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Respeto en el velatorio

Ponte de rodillas.

Ponte de rodillas.

“Aquí no vamos a tener ese debate”, advertía Carreño, comisario de una ortodoxia acorralada. Porque la crítica se impone a raudales y desborda los venales márgenes del gañote mediático, del entrañable forofo de granito, del camachismo aferrado al clavo de la tautología ardiendo: “¡España es nuestra Selección!”, clamaba don José Antonio en el minuto 88. Ahora habrá un gato tiñoso maullando de tristeza en el bombo rajado de Manolo.

España, aquel equipazo. Cuánto le debemos. Ni una traición a su memoria gloriosa. A las duras y a las maduras. Y otros argumentos de tapa de rabas que ignoran que en el fútbol, como en el periodismo, vale uno exactamente lo que vale su último partido o su último artículo. El fútbol es el puro presente, y el presente de La Roja es tan patético, ha sido tal la real desnudez exhibida contra Holanda que ciertamente solo podemos hablar de este grupo de futbolistas desde ese respeto que reclamaba aterrado Telecinco: el respeto exacto que se guarda en un velatorio ante un cadáver todavía tibio.

Pero no pasa nada, e incluso aún es posible que lleguemos a cuartos, como antaño. Don Vicente lo tuvo claro. Veía acercarse Brasil y veía alejarse la juventud de sus muchachos y veía acercarse a don Louis Van Gaal, siempre positivo, siempre inteligente, escondiendo en el puño de la mano el tornillo que sujetaba la carpa del tiquitaca español. Pero don Vicente, como buen marqués, apostó por conservar y no por progresar, y vino a Brasil a triunfar o morir con los suyos, hermosa hidalguía. ¡Que inventen ellos!

Por toda novedad, un nueve verdadero que era Diego Costa, faro de costa para novedosos pases en largo a la espalda de la defensa del Feyenoord. Lo malo de Costa es que de faro tiene la fijeza pero también el cemento, y tarda en armar la pierna lo mismo más o menos que se tarda en subir a la Torre de Hércules, por citar el faro más viejo de España. Es cierto que superó el minuto ocho, para cabreo de Simeone, pero también que perdonó cuando aún había espacio para la inclemencia. Como vio que tratando de marcar como nueve cierto no lo hacía, lo intentó por lo falso y le salió: penalti bien simulado y gol de Xabi Alonso. La solicitud arbitral en estos trances también es consecuencia de la estrella pectoral, oiga. Y al menos no era japonés. Mediaset al completo vio penal indubitable, claro. Antes había declarado un déjà vu en un rechace de Iker a tiro de Sneijder. Esta precipitación en la analogía que trae la simpleza siempre acaba produciendo monstruos.

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14 junio, 2014 · 1:56

Los cuatro predicados del madridismo

Madridismo. Lisboa, mayo de 2014, Praça da Figueira.

Madridismo. Lisboa, mayo de 2014, Praça da Figueira.

El madridismo es una identidad proteica, lo que quiere decir que se puede predicar de diversos modos.

Hay un madridista rilkeano o biológico que explica su afición remontándose de forma inexorable al tiempo detenido de la infancia, la tarde cristalina en que su padre lo llevó a conocer el Bernabéu. Este madridista es un niño grande cada domingo, o cada sábado o cada miércoles, según le apetezca ubicar el encuentro del Real Madrid al capo televisivo que fume más puros en un momento dado. Cuando decimos rilkeano no queremos decir poético, porque la poesía –la literatura– exige el intento individual de nombrar las cosas por primera vez, sino más bien angelical bajo su aspecto feroz de hooligan fiel a un ritual gregario, un sudor coral, un cántico formulario, una masticación común de pipas o cacahuetes.

Nuestro primer tipo de madridista es por tanto bueno y sentimental, y siempre tiene disculpa porque vive en la sencilla verdad de que el fútbol es la patria del hombre contemporáneo, de que el Real Madrid conforma su identidad menos cuestionable y de que la cabalgada de Bale despierta en la memoria el reflejo inmediato de sus propias carreras sin norma en el patio del colegio. Llegado el momento llevará a su vástago al Bernabéu una tarde solar que cristalizará en la retina infantil, y perpetuará así un sentido de pertenencia que pasa de generación en generación según el canon bíblico del pueblo elegido. Esta es la categoría mayoritaria, obra bruta de la genética.

