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Entrevista en Letras Libres

Por Ricardo Dudda

En su nuevo libro, el periodista de El Mundo Jorge Bustos realiza sendos viajes por La Mancha y por Francia en busca de los caracteres colectivos de lo español y lo francés. Critica la distinción esnob entre viajero y turista, reivindica el turismo de masas y un periodismo de viajes desprejuiciado, y defiende la necesidad de “volver a lo ya conocido con la mirada del niño”. También reflexiona sobre el liberalismo, la historia de España y del Quijote y la relación de amor-odio que existe en España hacia lo francés. 

Leyendo el libro pensaba en lo extraño que es leer sobre viajes cuando no se puede viajar. Ahora quien viaja, durante la pandemia, es quien se paga una PCR o no le importa una multa. De pronto el turismo ha vuelto a ser algo elitista, tras décadas de “democratización”. 

Vamos a volver al Grand Tour, el que hacían Henry James y el que hacían los ricos americanos por Italia. El libro es pre-covid pero creo que volverá a contar la cotidianidad de nuestro ocio. Ahora produce frustración, te da ganas de viajar y no puedes. Pero al mismo tiempo es un libro que puedes leer tras viajar a esos lugares y comparar tu experiencia con la del narrador. Hay una distinción esnob entre viajero y turista. Pero quién pudiera ser turista otra vez, cazador de selfies.

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9 abril, 2021 · 19:27

Entrevista en Libertad Digital

Por Jesús F. Úbeda

Jorge Bustos (Madrid, 1982) matiza ese tópico tan sobado de que el nacionalismo se cura leyendo y viajando: «No basta con que deslices los ojos gustosamente por una página bien escrita o por una ciudad bien trazada: hace falta que eso que miras penetre en ti hasta alterarte». El jefe de Opinión de El Mundo acaba de publicar Asombro y desencanto(Libros del Asteroide, 2021), su primera obra «literaria pura», tal y como cuenta a LD, en la que se narran dos viajes: el uno, laboral, por La Mancha, motivado por el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte de El Quijote; el otro, por Francia, porque no la conocía y consideraba que «no se debe vivir» sin conocer al vecino de arriba. Despojado de prejuicios, con una prosa extraordinaria y fogonazos humorísticos divertidísimos, el autor nos traslada de Puerto Lápice a Versalles, contrapone, parafraseando a Madariaga, «hombres-castillo» y «hombres-cristal» y, sobre todo, refleja la evolución de su mirada: más inocente, más macarra y más festiva en «Honda en Castilla», más escéptica, más decepcionada y más escarmentada en «El día de gloria». Conversamos en una terraza, por Príncipe Pío, en la que hay arena de playa.

P: Señor Bustos, en esta época de escándalos incesantes, crecientes y esperpénticos, ¿el ser humano ha dejado de asombrarse?

R: Está cada vez más caro el asombro, sí. Además, hay una pose, sobre todo en redes sociales, donde es de buen tono no asombrarse de nada y parecer escéptico, resabiado, de vuelta de todo. En realidad, no porque la gente sea muy culta o experimentada, que no lo es, sino porque hay pánico a que ridiculicen tu ingenuidad o tu ignorancia en Twitter o en las otras redes sociales. Entonces, la gente cuida una cierta pose, se fotografía con una biblioteca detrás o arremete contra el primero que confiesa su ingenua admiración por una serie: «¡Pero si la vimos hace un año todos! ¿Cómo te atreves ahora…?». Al final, detrás de ese postureo de tío de vuelta de todo, seguramente, lo que hay detrás es una tremenda ignorancia, cuando no una profunda soledad. El asombro es una conquista, la condición del niño. Dice Chesterton que el niño es el poeta. Cada día descubre una parte del mundo y le pone un nombre. El niño, en el momento en que pone nombre a la cosa que ese día ha descubierto, la está creando. Esa es la actitud originaria de la literatura y de la poesía: nombrar las cosas por primera vez. O tratar el lenguaje de tal manera que el lector reciba una impresión sobre cosas que cree conocer totalmente novedosa, sorpresiva. En el libro, ese ejercicio está sobre todo en Francia. Francia es un país que es tan conocido que lo damos por supuesto. Quizá, descubrir Francia con 36 ó 37 años, en mi caso, era casi arriesgarse a esto, a parecer ridículo: «¿Cómo no se te ha ocurrido conocer Francia?». Quizá nuestra generación daba por supuesto que ese país maravilloso estaba ahí, y que antes se te ocurrían 12.000 destinos más exóticos o más sugerentes. Y ese es el juego literario del libro: presentarte en Francia como si la acabaras de descubrir. Es un ejercicio literario del que se beneficia también el estilo: asomarte a los acontecimientos como si fuera la primera vez. Así que el asombro es una condición del estilo: si consigues escribir desde el asombro, no desde el prejuicio, creo que acabas escribiendo mejor.

