Archivo diario: 1 junio, 2015

“Escandalosa es la verdad”

El libro de moda.

El libro de moda.

Entre ser la cigarra, un poco carota, y ser la hormiga, un poco plasta, Jorge Bustos ha preferido ser el grillo, que trabaja de día y canta de noche. Grillos, hormigas y cigarras son personajes de La granja humana (editado por Ariel), el primer libro del columnista de EL MUNDO. “Estaba bien eso de ser un escritor sin libro. Pero también me alegra estar aquí y que el libro conserve algún prestigio. Mientras quede en pie esta cultura nuestra de la lectoescritura, intentemos hacer libros para lectores inteligentes”.

Los bichos de La granja humana están sacados de la tradición de las fábulas: todos esos cuentos de lobos libres y caballos pijos que vienen desde Grecia hasta nuestros días. «El método consistía en leer una fábula de los clásicos, coger después el periódico e intentar hilvanar las ideas», explica Bustos.Y por eso, en la portada, aparecen dibujados un cerdo que se parece a Mariano Rajoy, una raposa que recuerda a Esperanza Aguirre

Y tranquilos todos que también sale Pablo Iglesias.

Pero, quizá, lo más interesante sea leer ‘La granja humana’ como una manera de entender a su autor. «El libro me ha servido para ordenar mis ideas», cuenta Bustos. Y páginas adentro, explica por qué en la vida ha decidido escribir contra el pueblo y no con el pueblo. Por qué, en vez de llevarse las manos a la cabeza por aquel alcalde machista perdido que cada vez que habla dice una zafiedad peor, prefiere hablar de las hipocresías de escandalizados e indignados. «Esa tentación de exculpar al pueblo rousseauniano de toda mancha… La moral es un asunto de cada uno y los políticos no son sus depositarios. Tan corruptos son los políticos que malversan como los ciudadanos que escrituraban sus pisos por encima de su precio. Aquí sólo nos entró un sentido de la moral cívica cuando se acabó el dinero de la caja».

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Utopía española

Patriota razonando.

Patriota periférico razonando.

Sabíamos el lugar, el día, la hora y el minuto en que el Rey y el himno de España serían pitados en España por dos grupos de españoles deseosos de ganar la Copa del Rey (de España). Hasta ahí, yo no veo dónde está la contradicción. Desde Juana la Beltraneja opera aquí la disensión como garantía de añeja españolidad, y reparemos en que la Constitución del 78 es muy posterior al Tratado de los Toros de Guisando. Otra cosa es que la legislación vigente tipifique con mayor o menor ambigüedad el delito de ultraje a los símbolos del Estado; pero si la interpretación de la norma corre finalmente a cargo de jueces tan modernos como Santi Pedraz, no creo que las frustraciones identitarias del hombre-masa periférico vayan a quitar el sueño a los Eliot Ness de la Fiscalía.

No me esconderé en la ironía confortable ni en la identidad problemática de mi país. Yo sé que el español no aprende modales si no es a palos, y sé que si los pitidos hubiesen acarreado la suspensión de la final las cosas empezarían a cambiar, así como las multas abusivas han rebajado sensiblemente las muertes en carretera. Pero ni hay voluntad política para asumir el coste de una ley así ni hay coraje en los medios deportivos para hacer su pedagogía entre las aficiones, de cuyo progreso civilizatorio ya nos felicitamos a poco que no tiren hinchas a los ríos. El señor Cardenal y el señor Tebas pueden ponerse jupiterinos y anunciar sanciones, pero los madridistas aún esperamos que chapen el Camp Nou, cumpliendo la sentencia que desestimaba el amparo del lanzamiento de cabezas de cerdo y botellas de whisky en los elásticos márgenes de la libertad de expresión.

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