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Daliniana de Bárcenas con gaviota al fondo

«Los que me conocen saben que no soy un paranoico», ha declarado Pedro J tras denunciar un operativo de anacletos que le habría montado Jorge Fernández por esa molesta vocación de albacea que el director de El Mundo tiene contraída con Luis el Cabrón. Y aunque lo fuera, ya sabemos que ser un paranoico no significa que no te sigan.

La paranoia tiene una tradición muy rica en España. Prácticamente no se puede ser un gran periodista español sin denunciar seguimientos y ahí tenemos a José Luis Gutiérrez, que avistaba agentes del moro en cada terraza de la Castellana, lo que no quiere decir que no los hubiera. Como el periodismo, también el arte español –ambas disciplinas se ocupan de la realidad tanto como de la ficción– ha dado grandes paranoicos, siendo Dalí el más científico de todos ellos:

–La paranoia es mi misma persona, pero dominada y exaltada a la vez por mi consciencia de ser. Mi genio reside en esta doble realidad de mi personalidad; este maridaje al más alto nivel de la inteligencia crítica y de su contrario irracional y dinámico. Mi método consiste en explicar de forma espontánea el conocimiento irracional que nace de las asociaciones delirantes.

¿Es delirante la asociación entre Bárcenas, Rubalcaba y Pedro J? Tiene toda la pinta. ¿Significa eso que todo conocimiento que nazca de semejante alianza ha de ser irracional? Ah, amigo, eso deberá dirimirlo Pablo Ruz, cuyo flequillo moriría por pintar Dalí, por supuesto sobre el rostro de Gala.

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4 agosto, 2013 · 11:07

Brey absoluto

En un Senado ultramundano y paralelo al nuestro debatieron esta mañana Bertrand Russell, Friedrich Nietzsche, Alexander Pope, Catón el Viejo y Ketama sobre la contabilidad del Partido Popular, empleando para apuntalar sus diatribas citas célebres de Mariano Rajoy, Rosa Díez, Cayo Lara y Alfred Bosch. Durante horas se entregaron a una orgía de comillas completamente ajenos al hecho de su inexistencia real, pues todos esos sabios muertos eran en realidad los otros de Amenábar, y la verdadera Nicole Kidman a esas alturas se hallaba en otro Senado de indudable granito planteándole al presidente español veinte preguntas incontestadas en la voz cafeínica de la líder de UPyD. Durante toda la mañana reinó la confusión entre el universo ficcional y el valle de lágrimas parlamentario, con puertas espaciotemporales entreabiertas que condujeron a la indistinción concluyente de Animal Farm, donde al final ya no se distinguían los cerdos de los hombres. Cuando finalizaron sus citas, sin embargo, Rajoy todavía estaba allí, se diría incluso que menos extinguible que antes, pues a la dieta de dinosaurio le beneficia lo mismo la carne porcina que la humana.

El microrrelato cruzado de Monterroso y Orwell que hoy se representó en el palacio de la Plaza de la Marina Española tuvo la encomiable virtualidad de mandar a los españoles de vacaciones con la lista de lecturas recomendadas ya hecha. Para que luego digan que la política no sirve para nada y que no le hemos encontrado todavía una función útil al Senado: sustituir al Congreso en obras del mismo modo que las citas de autoridad sirven para suplir al propio pensamiento en ruinas. Sólo cabe esperar que a los aguilillas de Standard & Poors les pillara el debate haciendo balconing en Mallorca o tendremos que refinanciarnos donando órganos.