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12 junio, 2014 · 14:16

Cuando despertó, la monarquía todavía estaba allí

El ruedo nacional desde la tribuna de prensa.

El ruedo nacional desde la tribuna de prensa.

En el Día Mundial del Cáncer de Próstata del año del Señor de 2014, las Cortes españolas ratificaron la voluntad de Juan Carlos I de abdicar la Corona, uso transitivo de un verbo cuya mera pronunciación ha caído sobre el corral de gritos de la opinión nacional como el nombre de Jehová entre las barbudas de La vida de Brian.

En la tribuna, dos barbas en absoluto postizas tejiendo una fronda bipartidista –constitucionalista– bastante menos rala de lo que se vende: 299 síes sociopopulares de 341 votos emitidos, más el apoyo testimonial de UPyD, UPN y Foro Asturias. Todos los demás se abstuvieron (CiU y PNV) o votaron en contra con lujo de pretextos publicitarios: el tétrico abandono del hemiciclo, ikurriña en mano, por parte de la aldea amaiurense; la traviesa reverencia de Tardà a la bancada popular tras su reivindicación de la “república catalana”; o el borborigmo de la Chamosa, que votó sí y añadió, para excusarse: “¡Que se jubile ya!”. En la reiteración del sintagmita-pretexto en que los muchachos de Lara y Llamazares amparaban su no –“¡Por más democracia, no!–, nosotros advertíamos una cierta vergüenza de inadaptado, una manera de explicarse a sí mismos la contradicción entre las prerrogativas del escaño y la monarquía parlamentaria que se las proporcionó. Vote usted no y vaya en paz, oiga, que esto no es la II República para temer represalias. Eché de menos que algún constitucionalista en la sala diese a los jacobinos la única réplica posible en su turno, la única verdad de facto: “Por más democracia, sí”. Tan solo el popular José Albendea, taurinamente, echó la pata adelante y gritó: “Sí, ¡viva el Rey!”

Rajoy y Rubalcaba opusieron a la fiebre papanatas del republicanismo retórico sendos discursos de una gravedad inequívoca, autoconsciente, trascendental, de los cuales –como Vallejo– tenemos ya el recuerdo al contemplar de reojo el burbujeo de la sopa frentepopulista. Veremos, que el Sistema es un hígado inescrupuloso capaz de deglutir melenas bolivarianas y expeler disciplina de partido con dieta de comedor. Por fortuna.

–No estamos para modificar los hechos sino para subrayarlos, para aplicar la Constitución en un marco de normalidad y naturalidad propias de una democracia madura (sic), ratificar la voluntad del Rey y cumplir el mandato de la soberanía nacional, expresado en 1978 y también en 2014 –advertía don Mariano, como si en las tertulias de la tele se atendiese al Derecho.

Pero el presidente no se iba a limitar en un día como hoy al recitado administrativo y a la grisura tecnocrática, sino que quiso rendir balance lírico del reinado: “Sería necesario estar ciego de obstinación para no reconocer los méritos que ha cosechado el Rey que ahora nos deja”; “hábil piloto”, “impecable ejecutor” y otros cariños no por manidos menos ajustados. Ponderó la transformación formidable que ha experimentado el país durante los últimos 40 años. Señaló que ningún español, por primera vez en siglos, presencia la sucesión de la Jefatura del Estado de forma traumática. Y recordó una y otra vez que debatir la forma del Estado no estaba en el orden del día. Quia, reglamentos, minucias aburridas de registrador cenizo. El bar tricolor no se lo iban a cerrar hoy a Izquierda Plural y otras periferias levantiscas, que por algo cuentan más por su voz que por su voto.

Rubalcaba, devenido socialista de guardia en servicios póstumos al Estado, desgranó en su intervención una pedagogía elemental de teoría política para aquellos entre los suyos que le quieran oír, que no son muchos:

–¿Podría esta Cámara no votar esta ley? No. ¿Podría esta Cámara votar no a esta ley? Eso sería tanto como obligar al Rey a seguir reinando contra su voluntad. No votamos hoy la sucesión: eso ya lo hicimos en 1978 –aquí me faltó un aplauso de su bancada, y eso que soy del 82–. En España hay un rey pero no somos súbditos, sino ciudadanos de los cuales emana la legitimidad del rey. Los socialistas hoy votaremos sí porque, sin ocultar nuestra preferencia republicana, sabemos mantener nuestros acuerdos.

