‘Omnia sunt communia’

Fieles en misa.

Fieles en misa.

Al decir de un concejal en aquella corporación, el hombre Tierno Galván estaba a bastantes millas de su leyenda, por mucho que firmara como el Viejo Profesor y publicara bandos de prosa culterana. «No sé quién se los escribiría, pero él era bastante limitado», me informa quien allí estuvo. Y ya es lástima, porque a mí siempre me apeteció creer aquella anécdota que nos lo presenta entendiéndose con Juan Pablo II en perfecto latín del Capitolio. En realidad la catilinaria se limitó a una fórmula macarrónica de bienvenida que impresionó mucho a los plumillas de entonces. ¿Y no será impresionante ver a Manuela Carmena, aureolada de tiernogalvanismo por los plumillas de hoy, recibiendo al Papa Francisco con Pablo Iglesias de orgulloso chambelán?

La imagen de nuestro nazareno laico impostando quizá acento suramericano con el Papa de los pobres no solo rubricará su ascenso al último peldaño de la casta -la casta divina: el cielo literalmente asaltado-, sino que además rebajará al Pontífice a una posición humana, demasiado humana. Un paso hacia esa ecuménica convergencia, y que Dios me perdone, parece haberlo dado Francisco con su encíclica ecológica, donde entre otras cosas afirma que la propiedad privada debe ceder ante el bien común.

Como todo lo que dice este Papa, sólo formalmente revolucionario, esa máxima no es que no sea novedosa: es que arraiga en la más pura ortodoxia de la Iglesia, que nunca abrazó sin más el capitalismo. Cuando Errejón, tierno y Tierno, cita el «omnia sunt communia», en realidad musita una jaculatoria de Tomás de Aquino que va precedida por la cautelosa locución in extrema necessitate: «En extrema necesidad, todo es de todos». En los Hechos de los Apóstoles se nos informa de que los primeros cristianos ponían todos sus bienes en común. Y Pedro -primer Papa- se tomaba el reparto muy en serio: el matrimonio calculador que se reserva un margen de la venta de su finca cae fulminado a los pies del apóstol tras confesar el engaño. En la Biblia el fraude fiscal se penaba sin melindres jurídicos. Los romanos asaron a San Lorenzo, tesorero de la Iglesia primitiva, por repartir los fondos entre los pobres.

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Larga ¡y enjundiosa! entrevista en Telemadrid por La granja humana (a partir del 2:18:40), con extra de tertulia política de regalo (a partir del 1:20:10)

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