Veamos. Arrancaba la matinal con ambientazo periodístico entre el deseo constituyente y el fastidio por la obligada cesura vacacional. Reporteros de toda glaciación, desde la Santa Transición hasta la desdichada casta del becariato Apple. El hemiciclo rebosante, con madera funcional en lugar de frescos tiroteados y ganas de convertir aquello en la madre de todos los plenos por ver de variar algo la escaleta condenada al penúltimo incendio y a la consabida ola de calor. Pero quia. Rajoy no estaba por la labor de dar otro titular que dos palabras ciertamente novedosas y necesarias: “Me equivoqué”. Él puso a Bárcenas, sí, pero también lo depuso. Sobre los sobres, negación y amparo en el proceso judicial. Y renovación fervorosa de los votos en la presunción de inocencia, con catecismo escrito por el propio padre Alfredo en escándalos simétricos y contrarios. En la réplica aún estuvo más firme, con esa fuerza parlamentaria que no sabemos dónde guarda cuando se baja del atril, desactivando en el repaso a la triste figura de su opositor toda sospecha personal, que para eso tiene el IRPF pulcro a la vista de todo el mundo, y si alguien del PP no lo tiene, que lo diga Ruz. Moragas seguía sobre los apuntes argumentales la evolución de su pupilo y la vice Sáenz de Santamaría aplaudía con la izquierda contra la mesa mientras tomaba apuntes con la derecha. Todo muy en estilo de preparador de oposiciones.

–No soy un compendio de virtudes como usted, señor Pérez Rubalcaba, pero soy una persona recta y honrada. No me piden explicaciones: me piden que me declare culpable, pero no lo voy a hacer porque no lo soy, y por eso no voy a dimitir.

Fin de la cita. Y gran decepción, claro, porque el guión no era ese. El guión que le tenían escrito a Mariano establecía que titubeara, que anunciara purgas, que se contradijera entre lágrimas, que dimitiera de una vez, coño. Pero ya va siendo hora de que los medios reconozcan que llevan años subestimando brutalmente a este político que los va a sobrevivir a todos sin una mala multa de parquímetro en el debe, a falta aún de saldar el haber. Opino que se equivoca insistiendo en la disyuntiva yo o el caos, pero de momento a Rajoy no le mueve ni Dios, y Bárcenas, Rubalcaba y Pedro J juntos le inspiran tanto miedo como a Justin Bieber la pérdida de tres fans. Hoy seguramente deseaba finiquitar el aquelarre cuanto antes para enterarse de la cifra barajada por el traspaso de Bale.

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1 agosto, 2013 · 19:32

Eduardo Punset: el Sepu de la ciencia

Parece que el CSIC corre el riesgo de desaparecer si no le inyectamos entre todos otros 76 milloncetes de dinero público. De todos modos hay más españoles llorando por la extinción del Atleti de balonmano que por el peligro de quiebra que ronda al CSIC. ¿Qué pasaría si el CSIC desapareciera? Pues algo muy parecido a nada, porque los españoles lo de la I+D no lo han entendido nunca, y por eso pedía Unamuno que inventaran los demás, y por eso a los políticos, a fuer de españoles, el primer recorte que se les pone en la punta de la tijera es siempre el recorte en investigación, ciencia, laboratorio o biblioteca polvorienta cuyos legajos no interesan sino al doctorando. Aquí el doctorando integra una casta baja en españolidad, una excepción afrancesada de compañía tan sospechosa como los intocables hindúes.

Y además qué importa que se hunda el CSIC, teniendo a Punset. Eduardo Punset es el último renacentista –siempre que decimos “el último renacentista” confiamos en que sea el penúltimo, confiamos en la surgencia de otra criatura polifacética que ahora mismo es un niño con gafas desechando la tableta por ese Larousse que papá compró por un estricto prurito decorativo–, es decir, un hombre que ha sido de todo y, si no ha alcanzado la excelencia en nada, tampoco sería justo aplicar a su plural carrera el rasísimo rasero que marcó un día en que necesitaba pasta –no tanta como el CSIC– y accedió a vender rebanadas de pan Bimbo como si fueran puras hélices de ADN.

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29 julio, 2013 · 11:48

Cojonudismo español: de Ostos a Pedro J

Nada más verla escribí en Twitter que La Gaceta, poniendo los cojones de Jaime Ostos sobre la portada, había trascendido el lenguaje escrito para alcanzar el lenguaje escroto. Uno trabajó en ese periódico cinco años y jamás habíamos logrado incendiar verdaderamente Twitter, y mira que se intentaba. La Gaceta fue siempre un periódico bufo donde en contadísimas ocasiones se logró hacer lo que los puristas consentirían en llamar periodismo. En contrapartida, se podían hacer muchas otras cosas más divertidas y, no pocas veces, más bochornosas.

