Archivo del Autor: jorgebustos1

Kafka entre las piernas

15260534993097.jpgCuando Gregorio Samsa despertó, se encontró sobre la cama convertido en un monstruoso hombre. Un signo inocultable del patriarcado pendía de su ingle y le interpelaba con descaro, erguido como una voluminosa acusación. Sabía bien lo que aquello significaba, había oído historias en la oficina, pero no quería creer que le hubiera pasado precisamente a él. Se palpó tembloroso. La protuberancia presentaba un tacto indefinible, ni muy blando ni muy duro, ni demasiado liso ni excesivamente rugoso. Podía moverla, pero no se caía. Estaba unida a él como un istmo de carne. Incluso parecía mantener la misma temperatura que el resto de su cuerpo.

-¡Qué me ha ocurrido! -gimió.

Pero no tenía tiempo para lamentos. Acumulaba ya dos avisos por impuntualidad y aún estaba lejos de los objetivos de venta marcados por su jefa de equipo. Se incorporó despacio, se puso en pie y caminó hacia la ducha; en cada uno de estos movimientos el apéndice le acompañó fielmente. Aquello parecía cosido a su identidad. Gregorio temió que pudiera determinarla de por vida. En el trabajo se habían registrado más casos de súbito biologismo -las penas de reeducación en los CNN o Campos de No Normatividad estaban claramente tipificadas-, pero nadie hablaba de ello. Decidió que lo más prudente era fingir. Años atrás había entrado en vigor el uniforme igualitario que erradicó las diferencias de clase y de género; a algunos les sorprendió la rapidez con que se hundió la vieja industria de la moda, pero las ventajas eran incomparables, por no hablar del ahorro en tiempo y dinero. Las mallas oficiales, sin embargo, no facilitaban la ocultación del apéndice. Forcejeando para retraerlo descubrió que también ahí podía sentir dolor.

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El bueno (Consuelo Ordóñez), el feo (Rommy Arce) y el malo (Quim Torra) en La Linterna de COPE

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13 mayo, 2018 · 23:32

Los abrazos rotos de Rivera y Rajoy

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Enemistad íntima.

El CIS con intención de voto ejerce sobre los parlamentarios el mismo efecto que la acumulación del bote sobre los concursantes de Pasapalabra: la audiencia sube y con ella la tensión en el plató -perdón, en el hemiciclo-, pero al final todo se reduce a saber quién se llevará el dinero. Quién dispondrá dentro de año y medio de los recursos del Estado, que eso es ganar unas elecciones. Bajo la presión del botín las rivalidades se polarizan y las alianzas se disuelven. La alianza entre Albert Rivera y Mariano Rajoy nunca estuvo presidida por la confianza mutua, pero hoy ya sólo les une un desdén ensordecedor. Se aprecia sobre todo en los furiosos aplausos con que la bancada pepera corona las réplicas de don Mariano, que ha desempolvado su retranca más afilada consciente de lo mucho que la necesita la moral de su tropa, abatida por los sondeos. Y junto con la ironía, Rajoy recupera sus coloquialismos arcaizantes: si en Sevilla cargó contra los «parlanchines», en la sesión de control llamó a Rivera «aprovechategui». Lo cual vendría a confirmar el decisivo influjo de Supergarcía en la formación intelectual del presidente.

