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«Escandalosa es la verdad»

El libro de moda.

El libro de moda.

Entre ser la cigarra, un poco carota, y ser la hormiga, un poco plasta, Jorge Bustos ha preferido ser el grillo, que trabaja de día y canta de noche. Grillos, hormigas y cigarras son personajes de La granja humana (editado por Ariel), el primer libro del columnista de EL MUNDO. «Estaba bien eso de ser un escritor sin libro. Pero también me alegra estar aquí y que el libro conserve algún prestigio. Mientras quede en pie esta cultura nuestra de la lectoescritura, intentemos hacer libros para lectores inteligentes».

Los bichos de La granja humana están sacados de la tradición de las fábulas: todos esos cuentos de lobos libres y caballos pijos que vienen desde Grecia hasta nuestros días. «El método consistía en leer una fábula de los clásicos, coger después el periódico e intentar hilvanar las ideas», explica Bustos.Y por eso, en la portada, aparecen dibujados un cerdo que se parece a Mariano Rajoy, una raposa que recuerda a Esperanza Aguirre

Y tranquilos todos que también sale Pablo Iglesias.

Pero, quizá, lo más interesante sea leer ‘La granja humana’ como una manera de entender a su autor. «El libro me ha servido para ordenar mis ideas», cuenta Bustos. Y páginas adentro, explica por qué en la vida ha decidido escribir contra el pueblo y no con el pueblo. Por qué, en vez de llevarse las manos a la cabeza por aquel alcalde machista perdido que cada vez que habla dice una zafiedad peor, prefiere hablar de las hipocresías de escandalizados e indignados. «Esa tentación de exculpar al pueblo rousseauniano de toda mancha… La moral es un asunto de cada uno y los políticos no son sus depositarios. Tan corruptos son los políticos que malversan como los ciudadanos que escrituraban sus pisos por encima de su precio. Aquí sólo nos entró un sentido de la moral cívica cuando se acabó el dinero de la caja».

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Utopía española

Patriota razonando.

Patriota periférico razonando.

Sabíamos el lugar, el día, la hora y el minuto en que el Rey y el himno de España serían pitados en España por dos grupos de españoles deseosos de ganar la Copa del Rey (de España). Hasta ahí, yo no veo dónde está la contradicción. Desde Juana la Beltraneja opera aquí la disensión como garantía de añeja españolidad, y reparemos en que la Constitución del 78 es muy posterior al Tratado de los Toros de Guisando. Otra cosa es que la legislación vigente tipifique con mayor o menor ambigüedad el delito de ultraje a los símbolos del Estado; pero si la interpretación de la norma corre finalmente a cargo de jueces tan modernos como Santi Pedraz, no creo que las frustraciones identitarias del hombre-masa periférico vayan a quitar el sueño a los Eliot Ness de la Fiscalía.

No me esconderé en la ironía confortable ni en la identidad problemática de mi país. Yo sé que el español no aprende modales si no es a palos, y sé que si los pitidos hubiesen acarreado la suspensión de la final las cosas empezarían a cambiar, así como las multas abusivas han rebajado sensiblemente las muertes en carretera. Pero ni hay voluntad política para asumir el coste de una ley así ni hay coraje en los medios deportivos para hacer su pedagogía entre las aficiones, de cuyo progreso civilizatorio ya nos felicitamos a poco que no tiren hinchas a los ríos. El señor Cardenal y el señor Tebas pueden ponerse jupiterinos y anunciar sanciones, pero los madridistas aún esperamos que chapen el Camp Nou, cumpliendo la sentencia que desestimaba el amparo del lanzamiento de cabezas de cerdo y botellas de whisky en los elásticos márgenes de la libertad de expresión.

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Benítez o la llegada del Mesías

De la ley a la ley.

De la ley a la ley.

Según el chiste judío, el oficio más seguro del mundo es el de vigilante de la llegada del Mesías. Pues bien: el oficio más inseguro del mundo es el de entrenador del Real Madrid, cuya duración es tan quimérica como la conquista de todas las ediciones de Champions que resten hasta el fin de los tiempos. Y aún ganándolas todas, seguramente el equipo lo haría con un míster diferente cada dos años, como máximo. ¿Por qué es así el Madrid?

