Archivo mensual: octubre 2013

Las cinco falacias de nuestro periodismo

[Me anuncia el director de Revista de Libros, Álvaro Delgado-Gal, que muy pronto la revista conocerá un relanzamiento digital de primera magnitud. Como crítico de RdeL desde hace tres años y medio, me llena de alegría la noticia y me apresto a la tarea. Pronto reseñaré un nuevo y delicioso Camba, y postearé algún artículo en su galería de blogueros.

Para celebrarlo, copio aquí mi primera colaboración en RdeL, número de enero de 2010, que tanta ilusión me hizo dada la categoría de la publicación, y que cosecharía este generoso comentario de Arcadi Espada en su blog. Yo creo que su contenido no ha caducado en este tiempo. Si acaso la cosa ha acelerado su degeneración y la denuncia ganado pertinencia. Pero juzguen ustedes mismos]

(…)

Ruano a punto de amortajar a Azorín.

Ruano a punto de amortajar a Azorín.

Los periodistas de hoy han padecido la formación tecnicista y hueca de una universidad decadente, que es aquella que se obsesiona con enseñar cosas útiles y con «preparar a los estudiantes para el mercado laboral», con Bolonia como estación término, o terminal. ¿Debemos recordar una vez más que la universidad se creó precisamente para enseñar lo inútil, para cultivar el espíritu de las personas que tenían la suerte de no tener que apacentar ganado –algo muy útil, desde luego– para vivir? El humanista primero aprende a pensar, y luego va conociendo y perfeccionando los trucos y las técnicas de un oficio tan intuitivo y experimental como el de periodista. (Los titulados lloriquean por el intrusismo en vez de formarse mejor para batir a la competencia.) ¿Por qué nadie dice de una vez que los periodistas de la primera mitad del siglo XX, y aun los del franquismo –adictos o no al régimen–, estaban incomparablemente mejor preparados que los de hoy, en términos generales, y a despecho de tanto avance tecnológico? ¿Por qué en las facultades de Periodismo no se olvidan un poco de tanta práctica técnica y obligan a leer a los cinco periodistas citados hasta que los alumnos dominen la lengua castellana siquiera como la mitad de la mitad de cada uno de ellos, ninguno de los cuales por cierto –oh, sacrilegio– estudió la carrera de Periodismo? Sin embargo, son sus retratos los que cuelgan de las paredes de un pasillo del Congreso de los Diputados, junto a la sala de prensa.

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15 octubre, 2013 · 23:16

Protrusión o intrusión

Una protrusión discal es un desplazamiento del núcleo pulposo del disco intervertebral hacia el anillo fibroso, generalmente en dirección posterior o posterolateral, de tal forma que se ejerce una presión sobre la raíz nerviosa que solo a veces cursa con lumbalgia y que no degenera en hernia mientras no se produzca una brecha parcial en las fibras colágenas del anillo.

Ya disculparán ustedes que refiera estas perogrulladas de curso común en el conocimiento del pueblo español, no digamos ya en las redacciones de la prensa deportiva. El español sabe de todo, como bien saben ustedes, pero una de las disciplinas que domina especialmente es la medicina deportiva, de tal manera que ha habido partidos del Barça en que ante las volteretas desgarradoras de un Alves, un Busi o un Neymar, si no andaba atento el doctor Ricard Pruna se ha estado a punto de enviar con la camilla al cronista del Sport.

Lo explicaba muy bien un joven Julio Camba enviado de corresponsal al grave país donde hoy entrena Guardiola. Se encuentra nuestro periodista a un médico español que ha ido a Berlín a mejorar su formación y que se deshace en elogios a la competencia de los especialistas alemanes:

–Desde luego para estudiar medicina hay que venir aquí.
–Pues yo conozco a un médico alemán que tiene mucha fama y que, cuando yo le dije que era español, me preguntó si el rumano era un idioma muy difícil –replica Camba.
–Es que aquí los médicos no saben nada más que medicina. Es lo contrario de lo que pasa en España. Allí todos tenemos una cultura general, y nadie tiene una cultura especial.