En La Gaceta fui redactor, columnista, reportero, especialista en perfiles, cronista de verano, contraportadista e incluso durante un tiempo escribí la crónica de las decisiones electorales que tomaba un pulpo tropical durante la campaña de los comicios municipales de 2011, a imitación del futbolero pulpo Paul. Idea de Dávila, claro. Instalamos un acuario en la redacción y liberamos a una secretaria de sus funciones para que se dedicase a su mantenimiento. Era una especie exótica de pulpo atigrado y tímido que sólo se vendía en Valencia –para que luego digan que Madrid es el primer puerto de España–, así que tenían que traérnoslo en camión desde la tierra de Camps y frecuentemente llegaba ya muerto por el viaje, y había que comprar otro, y así hasta que los becarios se quedaban sin cobrar por culpa del precio de los pulpos tropicales, o casi. En realidad por tanto no fue un solo pulpo, sino cinco o seis durante toda la campaña electoral, porque el cefalópodo que sobrevivía al viaje desde Levante se nos moría después de cada votación –exhausto como nosotros de bipartidismo, pues debía elegir entre un mejillón identificado con la banderita del PP u otro con la del PSOE, y por supuesto lo amañábamos para que ganara el PP casi siempre–, y al final ya ni se movía y prefería morir de inanición a votar, con lo que acabé vaticinando por aquel animal de inteligentísima abulia el fin simbólico, bartlebyano (¡pulpo de Buridán!), de la partitocracia española que hoy ya se avizora.

Recuerdo una vez que Dávila me llamó al despacho porque habían salido unas fotos de María Teresa Fernández de la Vega con la cara sorprendentemente rejuvenecida, atirantada y pulida como nalga de bebé.

Bustos, tú que tienes sentido del humor. Qué te parece si titulamos en primera edición con “María Tersa Fernández de la Vega” y luego decimos que ha sido una errata y la corregimos en segunda.

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29 julio, 2013 · 11:43

Entrevista a Jorge Bustos en El Minuto 7

Bustos haciendo el narciso en un plató.

Bustos haciendo el narciso en un plató.

 1)      En tu biografía de Twitter se lee: “Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar” ¿Te ha perjudicado en tu vida ir a contra corriente?

R- Veamos, no he sido perseguido por la ndrangueta, y ni siquiera por Bildu. Como mucho habré perdido unos puñados de followers y quizá un empleo de los que exigen obediencia debida. Estoy en paro, y si esto sigue así quizá cambie la bio del avatar, a ver si pillo moqueta. Sucede que las multitudes me repelen.

2)      En el estereotipo imaginativo de la multitud, el periodista escribe su artículo con un cigarrillo esquinado en los labios, un vaso de whisky y con la radio de fondo. ¿Cómo y cuáles son las condiciones ideales para Jorge Bustos?

R- Como ideales, una casa solariega con amplios ventanales sobre un acantilado cantábrico, en Donosti o en las Rías Baixas, donde pegara fuerte el mar. De momento he de conformarme con mi estudio madrileño del Barrio de las Letras, gélido en invierno y fundente ahora, donde tecleo en gayumbos bajo el fuego cruzado de dos ventiladores. Antes fumaba y bebía, ahora soy Pascal en una habitación (excepto cuando salgo). Los estereotipos ya no son lo que eran.

 3)   ¿Si un joven estudiante apasionado de periodismo te pide consejo, le motivarias a estudiar esa profesión o le dirigirías a algo diferente y quizá con más futuro? Y tú, si debieras volver a empezar, ¿harías los mismos estudios o dirigirías tu carrera por otros caminos?

R- Si ese estudiante es un verdadero apasionado del periodismo, de poco servirá que yo le advierta de la ciénaga ruinosa donde se mete, en la cual de todos modos a veces crece una amapola. Yo le diría que leyese a los clásicos de todo tiempo y lugar, que yo descubrí en Filología, pues no estudié Periodismo gracias a Dios. Hoy elegiría Barcenología directamente, como carrera orientada férreamente al beneficio.