No es que Rivera rompa con Rajoy: el cordial desprecio que se profesan es ya viejo. Lo que se dirime es el bote, o sea, el voto crecido de los hartos de nacionalismo, el descontento del personal con un 155 flácido que no ha servido más que para pagar las facturas de la Generalitat; si para colmo se han pagado las que no se debían es otro cordial debate mantenido entre Llarena y Montoro, ya parece que apaciguado. Es el Consejo de Ministros quien está aplicando este 155, y de poco sirve que arguya obediencia a lo pactado con Cs y PSOE para diluir responsabilidades, porque unos están en la oposición y el poder lo ejerce el Gobierno. Cuando el PP se escuda en que Rivera y Sánchez desaconsejaban a Rajoy el 155 está primero subrayando su impotencia, y ocultando después con cuquería el desarrollo de los acontecimientos. Ese titular ocupaba nuestra portada el 3 de septiembre: tres días después los separatistas dieran el infame golpe parlamentario contra la oposición, pisoteando los derechos de Arrimadas y de Iceta entre otros, jornadas que lógicamente extinguieron los miramientos centristas y socialistas con el polémico artículo. «Cuando las circunstancias cambian, yo cambio con ellas. ¿Usted qué hace?», desafiaba Keynes. Acusa Rajoy a Rivera de oportunista, pero que un político llame oportunista a otro recuerda un poco a Guardiola despachando a los jugadores del Madrid por «atletas». En el sentido de la oportunidad consiste, desde Maquiavelo, el arte mismo de la lucha por el poder.

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10 mayo, 2018 · 9:16

Ensayo sobre la ceguera

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Hernández, el nuevo Saramago.

Tuve que leer dos veces el tuit de Gabriel Rufián mediada la segunda parte del clásico: «Que alguien le diga al árbitro que el Barça ya ha ganado la Liga». No todas las tardes el madridismo entero puede descubrirse reflejado con exactitud en las palabras del diputado más dicharachero de Esquerra Republicana de Catalunya. Pero así era y no había nada que añadir. Con esos apellidos, Hernández Hernández sabía muy bien que solo tenía una manera de inscribir su nombre en la historia, y eso hizo. Su actuación fue un ensayo sobre la ceguera que ya se ha convertido en el alegato más poderoso a favor de la inteligencia artificial desde aquel piloto alemán que estrelló su Airbus contra los Alpes. En el caso del canario, tanto da un dron con GPS o la esfera armilar ptolemaica de la Biblioteca de El Escorial: no será difícil que cualquier objeto inanimado mejore el rango de precisión sensorial de Hernández Hernández.

Lo peor de la deficiencia visual de Hernández es que le privaría de solazarse con el espectáculo teatral que en estos partidos programa siempre el Barcelona, en desleal competencia con el Liceo. Algunos de sus mejores jugadores, como Busquets o Suárez, han desarrollado un talento interpretativo hasta extremos que amarillearían de envidia a Núria Espert. Primero fingen la agresión y después coreografían el acoso arbitral, con la ventaja de que al final no necesitan pasar la gorra porque el público de Camp Nou ha pagado la entrada previamente para ver exactamente lo que le echan. La obra está ya muy vista, pero también la no investidura de Puigdemont lo está y no solo se sigue representando sino que sale de gira por Europa. Pese a todo, las malas lenguas aseguran que hasta los culés se cansan de la farsa, por lo que Piqué tuvo que obligar a los pobres utilleros a aplaudir en fila. Que él sin su dosis de adoración no se quedaba.

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8 mayo, 2018 · 15:28

El opio rojo del profeta Karl

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Liberal frustrado.

Una noble tradición liberal obliga a estudiar a Karl Marx con el singular afecto que se reserva a los hijos descarriados. Cumplieron con ella inteligencias tan poco marxistas como las de Schumpeter, Berlin y Aron, y leyéndolos uno aprende que a los verdaderos portavoces del liberalismo les guía siempre el respeto intelectual por el adversario formidable. A Marx hay que respetarlo porque nació hace dos siglos en Tréveris pero su criatura renace desde entonces bajo ropajes nuevos tras cada derrota, con la misma tozudez con que el capitalismo se reinventa un segundo después de que la última crisis persuada a sus ingenuos enemigos de que es la definitiva.