Sobre nuestra cultura general acaba de dictaminar la OCDE con entusiasmo perfectamente descriptible, pero eso es porque de los tiempos de Camba a esta parte el español ha preferido sacrificar lo general a lo particular, y así vemos manifestaciones que ejecutan la sardana cerril del aldeanismo y leemos titulares tremebundos de una prensa deportiva que ha preferido especializarse en Traumatología, quizá sospechando que de fútbol ya sabe todo el mundo.

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14 octubre, 2013 · 17:11

El general Giap y Yakov Stalin. Vida de dos guerreros

Acaba de morir a los 102 años el general norvietnamita Võ Nguyên Giap, a quien los medios menos escrupulosos apodan el Napoleón de Vietnam, aunque si atendemos a su táctica militar en realidad su perfil se parece bastante más al de Juan Martín Díez el Empecinado. El general Giap es ya una sinécdoque bélica del siglo XX para el concepto de resistencia, y resistiendo resistiendo ha estado a punto de ganarle la partida al propio paso del tiempo, ahí es nada. Le hizo la guerra de guerrillas selvática a la Francia colonial primero y a los Estados Unidos después, con los resultados conocidos y todo un género fílmico desbrozando el virginal orgullo imperialista.

Giap fue una máquina de perder batallas pero acababa ganando las guerras por desmoralización del adversario. De moral sus tropas o descamisados siempre iban a tope, con el fanatismo y desprecio por la propia vida que caracteriza a la marcialidad oriental –no digamos ya a sus mandos, siempre dispuestos a servir gruesas ringleras de carne de cañón sobre la fuente de cualquier campo de batalla–; muchos de sus charlies se hacían tatuar en el pecho el eslogan “Nací en el Norte para morir en el Sur” y lo aplicaban al pie de la letra, oigan. Que se lo digan a Rambo.

A Giap los franceses le habían matado al hijo, al padre, a las hermanas, a la cuñada y posiblemente a la mascota por enrolarse junto a Ho Chi Minh en el Partido Comunista. La brutalidad represiva que padeció hizo de él un hombre irrompible, capaz de vivir en túneles bajo la jungla durante décadas, entre piezas de mortero y cabezas aterrorizadas de yanqui lisérgico sobre pica. El primer mundo no genera personas así hace mucho, pero en el segundo, el soviético, tampoco escasearon durante la pasada centuria, que fue tan entretenida. Es el caso de Yakov Iósifovich Dzhugashvili, Yakov Stalin para los más íntimos, hijo único del primer matrimonio de Koba el Temible con una modistilla del ejército zarista llamada Ekaterina, a la que según todos los indicios Stalin más tarde ordenaría asesinar, que era su decisión favorita. Desde muy pronto Yakov se propuso cumplir el mandato de Freud sin reparar en que aquel célebre consejo de matar al padre admite una excepción cuando resulta que el viejo es el mayor genocida de todos los tiempos, la clase de monstruo que te ha matado cinco veces antes de que pase por tus mientes el primer borrador de conspiración filial.

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14 octubre, 2013 · 17:01

La teta del Estado

Pues ya sabemos lo que es la teta del Estado, señores. Hasta ahora pensábamos que se trataba de una metáfora para referirse al clientelismo, pero de metáfora nada, oigan: seis tetas rotundas como seis tiernos cántaros de reivindicación quincemista se revelaron y rebelaron ante la sede la soberanía nacional a eso de las diez y veinte minutos de una mañana que discurría por los cauces somnolientos, estrictamente retóricos de costumbre. Tenía la palabra Gallardón, a quien se empeñan en vestir de inquisidor de Zugarramurdi, cuando se produjo el destape en la tribuna de invitados al grito de vestal enfurecida “¡Aborto es sagrado!, ¡aborto es sagrado!”, con ligero acento extranjero.

