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Política primate

Magnífico ejemplar de jefe de partido.

Magnífico ejemplar de jefe de partido.

Cada vez van quedando menos razones para sostener que los humanos no somos como los demás primates. En campaña, especialmente, el hallazgo de la diferencia requiere un examen detenido. La definición del barón FitzRoy Richard Somerset -«cultura es más o menos lo que hacemos nosotros y los monos no hacen»- naufraga estrepitosamente cuando a «cultura» se le añade el adjetivo «política». En la cultura política de Madrid, por ejemplo, es natural que un presidente autonómico se engorile contra el periódico que le recuerda no ya que ocupa un cargo para el que no fue elegido, sino que ocupa un ático que le eligió un testaferro de Beverly Hills. Y ya que los pisos de veraneo de nuestros representantes son elegidos en Los Ángeles, yo desearía al menos que el orden de sus escaños lo eligiéramos aquí.

Ocurre que los madrileños no sabemos todavía si en mayo habremos de optar por Ignacio González, por Enrique Cerezo o directamente por Rudy Valner, el rumboso testaferro -que es nombre de cartelón electoral no puede negarse, Dolores-, porque Rajoy contempla el aporreamiento de pecho de González desde la copa del árbol monclovita, con la displicencia propia de un viejo espalda plateada. Los partidos, como las manadas, forman grupos fuertemente jerarquizados donde las decisiones las toma el macho alfa. De vez en cuando despistan al primatólogo invocando primarias, pero cuando en la jungla resuena el tam-tam electoral y otros grupos pugnan por el mismo territorio, se termina la ficción humanitaria y el más débil -pongamos que un Gómez– es expulsado en el santo nombre de Darwin, que no era más que un seudónimo de D’Hondt, como saben ustedes.

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Culpable de inundación

Los problemas crecen.

Los problemas crecen.

Es común que el columnista español abuse del carácter nacional para apuntalar la columna. Le pasa al columnista como le pasa al tuitero del montón, porque la pereza mental no respeta a nadie. Pocos tópicos tan españoles como este de descubrir españoladas genuinas en cada noticia que admita una lectura costumbrista. Pocos paletos tan acabados como el papanatas que pone los ojos como bolitas de alcanfor ante el primer exotismo y cada dos horas estalla de superioridad moral en Twitter: «¡País de pandereta!» Al odiador de panderetas yo de hecho lo vendería en las tiendas de souvenirs de la Plaza Mayor junto con la flamenca y el torero: con su barbita hipster y su tarjetita FNAC asomándole del bolsillo vaquero.

El beato del carácter nacional levita ante la desidia sureña, la envidia atávica, la propensión inquisitorial al chisme: como si no hubiera noruegos chismosos, o como si los ingleses no se abonaran a la siesta en cuanto la descubren. Ahora bien. Hay mañanas en que el tópico parece confluir con el hecho. Se produce una crecida espectacular del Ebro y puntualmente acude España a ocupar su lugar (común) con Caín: murcianos quejándose de que unos tanto y otros tan poco; maños respondiendo que allí tampoco sobra, que en invierno se puede cruzar el Ebro a pie a la altura de El Pilar. Es la circularidad argumental que emocionó no a Spielberg, sino a Machado.

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Territorio Zarrías: la maldición del olivo

Albanchez de Mágina, pueblo de Juan Lanzas.

Albanchez de Mágina, pueblo de Juan Lanzas.

Apenas han transcurrido 24 horas desde que el juez Alberto Jorge Barreiro citara a declarar, entre otros, a Gaspar Zarrías como imputado en el mayor caso de corrupción de la historia de España, pero en su Cazalilla originaria sólo parece haberse enterado Juan Balbín, que cumple aquí dos décadas como alcalde socialista.