En realidad no es una característica privativa del Madrid. Si nos pusiéramos filosóficos, actitud temeraria cuando se mete uno en un bar (que eso es hablar del Madrid), diríamos que la sociedad del espectáculo es una superestructura del consumismo que acelera el deterioro de la imagen pública, y hay pocas imágenes en Occidente más expuestas al fuego devorador de la opinión pública que la del entrenador de turno del Real Madrid Club de Fútbol. El circo mediático se alimenta de la novedad con bulimia destructiva y trata a profesionales como estrictos fusibles: solo sirven mientras dan luz. Lo intentó explicar Casillas: «Hay gente que sencillamente se cansa de tu cara». No es tan sencillo en tu caso, Iker, pero algo de eso hay, más allá de que a los 34 se pierden los reflejos y, definitivamente, la esperanza de aprender a salir por alto. Sobre el modo en que una leyenda devino un quiste, el santo un traidor, el Jekyll de la campechanía un Hyde de la delación podríamos escribir un libro, pero ese descenso a las sentinas del cainismo merengue y la venalidad periodística no está pagado.

Iker no es ni mucho menos el mayor culpable del año en blanco, y cada minuto que pase fuera del Madrid -si toma este verano la decisión correcta- contribuirá a restituirle la devoción que merece su mito erguido en Glasgow y Suráfrica. Que es uno de los grandes lo prueba el hecho de que se va a ir mal, lo mismo que Di Stéfano o Raúl. Dejando de lado su (no) concurso, el Madrid de Ancelotti funcionó tan solo a ráfagas, algunas épicas, pero el problema del huracán cuando amaina es que deja una calma insoportable. El bar sí la soporta, incluso la ama, y por eso se evacuan estos días en las barras de la capital comentarios como el que oí esta mañana: «Yo no lo habría echao, era formal y educado como el que más». A este respecto evoca Hughes el consejo sabio de su preparador: «Si por las mañanas, camino del despacho, el personal es simpático y te da los buenos días, es que lo estás haciendo mal». Y si te aplaude la prensa especializada, ya no digamos. Ahí está el caso de Luis Enrique, desahuciado por la prensa culé y hoy el español con más capacidad de ajustar cuentas pendientes desde Fernando VII.

Cómo no iba a caernos bien Carletto, por favor. Qué hombre tan admirable y qué entrenador tan guadianesco, capaz de la gesta de Múnich y de las capitulaciones ante Barça o Atleti. La pura verdad -y uno, sin ser periodista deportivo, alguna fuente tiene en ese club- es que Ancelotti perdió la confianza de la directiva cuando dejó ir la Liga de 2014 que redondeaba un triplete para la historia: el primero del Real Madrid. El cabezazo de Ramos (y sobre todo el siguiente de Bale, del que se habla menos) amarró al buen Carlo al banquillo, y el vistoso juego de la primera vuelta de esta Liga parecía que lo atornillaba. Pero un odioso axioma del fútbol determina que esto es como acaba, nunca como empieza. Y la temporada la acabaron los jugadores en el pasillo que va del diván del psicólogo a la enfermería del fisio. Nada nuevo en la esquizoide historia blanca, porque el mandato fijo de la excelencia no puede arrojar mentes equilibradas. Ancelotti la tiene, y esa ha sido su tumba en un club que vive del vértigo perpetuo; Mourinho no la tenía, y ha sido el más longevo en el puesto en lo que va de siglo.

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Nos queda Portugal

Oporto desde la ribera de Gaia, que huele a Duero y a vino añejo.

Oporto desde la ribera de Gaia, que huele a Duero y a vino añejo.

En la hora violeta del réquiem, con el marianismo de cuerpo presente y aún tibio, los analistas menean la cabeza en el velorio y musitan un diagnóstico: el PP no supo explicar el sacrificio exigido por la recuperación.

-Cuando una empresa que no vende su producto alega problemas de comunicación, el problema es del producto, nunca de la comunicación -me explica un empresario portugués con la vista abismada en el Duero a su paso por Oporto, donde he sido convidado a un gañote magnánimo en pago de mi dudosa elocuencia.