Al principio los cronistas más jóvenes creímos que por fin cubriríamos el golpe de Estado que nos permitiera languidecer en las tertulias para los restos. Pero no era un golpe de Estado, sino un golpe de pecho, y no de penitencia, sino de turgencia. Los aldabonazos de conciencia se imparten ahora a tetazo limpio, se exhorta a pezón quitao al ministro para que apechugue con las ansias infinitas de aborto de estas nuevas beauvoir con dos únicos pero incontestables argumentos. Flaneaban los pechos pintarrajeados de consigna sobre la testa de los padres de la patria, que bizqueaban mirando hacia arriba en la esperanza de que se cayera alguna de las tres bacantes, dos francesas y una española, activistas de Fenem a cuyo director o directora de casting no podemos sino alabar el gusto. Había una rubia, una morena y una castaña, las tres armoniosamente dotadas, y un buen mamólogo sacaría enseguida la nacionalidad de las dos primeras por la celebrada fisonomía en forma de dulcísima pera por la que se caracteriza la teta gala.

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9 octubre, 2013 · 16:56

Sin ambidiestros no hay paraíso

Nuestro Real Madrid de hoy es un cariño que agranda a los niños al modo inverso en que el insultante autodominio de Floyd Mayweather empequeñece al mejor de sus rivales sobre el ring. Yo creo que mi equipo de antiguos alumnos del cole le hace un gol al Madrid, aunque no digo que ganemos el partido. El autodominio (Varane) es lo contrario del cojonudismo (Ramos), y así está la defensa madridista, que parece un diálogo entre fe y razón donde proliferan herejías como el primer gol de Diawara, que más que un nombre es un nick. A este equipo lo que le falta es dogma y nos recuerda a la Iglesia primitiva, con sectas gnósticas debatiendo sobre el principio de posesión y facciones arrianas postulando el retorno al santo contragolpe. Y la desgracia es que lo entrene el único italiano que no quiere ser papa.

Mitología griega.

Mitología griega.

La indefinición táctica, la caraja medular, el desorden parvulario, la pesadez circulatoria enfadan al aficionado, que al menos asistió al milagro final del gol de Cristiano, sobre cuyo cuerpo glorioso recayó una tarjeta amarilla como rayo de Fra Angélico. Lo que ocurre es que antes el ritual milagrero lo demandaba el Manchester City y ahora lo exige el Levante.

No entendemos que Ancelotti deje fuera de la alineación inicial a Marcelo, que es uno de los mejores delanteros del Madrid del mismo modo que a Neymar le llaman nueve mentiroso, no únicamente por comediante. Que Marcelo sea el jugador más peligroso arriba y que tuviera que ser Varane quien metiera el pase de gol entre líneas a Morata lo dice todo sobre la tarea mitológica ante la que se alza abrumada la ceja de Carletto. Si lo consigue, su 4-3-3 se citará en los manuales de cultura clásica entre la caza del jabalí de Erimanto y la muerte del león de Nemea.

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7 octubre, 2013 · 12:51

La bendita levedad del ser

No está claro si La insoportable levedad del ser es una novela ensayística o un ensayo novelado, pero no dudamos de que su condición limítrofe de relato erótico-político sometido a constante glosa filosófica deparó un clásico de la narrativa posmoderna que nuestro Javier Marías habría querido escribir, si Marías pudiera ser Kundera.

Un drama vital siempre puede expresarse mediante una metáfora referida al peso. Decimos que sobre la persona cae el peso de los acontecimientos. La persona soporta esa carga o no la soporta, cae bajo su peso, gana o pierde. Pero ¿qué le sucedió a Sabina? Nada. Había abandonado a un hombre porque quería abandonarlo. ¿La persiguió él? ¿Se vengó? No. Su drama no era el drama del peso, sino el de la levedad. Lo que había caído sobre Sabina no era una carga, sino la insoportable levedad del ser.

He aquí el párrafo que da ese famoso título a la novela, título que a su vez lleva desde 1984 (año de la publicación) barnizando de culturalismo los artículos de los columnistas más amigos de la paráfrasis que de la lectura. El campo semántico de la obra entera está surcado con metáforas de peso y ligereza, de liviandad y gravidez, dentro del régimen simbólico que Gilbert Durand llamaría diurno o vertical. Durand fue junto a Northrop Frye uno de los grandes nombres de la mitocrítica, escuela que reaccionó contra los excesos cartesianos del estructuralismo para reivindicar el poder significante de la imaginación. Siguiendo a Jung, Bachelard o Lévi-Strauss, el sagaz profesor Durand sistematizó bajo el llamado «régimen diurno» de la imaginación un esquema de símbolos que se organizan en variedades excluyentes y antitéticas: luz-oscuridad, alto-bajo, fuerza-flaqueza, naturaleza-cultura, etcétera, dicotomías que el imaginario colectivo tiende a situar en ejes de positividad y negatividad. El método de Durand resulta de lo más útil para la crítica iconológica de cualquier obra de arte, y también para fijar eso que llamamos el «mundo propio» de un escritor en función de su preferencia por metáforas luminosas o sombrías, violentas o lánguidas, urbanas o selváticas y así.