Si no llega a conceder la preferencia republicana, allí mismo recibe un zapatazo de Madina, punta de lanza de ese adanismo sonrojante que todo lo va copando. (Por cierto que este cronista cede a los expertos forenses de la Complutense la distinción entre tres neocadáveres ideológicos de la efebocracia insurgente: ¿en qué se distinguen Edu Madina, Alberto Garzón y Pablo Iglesias? Si los tres se fusionaran en un mismo cuerpo de pelo rojo, tipo Goku, ¿verdad que el rechazo orgánico quedaría clínicamente descartado?)

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11 junio, 2014 · 17:12

El último monárquico de mi generación

Abdicación de un Rey.

Abdicación de un Rey.

No sé si seré el último monárquico de mi generación, pues nací –perdonadme– en 1982 y pertenezco por tanto a la camada de cachorros mejor parida del Sistema, crecida en tal prosperidad que la Historia le ha permitido aburrirse y andar ahora pidiendo revoluciones más o menos estéticas para recorrer con alguna emoción cada domingo por la tarde. Mi padre es monárquico por lecturas y mi madre republicana por temperamento, pero sobre mi educación yo soy monárquico por pura metafísica, como Dalí. La monarquía es una idea hermosamente anacrónica y sorprendentemente funcional que defiendo y defenderé como todas las cosas irracionales, que son aquellas que están precisamente necesitadas de defensa. Aunque la decadencia intelectual de mi país va exigiendo, orwellianamente, el enojoso recuerdo de lo obvio.

Obvio es que toda monarquía parlamentaria encierra un oxímoron, que a los reyes no se les vota y que su pervivencia consagra un privilegio. Obvio es que los miembros de una Casa Real del siglo XXI no se ganan el jornal arando campos ni comandando a los ejércitos en singular batalla, sino que pastan en el Presupuesto como el último concejal de Bildu o como el gabinete de prensa de cualquier Instituto Cervantes. La democracia tributaria tienes estos gajes, que uno no sabe qué vicios del último descastado subviene con sus impuestos, pero los de la Zarzuela los conoce todos, y al menos allí un Rey pidió perdón por cazar elefantes cuando en todo caso debiera haberlo pedido por cazar ratones. Obvio es que las monarquías europeas encabezan todos los índices de prosperidad del primer mundo, y nadie le va a dar lecciones de democracia a Inglaterra, cuyo genio asombroso volvió compatibles la decapitación de un rey antes que nadie y la patente mundial del parlamentarismo. Obvio es que las repúblicas cuestan también dinero, que los aspirantes a presidente republicano saldrían de alguna facción cainita de la partitocracia –topando con la desafección de la contraria– y que ante un jefe de Estado llamado Felipe González no se pondrían los jeques tan ceremoniosos como ante un rey. Obvio, en fin, es que la monarquía instaura el poder simbólico de una familia no sometida a la fiscalización de las urnas, y obvio es que esa es precisamente su ventaja, su garantía de estabilidad, su premisa de abnegación, su tarea sin jefe ni vacación posibles, cumpliendo agendas diplomáticas que suscitarían las protestas de cualquier alto directivo y renunciando prácticamente a la vida privada. En un tiempo en que se apela al pueblo para votar a la puta televisiva que se echa de una isla, es bueno que coloquemos alguna institución a salvo del escrutinio bajo y tornadizo de medios, partidos y plebe. Obvio es que España cuando no ha sido reino ha solido ser caos, que a veces es ambas cosas al tiempo y que discutir ahora la jefatura del Estado son ganas de degenerar hacia cuatro o cinco ruinosas repúblicas ibéricas en menos de un lustro.