Cazalilla, corazón de Jaén, se alza sobre una suave loma enmarcada por olivares y bendecida por el trazo feraz del Guadalquivir. No llega al millar de habitantes -«novecientos veintialgo», precisa Balbín- esta pequeña localidad de la Andalucía interior cuya economía depende del olivo, se dice, aunque debiera decirse del subsidio agrario, y cuya identidad política se confunde con el socialismo que ha gobernado la Junta de Andalucía desde que hay democracia. Tras una victoria de UCD en los primeros comicios democráticos, el municipio no ha conocido otro gobierno que el socialista, como tantos de la Andalucía rural. Allí donde el color del voto parece tan eterno como el de su paisaje. Allí donde reside la fortaleza de Susana Díaz, su pie en pared electoral desde el que proyectarse hasta San Telmo, y de ahí a Ferraz, y de ahí -quién sabe- a La Moncloa. Allí donde los pocos vecinos que se ofrecen a la vista del reportero se enteran por él de la imputación de su hijo más ilustre, a quien incluso el marciano votante del PP (un 26% frente al 71% que cosechó el PSOE en las municipales de 2011) respeta demasiado como para desearle una condena.

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Si hay fallo hay esperanza

El fútbol que viene.

El fútbol que viene.

Alan Turing habría sido un buen entrenador de fútbol porque no perseguía exactamente la infalibilidad de la máquina, sino su perfectibilidad sostenida. Su ideal no era el robot impecable sino el niño que no deja de aprender porque no deja de fallar. El fútbol contemporáneo se parece cada vez más a un certamen de trigonometría que va enterrando en el hielo a mamuts entrañables del cojonudismo español como Clemente o Camacho. Se llevan ahora los estrategas pulcros como Marcelino, cuyo Villlarreal se replegaba en defensa y se estiraba en ataque con un compás armónico de pleamar, o mejor, de marcapasos. Su fútbol no acusará infartos repentinos, pero tampoco allega las emociones de un corazón de carne.

¿Y Ancelotti? Bueno, lo más infalible que hay en Ancelotti es el radar delicadísimo de su ceja. Si pusiéramos a don Carlo a pie de urna, con fijarnos en la fluctuación de su ceja obtendríamos las mejores israelitas. Al final de la primera mitad la ceja le dibujaba un arco apuntado que significa: estamos dominando pero no les hacemos ocasiones claras, y además no me quedan más chicles en la americana. Dejó de mascar tras el penalti convertido maquinalmente por Cristiano y subió la ceja de nuevo en el empate. Pero no siempre es tan previsible, como cuando sacó a Illarra por Isco, la máquina con menos apariencia de máquina pero más engrasada del Real Madrid hoy por hoy.

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Otro mal año para la lírica

La musa descendiendo sobre el poeta.

La musa descendiendo sobre el poeta.

A nadie puede extrañar que Podemos elija preferentemente el Círculo de Bellas Artes para dar sus mítines, porque Podemos es un partido de poetas. No es sólo que sustituyan la consigna por el verso y el politiqués funcionarial por el énfasis declamatorio: en todo populismo la poesía deja de ser un vehículo formal, puro márketing electorero, para usurpar la función misma de programa. Poesía viene del verbo griego «poiein», que no significa decir, sino hacer. El poeta genuino es un creador en el sentido demiúrgico de la palabra: confiere una nueva existencia mental a las cosas al nombrarlas. Su balbuciente misión consiste en tratar de mentar las cosas por primera vez, como las vio el último mono en el alba del mundo o como las ve el niño en el amanecer de la vida. Por eso el primer poeta fue Adán, al que Yahvé encomendó la misión de poner nombre a la Creación, y por eso pedía Juan Ramón Jiménez a la inteligencia que le diera el nombre exacto de las cosas. Y así, la buena literatura es aquella que trata problemas eternos como nadie los trató antes.

El poético adanismo de Podemos se constata en su deliciosa ingenuidad cuando aborda la prosa de lo real, la grisura de la estadística y la aridez de la economía. Tsipras, otro poeta griego, ya está de vuelta a su Ítaca particular, llamada deuda. Sin llegar al patetismo lírico de Monedero, ese gondolero del Orinoco chavista -no por casualidad su campo semántico predilecto es… la liquidez-, Pablo Iglesias revela su vocación de poeta del pueblo más que de político en su obsesión por renombrar conceptos viejísimos que él se empeña en descubrir. Así, redefine con alguna originalidad nociones como patria («patria es la gente de mi país»), rico («rico es el que, a través de ingeniería financiera, no paga impuestos») y hasta oposición («yo»). Y podríamos atribuirle una nueva acepción de democracia: «televisión». En el Círculo de Bellas Artes también afirmó que «amar a tu país es tributar en tu país», exactitud que solo puedo aplaudir; claro que no es suya.