A Portugal han llegado los ecos del 24-M y el noticiero aquí los rebota con acentos jacobinos, pero yo tranquilizo a mis anfitriones y les digo que no hay razón para desempolvar la epopeya de Camoens: que mi país sigue fiel a la ley del péndulo, que tocaba un redoble de estatalismo y que toda la novedad estriba en el color de los collares.

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Lo último que se pierde

Qué quieren que les diga.

Qué quieren que les diga.

Mariano Rajoy votó en un colegio de Aravaca que lleva el nombre de Bernadette, la monja que atestiguó 18 apariciones marianas en Lourdes. A partir de ahora tendremos que circunscribir las apariciones marianas a La Moncloa, por donde vagará en soledad don Mariano rumiando la ingratitud de los españoles que han rebajado bruscamente la hegemonía territorial del PP: el azul purísima se diluirá en gris pacto. Como la esperanza es lo último que se pierde, Rajoy ayer confiaría aún en un milagro a la británica que finalmente no se produjo. Y si de fe hablamos, la Inmaculada Mayoría tampoco atendió las plegarias de otra monja con nombre de vidente, sor Lucía Caram, que tuvo que contemplar cómo la CiU de su donjuán Mas cedía el ayuntamiento de Barcelona a una Colau también bíblica que se ve como David frente a Goliath. Se ve que el cupo de milagros, en España, lo agotó todo Íker Casillas.

La Esperanza acabó perdiéndose en Madrid en favor de una presumible coalición de izquierdas que liderará Manuela Carmena, histórico sorpasso que edifica una paradoja: la candidata más exitosa de esa joven fuerza que es Podemos ni es joven ni es de Podemos, y quizá precisamente por eso ha ganado. Durante la campaña asistimos a un desplazamiento dialéctico del eje izquierda-derecha a la dicotomía experiencia-esperanza, o casta-juventud; Rajoy reivindicaba la veteranía del gobernante serio, y Rivera restringía el protagonismo del cambio a los nacidos en democracia. Sin embargo, el pueblo (decía Steinbeck que el público es el crítico más estúpido, y al tiempo el más sagaz) no ha entrado a ese trapo de adanes contra próceres y se ha limitado a jibarizar el poder de un partido salpicado, hermético y funcionarial. La edad de doña Carmena, 71, conviene más a un papisa que a una alcaldesa, y sin embargo le alcanzó con no ser Esperanza y atraerse así el voto del odio a la condesa huracanada y cortante, lejos de su mejor forma. No le ha hecho falta a nuestra juez de progreso articular una oferta política medianamente consistente, ni explicar cómo gestionar mejor una gran capital europea: la campaña se la ha hecho Aguirre, que entre defenderse de Génova, manotear contra el espectro de Stalin, señalar a Moncloa y tarifar con Montoro ha terminado consumida. Ya no le quedan fuerzas ni para cazar talentos.

Iba la Piel de Toro adquiriendo una rica policromía según avanzaba el escrutinio. Llegaban los primeros datos de participación cuando se supo que la mente maravillosa de John Nash se apagaba del todo. Una pérdida especialmente irreparable ahora que queda inaugurada la geometría variable del pacto postelectoral. A ver quién calcula gobiernos y sus contraprestaciones a dos bandas: municipal y autonómica, más el desbloqueo pendiente de Andalucía y el pánico a quedar desambiguado con vistas a las generales.

Pero el protagonista -el antihéroe- del 24-M será para los anales el marianismo. La misma tecnocracia que logró revertir en tiempo récord el ciclo bajista de la economía nacional ha descarnado al PP hasta dejarlo en una correduría de seguros: un autómata aquejado de raquitismo comunicativo, inanidad intelectual y desnaturalización ética. Valle-Inclán aceptó ir en las listas del Partido Radical de Lerroux a condición de no dignarse a hacer campaña; cuando le comunicaron que no había sacado el escaño, murmuró con esa acritud aristocrática tan suya: «Esperaba que los gallegos tuvieran vergüenza». Seguramente su paisano monclovita piensa hoy exactamente lo mismo de los españoles, lo cual probaría que nadie le ha explicado todavía la idiosincrasia de un país cuyos gobernados, a diferencia de su gobernante, ven la tele y experimentan emociones. No se hace política con la prima de riesgo, como no se llama a filas para morir por el sistema métrico decimal, que diría Foxá.