Monárquico no es cortesano. Los monárquicos –hará falta recordarlo, claro– perdonamos corinnas pero no urdangarismos porque manchan de negro y no de rosa la institución que querríamos ver resplandeciente. No han de confundirnos a los monárquicos con los cortesanos, que sería como confundir a los ensayistas con los tertulianos, al boxeo con el Pressing Catch y al noble escalafón de los bufones con los payasos de la tele. El monárquico suele ser pobre y crítico; el cortesano, melifluo e interesado. El monárquico tiene un ideal, un único ideal en pie entre los embates groseros de la mesocracia, dos si es del Real Madrid. Y nada más.

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2 junio, 2014 · 18:59

La luminosa magnesia de Manuel Alcántara

La guardia aún alta de Manuel Alcántara.

La guardia aún alta de Manuel Alcántara.

Hay dos lecciones que sacar de La edad de oro del boxeo, la modélica antología de crónicas pugilísticas de Manuel Alcántara que acaba de publicar Libros del KO (no podía ser una editorial con otro nombre), con esmeradas introducciones de Teodoro León Gross y Agustín Rivera, más un fraternal epílogo de Garci. La primera de ellas es que el boxeo es el único deporte al que nadie llama juego, en sentencia famosa del histórico cronista. La segunda, que el periodismo deportivo se puede hacer con clase y estilo. Ambas lecciones resultan subversivas.

El boxeo, como la decencia inmobiliaria, estuvo muerto en España un tiempo largo pese a haber dado campeones tan ejemplares como Javier Castillejo, y solo últimamente parece que repunta algo la afición en los gimnasios urbanos, en las veladas regulares de Sanse o Leganés, en las barriadas de chándal y periferia. El mismo Alcántara, en la entrevista que incorpora el volumen, afirma que la crisis puede estar alimentando las dosis de frustración necesarias para desahogarse pegando. Si Alcántara tiene más razón que De Guindos, entonces pronto veremos a los profesores de pilates gloriosamente derrotados por pegadores de doce onzas.

Al boxeo se le llama «noble arte» desde que John Sholto Douglas, noveno marqués de Queensberry (y padre del amante de Wilde), estableció doce reglas para golpearse del modo más caballeresco posible. Pero la nobleza, si llega, llega después; antes hay que estar bastante mal de la cabeza y pasar mucha hambre para elegir la carrera sacrificial sobre el ara de las dieciséis cuerdas. Así ha sido siempre y así sigue siendo: he tenido algún contacto con boxeadores profesionales o amateurs y ninguno había salido precisamente de La Moraleja. Pasé un tiempo haciendo guantes con un ingeniero extremeño que estudiaba oposiciones y tenía una izquierda como para descontracturar lomos de elefante. Y otro, empresario vasco, cambiaba la corbata por el casco sin perder la elegancia. Excepciones, en todo caso.

El boxeo tiene sus haters entre el clero vigilante de la opinión pública, sin llegar tampoco al campo semántico del genocidio hasta el que han desplazado la tauromaquia. Es lógico, tratándose la nuestra de una sociedad entrañable, dominada por la obsesión infantil de soñarse prósperos, perennes y confortables a la vez y de continuo según el modelo triunfante de la publicidad. En el toreo se mata a unos animales que mugen como en los audiolibros infantiles de Mi primera granja pero con mayor verismo y vierten litros de sangre aparatosa sobre la arena, mientras que en el boxeo se imprime a rostros humanos vistosas tumefacciones y, si estás a pie de ring, te pueden caer unas gotas de sangre tibia, de sudor caliente o directamente un protector bucal con diente dentro. Es la clase de espectáculo que explica de qué va la cosa en este valle, y es la clase de mercancía que no hay forma de colocar a una masa de consumidores cuya edad mental, en las sociedades desarrolladas, se ha cifrado en los doce años exactos. Quince todo lo más, si vivimos en Finlandia.

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1 junio, 2014 · 20:36

Señales de vida bipartidista

"Ya les gustaría", se dicen.

«Ya les gustaría», se dicen.