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El traje desconocido del emperador

El primer emperador chino: Qin Xi Huang.

El primer emperador chino: Qin Xi Huang.

El emperador chino hizo llamar a su primer ministro y le preguntó:

-¿Por qué mi pueblo no me teme, si es fama que imparto justicia con firmeza y mando ejecutar a todo el que atenta contra el imperio?

-Muy sencillo, Señor: porque todos esos hombres a los que Su Majestad ejecuta son culpables; el pueblo no le temerá de veras hasta que empieza a ejecutar a inocentes.

El emperador chino se quedó pensativo y al día siguiente mandó ejecutar a su primer ministro.

La política democrática también se llena de emperadores chinos en año electoral. Pedro Sánchez mandó recientemente ejecutar a un inocente mientras no se demuestre lo contrario: Tomás Gómez, Y ayer Mariano Rajoy, en el momento parlamentario más dulce de su mandato como ha señalado Lucía Méndez, decidió comportarse como un emperador chino y no como el presidente frío y resistente -mineral- al que nos tiene acostumbrados. Henchido de orgullo por su rendición de cuentas tras tres años abrasivos (y solo un sectario no admitirá el hecho mensurable de la recuperación económica), no supo vencer como siempre ha hecho, dejando al opositor cocerse en su pasión, sino que permitió que aflorara un cesarismo volcánico, totalmente desconocido en él. En los pasillos los diputados populares llevaban pintada en el rostro la mueca horrorizada del que ha presenciado una aparición, como esas fotografías borrosas que han captado definitivamente al monstruo del Lago Ness.

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Rajoy en escala de Richter

Mariano desencadenado.

Mariano desencadenado.

La expectación generada se medía por metros de cola en el control de acreditaciones del Congreso al filo del mediodía. Periodistas habituales, reporteros de acentos exóticos, becarios ilusos, venerables oráculos de la Santa Transición que no sólo oyeron silbar las balas de Tejero sino que estaban allí cuando lo de Prim. Cada año se incurre en el mismo conmovedor interés y cada año se sale de allí de anochecida echando pestes del patio parlamentario. Que no íbamos a ver un Disraeli-Gladstone se sabía al entrar, compañeros.

De acuerdo, este año era especial. Por primera vez no se invitaba al líder de la oposición, que se recuperaba de una agotadora entrevista en Telecinco, y al mismo tiempo tampoco compareció el presidente del Gobierno, que flotaba en una burbuja de euforia europeísta: este síndrome normalmente se manifiesta en los segundos mandatos. En su lugar, Moncloa envió a un doble bastante conseguido en el discurso pero con fallas emocionales que se revelaron en la réplica. El Pleno se presentaba como el colapso en tiempo real del bipartidismo; luego todo quedó en temblor albaceteño, aunque de suficiente graduación como para hacer perder los papeles a Rajoy, cosa que no se ve todas las glaciaciones.

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¿Y esto cómo lo vendemos?

Tsipras pensando eslóganes.

Tsipras pensando eslóganes.

Al reportero que accede por primera vez a los santuarios del poder -es decir, al off the record- le sorprende la vigencia de una ley no escrita, amurallada por una escrupulosa omertà. Esta primera ley de la política, suscrita por izquierdas, derechas o mitólogos de aldea se enuncia con sencillez: nunca olvides que la gente es imbécil. La gente es carne ambulante que emite votos cada cuatro años. El pueblo al que se dice defender y representar tragará lo que le eches mientras le rindas el tributo de empatía retórica que impone la telecracia emocional de nuestro tiempo.

Si usted ha trabajado alguna vez en un gabinete o tiene un cuñado que fue jefe de prensa de un diputado, sabrá que la primera pregunta que hace un político después de tomar la típica decisión contraria a su compromiso es: ¿y esto cómo lo vendemos? ¿Cómo vende Tsipras su epifánico encontronazo con la realidad, su peculiar paso del mito soberano al logos de la deuda? Pues invoca la ley de la imbecilidad general y Europa acude en su ayuda: donde había odiosa troika dígase asépticas «instituciones europeas», lo que permite vender en Atenas como victoria nacional un zafio birlibirloque nominalista. La variable Ockham o la ecuación Lampedusa, cabría titular este eterno best-seller: para que todo siga como está, es preciso que el nombre cambie.

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