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Ancelotti y los servicios prestados

Por CR, se queda.

Por CR, se quedaba.

Algunos madridistas -y sin embargo ciudadanos con derecho a voto- sospechamos que esa jornada de reflexión que tanto le sobra a la víspera electoral sí procedería al término de una temporada en blanco. Y no digo que no se acabe botando al entrenador fracasado, sino solo que se haga después de haberlo meditado formalmente.

Carlo, o agradeces los servicios prestados o te los agradecemos nosotros –cabría parafrasear el chiste de La Codorniz.

Ancelotti está sentado sobre la silla eléctrica y al otro lado del teléfono no hay un gobernador compasivo sino algo más inflexible que la troika: un bar de madridistas frustrados. Tengo escrito que el populismo no lo inventaron los políticos televisivos sino el banquillo del Madrid, que para la idiosincrasia española cumple desde hace años las funciones odiosas de la casta, o sea, del chivo expiatorio, ese buen amigo. Y no va a hacer falta que el Barça consume su triplete para que a Ancelotti le broten barba y pezuñas, o ceja de cordero dispuesto para el sacrificio. Si el Madrid despide a los entrenadores cuando ganan, el que presente un año vacío ya puede dar gracias de que no se le ponga a recorrer peñas con una ouija.

Ancelotti ha dado cuatro títulos en dos campañas, entre ellos la Décima. ¿Por qué lo echa Florentino?, me preguntan. ¿Por qué fichar a Rafa Benítez, cuyos métodos de matemático jansenista le sientan a un vestuario de estrellas como la lija al culo de un bebé? ¿No es volver a Mourinho, al que se echó por eso? Y si se fuerza a Benítez a relajar su disciplina, ¿de qué sirve un Benítez desbenitizado? Coronando el silogismo volvemos al principio: ¿por qué echar a Ancelotti?

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Cambia, que algo queda

El cambio inamovible.

El cambio inamovible.

Al lado de mi casa han abierto un local sospechoso que ocupa el inmueble donde estuvo el Cine Bogart. Junto a la puerta, bajo toldo oscuro, un rótulo discreto reza: Asociación de Amantes del Género Teatral de Variedades. Cuando pregunté por tan chandleriano antro a mi portero Frutos, cuyo laconismo sólo es comparable a su eficiencia, musitó: «¿Eso? Un puticlub de alto standing». Quizá lo sea, pero no sé qué excusa poner en el periódico -y en el chat de la familia- para salir de dudas. Avalan la tesis de Frutos las berlinas de lunas tintadas que suelen aparcar en esa acera, el kosovar de pinganillo apostado a la entrada así como la señorita que se entrevé desde la calle, encaramada a un alto taburete desde el que exhibe el vertiginoso recorrido de sus medias. En ocasiones sale una compañera suya de escote himaláyico a quitar el hipo a los obreros de enfrente mientras echa un pitillo fatal. Ahora bien: sobre todas estas pistas el mayor aval a la hipótesis prostibularia lo concede el hecho de que el Congreso se encuentra a 50 metros.

No pretendo insinuar de momento que nuestra partitocracia tenga mucho de compraventa de culos (parlantes), ni que sus señorías frecuenten el oficio más viejo del mundo más allá de la afición púnica a los volquetes de putas. Me interesa el vínculo eufemístico entre ambos gremios: la política es una fábrica de eufemismos como el burdel prefiere llamarse club de alterne o asociación de amantes de las variedades. Y toda campaña electoral arma una seductora pasarela de eufemismos que taconean en los oídos aturdidos del votante.

El eufemismo rey de esta campaña ha sido el cambio. El cambio a mejor, se entiende. Todos tironean del cambio hacia su sigla como los caballos de Levi’s del pantalón. Podemos ha querido patrimonializar el bello concepto asegurando que su cambio es el verdadero y el de los demás un macguffin del Sistema, una revolución comprada en los chinos. A su favor juega la mutación meteórica ya acreditada por su líder: de cultivar el bacilo leninista en la placa de Petri del campus de Somosaguas a descubrir la burbuja universitaria. C’s abandera el cambio sensato, sintagma salomónico que pende de un balancín semántico: si es muy sensato no será cambio, y si trae mucho cambio ya no será sensato. El cambio propugnado por el PSOE -el de Sánchez, no el de Díaz, que es hija de una siesta de 36 años- es el del autonomismo por el federalismo, que es como el del pan por las tortas, y el de la socialdemocracia por un índice onomástico: Juana, Valeria, Verónica.

