
Belleza bajo la lluvia.
Al madridista, que a la vida solo le pide ganar, que exige la victoria como razón de Estado por lo épico o por lo costumbrista, que transige con todo lo accesorio como el llamado estilo de juego, quizá le cueste entender el extraordinario valor del empate de su equipo contra el París Saint Germain. Hizo el mejor partido en muchos meses, practicó un fútbol delicado contra un rival poderoso, lo sometió durante todo el encuentro y acabó encajando dos goles estúpidos en un suspiro, en un despiste idiota, injusto y cruel. Pero no importa. La recuperación del mejor Madrid es un hecho contrastado ante todo un PSG, el mismo equipo que casi prejubila la segunda venida de Zidane en el Parque de los Príncipes. Perdónales, Zizou, porque te perdieron la fe y te negaron la esperanza.
Fue un espectáculo. Valverde se desplegaba a sí mismo como un latifundista codicioso, midiendo el campo por el rasero elástico de su zancada. Marcelo volvía a doblarse de extremo profundo, haciendo tanto daño por el flanco izquierdo como ya le gustaría a Pablo Iglesias. Isco curraba en la presión para ganarse al jefe y al resto de contribuyentes. Benzema, conde de Montecristo, enseñaba a los franceses quién es el rey desterrado pero legítimo de les bleus. Y Paraíso Hazard, como lo llama Silvita, nos daba únicamente las manzanas del árbol del bien, con su elegancia de esquiador y su tracción de velocista, hasta que un Caín rencoroso le taló el tobillo y nos expulsó a todos del edén. Con él y Valverde fuera del campo se produjo el eclipse momentáneo del que el Madrid se despertó empatado.



Que la investidura de Sánchez se pacte en Lledoners no puede escandalizar a nadie, porque lo propio de las bandas es hacer negocios en el trullo. El Joker de Moncloa está a punto de concretar el chiste más macabro en la broma infinita de su vida pública. «¡Pero salvó al PSOE del acecho de Podemos!», cacarean las pedrettes, incapaces por amor de entender que el precio que ha pagado su gallo por mandar en la izquierda es la titularidad del corral. El PSOE acabó de morir un martes de noviembre de 2019, cuando su secretario general abrazó al epígono leninista de Anguita para abrirle la puerta del Consejo de Ministros. Ahora un condenado a 13 años por sedición otorgará a Sánchez la gracia de unos meses más de insomnio en su colchón, pero el protagonismo pasará al vicepresidente Iglesias, que devorará diariamente en las teles a su presa. Será una legislatura furiosa y estéril que solo culminará un proyecto, activado el día que Sánchez reconquistó Ferraz: la destrucción de la socialdemocracia española. Su legado.