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18 julio, 2013 · 15:22

Una historia de la literatura para estómagos agradecidos

Famoso entre los griegos era el lujo con que vivían los habitantes de Síbaris, colonia aquea fundada al sur de Italia en el 721 a. C. que prosperó hasta extremos fabulosos gracias a la feracidad de sus campos y a la neurálgica ubicación de su puerto comercial en el Mediterráneo. Famoso fue el gobernador de Síbaris que prohibió los gallos para preservar el despertar natural de sus habitantes, y desterró a herreros y carpinteros porque el ruido de su oficio trastornaba el descanso popular. Famosa se hizo la leyenda de un sibarita que dormía en un lecho de pétalos de rosa y sin embargo un día se quejó a un forastero de que no había podido pegar ojo porque uno de los pétalos estaba doblado. Era fama que una red de canales transportaba el vino directamente del campo al centro urbano de Síbaris, para que sus avecindados pudieran embriagarse abrevando en las fuentes públicas. Y famoso fue el final de Síbaris, cuyos guerreros presumían de que sus caballos bailaban al son de la música; cuando entraron en guerra con la vecina Crotona, los crotonenses contrataron a músicos que en el fragor de la batalla empezaron a tocar sus instrumentos, poniendo a bailar a los caballos de los sibaritas, causando el desconcierto general –la lírica batiendo a la épica– y rindiendo la prodigiosa ciudad a sus enemigos, que la redujeron bárbaramente a cenizas, seguramente por envidia. Como siempre sucede en el mito griego, la soberbia acaba dictando la condena del héroe.

No estaban tan locos estos romanos.

No estaban tan locos estos romanos.

Nuestro tiempo no globaliza el lujo con la misma uniformidad que la miseria. Lo más parecido a Síbaris que tenemos hoy son los paraísos fiscales, que están restringidos a unos pocos sibaritas por herencia, pelotazo o maletín traspapelado. El sibaritismo se antoja una verdadera provocación en esta hora de socialdemocracia moral y liberalismo exclusivo, y desde luego se antoja un pecado bíblico para esa clase menestral de la intelectualidad que forman los buenos escritores. Los buenos escritores suelen ser sibaritas encerrados en el cuerpo de un pobre; de ahí el resentimiento que profesan a los grandes potentados de la sociedad, que suelen ser pobres recubiertos de sibaritismo deslumbrante. El buen escritor se encuentra entonces ante la disyuntiva del rencor o la imitación voluntariosa. Quienes se lanzan por el primer camino no revisten mayor interés, porque la envidia es un patrimonio barato, al alcance de cualquier fortuna. A mí me gustan, por su falta de hipocresía, los segundos, quienes escurren con sacrificio su pluma para reunir los honorarios que les sufraguen tanto confort como se puedan permitir.

Sibarita fue Larra, quien pese a todo su romántico dramatismo era la pluma mejor pagada del país y lo demostraba lavándose a diario con jabón de almendras, manteniendo un servicio plural y ceremonioso en su céntrica residencia de Caballero de Gracia y haciéndose ver por El Retiro en el mejor cabriolé del mercado, lo que equivaldría exactamente a revolucionar el Infiniti en un semáforo de la calle Serrano. Sibarita fue Wilde, que dilapidó su fortuna de exitoso dramaturgo llevando a cenar al diabólico Lord Alfred unas noches a Kettners y otras al Savoy hasta la catástrofe final. Debemos a Wilde –uno de cuyos más famosos personajes sentencia incontrovertiblemente: “Mis deseos son órdenes para mí»– el evangelio pagano del sibarita moderno en forma de aforismos: «El placer es la única cosa por la que se debe vivir. Nada envejece tan rápido como la felicidad».

El sibaritismo literario se ha vertido en géneros diversos, desde el erótico al convival, pero aquí queremos fijarnos en el género estrictamente culinario, pues comer y beber bien es quizá el más sólido y longevo de los placeres humanos. Uno, por ejemplo, deja de disfrutar del sexo mucho antes de seguir disfrutando de una botella de Borgoña; y cuando el Borgoña ya no nos sepa a nada, quizás haya sonado la hora de marcharse indignados de este mundo.

