Me divierte leer los análisis plañideros sobre la «deriva radical» de Casado en boca de quienes jamás vieron nada remotamente inquietante en negociar los presupuestos con Iglesias, la reforma laboral con Otegi, los indultos con los reos y la ley de educación con Rufián. Es como escuchar a un coro de proxenetas encareciendo el valor de la castidad desde el interior en penumbra de un prostíbulo nigeriano, el hisopo en una mano y los gayumbos en la otra.
A nadie se le ocurriría ubicar la pugna mal disimulada entre Ayuso y Casado en el terreno de las ideas. Todo parece reducirse al control de la organización política más poderosa de España, que lo es hoy pero lo será sobre todo mañana, cuando el Gran Madrid siga desplegándose ante los ojos más o menos rencorosos del paisanaje periférico y más o menos ávidos de los inversores internacionales. Y sin embargo chocan aquí dos temperamentos, que quizá sean las ideas de nuestro tiempo.
La sesión de control a la oposición, perdón, al Gobierno se desarrolló en un hemiciclo aceptablemente concurrido. Se conoce que a sus señorías al fin les ha invadido la vergüenza por el absentismo escolar sostenido con la excusa pandémica. De hecho Sánchez se quedó más tiempo en el escaño que Casado, quizá porque el primero tiene que arropar a sus vicepresidentas en el Parlamento y el segundo tiene que ser arropado por sus barones en la convención del PP.
Yolanda Díaz se parece mucho a Angela Merkel. Las dos son mujeres, las dos son políticas y a las dos les gustan los pimientos de Padrón, razón de que Rajoy ordenara descargar un volquete de pimientos sobre el Hostal de los Reyes Católicos, donde se alojó Merkel durante su visita a España en plena crisis de deuda. La canciller escudriñaba los enigmáticos percebes y sonreía entre fuentes de pulpo, botellas de albariño e inciertas solanáceas (unos pican y otros no). Aquella cumbre hispano-germana se reveló un completo éxito diplomático: testigos de aquellos días cuentan que alemanes y españoles trabajaron un total de 15 minutos. Y no hubo necesidad de rescate.
A los soldados spenglerianos -cómo le gustaba este adjetivo a Gistau– de la base aérea de Zaragoza que salvaron a dos mil afganos del terror talibán yo les haría mil preguntas. Pero, cosas del cipotudismo, nunca se me habría ocurrido preguntarlessi encontraron tiempo para llorar. A Margarita Robles sí se le ocurrió, y recibió esta ontológica respuesta:
No era una ladera de Cumbre Vieja sino la sede de la soberanía nacional, pero amanecía igualmente desierta de vida, con ocasionales rociadas de lava dialéctica. En ausencia de Sánchez, que ha salido un momento a hacerse una foto a la ONU, todos los ministros habían sido desalojados por su propia desidia de la bancada azul. ¿Para qué vamos a ir si el jefe no está mirando? ¿A quién le importa ya la cámara legislativa si nuestros decretos resultan inconstitucionales y no pasa nada? ¿Quién quiere oírnos si tenemos el tuit para expectorar la consigna y el dúplex para salir en la tele, y si en realidad cobramos por reducir la polifonía de la democracia a la voz de vicetiple concernido de un solo hombre? Sin Sánchez ni hay Ejecutivo ni hay Legislativo, y el Judicial aguanta porque Marchena es canario y está acostumbrado a los volcanes.
Descubrir que a la lava le damos igual puede ser muy pedagógico. Le da igual que seamos pompeyanos del siglo uno o canarios del veintiuno, porque los volcanes -asombraos, niños- no tienen sentimientos. Es imposible empatizar con una lengua de fuego que emerge a mil grados del inframundo, calcina cuanto encuentra a su paso y sepulta el recuerdo de lo que había bajo un espeso sudario mineral. Una colada volcánica es el fundido a negro de la vida: animal, vegetal, microbiótica. Ni siquiera Disney ha podido humanizar un volcán.
Todas las banderas son trapos hasta que nos tocan la nuestra, como es sabido, sea la del pueblo, la del colectivo o la del Betis. Lo que se sabe menos es que la bandera española procede directamente de la senyera catalana. Fue Carlos III, rey madrileño de Nápoles -que perteneció a la Corona de Aragón durante dos siglos-, quien adoptó el rojo y el gualda de la enseña aragonesa para sus barcos. Y cuando se dio cuenta de que se distinguía regular, redujo las barras a tres y ensanchó la franja central. «Para evitar los inconvenientes y perjuicios que ha hecho ver la experiencia, equivocándose a largas distancias o con vientos calmosos con la de otras naciones, he resuelto que en adelante usen mis buques de bandera dividida a lo largo en tres listas, de las cuales la alta y la baja sean encarnadas y del ancho cada una de la cuarta parte del total, y la de en medio, amarilla», escribe en Aranjuez en 1785. Y hasta hoy.