Archivo de la etiqueta: Telepantoja e ingeniería social

Si envidias, loterías

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La mirada del infeliz.

A usted ya le han informado en la oficina de que puede comprar lotería de Navidad. Está disponible un número que los improvisados cabalistas de su departamento estiman prometedor, e incluso «bonito». Usted va a dedicar unos minutos fugaces a sopesar la posibilidad de no comprarlo esta vez, porque usted, sin ser un experto en cálculo estadístico, es perfectamente consciente de que este año tampoco va a tocar. Pero usted va a regresar muy pronto de ese melancólico rapto de sensatez y va acabar comprando el décimo de lotería como todo hijo de vecino, por una poderosa razón que nada tiene que ver con la esperanza de hacerse millonario. Usted lo comprará porque sabe que no soportaría la felicidad de los demás en el remotísimo caso de que tocase. Para vivir quizá ni siquiera necesitemos el dinero, pero desde luego necesitamos el honor.

Los politólogos, los moralistas y, por supuesto, los encuestadores soslayan esta sencilla verdad de carácter más espiritual que material: que todos dedicamos los mayores esfuerzos de nuestra vida a que no nos tomen por gilipollas. A que de nosotros no se ría ni nuestro padre. A que el mal, ya que existe, sea de muchos para consuelo de tontos. Por eso el populismo ha eclosionado cuando lo peor de la recesión mundial ya pasó: uno enmudece y aguanta mientras sopla el huracán, pero no soporta que la bonanza llegue antes a su vecino. Es la desigualdad en la recuperación y no la intensidad de la crisis lo que nos saca de quicio al punto de votar al marido de doña Melania.

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El bueno, el feo y el malo de la semana en La Linterna de COPE solo podía ser uno: Trump

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14 noviembre, 2016 · 12:26

Y Trump es su profeta

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El pesebre de Belén resulta que estaba en la Torre Trump.

Ya que nos pronostican la caída del Imperio Romano habrá que releer a quien la contó primero. Gibbon pensaba que el declive de las civilizaciones viene anunciado por el de las religiones, que en Roma cumplían papeles distintos según el observador: el pueblo creía que todas eran verdaderas, el filósofo que eran todas falsas y el político que eran todas útiles. Muerto Dios y amenazado el humanismo, nace la última superstición de Occidente: el culto a la sociedad, que se deifica a sí misma en el altar de la tecnología. A esta eucaristía cotidiana que convierte el pan duro del precariado en cuerpo revolucionario los nuevos sacerdotes la llaman empoderamiento. Salid a las redes, apóstoles del clic, y difundid por todo el mundo el evangelio populista.

También el cristianismo nació como una religión de pobres contra el politeísmo de los ricos y acabó convenciendo a Constantino. Desde el pasado martes tenemos un emperador que ya profesa la fe rabiosamente verdadera. ¿Cómo pudo suceder? No hay historia más vieja. Tampoco ahora los bárbaros provienen del otro lado del muro, sino de las catacumbas del propio imperio. Tenía que ser un rabino, el agudo Jonathan Sacks, quien esclareciera la entraña religiosa del fenómeno populista. Dice Sacks que el individuo occidental ha externalizado su conciencia. Ha transferido todas sus competencias al Estado y al mercado. Y durante medio siglo el demoliberalismo cumplió el contrato. Pero también generó una expectativa de prosperidad constante que la globalización y la digitalización han quebrado. Para entonces, el individuo se encuentra tan infantilizado que ya no sabe gobernarse a sí mismo, ni corresponsabilizarse de ningún fracaso. Antes al contrario: se vuelca en la cultura de la queja, cuya última estación es la patada al sistema y el aplauso pavloviano al último oportunista televisivo. Su reacción no es cerebral sino visceral, abonada por la nostalgia de una triple pérdida: de poder adquisitivo, pero también de poder identitario en una sociedad plural y de poder lingüístico bajo la asfixia de la corrección política. Nuestro individuo está acostumbrado a esperar de la política lo que sólo la magia puede dar, pero nunca falta en esta vida un homeópata elocuente. Hay magos de extrema derecha, que prometen regresar a una edad dorada que nunca existió. Y hay magos de extrema izquierda, que sacrifican la vida (de los otros) a un futuro utópico que nunca existirá.

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11 noviembre, 2016 · 12:32

Trump no es Trump

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Él te salvará.

Se nos presentan estos comicios estadounidenses como la elección del asno de Buridán, que murió de inanición por no decidirse entre dos montones de heno idénticos. A tenor de sus respectivos detractores, Trump y Hillary personifican dos montones de estiércol equivalentes. El burro de la fábula escolástica expresa la parálisis a que aboca el racionalismo extremo, y siendo además el símbolo de los demócratas ilustra bien el escrúpulo del votante de Obama que no se decide a votar a una investigada por el FBI.

