
Al atardecer de aquel día, con las urnas ya cerradas y los apóstoles reunidos, se oyó de pronto un estruendo como de viento huracanado que batió las ventanas y penetró en la habitación en forma de sondeo a pie de urna. Surgió entonces una gran llamarada, y la vieron dividirse en lenguas de fuego que se posaron sobre cada candidato decisivo para voltear el mapa del poder español. Había allí madrileños y aragoneses, valencianos y cántabros, andaluces, extremeños y baleares, y todos se pusieron a anunciar con su propio acento el prodigio atestiguado: la resurrección del partido que llevaba siete años sin ganar unas elecciones de ámbito nacional.