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29 marzo, 2021 · 11:35

Entrevista en Voz Pópuli

Por Karina Sainz Borgo

Todo cuanto cuenta Bustos está tocado por una realidad y un tiempo al que es sensible incluso contra su voluntad, porque termina abordando temas que tienen tanto de actualidad como de atavismo: la relación de España consigo misma y lo que la rodea, en todos los sentidos. Sobre estos temas, que incluyen la literatura y el periodismo, la política, la identidad y la historia, conversa Jorge Bustos en esta entrevista concedida a Vozpopuli

Entre su visita a la Mancha y Francia transcurrieron cinco años. Sus narradores y puntos de vista son distintos en cada texto. ¿Son viajes enfrentados? 

Más que un enfrentamiento hay una evolución. El lector percibirá una modulación en la voz, un cambio en la mirada. Cuando escribí el viaje manchego tenía 32 años, estaba recién llegado a El Mundo y quería emular a Azorín en los 400 años del Quijote, así que me lancé a la carretera con mi coche, mi blog de notas y mi cámara. Entonces tenía una mirada más ingenua y adanista. Entre los dos viajes hay cuatro años de diferencia, más el año de escritura. En ese tiempo llegué a la sección de Opinión, a lo que se sumó la pelea mediática cotidiana y mi mayor exposición en la radio y la televisión, además de los cambios en la realidad del país. Todo junto propició una mirada más cansada, pero también más conocedora de mis propias capacidades. Este es un libro de viaje interior, un recorrido espiritual propio. Creo que si el lector me acompaña hasta el final lo percibirá.

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29 marzo, 2021 · 11:27

Respetarás al hombre, defenderás al toro

Los toros hay que defenderlos sobre todo si no te gustan. No es mi caso, porque a mí me gustan los toros, aunque entiendo de toros mucho menos de lo que me gustaría. Pero al menos sé que no sé de toros porque soy un ignorante, no porque una civilización superior me haya enviado desde el futuro a una España de carnívoros primarios para evangelizar a sus santas especies y salvar el condenado planeta.

Para empezar, al planeta le da exactamente lo mismo si sobre su superficie mugen poderosos victorinos recortando su cárdena estampa al sol de una dehesa o si toda la biodiversidad terrestre ha quedado reducida al gambeteo de las cucarachas bajo las piedras tiznadas por un holocausto nuclear. La bola cósmica donde azarosamente vivimos no tiene preferencias bioéticas ni sentimientos antropomorfos, y esta vieja evidencia debemos recordársela a todos los niños de 50 años de nuestros días: el planeta no necesita que lo salve ningún activista con los nervios destrozados por nueve décadas de animismo Disney. Los que necesitamos salvación, y de manera urgente, somos los homínidos de la especie sapiens sapiens. Y la mayor amenaza para nuestra supervivencia la representan otros sapiens sapiens que se han propuesto que este sea el siglo más gilipollas desde que bajamos de un árbol en África hace 300.000 años.

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23 marzo, 2021 · 16:49

Entrevista en El Catalán

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El entrevistado.

[Reproduzco a continuación la entrevista que me hacen los chicos de El Catalán, en la que doy respuestas muy poco equidistantes]

En un artículo se refería al nacionalismo como una ideología “intrínsecamente perversa”.

Claro. El nacionalismo es una enfermedad moral que te convence de que eres más que los demás por el hecho casual de haber nacido en una localización geográfica determinada, a la que revistes de mitos legitimistas. Luego habrá nacionalistas encantadores, claro. Pero portan una ideología que los empeora como animales políticos: les tienta permanentemente hacia la exclusión, el egoísmo, y en los casos más extremos, el supremacismo y la limpieza étnica. El nacionalismo es el machismo de los pueblos.

También ha señalado que el procés es una “gigantesca apropiación indebida”.

