
Greto.
Las semejanzas entre Greta Sánchez y Pedro Thunberg son tan evidentes que no merecen mucho comentario. Ambos son líderes de innegable proyección internacional y gusto viajero. Se saben depositarios de un dogma conservacionista al que debe supeditarse cualquier otra consideración, si bien una trata de conservar la vida en el planeta y el otro la vida en un palacio. Cabalgan a diario contradicciones entre sus dichos y sus hechos, porque ni siquiera se puede respirar sin verter CO2 a la atmósfera y porque tampoco se puede gobernar la España constitucional con los enemigos de la Constitución española. A los dos les gusta colocar propaganda los viernes, aunque a una se la hacen activistas de secundaria y al otro Isabel Celaá, que adolecerá de muchas cosas pero no se puede afirmar ya que sea una adolescente. Ambos se presentan como víctimas progresistas de la maldad reaccionaria encarnada por todos los demás: las gretas lloran de rabia porque un mundo sin alma les secuestra la niñez y amenaza con carbonizar su futuro; las pedrettes gimotean porque el Parlamento les negó cuatro veces la investidura -«Nos han robado las elecciones», lastraba Lastra– y amenaza con arrebatarles también la quinta. Ambos gozan de reverente foco en medios y cosechan mofa desatada en redes. Comparten esa mirada de extraviada determinación que suple sus dificultades comunicativas, mecanismo de compensación que traduce la manía persecutoria en redoblada huida hacia delante. Por último, el madrileño también parece sueco cuando se le pregunta por sus propias promesas.




Que la investidura de Sánchez se pacte en Lledoners no puede escandalizar a nadie, porque lo propio de las bandas es hacer negocios en el trullo. El Joker de Moncloa está a punto de concretar el chiste más macabro en la broma infinita de su vida pública. «¡Pero salvó al PSOE del acecho de Podemos!», cacarean las pedrettes, incapaces por amor de entender que el precio que ha pagado su gallo por mandar en la izquierda es la titularidad del corral. El PSOE acabó de morir un martes de noviembre de 2019, cuando su secretario general abrazó al epígono leninista de Anguita para abrirle la puerta del Consejo de Ministros. Ahora un condenado a 13 años por sedición otorgará a Sánchez la gracia de unos meses más de insomnio en su colchón, pero el protagonismo pasará al vicepresidente Iglesias, que devorará diariamente en las teles a su presa. Será una legislatura furiosa y estéril que solo culminará un proyecto, activado el día que Sánchez reconquistó Ferraz: la destrucción de la socialdemocracia española. Su legado.