El trumpista es otra cosa. Su opción no es racional sino identitaria. No delega en un representante sino que se identifica con un superhéroe, capaz por fin de poner coto a esa hipócrita progresía cuyo triunfo tanto le humilla. Es un tipo oscurecido por el signo de los tiempos que ha decidido que Trump encarna lo que él necesita: el resurgir de un nacionalismo orgulloso y proteccionista como reacción a la intemperie global. Pero el trumpismo es, sobre todo, el pretexto autorizado para una ira abstracta. Trump es el hombre de la rienda suelta: el que concede la gran revancha a los derrotados por la corrección política, el aliviadero blanco del resentimiento o la nostalgia. Más que admirarle, Trump le sirve al trumpista para odiar a gusto al progre.

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7 noviembre, 2016 · 11:43

La peste de la coherencia

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El coherente, visto por Rodin.

Este verano pasó José Luis Rodríguez Zapatero por el micrófono de Herrera para detallar su labor de mediación entre chavistas y opositores en Venezuela. No parece tarea sencilla incluso para un optimista antropológico como ZP, pero más complicado es investir a Rajoy con la abstención de Sánchez, y a esa rosada quimera anda dedicado el ex presidente en sus horas libres, con el entusiasta beneplácito de doña Susana. Respecto del carajal venezolano, honestamente uno no terminó de advertir durante la entrevista los progresos en los que ZP tenía depositados sus afanes y esperanzas, pero a cambio me quedó grabada una observación que, aprovechando una pausa de publicidad, confesó don José Luis cuando le pregunté cómo era Maduro en el despacho, si entonces se apeaba del personaje incendiario y recuperaba el sentido del ridículo.

-Mira, he descubierto que allí los políticos son altisonantes en público, pero mucho más razonables en la intimidad. Aquí, en cambio, el discurso político es siempre más correcto y la dureza se reserva para los ámbitos de confianza -vino a responder.

En esta constatación de Zapatero creí descubrir mayores dosis de realismo político que en el periodo completo de sus dos legislaturas, al menos hasta mayo de 2010. En efecto, si las democracias europeas consumieron hace décadas los últimos rescoldos de épica constituyente para ingresar en la rutina feliz del orden liberal, los regímenes tropicales menos desarrollados o directamente regresivos no se privan de la charanga revolucionaria, aunque a los pulmones de sus gobernados les falte resuello para hacer los coros, y a sus brazos proteínas para tocar la pandereta. En ambos casos la política conserva su estatuto básico de ficción: aquí nos anuncian el caos aunque luego no ocurra nada (incluso mejora la economía), allí les marcan el paso con acordes patrióticos mientras por los estantes del colmado se pasean las arañas.

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Reseña amable de El hígado de Prometeo por Abu Saif Al-Andalusi

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2 septiembre, 2016 · 10:33

Entre Arnaldo y Gerardo

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La política según ETA.

Yo no digo que C’s no corra el riesgo de abaratar su regeneracionismo al contacto con un partido veterano en ardides y perito en fontanería estatal como el PP. Digo que me fascinan los cotidianos capitanes de la higiene democrática que salen cada mañana a arponear imputados -los pocos que van quedando- como el otro perseguía a su ballena. Son los Ahab de confidencial y tertulia, y han fundado el nuevo periodismo telecrático, que consiste en anunciar que Óscar Clavell está imputado a gente que no sabía que Óscar Clavell estaba vivo.

Pero todo eso tan solo alimenta nuestro bucle de banalidad. Más grave es que quienes ponen los ojos como bolas de alcanfor al señalar al último pepero supuestamente indultado por Rivera suelen ser los mismos que derraman amargas lágrimas porque Otegi no vaya a poder ser elegido lehendakari este año. Aquí es donde el río de lo banal desemboca en neta ciénaga. Apesta un país que, si hemos de creer a la demoscopia, juzga su político más valioso a un mozo casadero que felicita el cumple al Tirano Banderas de Cuba y luego tilda de «enorme cacicada» la aplicación de la ley vigente, del rubor político y de la mínima decencia, todo lo cual pasa por mantener a Arnaldo Otegi, alias Gordo, a dieta de representación pública.

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26 agosto, 2016 · 11:21

Y Maquiavelo bajó de Pontevedra

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Vieja y nueva política.