Es un robo. “Vosotros, andaluces o murcianos, que vinisteis como emigrantes a currar de lo que no querían los catalanes puros y labrasteis como obreros la prosperidad de Cataluña, ahora os quedáis sin derecho de propiedad sobre la tierra que habéis hecho rica a no ser que comulguéis con el separatismo”. Eso es el procés. Robar la soberanía de todos es infinitamente más grave que robar dinero público con tarjetas black; primero, porque es mucho más dinero; y, segundo, porque es mucho más inmoral, porque es el dinero que la solidaridad estatal redistribuye entre los más necesitados. El Estado es de todos y la nación también.

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19 diciembre, 2018 · 8:44

Blanca catedral

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Hughes, Marta del Riego, Ángel del Riego y Jorge Bustos (o sea, yo).

[Reproduzco a continuación mi prólogo a La Biblia blanca, de Ángel y Marta del Riego Anta, editorial Córner]

No sabemos si la publicación de una biblia madridista, valga la redundancia, es una obsesión de fanáticos o una empresa propia del Renacimiento. Pero si se trata de tender un puente entre los Ultra Sur y el cardenal Cisneros, yo quiero formar parte de tan santo pontificado. Mis credenciales son inequívocas: el madridismo, bajo la forma militante del mourinhismo, constituyó mi última religión profesada con fervor, es decir, sin respeto, con verdadero espíritu de cruzada. La vida lo atempera a uno y lo vuelve más cínico y quizá más sabio, pero yo no puedo olvidar la pasión personalmente exaltante que coloreó aquellos días de ruido y furia. Después de aquello gané cuatro copas de Europa seguidas, y en las cuatro finales estuve en el estadio, pero no me importa reconocer que ya nunca volveré a vivir el fútbol con la intensidad del sacro trienio en que Yahvé fue del Madrid y Mourinho su profeta. Aquellos pentecostés en que el Espíritu bajaba en lenguas de fuego y prendía la sala de prensa. Aquellos clásicos que parecían guerras de religión rodadas por Mel Gibson y donde echábamos las semanas posteriores recontando cadáveres, arrastrando los suyos por el barro y dándoles a los nuestros cristiana sepultura.

Hay muchas especies de fe, pero solo una religión verdadera. No lo dijo un papa sino Kant, que no era precisamente de los que mojaban la pluma en agua bendita. Hay muchas aficiones y luego está el aficionado del Real Madrid, que es el único club verdadero, con su curia vaticana y sus parroquias de barrio. Como toda religión verdadera el Real Madrid sufre cismas periódicos, es agitado por heresiarcas ambiciosos y telepredicadores sombríos, sucumbe a travesías por el desierto durante las cuales el pueblo es tentado por la idolatría y finalmente conoce el restablecimiento de la ortodoxia en el cónclave de los socios, que siguen siendo los dueños de su fe y de su templo.

Ahora bien: la religión madridista no es ecuménica. No practica el entendimiento buenista entre todas las confesiones y la redistribución del palmarés, sino la hegemonía más rapaz, una suerte de dominación feudal, aristocrática pero inmisericorde. En esto se separa del imperativo categórico de Kant, que ruega a los madridistas que no ganen todo aquello que les gustaría ganar a los demás, y abraza en su lugar la voluntad de poder de Nietzsche, que no reconoce más criterio moral que la conquista perpetua, el eterno retorno de las copas de Europa. El madridismo, por tanto, no es un credo evangélico –mucho menos protestante: este sería el del Atleti– salvo por una frase: “Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene”.

Un día paseaba Heine con un amigo por el interior de una grandiosa catedral europea. Su amigo, abrumado por la belleza que levantaron nuestros antepasados, comparó tanta magnanimidad con la mediocridad de su tiempo y le preguntó entristecido a Heine por qué los europeos ya no eran capaces de edificar catedrales. El gran poeta alemán respondió: “Nosotros, los modernos, no tenemos más que opiniones, y para elevar una catedral gótica se necesita algo más que una opinión”. Efectivamente: se necesita una fe. Por eso el Madrid continúa levantando por todo el continente orejonas como catedrales: París, Madrid, Bruselas, Stuttgart, Glasgow, Bruselas otra vez, Ámsterdam, París, Glasgow otra vez, Lisboa, Milán, Cardiff, Kiev. Al fin y al cabo, todo el mundo tiene una opinión, pero solo el Madrid tiene trece copas de Europa.

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15 noviembre, 2018 · 14:02

El evangelio gástrico según Peyró

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Luis Solano (editor de Libros del Asteroide), Emilia Landaluce, Peyró y yo.

