuadros del partido y pasar de la prensa. Pero ninguno de esos errores alcanzaba a justificar el delirante tratamiento al que fue sometido en los medios; al final ya el perro Lucas generaba el mismo escándalo que la cal viva de los GAL. Rivera perdió el derecho a ser escuchado, pese a que en la recta final, recuperado ya el discurso originario, entregó algunas de las mejoras muestras de su oratoria.

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12 noviembre, 2019 · 11:05

El nadador

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Un político valiente.

No era el más erudito ni el más piadoso, pero era un político valiente. Le gustaba nadar y debatir, y se aferró a ambas destrezas cuando, veinteañero, le encomendaron el liderazgo de la rebelión entonces testimonial contra la hegemonía pujolista. Siempre a contracorriente. Se encaró el primero con el padrino de Cataluña y sus innumerables hijos, del acomplejado Montilla al demencial Puigdemont pasando por el sibilino Mas. Empezó a ganar votos hace 13 años y en el instante en que dejó de hacerlo, el domingo pasado, abandonó cargo y escaño para devolverles a los suyos el tiempo que la política les robó. «Quiero seguir siendo feliz. Permitidme que siga mi camino».

La política española no es un lugar donde hoy se pueda ser feliz; solo en el necio vomitorio de la red social, allí donde babean su espeso resentimiento todos los caínes sin sexo ni fortuna, se puede creer que compense su ejercicio. Entre todos hemos conseguido que así sea. Pero hubo unos años, entre el 15-M y la moción de censura, en que una generación de españoles contrajo un vínculo con una idea al fin ilusionante de la representación pública. Rivera bajó desde Cataluña y llegó hasta Cádiz, desplegando un discurso antiguo pero nuevo -eso será siempre el liberalismo en España- que hizo decir a muchos: «Por fin voto para saber que existo». Una desaforada voluntad de hombre de acción le llevaba a fundar estrategias sobre expectativas aún no creadas, y ese ha sido su error como también su acierto: un líder origina su propio espacio, no espera a heredarlo. Su carácter era imposible porque estaba forjado bajo un fuego que nunca se apaga: la quemazón de criarse odiado por vecinos racistas y no tolerarlo. Su misión no consistía en la simpatía mendicante de los icetas sino en el coraje borde de ser libre, por el que ha de pagarse un alto precio.

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11 noviembre, 2019 · 18:14

Llamadme Rodrygo

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Nuestro Pelé.

El gol tantas veces suplicado y otras tantas denegado eligió para encarnarse a un niño brasileño con cabeza de alemán y olfato de argentino de barrio llamado Rodrygo. Se trata de un muchacho aplicado que ha venido a este mundo a no meterse con nadie y a hacer muchos goles. Mantiene un idilio particular con el botepronto, una suerte reservada a los delanteros que carecen de paciencia para dialogar con los centrales.

Así marcó su primer gol en el Madrid según debutaba y así marcó el primero de su ya histórico hat-trick contra el Galatasaray, sometiendo la pelota a una hipnosis súbita que la deja dormida, dispuesta para el remate. Marcó también de cabeza y con la derecha, y aún regaló un pase de la muerte a Benzema. Con quien comparte esa economía elegantísima de movimientos a la que hay que sumar el oportunismo de un Raúl. Si hubiera que ponerse asquerosamente cicateros le reprocharíamos cierto temor al choque, la falta de acometividad que a Vinicius le sobra. Fundiendo a ambos igual saldría Romario. Lo mejor es que tiene 18 años. O lo peor, porque después de lo de anoche ya solo puede ir a menos.

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7 noviembre, 2019 · 12:50

Ruido y furia en noviembre

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Estado actual del pacto.

Para saber quién ha ganado un debate uno no debe pensar jamás en lo que sentenciaría un periodista y menos un tuitero. Uno debe pensar en un ciudadano que no lee periódicos ni está en las redes sociales y alimenta su espíritu con dudas y televisión. A él se dirige este debate y solo por él cobra sentido un espectáculo tan alejado de Sócrates y tan cercano a Supervivientes. Ese ciudadano ahorra mucho en categorías politológicas y decide el voto por sensaciones estrictamente televisivas.

Esas sensaciones le dijeron ayer cosas distintas sobre los candidatos de las que venían contando los medios. No porque los medios mientan, sino porque los candidatos mutaron para hablarle estrictamente al dudoso que se sentaba delante de la pantalla. Así, Sánchez se olvidó por unos minutos de Sánchez y se puso a vender dureza en Cataluña con materiales saqueados del programa de Cs y del PP. Casado aparcó el neomarianismo y adoptó el tono más belicoso de sus tiempos lampiños para cortar la progresión demoscópica de Vox. Rivera se alejó del Rivera de abril, que principalmente pegaba a la izquierda, para golpear también a la derecha a cuenta de la corrupción y asentar perfil de centro. Iglesias se distanció del papel de monaguillo del PSOE para erigirse en su confesor, esforzándose sin éxito por extraer de Sánchez el pecado de la gran coalición. Pero la gran transformación la protagonizó Abascal, que dijo las mismas cosas imposibles sobre las autonomías e inmorales sobre los inmigrantes pero sin corbata y con aplomo de padre de la Constitución, solo que de una Constitución que no tiene nada que ver con la nuestra. Nos había prometido un tigre pero acabó criticando los subfusiles y pidiendo exhumaciones dignas para los represaliados de la guerra: como viaje televisivo al centro no está mal.

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5 noviembre, 2019 · 10:42