En principio nadie ha condenado a la juventud a ser necia, del mismo modo que nadie ha condenado a la sabiduría a ser pobre, excusa que blandía Séneca cuando le reprochaban que un multimillonario como él fuera predicando el estoicismo. Alberto Garzón no es rico todavía pero aún es joven, y no es más necio de lo que estrictamente estipula hacer profesión de comunismo. Ayer salió de Moncloa muy digno clamando que no participará de ese «teatrillo del pacto» mientras secretamente en su interior agradecía que alguien le llamara a participar de cualquier cosa pública. Uno no renuncia con facilidad a ese optimismo improbable que nace de un pesimismo preventivo, pero Garzón, tan auténtico siempre, no logró colorear mi gris expectativa y evacuó la necedad habitual.
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Ave Matritensis!
Quoties obitum linguae statuere Latinae; tot tamen exequiis salva superstes erat. Dicen una y otra vez que el latín ha muerto, pero sobrevive con salud a cada entierro. Que los penúltimos exhumadores de la lengua de Virgilio hayan sido dos madridistas inequívocos nos enorgullece, y al mismo tiempo nos persuade de que no podía ser de otra manera. «El latín es el Madrid y el Madrid es el latín. El latín es la lengua que erotiza la guerra, un idioma de resonancias épicas, y el fútbol es una continuación de la guerra por otros medios. Así que nada casa tan bien con el latín como el mejor equipo del mundo», me dice José Velasco, a quien he invitado a la redacción de EL MUNDO para que me explique por qué decidió, junto con su amigo Francis Alonso, abrir una cuenta madridista en Twitter desde la que se tuitea exclusivamente en latín. Y en uno bien vivo, que no ahorra mayúsculas ni exclamaciones cuando se trata de retransmitir en directo, con toda su vibratio, cada partido que disputan los de Raphael Benítez.
«Annuntio vobis gaudium magnum: habemus Twitter Latinum Matritensis», saludaba muy pontificalmente la cuenta Regia Matritensis (@realmadrid_In) el pasado 21 de septiembre, día de su debut en la pajarera virtual. Hoy supera los 4.000 seguidores, y sus tuits son celebrados por la parroquia madridista cum gaudio magno, o desatado regocijo. Y es que no hace falta traducirle esto a un vikingo: «Quomodo non amabo te? Quomodo non amabo te, si victorem Europae DECIES fecisti me?»
Odiar a Amancio
No odiamos a Amancio Ortega porque esté podrido de millones, acaudalado hasta el límite de lo concebible. Es cierto que en España siempre hubo poco dinero y de mala calidad, y en este triste hecho cifraba Camba nuestra arraigada ‘plutofobia’. Y sin embargo el español ha aprendido ya a tolerar fortunas quizá más modestas pero igual de obscenas a condición de que sus propietarios se dediquen al fútbol o a la canción, lo amasen en la montaña de Hollywood o en el valle de Silicon.
No lo odiamos porque haya coronado Forbes sin mediar apellido noble, herencia ingente o braguetazo lucrativo. Aunque su historia es demasiado americana, e incómoda particularmente a la mente reaccionaria del español colectivista, devoto del reparto, incapaz de mirar sin sospecha toda iniciativa privada, monaguillo paranoico de un solo versículo que reza que nadie se hace rico trabajando. Este espécimen tan nuestro piensa así en defensa propia, porque si pensara de otro modo tendría que contestarse, desde la misma barra del bar en que odia, por qué él no es rico y otro plebeyo sí. Tampoco lo odiamos por el fuego moral que se apodera de nuestro táctil corazón al imaginar a los niños costureros de Bangladesh, pues tuiteamos esa misma indignación desde aparatos compuestos en Asia no precisamente bajo convenio sindical. Tenemos industrializada la solidaridad a distancia, pero cuando Ortega entrega unos millones a Cáritas o a la sanidad pública protestamos «¡caridad, caridad!» como las barbudas triunfantes de Brian clamaban, piedra en mano: «¡Jehová! ¡Ha dicho Jehová!».
Cruyffismo madridista
Siempre me gustaron los jugadores delgados y resbaladizos, cuyo patrón instituyó Johan Cruyff, que era un George Best con inteligencia. El primer signo de la inteligencia es el instinto de conservación, y mientras Best se autodestruyó a buen ritmo, Cruyff administró su inmortalidad con ese genio hacendoso que es propio de los holandeses. Rebelde pero no temerario, imaginativo pero no demencial, comprometido hasta que un leñador le daba a elegir entre su pierna o la pelota. Lo explicaba Vázquez Montalbán: «Huele la patada, venga de donde venga, y entonces da un salto asombroso que sitúa su cintura por encima de la cabeza del agresor».