Llamamos marxismo a una profecía equivocada que sin embargo no pierde capacidad de sugestión entre las nuevas generaciones que vienen a estrenar el mundo, sin reparar en que el mundo llevaba ya encima muchas revoluciones antes de que Galileo se asomara al telescopio. Cada liberal aporta su etiología de la recurrente fascinación marxista. Aron fue el primero que advirtió en Marx una teología sustitutiva, una droga para intelectuales que relevaba el cristianismo tradicional, descartado como opio del pueblo pero saqueado conceptualmente por el materialismo histórico. Criado en una familia de judíos convertidos al protestantismo, Marx reelabora una promesa de felicidad más que una ideología, funda una religión laica más que un programa filosófico. A partir de él, los hombres podrán tenerse por seguros exponentes de la razón científica sin tener que privarse de su atávico anhelo de trascendencia. Encontrarán su iglesia peregrina en la clase obrera, sus clérigos en los intelectuales del partido, su demonio en el empresariado, su tentación en el desclasamiento burgués, su ascesis en la lucha de clases, su martirio en la represión, su paraíso en la perfecta sociedad igualitaria.

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7 mayo, 2018 · 8:48

Los chopos de Dachau

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La gratitud del ‘pueblo’.

Que nada se seca tan rápido como la sangre ya lo sabía De Gaulle cuando accedió a la independencia de Argelia, indiscutible colonia. En las aceras de la historia se seca la sangre enseguida y en las venas se hiela cuando pensamos que ETA quizá un día cobre sentido. El día en que, con la euforia que sigue al año de la victoria, el nacionalismo hegemónico alcance sus últimos objetivos democráticos. De momento el PNV tiene 1.018 concejales; Bildu, 894; el PSE, 196; y el PP, 79. Los dos partidos menos votados son los que pusieron los muertos.

Quizá España solo pueda mantenerse unida contra el acecho de una mafia violenta, cuya indefendible fealdad desacreditaba una causa que hoy resurge con alivio, higienizada, lista para condicionar el próximo estatuto. Quizá, perdonadme, la paz acelere el desmembramiento del Estado. ¿Habría podido lanzarse el procés con una banda nacionalista en activo? ¿Y no habría sido el País Vasco la primera comunidad en celebrar un referéndum de autodeterminación en ausencia de ETA?

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El bueno (las víctimas de ETA), el feo (los cómplices de ETA) y el malo (los etarras)

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6 mayo, 2018 · 19:29

Karim, mátalos suavemente

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El héroe tranquilo.

El Real Madrid alcanzó otra final de Champions porque ni sus jugadores ni su afición estaban preparados para otra cosa. Sencillamente. El coste de la alternativa era tan incalculable que se prefirió la opción más cómoda: conquistar la tercera final consecutiva.

El partido me pilló en Múnich -mis padres no contemplan los cruces de primavera con el Bayern cuando planean viajes familiares, pero deberían-, así que pude testar el ambiente desde las entrañas mismas de la bestia. En ellas solo encontré prudencia y cerveza. A las ocho me metí en una peña muniquesa cercana a la Estación Central. Estaba decorada de arriba abajo con camisetas rojas, bufandas rojas y caras rojas de bávaros extrañamente circunspectos que bebían en silencio para desmentir su fiereza y proclamar su respeto al rey de Europa. Hoy mismo llamo a Elvira Roca para anunciarle que la leyenda negra empieza a amainar: hay bandera blanca. Cuando los hinchas colorados me reconocieron español, y probablemente madridista, casi me pagan la pinta.

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2 mayo, 2018 · 19:31

Tanto todo para nada

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Una época.