El banquete articula una de las vetas más cultivadas de la historia literaria desde la antigüedad grecolatina hasta los nuevos corifeos de la cocina fusión. Cada vez que los héroes de las epopeyas homéricas tienen algo que celebrar, se atracan de muslos pingües y jarras de vino convenientemente libado en honor de los dioses, lo que equivaldría a la bendición cristiana de los alimentos. De la Ilíada al Satiricón del árbitro de la elegancia, el romano Petronio –con su pantagruélico banquete del rico Trimalción–, la buena mesa sirve al escritor clásico para señalar la diferencia entre los pueblos bárbaros y la civilización. Dime qué comes y te diré lo que eres, proclamaría en el siglo XIX el fundador de la literatura gastronómica moderna, Jean Anthelme Brillat-Savarin, del que luego hablaremos. Homero, Hesíodo, Anacreonte, Píndaro, Heródoto, Jenofonte, Aristófanes, Plutarco o Ateneo concedieron a la gastronomía un lugar preponderante en sus obras, normalmente usando el motivo del banquete como marco narrativo o dialéctico. Pero fueron los romanos, con su proverbial sentido del orden y la jerarquía, los que nos legaron la primera monografía gastronómica medianamente completa de la literatura occidental. Se trata del De re coquinaria, o De la cocina, escrito en el siglo I d.C. por Marco Gavio Apicio, cuyo epicureísmo desacomplejado enojaba al bando estoico de su tiempo, formado por Séneca y Plinio el Viejo. En realidad, el epicureísmo de Apicio no llegaba a la suela de la incontinente sandalia de Lúculo, excesivo militar que se retiró con el botín de sus campañas a su fabuloso palacio del monte Pincio, cuyo lujo delirante sólo superaría la Domus Aurea de Nerón. Cuenta Plutarco que una noche, excepcionalmente, Lúculo no tenía invitados a cenar y sus criados le prepararon una colación si no frugal, tampoco suntuaria como era costumbre. Enfadado, Lúculo llamó a su mayordomo y le espetó: “¿No sabías que hoy Lúculo cena con Lúculo?” Y se hizo preparar en el acto un lujurioso convite para él solo. En 1929, Julio Camba se inspiraría en este legendario bon vivant para escribir la obra maestra de la literatura culinaria en castellano: La casa de Lúculo o el arte de comer. Si no es el mejor Camba –y eso es mucho decir–, no sé qué le puede faltar para serlo.

Hay tesis doctorales sobre la abundante cocina bíblica (que no se reduce al insípido maná). Y nos estamos ciñendo a la tradición occidental: China, Japón o la India –por no hablar del refinamiento culinario del mundo árabe, desde la voz incesante de Sherezade a los poemas andalusíes– manejan antiquísimas referencias gastronómicas. A una cocina propia, una literatura culinaria propia.

Pantagruel en el Txistu, visto por Doré.

Pantagruel en el Txistu, visto por Doré.

 Decir que el sibaritismo literario no estuvo bien visto en la Edad Media no deja de ser un prejuicio progre en cuanto traemos a la memoria los versos dionisíacos de los Cármina burana, los relatos licenciosos del Decamerón de Bocaccio o el programa vital de nuestro Arcipreste de Hita: “Como dice Aristóteles, cosa es verdadera / el mundo por dos cosas trabaja: la primera / por tener mantenencia; la otra cosa era / por tener juntamiento con hembra placentera”. Nótese que el sexo va en segundo lugar: lo primero en esta vida es comer bien. Pero la guadianesca corriente de lo pagano –siempre presente, aunque corra por el subsuelo– aflora en Europa con toda su transparencia al estallar el Renacimiento, que como sabemos no fue un estallido, como no lo es nada en la historia, y menos el Renacimiento. Y aquí surgen dos genios, franceses tenían que ser tratándose de cocina: Montaigne y Rabelais. ¿Hasta qué punto el estilo moroso y claro de Montaigne es un trasunto textual de la acción de paladear ese Château d’Yquem que le volvía loco? También el sensible trance de adjetivar lo acompañaba Pla del acto cadencioso de liar un cigarro. Y en nuestros días, un planiano acreditado como Arcadi Espada ha dedicado páginas de delicado estilo a la vida de château, al sabroso universo del queso y a la tarea de resaborización emprendida por El Bulli de Adrià.