En mi primera memoria, Cruyff era el señor con piruleta que se sentaba en el banquillo del Barça y no se movía de él así cayeran los años y las ligas, mientras mi equipo probaba un técnico por temporada y era burlado por los fantasmas de Tenerife. Pero si me cayó siempre bien no fue por la implantación del fútbol de toque que se le atribuye, sino porque era un individualista insobornable en un entorno crecientemente infectado de gregarismo. Hay periodistas catalanes que conceden: «A Cruyff hay que escucharle»; cuando en realidad quieren decir: «A ver si deja de joder el tinglado».
La pirula
El taxi bajaba por la calle de la Colegiata de San Isidro y yo viajaba en él, y tenía prisa porque me estaban esperando. Así que al llegar a la altura de la Cava Baja le sugerí al taxista que me ahorrara un fastidioso rodeo girando a la izquierda. El taxista, con suave acento sudamericano, objetó que esa maniobra estaba prohibida, cosa que yo ya sabía. Los dos nos tomamos unos segundos para asegurar la escena del precrimen; al verla despejada de sirenas y uniformes, el taxista cedió a mi insistencia y giró a la izquierda.
Fue salir del giro y topar de frente con una pareja de agentes de movilidad que nos hacían señales para que nos echáramos a un lado de la calzada. Una insidiosa furgoneta de reparto los había ocultado a nuestro vistazo preventivo. El taxista maldijo en voz baja, con más pesar que ira. Se percató rápidamente de lo que venía a continuación, aunque no dudó en delatarme cuando el agente se acercó a la ventanilla.
-El cliente me dijo que hiciera la pirula…
-Pero usted decidió hacerla. Usted conducía, así que la denuncia es para usted. Si el cliente quiere pagársela, es cosa suya.
Érase una herencia recibida
Carece del encanto suburbial de la tasca Tío Cuco, pero a cambio ofrece escaños en cuero rojo y azul, bancos de madera pulimentada, frescos agujereados por balas de golpista y un coro de 350 gargantas abucheándose con perfecta disciplina. Es el Congreso de los Diputados, McFly, donde ayer se celebró la última sesión de control de la legislatura. Sus señorías formaban corrillos como en el junio tardío de un instituto:
– ¿Y tú adónde te vas de vacaciones?
– Yo, con suerte, al Grupo Mixto…
Los fotógrafos se arremolinan frente a un don Mariano casi en funciones, Soraya estrena tinte moreno -¿pinturas de campaña?- y en el lugar de Irene Lozano descubro a un hipster de portada de dominical. Nueva política, supongo. Abre fuego Aitor Esteban con pregunta sumarísima:
– ¿Qué balance hace de la legislatura?
Así las quiere don Mariano: «Positivo, señoría». El peneuvista introdujo algunos matices: Gürtel y Púnica, recesión y recentralización, ley mordaza y cadena perpetua, más canibalismo que gastronomía. «Y la Y vasca», abrochó Rajoy. De quien Rosa Díez se despidió sin bajar el atizador, llamándole mentiroso de tantas maneras que espoleó al séptimo de caballería popular: ensordecedora pataleta. El presidente no tuvo la piedad deseable frente a un árbol caído:
– Usted está donde está. Para su vida futura le recomiendo un poco de humildad.
Hoy discutimos con Herrera en COPE, en nuestra sección del Parnasillo, sobre la burbuja de la novela negra. ¿Hay demasiado detective suelto? ¿Deberíamos pinchar esa burbuja de modo que parezca un accidente?
Nueva política a. C.
Distinguir entre nueva y vieja política es ya vieja política. En concreto, de 1914, fecha de una conferencia de Ortega titulada, oh sorpresa, ‘Vieja y nueva política’. La condición de oficio más viejo del mundo se la disputan la política y la prostitución, suponiendo que designen quehaceres distinguibles, por lo que parece francamente presuntuoso calificar como nueva la humana pugna por el poder, que tiene su mecánica como el mar sus símbolos.
La política ya era vieja el 8 de noviembre del año 63 a. C., cuando Cicerón formuló en el Senado la pregunta retórica más famosa de la Historia: «¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?». Lucio Sergio Catilina se presentaba a sí mismo como adalid de la nueva política, y quiso labrarse una carrera proponiendo la abolición de la deuda y el castigo de la casta patricia: igual les suenan estas cosas. Pero en Roma aún funcionaban las instituciones, así que Catilina fundó un partido jacobino y se presentó a las elecciones. Perdió. Y como no sabía perder, preparó una conjura contra la República que incluía, entre otros usos leninistas, el asesinato de Cicerón. Qué quieren: antes no había tertulias. Lo que ocurrió fue que la burguesía romana, que simpatizaba con los jacobinos por mermar el poder de la aristocracia, pero recelaba de los experimentos con el Estado o con el capitalismo, respaldó a Cicerón y bajó el pulgar ante Catilina. No sé si siguen viendo como novedad lo que pasa en España.

