Me lancé sobre el teclado dispuesto a levantar acta del apocalipsis. Los partidos dinásticos del 78 pagan con la esterilidad su larga endogamia y mueren sin descendencia. Sus albaceas ajustan cuentas en sórdidos rincones o se disputan una herencia demediada. Los legisladores, encuadrados en falanges preelectorales -de esa rancia estirpe que adivina una rendición en cada pacto-, ya no legislan. El presidente se contrarreforma a sí mismo con tal de sobrevivir un año más. El Ejecutivo se desempodera en favor del Judicial, contra el que a su vez conspira la opinión efervescente del pueblo digital, receloso de toda autoridad ilustrada, ajeno a otra soberanía que la de su santa piel. Las identidades estabulan a los ciudadanos que sienten nostalgia de la comunidad perdida y olvidan los privilegios de la libertad ganada. La saturación de oferta material acicatea la demanda espiritual, las viejas luchas retornan a los nuevos corazones y vuelve a reivindicarse el colectivo -la clase, el género, hasta el barrio- sin renunciar ni por asomo al tecnificado ideal del individuo urbano. La incomprensible fe en el poder de la política, semilla de inexorables frustraciones, convive con la razón meritocrática, constatada por quienes progresan desentendiéndose de la prensa. La sociedad nunca fue tan mestiza, pero señalamos su creciente polarización; las empresas se globalizan, pero corremos a refugiarnos en el proteccionismo; la vida humana se alarga cada vez más, pero al cabo termina, y los hombres, como advertía Camus, no mueren felices.

Luego, a mitad de artículo, me paré a pensar. ¿Y si un minuto después del apocalipsis pasara lo de siempre, lo que suele pasar en estos casos, es decir, que no pase nada? Porque el pueblo opina y los jueces juzgan, pero lo malo sería que los jueces se limitaran a opinar mientras el pueblo dicta sentencia. Y los partidos nacen, pero también mueren, y del abono en que los sume su descomposición brota otro partido. Y los presidentes sobreviven, pero solo un poco más, porque Galicia hace mucho que dejó de dar dictadores. Y los nacionalistas chantajean, pero ninguna cesión los ha alejado un centímetro del estatuto legal de comunidad autónoma. Y florecen las pancartas en primavera, pero desde aquel mayo en París sabemos que la revolución solo es un cambio de amos en el peor de los casos; y en el mejor, una manera sexy de airear la intimidad, esa que Lacan llamó extimidad: la intimidad que reforzamos cuando la exhibimos. Hoy los revolucionarios se presentan a las elecciones y se quedan embarazados de gemelos.

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El bueno (Carmen Quintanilla), el feo (Cristina Cifuentes) y el malo (La Manada)

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2 mayo, 2018 · 19:28

El esfínter de Múnich

15246938273239.jpgQuizá vaya siendo hora de revisar aquella frase de Salihamidzic, cuando Múnich era un castillo custodiado por un dragón llamado Kahn: «Al Madrid si le presionas se caga en los pantalones». Por más que la cara de Heynckes luciera tan tersa como en la Séptima, si no más, lo cierto es que el tiempo ha pasado, un puñado de orejonas han crecido en las vitrinas blancas y ahora las heces del miedo -por muy alta que hagan la presión- las pone el Bayern.

¿Cómo explicar, si no, las lesiones de Robben y Boateng? El miedo es un sentimiento caprichoso y a veces se aloja en músculos distintos del esfínter, como por ejemplo los abductores. Y eso que en la primera parte no hubo razón para el pánico alemán porque el Madrid cedía a la presión local, fallaba despejes y controles y recelaba de James, que llevaba la venganza cosida a la zurda. De ahí nació la contra que cogió a Marcelo flotando en una dimensión alternativa y que Kimmich finalizó con la ayuda de Keylor, un portero tan religioso que a veces confunde la caridad con la concentración. Pero el madridista sabe que maldecir a Marcelo y Navas suele ser el paso previo del más amargo arrepentimiento: lo puede desatar una volea cruzada al filo del descanso del brasileño o una sucesión de paradas inverosímiles del costarricense. Lo cierto es que el gol del Bayern llegó en el mejor momento del Madrid y el de Marcelo cuando los centros al área de Keylor llovían como bombas V2. Al partido le había llegado el empate antes que la lógica, y eso nunca es buena señal para un alemán.

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26 abril, 2018 · 11:41