Cuando caiga merecidamente este Gobierno, antes por ridículo propio que por odio ajeno, habría que desear que lo sustituyera su contrario. Pero lo contrario del sanchismo no es la derecha, ni siquiera la ultraderecha, ni mucho menos el fascismo ubicado a la derecha de la extrema derecha pasando por el centro. Lo contrario del sanchismo es la realidad.
Hay unas elecciones el domingo, por si usted no lo sabía. Podemos considerar esta campaña en sordina como un sincero tributo a la proverbial austeridad del carácter castellano. O podemos reconocer que es difícil competir por la atención ciudadana cuando estalla una guerra en Oriente Próximo y el presidente de tu país sale de la cabina de La Moncloa convertido en superhéroe, según doctrina sentada por Ana Redondo: quién mejor que una ministra de igualdad para reconocer al primus inter pares de la democracia.
Dos concejales que representaban a sus respectivas Españas han dimitido por exhibir comportamientos igualmente inaceptables. Una concejala del PP en Collado Villalba ha renunciado a su acta tras irrumpir aparatosamente en el escenario donde una cómica intepretaba uno de esos monólogos de la vagina que dejaron de ser escandalosos más o menos en el 411 antes de Cristo, año en que Aristófanes representó Lisístrata. No parece que todos los concejales del PP de Madrid, deudores de un cierto pocholismo felizmente extirpado, hayan expuesto nunca su virginal sensibilidad al corrosivo contacto de la comedia griega o la sátira latina, bastante más obscenas que la entrañable coprolalia del nuevo feminismo, cuyas evas adánicas descubren un mediterráneo violeta cada día. En el fondo ambos activismos -el conservador y el progresista- dibujan dos ingenuidades simétricas.
Se le vio incómodo al presidente en el mitin del sábado cuando Ana Redondo, la más desinhibida bacante de su coro, le gritó que era «el superhéroe de la democracia» y «el representante de la dignidad humana» en este mundo cruel. Un instante así resulta embarazoso para cualquier homínido dotado de vergüenza propia o ajena, pero sabemos que Pedro no vino de serie con semejante dotación genética. ¿Entonces por qué, cuando le cae encima la catarata de almíbar de su ministra, él baja los ojos, se aferra a una botella de agua y le pega un trago lento hasta que la cámara vuelve a posarse en su estrepitosa telonera?
Nuestro presidente está en guerra. Pero nuestro presidente es progresista: él le hace la guerra a la guerra. Así que nuestro presidente está en la paz. Pide la paz y pide la palabra, a ser posible sin preguntas de periodistas independientes ni de portavoces parlamentarios. Con la sonora belleza de una Miss Universo arrimada a un micrófono, alma bella en bello cuerpo, el profeta del oasis español clama en el desierto de este mundo facha que guerrea con furia épica, ávida de petróleo y ayuna de piedad, que ha dado su negra espalda a la diplomacia. Que prefiere «misiles a hospitales» (sic). Que repatriará a los pijos de los Emiratos y protegerá a los humildes que repostan en nuestras gasolineras. No hemos de temer represalias comerciales, aunque caminemos por el valle de las sombras, porque su vara y su cayado nos sostienen.
Podemos convenir en la definición del tardosanchismo como una sucesión de escándalos apenas velados por sus correspondientes cortinas de humo. Hace tiempo que el búnker se ha poblado de penélopes con doctorado en posverdad que tejen volutas en el aire antes que leyes en el BOE, fundamentalmente porque no hay mayoría para aprobarlas. Todavía no se ha dado cuenta, pero ya falta menos para que Pedro comprenda que debió haber dimitido tras los famosos cinco días de reflexión. No solo habría recobrado la salud sino que habría legado a la izquierda un capital de misterio y victimismo, un relato casi suareciano desde el que intentar la tercera salida quijotesca en el momento oportuno de desgaste de un gobierno de derechas.
El relato literario, para serlo, debe declararle la guerra al relato político. La literatura contribuyó a acelerar el fin de la era victoriana cuando se puso a denunciar su monumental hipocresía, la elaborada patraña que la civilización británica se contaba a sí misma. Señalar al monstruo moral que podía ocultarse tras las maneras impecables del gentleman: ese fue el propósito narrativo que guio entre otros a Robert Louis Stevenson y a Oscar Wilde.
El ministro del Interior se declaró «decepcionado» en los pasillos del hemiciclo. Es normal, pobre. No todos los días te enteras de que tu jefe de policía «indiscutido e indiscutible», tu madero favorito, al que pusiste como ejemplo de conducta «impecable» y a quien concediste una prórroga en el cargo por decreto cuando le tocaba jubilarse, ese mismo ha violado a una subordinada en su piso oficial. Ella está de baja, encerrada en casa, psicológicamente destruida según me contó ayer su abogado en Cope, pero Marlaska está «decepcionado»: empate.