El imaginario pesadez-levedad articula simbólicamente la novela dialéctica de Kundera. Los personajes padecen el sovietismo como carga, sueñan con aviones como una liberación, entienden el peso de la persona amada como ese cauce de dominación recíproca que es el acto sexual. Es un texto poco estructurado, que fluye en meandros alegóricos y se embalsa en lagunas de reflexión, y que pasa del tono cenagoso del existencialismo a los burbujeantes rápidos del humor procaz. Pero no se trata de una novela de tesis, sino de tesis (en plural). Al punto de que muchos de los breves y numerosos capítulos en que se divide cada parte del libro podrían funcionar perfectamente como ensayos autónomos, sobre la idea del eterno retorno nieztscheana o la ontología de Parménides de Elea, si bien sus conclusiones acaban reapareciendo luego para interpretar los giros imprimidos al destino de los personajes. Kundera es un novelista-filósofo, como lo eran Unamuno o Pirandello, y nos ofrece las coyunturas dramáticas de sus criaturas no para conmovernos sino para hacernos pensar. La pareja protagonista está formada por una mujer que no sabe responder a la opresión vital de la Praga soviética salvo con la entrega abnegada a su amado Tomás, un médico e intelectual disidente que acredita un coraje ético abstracto enfrentándose al régimen y siendo castigado por ello, pero cuya incapacidad empática lo convierte en un «mujeriego épico», un coleccionista compulsivo de amantes que no puede detener su carrera de infidelidades por mucho que sepa que están destruyendo a Teresa. La pareja de secundarios la forman Sabina, pintora de espíritu libre —tan libre que su propia ligereza acaba condenándola a la incapacidad para el compromiso, al aventurerismo de la traición constante, a la insipidez existencial que da título a la obra— y Franz, que en el picadero de la sofisticada y excitante Sabina se siente liberado de su insoportablemente convencional esposa Marie-Claudie.

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6 octubre, 2013 · 13:41

Los macchiaioli: del café a la historia del arte

Hubo en tiempo en Europa en que el hostelero de una gran ciudad debía pensárselo mucho antes de abrir un café, porque al poco tiempo se le podía llenar el local de bohemios entregados a la bulliciosa fundación de un nuevo movimiento literario o artístico. Los cafés han contribuido tanto o más que universidades, talleres y academias al progreso de la cultura, así como a la ruina de los empresarios, porque una clientela de pintores y poetas suele resultar un pésimo negocio. Un poeta de café podía escribir cinco sonetos por cada café con leche; es una proporción que ningún hostelero puede resistir, por grande que sea su amor a la poesía.

El artista decimonónico necesita por tanto de un café, y necesita también un mecenas, porque salvo en casos de raro éxito burgués, la clase media consumista aún estaba por aparecer en la historia y la élite social no absorbía suficientes cuadros o novelas como para mantener dignamente a sus hacedores. Esto era así incluso en Florencia, donde juraríamos que a la frente de cada nuevo bebé se le atisba el numen del genio. A partir de 1852 el Caffè Michelangiolo de Florencia se convirtió en el lugar de reunión de un grupo de pintores mayoritariamente toscanos –aunque acabarían llegando de otras partes de Italia e incluso de Europa, como Degas o Manet– a los que un columnista local, con clara voluntad peyorativa (como corresponde a los columnistas), bautizó como los “manchistas”, macchiaioli en italiano. Los llamó así para burlarse de su resuelta voluntad antiacadémica, de su reniego de la ampulosidad romántica que marcaba el canon pictórico del momento, de sus ganas de pintar de forma diferente, sobre temas diferentes, con técnicas diferentes y desde lugares diferentes. Como suele pasar con los mejores insultos, el teórico del grupo (y para mi gusto el pintor más dotado: La sirga es un cuadro para llevárselo a casa, una obra maestra de vitalismo costumbrista capturado con todos sus matices) que era Telemaco Signorini abrazó en 1862 el epíteto con orgullo identitario, y hoy el término macchiaioli identifica a uno de los movimientos más talentosos, simpáticos, encantadores, luminosos y revolucionarios de la historia del arte moderno.