En cuanto al genio incontinente de Rabelais, legó a la literatura mucho más que el adjetivo “pantagruélico”, el mismo que los tertulianos repiten sin saber de dónde procede. En su Pantagruel y en su Gargantúa, Rabelais reinventó la farsa narrativa a partir de la comedia aristofanesca, dio carta de naturaleza al humor grotesco, proveyó a Cervantes de los últimos mimbres para la invención de la novela moderna –Sancho es un personaje rabelaisiano-, prestó a Bajtín la teoría de lo carnavalesco –fundamental para la historiografía literaria– y en suma otorgó a la glotonería la centralidad temática que le venía siendo escamoteada en la ficción, al contrario que en la vida.

A partir de ahí, todo fue rodado. El género de la novela tuvo campo abierto a la gastronomía desde sus orígenes modernos, como prueba el Quijote en su segunda frase: “Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda”. La literatura picaresca española está obsesionada con la comida –el hombre se obsesiona siempre con aquello que se le niega–, del pobre Lázaro al “archipobre” Dómine Cabra de Quevedo. Los ilustrados, con esa manía de sistematizarlo todo, encerraron la cocina en tratados y enciclopedias, hasta que el advenimiento de un epígono genial, ya metido en rebeldías románticas: el citado jurista Jean Anthelme Brillat-Savarin, que elevó la cocina hasta el merecido cielo de nuestra gratitud: “El descubrimiento de un nuevo plato hace más por la felicidad de la humanidad que el descubrimiento de una nueva estrella. Estrellas hay ya bastantes”. Brilliat-Savarin escribió la normativa Fisiología del gusto, donde se contradice resueltamente ese estúpido refrán que reza que sobre gustos no hay nada escrito y donde se sienta jurisprudencia todavía vigente sobre las combinaciones de sabores admisibles en el marco legal de toda sociedad civilizada. Aún Camba le invoca a menudo como cita de autoridad, y eso que el gallego, anarquista de espíritu, reconocía pocas autoridades.

El mejor Camba surgía al hablar de comida.

El mejor Camba es el que habla con la boca llena.

El modernismo abrió paso a los más descarados epicúreos de la literatura occidental. De Wilde a D’Annunzio, de Huysmans a Valle-Inclán. Sin salir de España cabe vengar el hambre proverbial que aquí se ha pasado con la prosa deliciosa de obras como La casa de Lúculo, de Camba; La cocina cristiana de Occidente, de Álvaro Cunqueiro; Historia de la gastronomía o Viaje a Francia, del catalán Néstor Luján –quien luego escribiría al alimón con su paisano Joan Perucho El libro de la cocina española– ; Lo que hemos comido, del payés Pla; o Contra los gourmets, del bienhumorado Manuel Vázquez Montalbán.

Leamos, queridos lectores. Pero ante todo comamos. Comamos despreocupados del dinero, porque es en la falta de recursos donde comienza el apetito, y despreocupados también del colesterol, porque el arte de comer no debe ser sustituido por la ciencia de nutrirse. Comamos con la audacia del primer hombre que probó los caracoles, que ciertamente fue un hambriento y no un epicúreo, razona Camba, pero cuya valentía recibió el premio del sabor. Comamos concediendo a este acto la gravedad cultural que merece, conscientes, como nos pide Cunqueiro, de que “un fracaso coquinario equivale a un fallo en el meollo mismo de la civilización cristiana occidental”.

(Revista Leer, número 244, Julio-Agosto 2013)

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16 julio, 2013 · 12:45

El ala oeste de Soto del Real

El encelamiento de los medios con Bárcenas –que no es sino la amorosa correspondencia del encelamiento de Bárcenas con los medios– amenaza con privarnos de un verano pendientes de Gareth Bale. El verano informativo fetén lo ha presidido durante toda mi vida la expectativa de un fichaje estelar del Real Madrid, y ha tenido que v enir Bárcenas con su moleskine por fascículos a jodernos la ilusión. En eso yo era exactamente como Rajoy: en verano sólo leía la prensa deportiva. Ahora nos hemos distanciado, y mientras yo consumo mi episodio diario de ala oeste de Soto del Real, don Mariano continúa plácidamente enganchado a las pedaladas inalcanzables de Froome.