Hoy en el hemiciclo se habló de cosas secundarias como la justicia universal. ¿Qué importancia puede tener que 43 narcotraficantes –o eso dice Irene Lozano– sean excarcelados por culpa de la reforma que acota la jurisdicción de los llaneros solitarios de la Audiencia Nacional, mientras no encarrilemos la sucesión de Rubalcaba? El todavía secretario general del PSOE se ausentó hoy de la sesión, y sobre su escaño vacío creímos vislumbrar por unos segundos la sombra alargada y pendulante de una coleta: la coleta de Damocles, vulgo Podemos. No estando Rubal tampoco apareció Rajoy, claro, porque el bipartidismo es un tango que no se puede bailar solo. Que faltase también Duran ya entra dentro de las clandestinas exigencias de la secesión o bien del servicio de lavandería del Hotel Palace, y no queremos conjeturar.

Encomiables, conmovedores fueron los esfuerzos de la bancada socialista por ejercer su labor de oposición como si no pertenecieran a un partido recién jibarizado por las urnas, una vetusta organización que pierde a raudales capacidad de colocar a sus miembros, que es lo último que debe perder un partido político. Cuando los diputados del PSOE se levantan en el escaño ya empezamos a temer que en vez del micro enarbolen un violín, mientras la bancada entera se empina de popa y se parte por la mitad, hundiéndose en el Atlántico norte.

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28 mayo, 2014 · 17:00

«Oh justo, sutil y poderoso veneno» (Los escritos de la anarquía)

Camba y una de sus anarquías de madurez: el billar.

Camba y una de sus anarquías de madurez: el billar.

No se trata de otra antología que viene a surfear la ola editorial tan postrera como bienvenida que vive el artículo cambiano. Gracias a esta colectiva reivindicación, hoy Julio Camba ocupa el mismo panteón que Larra como genios mayores del género articulístico, y esto no es ditirambo concedido por gusto personal sino mera taxonomía. Pero sobre el articulista gallego, que fue la pluma más leída y mejor pagada de su tiempo, se abatió después el consabido anatema que Trapiello esclareció en Las armas y las letras: aquellos que ganaron la guerra perdieron la historia de la literatura. Puesto que Camba había dejado en evidencia la República (que contribuyó a traer) y tras la guerra ni repudió a Franco ni se exilió a otro sitio que al Palace, a despecho de su lacerante genialidad fue encontrado culpable por el sanedrín cultural de la gran revancha.

Por eso coincido con Arcadi Espada en que a Julián Lacalle, editor de este monumento bibliográfico para cambianos y apetitoso para todos, quizá le ha movido en su ingente labor rastreadora un íntimo deseo de sustraer a Camba de la filiación conservadora que pesaba sobre él. Como si el conservadurismo fuera pecado en un escritor inmortal. El caso es que Lacalle ha querido dar la medida exacta de aquel anarquismo juvenil que le conocíamos al personaje únicamente por El destierro, memorias de juventud que el gallego camufló de novela y pieza de un perfecto equilibrio entre la distancia irónica, que es su marca de madurez, y la peripecia sentimental de una novela beat.

Es la primera joya de un volumen que abarca textos publicados entre los 16 y los 22. A esta edad su estilo ya es el del Camba que conocemos y estudiamos tratando de destripar su mecanismo de relojería paradójica. Pero alguien que culmina su maduración estilística a los 22, por fuerza ha de ser más que interesante a los 18. Y allí descubrimos a un Camba inédito que foguea la pluma en textos de combate que hoy un fiscal perfectamente tipificaría entre los delitos de enaltecimiento del terrorismo. Desafió al presidente Maura a que le matara, por ataques a la moral cristiana fue juzgado y sufrió cárcel, y no tuvo reparo en dar publicidad martirial a su encierro con tal de atraer lectores -que pagaran la suscripción- al diario antisistema que dirigía: El Rebelde. Entretanto, su escritura maduraba a toda velocidad y él apuraba en Madrid la bohemia primisecular con la arrogancia del que se siente llamado a epatar al burgués y bendecido por el don de la suprema inteligencia.

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26 mayo, 2014 · 15:37

Id por todo el mundo y predicad la Décima

Sergio Ramos. The Legend.

Sergio Ramos. The Legend.

