Todos menos nuestros cuñados sabían que Vinicius acabaría congelando las muecas de los burlones y poniendo solemne fecha de caducidad a sus propios memes. La única duda era cuándo. Eligió para hacerlo al mejor rival y la mejor competición. Dos clubes dinásticos, 19 Champions sobre el tapete y un calambre brasileño corriendo por la banda que electrocutó el partido y chamuscó su leyenda de delantero romo, ayuno de puntería. Hemos dicho alguna vez que nadie ha fallado tan bien como Vinicius, y a partir de este Madrid-Liverpool deberemos dejar de celebrar sus fallos para aplaudir sus goles.
El domingo andaba huroneando entre los vinilos del Rastro cuando una pareja de chavales se puso a rebuscar a mi lado. Rondarían la mayoría de edad, abalorios morados ella, estética tangana él, chicos de barrio pero a la moda. A juzgar por las fotos históricas en las que detenían los dedos, compartían afición por el Madrid resistente del general Miaja, viejos iconos como el «No pasarán» junto al arco de Cuchilleros entre otras estampas entrañables.«Así que la llamada a la lucha antifascista de Pablo Iglesias está calando entre la muchachada», me dije. Pero mi fantasía si alguna vez la concebí de emular a Hemingway en el frente de mayo se esfumó cruelmente cuando aquel par de tiernos milicianos posmo terminó decantándose por Billie Eilish y por el tópico arranque de la Gran Vía iluminada desde el edificio Metrópolis.
Demasiada tiniebla ahoga la verdad pero demasiada luz mata el misterio, razona Peláez al hilo de su Semana Santa, que es la pucelana sin dejar de ser la sevillana. Por Pascua enmudece Castilla mientras Andalucía declama, y su silencio o su saeta nacen de la misma confrontación con el tabú de la muerte que en esta fecha el catolicismo rompe aparatosamente, ritualmente, encaramando al paso de una hermandad el drama más descarnado, insistiendo en las verdades oscuras que la razón no acierta a despejar.
No vamos a cometer el error de tomarnos a broma las sentencias de don Manuel Castells porque don Manuel Castells ha declarado un patrimonio de cuatro millones de euros, y alguien con cuatro millones de euros no puede ser un bromista. A don Castells hay que tomárselo por tanto muy en serio, sobre todo cuando desaparece, porque eso significa que se ha retirado a producir una sentencia solemne que pronto bajará de su académico caletre y se abrirá paso por entre esos carrillos de hámster de biblioteca de Sociología.
Cunde de nuevo la acusación de mercenario en nuestra política, lo que demuestra lo poco que la vamos distinguiendo del fútbol. Antes se decía que en la vida se puede cambiar de todo menos de camiseta y ahora los políticos se atacan por cambiar de chaqueta, que es como si los pasteleros se demandaran por glotonería. Que la democracia ha degenerado en partidocracia significa exactamente que a nadie le interesa el grado de ejecución del programa y que cualquiera se apasiona con la trazabilidad de una militancia, como si los partidos fueran hermandades rocieras. El público que asiste al espectáculo no le pregunta al actor tú qué propones, sino tú de quién eres. Y a partir de esa curiosidad puramente identitaria forma su juicio político, inevitablemente equivocado.
Asombro y desencanto, el quinto libro del periodista Jorge Bustos (Libros del Asteoride), suena a obra atemporal desde su título, desde su portada con una foto del Mont Saint-Michel virada al verde. El texto hilvana dos viajes en coche: uno de trabajo, por los pueblos que recorrió Quijote, y otro por Francia, desde la frontera vasca hasta Normandía. En principio, parece que los dos viajes son un juego de espejos que da nitidez a la imagen de España, un tema clásico del redactor jefe de Opinión de EL MUNDO. En el fondo, el texto es algo más íntimo. En la carretera, el narrador aprende a vivir más libremente, como en todos los libros de viajes.
Juan Benet escribió sobre una clase teórica en la mili. Un sargento les explicaba qué era la patria con muchas florituras. Acababa la clase y preguntaba. «¿Habéis entendido?». Respuesta de la tropa: «No». Y el sargento decía entonces: «Mirad, ¿a vosotros no os pasa que oís hablar en francés y os da muchísima rabia? Pues eso es la patria».
Para alguien como yo, viniendo de donde vengo, la relación con Francia no es natural, viene cargada de prejuicios. Ni mucho menos es la relación que tuvieron nuestros padres. En ciertos ambientes de educación conservadora, parece que la construcción de la identidad española se hace por oposición a Francia. Es una cosa estúpida pero aún funciona. Sólo hay que ver cuando Vox habla con desprecio de «los gabachos», y eso que el Frente Nacional les ayuda. Este libro va también de eso, del anhelo de confrontarme con mis prejuicios y mis complejos a través de una experiencia con la realidad francesa y con la española.
Uno entiende que Sánchez le parezca invencible a Sánchez, pero tras el defecto Illa y el efecto mariposa murciana uno no acaba de comprender que se lo siga pareciendo a los demás. Y entre los demás hay que incluir la pereza analítica del tertuliano, la avidez de fondos de la patronal y la desesperación terminal de Cs, cuyas maniobras de autolesión presuponen la aceptación de la inevitabilidad del sanchismo: «Seamos su muleta porque es el que manda y el que mandará». No, hombre. Es como si de tanto repetirlo para epatar a los cuñados medrosos el personal hubiera asumido que efectivamente hay Sánchez para una década. Cuando a la vista está la evidencia de que, con Iglesias fuera y Ayuso dentro, ha comenzado el principio de su final.
Ahora que muere Ciudadanos es justo redactar un epitafio a la altura de su mejor momento y no de este penoso braceo en pos del último madero del Atlántico. Cs es la historia de una triple rebeldía: contra el rodillo nacionalista, contra el anquilosamiento bipartidista, contra la infección populista; formidables enemigos que hoy brindan por su ocaso. El español mezquino entierra magníficamente bien porque le alivia la reducción de la competencia. Pero hubo unos años, entre 2015 y 2018, en que Cs logró proponer a la política española la mejor versión de sí misma. Se empezó a cuestionar la legitimidad de los nacionalistas para seguir extorsionándonos. Producía bochorno nombrar a Franco o al comunismo: el futuro ofrecía retos más interesantes que el pasado. La escena de dos capos políticos repartiéndose a los jueces se reveló de súbito como lo que es: una vergüenza. Si hasta se discutía el contrato único o la mochila austriaca en las tertulias, por Dios.