En España el primer síntoma de inteligencia es la apariencia de estolidez. Un político que parezca brillante, incluso siéndolo, hará aquí carrera corta. Será longevo el político que se trabe al hablar; que huya de los medios mientras otros se achicharran bajo el foco; que sea caricaturizado en una hamaca por viñetistas y memégrafos; que inscriba su nombre en el campo semántico de la parsimonia y la mediocridad. Así se presenta Rajoy, y así no es Rajoy en absoluto. Su mayor victoria, como la de cualquier mefistofélico avanzado, pasa por haber hecho creer a los cuñados que superpueblan España que es más tonto que el más humilde de ellos.

Durante dos años periodistas de izquierdas como de derechas, aburridos de la prosa marianista, cayeron bajo el hechizo rapero del joven Iglesias, bien para horrorizarse ante la reapertura inminente de las checas, bien para emocionarse encima por la nostalgia de la dulce guerrilla urbana en pantalones de campana. Pero en el trono de hierro, aunque pareciera vacante, se sentaba y se sigue sentando Rajoy Brey.

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19 agosto, 2016 · 11:09

Farlopa ‘pa’ la tropa

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Cada cual se droga como puede.

Yo igual que Suárez, pienso que el comunismo debe ser legalizado como cualquier otra droga. La clandestinidad solo empeora la calidad de la mercancía, sea química o ideológica. Ahora bien, el drogadicto químico destruye su vida y la de su familia, mientras que una sobredosis de voto comunista intoxica las arterias de toda la nación. Si tu descarriado vecino se mete colectivismo en vena por debilidad o por frecuentar malas compañías, todas ellas con derecho a voto, al final será contigo con quien terminen cebándose los impuestos, por mucho que desayunes zumo de naranja a las siete cada mañana. Y por toda estimulación, un café cargado.

Kiko Veneno desconfiaba de la cocaína porque persuadía al artista de que lo trivial es genial, que es una confusión muy propia de nuestro tiempo. El comunista, que tiene tanto de artista, está convencido de que su mierda devolverá la energía al pueblo. Y sin embargo no hay constancia de ningún drogadicto que haya triunfado a causa de su adicción -sino más bien a pesar de ella- ni de ningún pueblo que haya prosperado gracias al comunismo. El providencialismo histórico de Marx contiene tanta sustancia opiácea como la religión tradicional que don Karl se creyó llamado a abolir, sin sospechar que únicamente la remedaba.

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24 junio, 2016 · 11:17

La dieta de la alcachofa

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Un hombre feliz.

Parece que a los españoles no les emociona que a don Mariano le emocione un campo de alcachofas. En cambio debería emocionarles la carta a sus padres de una bióloga molecular cuya pupila desaguaba orinocos al cierre de cada capítulo de Espinete, lo cual no le impide integrar la generación más preparada de la historia, lo cual no le impide votar a Unidos Podemos. Desde luego cada quien se emociona con lo que puede, pero entre las moléculas populistas y las alcachofas tudelanas uno considera más noble conmoverse ante las segundas. La química sentimental del gabinete del doctor Iglesias de momento ha deparado un revival de Llach y un documental de Aranoa, mientras que la agricultura mediterránea inspiró las Geórgicas de Virgilio y las odas al beatus ille de Fray Luis, a quien sin sospecharlo cita don Mariano cuando confiesa: ‘Ya me gustaría a mí vivir en el campo’. Para combatir el sobrepeso telecrático don Mariano nos propone la dieta de la alcachofa.

La diferencia entre la emoción podémica y la emoción marianista es que la primera está sostenida por la expectativa y la segunda se apoya en la realidad. En Rajoy habita ese instinto materialista de la provincia que desconfía de los ideales abstractos. Algo se ablanda dentro de él cuando acaricia la tierna cabeza de una alcachofa española que terminará en la boca de un comensal neoyorquino, viaje fabuloso que la globalización ha despojado de misterio. La bióloga podemita, en cambio, cuando sale del laboratorio se entrega a platonismos tan vagos como ‘valores’, ‘principios’, ‘ola de cambio’, ‘ilusión’ y un improbable sorpasso que la ‘I+D+i’ le va a infligir a ‘la juerga’ en España. Semejante fe en la política revela una simpleza dramática como la que ha descubierto Richard Ford en los votantes de Trump: ‘Intentaría hacer sus vidas más llevaderas, si pudiera. Les falta el consuelo de la imaginación. Y las novelas pueden aportar eso’. Claro que pueden: un adulto es precisamente alguien que distingue una novela de un programa electoral.

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Los cuatro machos alfa de la literatura mundial -Pynchon, McCarthy, Roth, DeLillo- a examen en el Parnasillo de COPE

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17 junio, 2016 · 16:35