Buenas tardes a todos y gracias de corazón por venir.

Debo confesar que pensé seriamente en comprarme un traje de tweedpara presentarme hoy ante todos ustedes. Cuando uno recibe el jubiloso encargo de presentar el último libro de Ignacio Peyró, de inmediato se pone a meditar maneras de estar a la altura. Es como una reacción pavloviana hacia el deseo de la elegancia que nos falta, una aspiración cortés: todos queremos estar a la altura de Peyró, pero para eso habría que trabajar en Fleet Street y no en la Avenida de San Luis, distrito de Hortaleza. En cualquier caso no me he comprado el traje porque solo tengo una idea vaga de lo que es el tweed, temía confundirlo con la pana y corría por tanto el peligro de convertir esta presentación en otro Suresnes.

Estoy muy contento de que Peyró me eligiese para presentar Comimos y bebimos, porque si mi contacto cotidiano con políticos, tertulianos y tuiteros me avillana, sé muy bien que el contacto con Peyróme ennoblece. ¿Por qué lo sé? Un publicista cretino, de esos que rinden tributo a Rousseau sin haber leído jamás una sola página suya, diría que porque Peyró es auténtico. Su estilo es perfectamente reconocible, y su voz no se parece a la de ningún otro escritor de su generación, que es la mía. Este hecho avalaría ese culto lerdo a la autenticidad que profesa la posmodernidad, porque cada época se obsesiona con lo que no tiene. Pero lo de Peyró, más que autenticidad rusoniana, es un anclaje de plomo en la verdad de las cosas tangibles, masticables. Peyró conoce el entusiasmo por la realidad y lo difunde, y eso siempre resulta revolucionario, porque somos animales simbólicos, y cada vez somos más simbólicos y menos animales, por desgracia.

Hace poco leí una entrevista a Emmanuel Carrère en la que el pope de la autoficción daba este contundente diagnóstico: “Vivimos la era del fin de la realidad”. Tiene razón: la realidad se está extinguiendo, está siendo desplazada de nuestra vida crecientemente digitalizada. Pero todavía tenemos que comer para vivir. Nos queda la comida y nos queda la bebida. Y a esas dos realidades incontestables se aferra Peyró para decir su verdad, que es el placer de la buena mesa como un secular refinamiento del mero ejercicio de la función nutritiva que nos distancia del mono.

La humildad de la vida frente a la grandilocuencia de la política: esta es la primera lección que le da este libro a un hombre como yo, destinado en el frente de la opinión pública y las guerras culturales. Peyró ni siquiera cometerá la bajeza de guerrear por la tortilla con cebolla o sin ella, gilipollez muy celebrada en Twitter, como todas las gilipolleces. Peyró pone a guerrear al burdeos con el borgoña, y de ahí para arriba. Sin concesiones. Hasta cuando habla de la gaseosa parece que clasifica marcas de armagnac.

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5 noviembre, 2018 · 17:03

El puzle completado

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España sin problema.

[Ensayo publicado en La España de Abel, el libro que aglutina a una generación transversal de jóvenes españoles que dejan al fin de ver España como problema cuando se cumplen 40 años de su modernización constitucional] 

Cuando tenía seis años mis padres me regalaron una caja de puzles de la Península Ibérica. Conviene disculparles: me gustaban los puzles, mis padres son españoles y hablamos de un tiempo exótico en que España aún admitía avatares inocentes como el de juguete educativo. Semejante uso infantil de la nación hoy parece restringido a Cataluña.

Recuerdo que la caja contenía un puzle geográfico, con sus ríos azules y sus cordilleras pardas, y abajo, en la esquina inferior derecha –luego aprendí que las Canarias en realidad se encontraban a la izquierda–, se levantaba sobre la isla de Tenerife la amenazadora pirámide del Teide, que capturaba mi imaginación con improbables erupciones apocalípticas. Otro de los puzles consistía en un mapa monumental que evocaba los dioramas de una guía turística, con su Giralda y su Alhambra, su Torre de Hércules y su Sagrada Familia, su Acueducto y sus molinos manchegos. Y yo hacía y deshacía el patrimonio español hasta que aprendí de memoria la ubicación de sus venerables gigantes de piedra mucho antes de poder visitarlos a todos para rendirles el tributo de mi primera admiración.