El balón sale del córner y dibuja una parábola suave. En el silencio crispado del fondo sur hemos oído el chasquido de la bota al golpearlo. Es una parábola larga como el horizonte que parece que no va a cesar. Entonces lo veo. Veo a Ramos elevarse como una marioneta. Unos hilos invisibles tiran de él desde el cielo. Veo los hilos y veo a Ramos ascendiendo. Lo veo. Y veo que la puede tocar. Veo que la toca. Hay contacto, yo lo he visto. Lo siguiente que recuerdo es el balón cayendo dócilmente al lateral interno de la red. Nunca he abrazado a nadie como al señor canoso de la camiseta de Hugo Sánchez a cuyo lado había sufrido durante 93 minutos exactos. Querré a ese aficionado toda mi vida, toda mi vida lo querré. Y cuando me encuentre en el lecho de muerte, ojalá que dentro de muchos años, la última persona que recordaré al irme de este bendito mundo será el aficionado canoso de la camiseta de Hugo Sánchez a mi izquierda. Y también el director de la película Real, que resultó ser el padecedor de mi derecha.

No hubiera sido justo perder así. La segunda parte fue una sucesión de oleadas de fe blanca muriendo en la orilla de Courtois. Y había sido también la vergonzonería canchera de los jugadores de Simeone abusando de la croqueta como si les fuera el premio Max en ello. Solo la contumacia gafe de Bale y la convalecencia clamorosa de Cristiano y la desconexión existencial de Karim habían evitado el empate hasta entonces. Pero la suntuosa BBC no ganó este partido, aunque en la prórroga el galés y el luso sacaron el orgullo y clavaron su gol inmisericorde sobre la nuca doblada del Atlético. Este partido –¡la Décima ya es Real!– lo ha ganado un regateador famélico llamado Ángel Di María, que supera contrarios como si verdaderamente le fuera el pan en ello, y una raza quintaesenciada en sevillano de quien ya Sófocles escribió: “¡Qué cosa terrible y maravillosa es Sergio Ramos!”

A la prórroga el fondo sur se fue rugiendo y ya no calló. Nos abrazábamos en los baños con la cremallera a medias, qué se le va hacer. El madridismo es así: tarda en calentarse, nunca podrá presentar frente a la aguerrida tribu india la batalla de los decibelios. Cuando cae el tifo sobre la grada blanca experimentamos un cierto agobio de invernadero, más que orgullo de haka amenazante. Hasta que se desencadena algo al borde de la tragedia que da paso a la épica y que desprecinta el furor y lo derrama por todo el estadio. Lo hizo Ramos y así debe reconocérsele en los anales. Ya tiene su Copa de Europa, y a fe que su nombre podría grabarlo en la plata el buril. Fue el primero en saltar al campo tras los porteros y lo primero que hizo fue pegar un pelotazo al aire, rabioso. Estuvo atento a las ayudas, inteligente en el corte y los errores en el desplazamiento largo del balón fueron veniales. Se dirigía a la grada para levantar al público. Y en el pitido final hizo el paseíllo ondeando su camiseta como blasón de conquistador.

Raras veces las finales son vibrantes, pero el tiempo reglamentario de esta había oscilado entre el tedio y la agonía. Los del Cholo no buscaban otra cosa porque no cambian lo que les va bien. Ancelotti amuralló el medio del campo, eligiendo a Khedira por Illarra para la reyerta previsible del círculo central. Modric podía así adelantarse para crear juego con alguna despreocupación. Pero la baja de Xabi Alonso se notaba a raudales. Faltaba criterio y cemento, dos virtudes que ninguno otro como el vasco reúnen en un solo pie. Di María al principio no quería alegrarse por banda porque sabía que tendría que doblar turno en las coberturas. Lo acabaría haciendo porque es tan delgado que se conoce que no se cansa y porque tiene unas pelotas que por mí puede recolocarse las veces que quiera.

Varane cumplió el desafío constante de las jugadas a balón parado del Atleti, y Carvajal se acalambró en la prórroga a fuerza de sellar las internadas rivales con celo y seriedad. ¿Será hora ya de que se señale la pobreza ofensiva del Atleti? Costa no parecía lesionado pero tampoco galopaba como esperaríamos de su terapia: fue sustituido al minuto nueve. Sin su pegada, un gol rojiblanco siempre y solo es el fruto de un tumulto aéreo. Y vaya por delante que la gesta de Simeone este año sigue intacta. Sencillamente no podían ganarle una Champions al Madrid. No lo permite el código de Hammurabi.

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25 mayo, 2014 · 1:49