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Los molinos de viento de Cospedal

Trabajar. Hacer. Crecer. Manipular.

Trabajar. Hacer. Crecer. Manipular.

Según reciente confesión, María Dolores de Cospedal está leyendo La templanza, de María Dueñas. Es de suponer que la novela metaforiza de algún modo esta virtud cardinal, tan importante en campaña para un político expuesto al vaivén de la demoscopia, razón para elogiar la pertinencia con que la presidenta de Castilla-La Mancha -y secretaria general del Partido Popular- escoge sus lecturas.

Las encuestas sientan al PP manchego en un balancín que oscila entre el cielo de la mayoría absoluta -fijada en 17 escaños por la nueva Ley Electoral- y el infierno del pacto necesario si saca 16 o menos. En este segundo supuesto, Ciudadanos emerge como árbitro merced a una horquilla de entre tres y cuatro diputados; en una correlación de fuerzas tan apretada, y dado el emblemático perfil de Cospedal, no es descabellado calcular que aquí los de Rivera acaben cerrando el paso al PP. Los dos o tres que los sondeos otorgan al otro partido nuevo, Podemos, volverían insuficiente un presumible frente de izquierdas con el PSOE de Emiliano García-Page, que bascula entre los 10 y los 11 asientos. Así que sobre el tablero manchego el bipartidismo puede pese a todo aguantar bastante bien el tipo.

Cospedal se juega el 24 de mayo su carrera política: su sillón en el Palacio de Fuensalida y puede que su despacho en la planta noble de Génova. Si internamente ya ha sido muy cuestionada la compatibilidad de ambos cargos, e incluso se ha atribuido a este pluriempleo la falta de una estrategia política clara a lo largo de la legislatura -por no hablar de la relación Soraya-Cospedal, manifiestamente mejorable-, mantener a una perdedora al frente del partido podría resultar difícil de justificar hasta para Rajoy. Así que en los comicios manchegos se dirime una clave nacional, en tanto que juicio al PP en la efigie de su número dos. No deja de ser la persona que se enfrentó en solitario a Bárcenas, y también la que avaló su finiquito «en diferido».

Consciente de lo que se juega, la presidenta reformó la Ley Electoral al poco de llegar al poder, y volvió a reformarla el verano pasado. La oposición no duda en tildar la medida de cacicada, aunque el Tribunal Constitucional ha salvado su legalidad. El hecho es que también José María Barreda había reformado la Ley Electoral: se conoce que aquí es tradición cambiar las reglas del juego si uno cree que le perjudicarán en las próximas elecciones. «La diferencia es que nosotros lo llevábamos en el programa, mientras que Cospedal primero aumentó de 49 a 53 los diputados un Miércoles Santo de 2012, y cinco meses después anunciaba un nuevo recorte que equiparaba nuestro nivel de representación al de La Rioja. Todo con tal de facilitarse la reválida. Pero le ha salido el tiro por la culata: no contaba con la irrupción de C’ s y Podemos, y la nueva ley pone tan caro el escaño que en cuanto entra una tercera fuerza se vuelve imposible la mayoría absoluta», explican fuentes del entorno de García-Page. Desde el PP justifican la medida por el deseo de adelgazamiento de la Administración manifestado en las encuestas por los ciudadanos.

Y es verdad que si una palabra ha guiado la primera ejecutoria del PP en Castilla-La Mancha, esa ha sido austeridad. A Cospedal no le ha temblado la mano que empuña la tijera -el PSOE cifra el tajo en 26.000 empleados públicos-, pero esgrime razones tan poco originales como imperiosas para hacerlo: una herencia ruinosa, que les habría obligado a gestionar la miseria y a embridar un déficit galopante (7,8%: la autonomía más deficitaria de España) como primera medida. El desempleo, pese a la última mejoría, se dispara hasta el 28,7%. Cospedal llegó a replantear el método de registro de paro para afinar su tipología, según el PP; para maquillar el dato, según la oposición.

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