Pero el puzle que más me atraía llevaba el misterioso rótulo de “político”: sus piezas eran las comunidades autónomas. De modo que mi primer contacto con la política fue el Estado de las Autonomías. Y a fuerza de descomponer las fronteras autonómicas y de volverlas a recomponer, el niño ingenuo de los ochenta que yo era creció dando por supuesta la actual organización política de España, como se dan por hecho, desde el principio de los tiempos, el Mulhacén o el Tajo.

Más tarde descubrí que el Estado es el producto de una ardua convención con que los hombres aseguran su convivencia, y que como tal exige una concertación de voluntades sujetas a la ondulación de todas las cosas humanas: estas pueden virar hacia el conflicto y la aversión como antes estuvieron presididas por la complicidad y el afecto. Y descubrí también, a medida que ingresaba en la adolescencia, que España estaba dividida en rojos, fachas y nacionalistas –que a su vez podían ser de izquierdas o de derechas–, y que uno debía cumplir con tales militancias si quería ser un español medianamente reconocible por los suyos. Y lo que causa más placer, por los otros. Y yo, que como todo el mundo deseaba ser aceptado, me apliqué a la tarea. Escogí mi bandera. Me españolicé reglamentariamente.

Porque el español de mi quinta, como la mujer para Simone de Beauvoir, no nace español sino que llega a serlo mediante apasionadas adhesiones a una mentira heredada. Hay muchos modos de profesar fervorosamente esa mentira: en concreto diecisiete pequeñas cunas y dos grandes ideologías. Uno puede ser español orgulloso, taxativo, unívoco, y uno crece pensando que este es el modo más puro de amar a su país. También puede uno experimentar una crianza tan dichosa -normalmente en un pueblo con lengua propia, o al menos con acento peculiar– que sus afectos queden presos para siempre del recuerdo de la especificidad de su brillante pieza de puzle; hablamos del español entrañable que difícilmente alcanza a emocionarse con la ancha idea de un viejo Estado-nación, pero mata al infeliz que difame su terruño. Y finalmente uno puede recibir un día el santo crisma de la identidad propia –un dios nuevo que suele hablar por dos bocas: la de clase y la de género–, y esta toma de conciencia resulta a menudo tan violenta que expulsa de sí el cariño a los símbolos comunes en beneficio de espectrales dignidades no menos mitificadas. Es decir, que uno puede ser español por la vía recta o español por negación, pero en ambos casos lo que cuenta es que al niño le desbaratan el puzle de la España blanca de los dientes de leche y le entregan otras categorías, más complejas, un poco más oscuras. Porque son excluyentes, inasequibles al sano solapamiento. Porque el español es muy suyo, nos han dicho. Cuando en realidad llevamos toda la vida siendo la obra de los traumas de los demás.

Con el tiempo, el peso de la identidad asumida por cada español gana un peso insoportable. Tanto que hay que convertir España es una excusa de la impotencia, según la certera acusación que Azaña dirigió a los noventayochistas. Y llega un momento en que el español tiene que decidir. O suelta lastre de herencias confundidas con epifanías o abraza para los restos el desprecio de Emerson, para quien la coherencia no era más que la obsesión de las mentes inferiores. La elección más inteligente, a mi modesto entender, es la del español en permanente proceso de españolización consciente y de desespañolización castiza. En ello estoy, y me explicaré.

Yo creo que nuestro tiempo exige lo mismo que cualquier otro, es decir, matar al padre. En los casos más enconados quizá convenga además matar al abuelo. La larga crisis, el extenuante procés, el cuestionamiento del sistema demoliberal y otras calamidades perfectamente europeas están cursando en España con traicioneras febrículas de noventayochismo que debemos vigilar. Porque hay un noventayochismo mal entendido que parece agotarse en la delectación morbosa, el acento en el dolor de España, sin reparar a la vez en la sacudida regeneradora que aquellos escritores jóvenes venían a propinar, según su manifiesto fundacional: “La juventud intelectual tiene el deber de dedicar sus energías, haciendo abstracción de todo, a iniciar una acción social fecunda, de resultados prácticos”. Cuando el joven Azorín le manda el borrador a Unamuno en 1897, el vasco se apunta al programa con un agudo matiz: no se trata de hacer abstracción “de todo” sino “de toda diferencia”. Un político actual lo diría de otra manera: “Lo que nos une por encima de lo que nos separa”. Y este sintagma, de tan manido, provocará sonrisas, pero la demanda que encierra ya es inaplazable. No es momento de señalar por culpa de quién la tarea sigue pendiente, sino de acometerla de una vez. “Lo que el pueblo español necesita es cobrar confianza en sí, aprender a pensar y sentir por sí mismo, no por delegación, y sobre todo, tener un sentimiento y un ideal propios acerca de la vida y de su valor”. Azorín asintió entonces. Asentimos hoy nosotros.