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6 octubre, 2013 · 13:28

Rajoy y ‘Breaking bad’

Disfrutado su operístico final, se puede afirmar que Breaking Bad ingresa de pleno derecho en el panteón de las cinco grandes series de la tele contemporánea junto a Los Soprano, The Wire, El ala oeste de la Casa Blanca y Mad Men. La premisa de BB es especialmente brillante, y la metamorfosis progresiva de su protagonista el hilo conductor de todo el guión, que se propone explorar el arendtiano tema de la cotidiana naturalidad con que un inofensivo profesor desahuciado deviene mafioso cabal. Sin embargo, a mi juicio –y en esto quizá peque de original– Walter White se va de la serie sin terminar nunca de romper en malvado genuino, y es esa maldad imperfecta la que precisamente protege la verosimilitud narrativa de una serie por lo demás millonaria en gozosos manierismos, voladuras controladas y envenenamientos de escuadra y cartabón.

Los guionistas se ocupan amorosamente de que el personaje interpretado por el descomunal Bryan Cranston nunca logre inspirarnos miedo –el miedo irracional que se le tiene al psicópata–, aunque sí respeto a la sofisticación de su mente, que brilla lo mismo en la urdimbre de un crimen que en la cocción de meta azul. En sus momentos más negros, cuando más pavoroso debe mostrársenos, el terrible Heisenberg incurre indefectiblemente en alguna charlotada –sombrero incluido– que nos recuerda que ese villano es en realidad un aplicado profesor de Química con alguna habilidad para la impostura. Llega a la matrícula de honor en manipulación psicológica, sí, pero operando sobre la mente de su previsible esposa (un rol parecido a la Carmela de Tony Soprano) o del naïf Jesse Pinkman, que es un Holden Caulfield cruzado de Dean Moriarty. Concluida la teórica metamorfosis, Walter White todavía calza sus zapatos antijuanetes Clarks, sospechamos Abanderado bajo sus pantalones chinos y viste cazadora cutre de entretiempo, sigue caminando como un pato y el brillo ciertamente luciferino de su mirada en primer plano se apaga en cuanto oye la voz gangosa de su hijo retrasado. Resulta lógico que así sea y no creeríamos otra cosa, porque el deseo de preservar a su familia es precisamente el motor de su transformación. Pero el mismo deseo inspiraba a Michael Corleone y pese a la paradoja no dudó en matar a su hermano, mientras que Heisenberg sólo se deshace de maleantes y suplica por la vida de su cuñado, agente de la DEA. Por eso Michael sí da miedo, y necesita toda esa elegancia y esa gomina para camuflar su letal naturaleza.

Mariano Rajoy, como Walter White, tampoco cumple la expectativa de villano que se le tiene confiada. Rajoy no llena el molde del facha fetén ni del neoliberal inescrupuloso, no ilegaliza el aborto ni a Bildu y tampoco adelgaza el Estado todo lo que debería. El Desfile de las Fuerzas Armadas le parece un coñazo. La prensa le deja frío y a sus pies contempla los gulliverianos esfuerzos de otros políticos del PP por pellizcarle con una declaración o engordarle una factura autonómica. Rajoy, como recordaba Espada el sábado pasado (en un artículo umbraliano que acaba con la obligatoriedad columnística de mofarse de Rajoy para acreditar independencia), se enfrenta a una Recesión, a una Corrupción, a una Abdicación y a una Secesión, y lo prodigioso no es ya que siga en el cargo sino que la macroeconomía arroje alguna luz fantasmagórica y que la oposición no le recorte terreno. Incluso puede revalidar la mayoría en dos años. Por todo ello concluimos tajantemente que Rajoy es un personaje de ficción. De hecho prefiere salir en un plasma.

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3 octubre, 2013 · 13:00