Nos hemos quedado sin la foto de Pedro con Anne Hathaway, que alegó motivos familiares de última hora para no darle el premio feminista de la ONU. El gozo de las pedrettes en un pozo, una semana de tuits a la basura. Deberían consolarse pensando que podría ser peor, que ese premio podría habérselo dado cualquiera de los violadores beneficiados por su ley del sí es sí.
Pedro Sánchez accedió a su escaño forzando mucho la sonrisa, lo que en términos politológicos se conoce como hacerse un Pantoja. Tras la derrota en la votación de la víspera, Pedro necesitaba enseñar muchos dientes para impostar seguridad. Feijóo lo recibió con artillería pesada: «Ha pasado usted de tener problemas con la verdad a tenerlos con quienes la cuentan. No se veía una cosa así desde Franco. Casos de corrupción abiertos y una legislatura cerrada». El jefe del PP no tiene un problema con el mensaje, que de hecho ha ganado contundencia, sino con el reloj: alarga tanto el primer round que se queda sin tiempo en el segundo, lo que afea la diatriba. Pero su rival no atraviesa precisamente por su pico de forma. Desató la carcajada cuando declaró que el suyo era «el Gobierno del acuerdo y el diálogo» antes de ponerse a olfatear el pasado del líder de la oposición en la Xunta de Galicia. Incurrió en la cursilada de llamar templo de la palabra al Congreso, como si eso fuera a ablandar a Junts con vistas a la negociación presupuestaria. Y citó al Banco de España como fuente de autoridad para celebrar el cohete económico español, momento en que el escaño que ocupaba Escrivá hasta anteayer emitió un crujido sospechoso.
El día después de que fructificara en Bruselas la jurídica amistad entre don Esteban y don Félix flotaba en el hemiciclo cierta atmósfera de tregua. O quizá era solo ese sopor veraniego que anuncia ya la desbandada vacacional del diputado. El ambiente era hipotenso, y en vez de los acostumbrados gruñidos de jabalí se escuchaba con nitidez el bello canto del cisne del consenso. ¿O estamos ante el principio de una centralidad bipartidista por estrenar? Eso se malician Rufián y otros compañeros del viaje extremista del PSOE, pero no deben temer grandes coaliciones: fuera de las sillas vacantes en la tele pública o el Banco de España no veremos pactos de Estado hasta que los moscosos de Pedro cristalicen en vacancia definitiva.
Un diputado socialista se acercó a Pedro antes de comenzar el pleno y apoyó la mano sobre el Pecho Presidencial (no confundir con el PP). Parecía el apóstol Tomás introduciendo incrédulo sus dedos en la llaga del Resucitado, y que Dios me perdone la analogía. Quería cerciorarse de que su jefe seguía políticamente vivo, pero esto es algo que solo sabe Puigdemont, su casero con derecho a desahucio. Por ahora sabemos que el presidente ha perdido cuatro elecciones, carece de mayoría para legislar, tiene a la mujer y al hermano investigados por corrupción, es rehén de un prófugo al que los fiscales se niegan a amnistiar y ha tomado la decisión de liquidar la separación de poderes en 15 días si el PP no se aviene a mercadear los vocales del CGPJ. «Para que venga la internacional ultraderechista a someter al poder judicial ya lo hago yo», ha pensado Pedro, siempre audaz. ¿Nos iremos de veraneo estrenando autocracia o es el farol de un chantajista desesperado? A favor de la segunda hipótesis juega el hecho de que el 29 de junio la UE publica su informe sobre la calidad del Estado de derecho en España: mal momento para hacerse unos gayumbos con las puñetas de los jueces de la cuarta economía del euro y llamarlo «paquete de calidad democrática», en claro homenaje al Bardem de Huevos de oro.
La coalición está deshecha, los socios se retraen calculando su esperanza de vida, el Gobierno pierde votaciones, la investidura en Cataluña sigue empantanada, España no tiene presupuestos, los incendios diplomáticos copan la agenda y la esposa del presidente ha sido imputada por corrupción. Pero estamos en campaña y toca ponerle buena cara al temporal. Pedro se esfuerza por sonreír ante los fotógrafos, aunque el bruxismo mandibular le delata. Marichús Montero presume de salud económica, aunque la carraspera afea su triunfalismo. Y Yolanda Díaz ríe desesperadamente hasta convertir sus ojos en ranuras de felicidad oriental, caminito del nirvana, que se consumará suponemos cuando Sumar termine de diluirse en la nada. De ahí la perplejidad de Jaime de Olano (PP): «¿Para esto nació Sumar, para tapar la porquería del PSOE?»
El fango es como los ansiolíticos: cuando te enganchas necesitas doblar la dosis para obtener el mismo efecto. Los plumillas acudíamos al Congreso con las expectativas cenagosas muy altas, calzados con katiuskas y cubiertos por impermeables, confiando en recibir la crecida de fango que promete cada sesión parlamentaria. Y sin embargo apenas se nos obsequió con un puñado de lamparones.
Cuando una ballena aparece varada en la playa enseguida acuden manos solícitas a verter agua sobre la piel del cetáceo para impedir que la sequedad lo termine ahogando. Hay una ballena varada en el Congreso llamada PSOE que ya no puede vivir por sí misma, y Pedro lo reconoció al felicitarse de que los ganadores empatados de las elecciones vascas votaran su investidura. Donde hubo un gran partido autónomo hoy alienta apenas un cachalote en agonía al que mantienen vivo los independentistas y refrescan desesperados los periodistas más húmedos del oficio.
Nos dijeron que el periodismo debe salir a la calle, acudir al concreto lugar donde se produce la noticia, pero hoy la mejor manera de contar la vida pública española exige guardar una higiénica distancia del Congreso. De allí no sale una verdad ni por orden del Tribunal Supremo. Y como este miércoles no pude asistir a la sesión de control, seguramente estoy en disposición de interpretar mejor la realidad política que cualquiera de los sufridos compañeros que aún creen que personarse en el epicentro del infundio parlamentario forma parte de sus obligaciones profesionales.