Entrevista en Libertad Digital

Por Jesús F. Úbeda

Jorge Bustos (Madrid, 1982) matiza ese tópico tan sobado de que el nacionalismo se cura leyendo y viajando: “No basta con que deslices los ojos gustosamente por una página bien escrita o por una ciudad bien trazada: hace falta que eso que miras penetre en ti hasta alterarte”. El jefe de Opinión de El Mundo acaba de publicar Asombro y desencanto(Libros del Asteroide, 2021), su primera obra “literaria pura”, tal y como cuenta a LD, en la que se narran dos viajes: el uno, laboral, por La Mancha, motivado por el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte de El Quijote; el otro, por Francia, porque no la conocía y consideraba que “no se debe vivir” sin conocer al vecino de arriba. Despojado de prejuicios, con una prosa extraordinaria y fogonazos humorísticos divertidísimos, el autor nos traslada de Puerto Lápice a Versalles, contrapone, parafraseando a Madariaga, “hombres-castillo” y “hombres-cristal” y, sobre todo, refleja la evolución de su mirada: más inocente, más macarra y más festiva en “Honda en Castilla”, más escéptica, más decepcionada y más escarmentada en “El día de gloria”. Conversamos en una terraza, por Príncipe Pío, en la que hay arena de playa.

P: Señor Bustos, en esta época de escándalos incesantes, crecientes y esperpénticos, ¿el ser humano ha dejado de asombrarse?

R: Está cada vez más caro el asombro, sí. Además, hay una pose, sobre todo en redes sociales, donde es de buen tono no asombrarse de nada y parecer escéptico, resabiado, de vuelta de todo. En realidad, no porque la gente sea muy culta o experimentada, que no lo es, sino porque hay pánico a que ridiculicen tu ingenuidad o tu ignorancia en Twitter o en las otras redes sociales. Entonces, la gente cuida una cierta pose, se fotografía con una biblioteca detrás o arremete contra el primero que confiesa su ingenua admiración por una serie: “¡Pero si la vimos hace un año todos! ¿Cómo te atreves ahora…?”. Al final, detrás de ese postureo de tío de vuelta de todo, seguramente, lo que hay detrás es una tremenda ignorancia, cuando no una profunda soledad. El asombro es una conquista, la condición del niño. Dice Chesterton que el niño es el poeta. Cada día descubre una parte del mundo y le pone un nombre. El niño, en el momento en que pone nombre a la cosa que ese día ha descubierto, la está creando. Esa es la actitud originaria de la literatura y de la poesía: nombrar las cosas por primera vez. O tratar el lenguaje de tal manera que el lector reciba una impresión sobre cosas que cree conocer totalmente novedosa, sorpresiva. En el libro, ese ejercicio está sobre todo en Francia. Francia es un país que es tan conocido que lo damos por supuesto. Quizá, descubrir Francia con 36 ó 37 años, en mi caso, era casi arriesgarse a esto, a parecer ridículo: “¿Cómo no se te ha ocurrido conocer Francia?”. Quizá nuestra generación daba por supuesto que ese país maravilloso estaba ahí, y que antes se te ocurrían 12.000 destinos más exóticos o más sugerentes. Y ese es el juego literario del libro: presentarte en Francia como si la acabaras de descubrir. Es un ejercicio literario del que se beneficia también el estilo: asomarte a los acontecimientos como si fuera la primera vez. Así que el asombro es una condición del estilo: si consigues escribir desde el asombro, no desde el prejuicio, creo que acabas escribiendo mejor.

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29 marzo, 2021 · 11:35

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