El circo siniestro de Bretón también ha sido felizmente clausurado con la condena del psicópata de córneas alucinadas, al mismo tiempo por cierto que se ha cerrado el fichaje de Illarramendi, y en ambos casos era tan obvio el desenlace que los becarios del periodismo estival han podido al fin estrenarse titulando por la sobada paráfrasis a Gabo: “Crónica de una condena/un fichaje anunciada/o”. Uno no se siente periodista hasta que no ha titulado así una pieza.

Pedir una moción de censura con la moleskine de Bárcenas en la mano equivale a levantar al sol una copa de chardonnay por la igualdad de todos ante la ley, la salvaguarda fáctica de la presunción de inocencia o cualquier otra sonrosada fantasía emanada de la aldea del arce de nuestra democracia. Leo a colegas de columna que señalan la valentía de los jueces Castro, Alaya o Ruz como retenes estatales del escurridizo Montesquieu, pero yo creo que en tiempos jacobinos como los que soplan no entraña enorme arrojo apear al potentado de su pompa ni coincidir con la sed de hoguera del sufrido, depauperado y rencoroso pueblo llano. Castro cuenta con el aplauso enardecido del republicanismo en boga; de la sala de Ruz se filtran los audios de las tomas de declaración en un remedo estival y desenfadado de court show que convierte la Audiencia en una spin-off de aquel Veredicto que presentaba Ana Rosa Quintana (¿no sospechan ustedes que los sms acabarían decretando la libertad del pinturero Bárcenas, del mismo modo que los gatoadictos concedían invariablemente el Gato al Agua a Mario Conde?); y únicamente la Alaya, con su tiesura pulcra y ese trolley tremebundo que parece contener los retratos desencajados de los dorian gray del chavismo, ha padecido de veras la presión ambiental de una tierra moderadamente atávica que si algo odia más que a un señorito, puede ser a una señorita.

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14 julio, 2013 · 20:54

El procónsul Rajoy en el circo de Bárcenas

Cortafuegos alrededor de Rajoy, titulaba la prensa global en español presuponiendo que Rajoy sea un político combustible como esos ministros de los que sentencian los analistas: “Está muy quemado”. ¿Puede quemarse Rajoy? ¿Es Rajoy inflamable? Todo apunta a que no, aunque por si acaso sus ministros han salido al unísono a poner, precisamente, la mano en el fuego por él. Todos los fuegos al fuego, diría Cortázar, cuyo cuento homónimo principia justamente con un procónsul haciendo el saludo romano –facha, concluirían los memoristas históricos de Zapatero– y fantaseando con su propia estatua:

–Así será algún día su estatua, piensa irónicamente el procónsul mientras alza el brazo, lo fija en el gesto del saludo, se deja petrificar por la ovación de un público que dos horas de circo y de calor no han fatigado.

Rajoy tiene algo de estatua pero no parece tampoco un procónsul fascista, contra lo que piensa Izquierda Unida, que pide elecciones anticipadas porque ha leído el dietario contable de un tesorero codicioso. A los diarios de Trapiello nadie les hacía ni caso en la pasada edición de la Feria del Libro, al punto que Trapiello hubo de abandonar la caseta en que (no) firmaba porque le habían plantificado al lado la concurridísima barraca del puto Master Chef, pero hay que ver qué de lectores cosechan los apuntes de Bárcenas. Cuando salga la edición en Orbyt, Dan Brown puede echarse a temblar. Ambos autores, sospecho, tuercen en su escritura más por la imaginación que por la documentación. Ojo, Jabois, que en cualquier momento Bárcenas se abre un blog plagiario desde la cárcel titulado «Apuntes en sucio».

En las tertulias quien más y quien menos tiene hecho ya su curso acelerado en Barcenología Aplicada, que unos aplican al acoso y derribo del Gobierno y otros al ajardinamiento del cortafuegos. Bárcenas podría venir de Barcino, nombre de Barcelona de cuando su esplendor comercial entre íberos y fenicios, y desde luego ha quedado en Suiza acreditada la condición fenicia de Bárcenas. De otra cosa, por el momento, no hay constancia.

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11 julio, 2013 · 14:25