
El personal se está tomando a Donald John Trump totalmente en serio. Los partidarios llevan el ditirambo a cotas que habrían sonrojado al Dionisio Ridruejo de 1939. Los detractores han fatigado los símiles con Adolf Hitler hasta extremos contraproducentes para el antifascismo. Y los sutiles equidistantes -el peor pecado de nuestra edad binaria- apuntan las causas sociológicas del populismo al tiempo que sopesan los deméritos del progresismo identitario y las ventajas de los checks and balances en la democracia yanqui. Igual estas tres posturas son las pertinentes porque estamos ante un cambio de paradigma. Pero cabe una cuarta aproximación que no estamos explorando y que quizá sea la que preferiría el propio niño obstinado que habita el interior de Donald John. Ese acercamiento al fenómeno no ha de ser político ni ideológico ni socioeconómico, sino lúdico o bufo.