Españoles nacidos en democracia: la advertencia de Machado ha caducado. Tomad vuestro volumen de Campos de Castillay arrojadlo a la piscina. Si en el siglo XXI una de las dos España vuelve a helarnos el corazón no es culpa de España, sino de nuestro “morbo histórico” –Azaña otra vez–, de nuestra culpable dependencia del maltrato de género histórico. Solo a los degenerados les pone la necrofilia. Solo se enfrían los cadáveres, las ideologías muertas. ¡Qué tierno y qué revelador fue aquel tuit en que Pablo Iglesias asumió la literalidad mostrenca de la cita de Machado y defendió que “una de las dos Españas” aludía sin más a la derecha, ignorando la ambivalencia del verso con la que el poeta avisaba también al izquierdista del hielo en la sangre que le pondrían los suyos! Ese resorte mental que solo salta hacia el pasado debe ser inutilizado. Y si hay que enterrar a los abuelos, lo haremos con manos piadosas. Pero los enterraremos muy hondo. Y les haremos el favor de no recrear sus estúpidos errores fratricidas.

El XXI español ha de ser de una santa vez el siglo de los desheredados altivos. De los desmemoriados conscientes. Se equivocaba Santayana, se equivocaba: no hay que estudiar nuestra historia para escapar a la condena de repetirla sino por el puro placer de conocerla, en primer lugar. Y en segundo, para que ese conocimiento levante un dique macizo entre el pasado doliente de España y un presente optimista, sin excusas. No compadecemos al español mediocre que clama en las redes sociales contra este país de pandereta, porque él es el panderetero mayor del reino: el desesperado buscador de excusas colectivas para su frustración personal e intransferible. Ojo con recordar, porque recordar es repetir. Ojo con la Historia, decía Valéry, porque es el producto más tóxico que haya elaborado la química del intelecto: “Hace soñar, embriaga a los pueblos, les engendra recuerdos falsos, exagera sus reflejos, alimenta sus viejas llagas, les atormenta en su reposo, les conduce al delirio de grandeza o al de persecución y vuelve a las naciones amargas, soberbias, insoportables y vanas”. Esta vez no aprenderemos que el fuego quema apoyando las manos sobre las ascuas.

El tramposo dolor de España debe mutar en la alegría animal del español sin lírica, sin lagrimeo cursi ni militancia polvorienta. La clase media ha sufrido, pero los sociólogos honestos saben que su merma ha sido políticamente exagerada y que ya está en pie, madrugando a diario en su puesto, llenando terrazas y consumiendo el fin de semana uno de esos abonos estomagantes de turismo rural. Ciertos sobrerrepresentados portavoces de la generación que no vivió la Transición la impugna con resentimiento y aporta prolijas explicaciones de su fracaso; pero jamás se plantean la única pregunta pertinente, el único enigma en pie a despecho del mester de hechicería historicista: por qué España ha tenido éxito. Evidentemente no sabrían responderla.

Así que el hechizo lastimero de España está roto, damas y caballeros. Se jodió la manera más eficaz de seguir jodiendo el Perú, que es preguntarse constantemente cuándo empezó a joderse. Jodidos están los ojos de quienes no quieren ver que hace mucho tiempo que España, su desvaído trapo rojigualda, su himno modesto y vital –el único que ha tenido la deferencia de carecer de letra- y su descentralizada trama de afectos cuenta una historia de superación salvaje, de democracia sin más adherencias que las que proyecta el coro lúserde los esclavos del ayer. A los de los ojos limpios pero cansados de ver división y precariedad, que nos ayuden a detectarlas y corregirlas. A los del glaucoma de la ubicua decadencia, que se lo traten en el especialista: que se lo hagan mirar. Luego, ya curados, nos reagrupamos todos y aprobamos el primer punto del orden del día: volver a dar por supuesto el mapa de las autonomías. Completar una última vez el puzle, enmarcarlo, fijarlo a la pared y salir al patio. Que la vida está esperando, españolito, y no piensa quedarse a oírte llorar.

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29 octubre, 2018 · 12:01