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Corrupción, abono literario

La corrupción goza en España de una excelente salud. Abre los periódicos, alimenta el share de las tertulias de la tele, monopoliza las redes sociales y ya hasta ha colonizado las conversaciones de autobús y de ascensor, antaño dominio exclusivo de la climatología. Este año incluso le han dado el Premio Planeta a la corrupción, tratada por Jorge Zepeda en su más negra acepción mexicana.

Tucídides, el primer periodista de investigación.

Tucídides, el primer periodista de investigación.

Lo que sorprende un poco es que tema tan antiguo provoque un escándalo tan nuevo. Aristóteles definió la corrupción como un “estancamiento” que pudre las aguas de la democracia, degenerando en ciénaga de demagogos que abona el terreno para la irrupción del tirano. El mecanismo es tan conocido, y tan indefectible, que causa estupefacción la facilidad con la que los humanos –también los altivos demócratas de la Europa posmoderna– nos precipitamos a cumplir el mismo guión milenario que fijó Tucídides en su Historia de las guerras del Peloponeso. Es la primera descripción en Occidente de un caso de corrupción y sucedió en Corcira en el siglo V a. C. La cita es larga pero su precisión resulta de una escalofriante actualidad:

“La audacia irreflexiva pasó a ser considerada un valor fundado en la lealtad al partido; la vacilación prudente se consideró cobardía disfrazada; la moderación, máscara para encubrir la falta de hombría; y la inteligencia capaz de entenderlo todo, incapacidad total para la acción; la precipitación alocada se asoció a la condición viril, y el tomar precauciones con vistas a la seguridad se tuvo por un bonito pretexto para eludir el peligro. Estas asociaciones no se constituían de acuerdo con las leyes establecidas con vistas al beneficio público, sino al margen del orden instituido y al servicio de la codicia. Y las garantías de recíproca fidelidad no se basaban tanto en la ley cuanto en la transgresión perpetrada en común”.

Por los mismos años escribió Aristófanes su Pluto, ácida comedia contra el desigual reparto de la riqueza que los gobernantes prometen mientras la practican en exclusiva. La reciente puesta en escena de esta obra en el festival de Mérida serviría a algunos adanistas para descubrir que el discurso contra la plutocracia no es precisamente un genialidad de Podemos. Mención especial merece Luciano de Samosata (siglo II d. C.), quizá el primer genio satírico de la historia, un antidogmático radical y descacharrante cuyos textos asombrosos leíamos en Clásicas como el iniciado que penetra en Delfos y descubre el mayor burdel de Europa. La tradición lucianesca es la que relanzan Jonathan Swift y nuestro Quevedo con sus Sueños, entre tantos otros. Y qué decir de Roma, donde se idearon todos los vicios y todas las soluciones, desde el tribuno de la plebe al pan y circo. De los muchos escritores que eligieron la corrupción como tema literario –la galería de infames de Tácito, los epigramas afilados de Marcial, las sátiras implacables de Juvenal y Persio– yo me quedo con el taimado Salustio, que hizo un carrerón al elegir el bando correcto del divino Julio, rapiñó todo lo que pudo en el año y medio en que César le confió el gobierno de los númidas, fue acusado por el Senado de exacción ilegal en el ejercicio de cargo público y acabó reinventándose como historiador moralista alejado de las vanidades del mundo… en una mansión que los emperadores le expropiarían a su muerte, muertos de envidia. A este precursor tan latino del fraile después de cocinero debemos la sofisticada trama de vileza de La conjuración de Catilina.

Hay en la Edad Media toda una literatura goliarda que fustiga los vicios del poder, ya ocupara este el estamento noble o el eclesiástico, y cuya tradición llega a las chirigotas gaditanas. Pero debemos a los renacentistas algo parecido a un tratamiento sistematizado –casi un género ensayístico– de la corrupción, con Erasmo, Moro y Maquiavelo como faros de costa de la moralidad pública. los partidos (gobierno de los grandes) generan oligarquía. Bien común. “Los hombres son malos todos, y el áncora del bien público está toda entera en la bondad de las leyes, la cual consiste en hacer que los hombres se abstengan, más por necesidad que por voluntad, de obrar mal”, escribe el autor de El príncipe con irrefutable realismo. El gran crítico soviético Bajtín extrae del Gargantúa de Rabelais el concepto de lo carnavalesco como subversión reglada del orden establecido: es decir, como desahogo del pueblo sometido a un régimen opresivo que se perpetúa precisamente gracias a la válvula de escape que supone el carnaval, el negativo lúdico de la revolución.

Así se van sentando las bases de una de las grandes aportaciones hispanas a la literatura mundial, y a los propios paraísos fiscales: la picaresca. Ni el autor del Lazarillo ni Mateo Alemán en su Guzmán de Alfarache ni mucho menos Quevedo en su Don Pablos idealizan lo que cuentan: sencillamente eliminan el filtro de la hipocresía social y lo que queda es la condición humana en pelotas. Una sociedad corrupta, donde el pobre no carga contra la corrupción de los aristócratas por indignación moral sino porque a él se le excluya de ese banquete. El criterio ético del bien común lo salvaron cronistas patrios del XVII –verdaderos periodistas del Siglo de Oro– como Pellicer, Saavedra Fajardo (“La murmuración es argumento de la libertad de la república, porque en la tiranizada nos e permite”, escribe, reflejando el clima social de la España de Felipe IV) o Jerónimo de Barrionuevo. Todos ellos levantan acta del desgobierno de la monarquía y reflejan la carestía reinante. Los pasquines críticos infestan las esquinas de Madrid y la queja general contra el “menoscabo de la Real Hacienda” convive con los arrestos sumarísimos por delito de sedición.

Cervantes, manco para unas cosas y de mano larga para otras.

Don Miguel tampoco era manco.

¿Y dónde dejamos, por cierto, a don Miguel de Cervantes, que fue condenado por irregularidades recaudatorias en el desempeño de su cargo? No deja de ser idiosincrásico que la mayor gloria de las letras españolas cediese en vida a la tentación de la picaresca. Si nos ponemos estrictos, señores, Cervantes fue también un corrupto. Habrá que estar atentos a esos papeles que al parecer Bárcenas está escribiendo en Soto del Real.

Vélez de Guevara levantó los techos de la hipocresía social de la sociedad barroca en su Diablo Cojuelo, y aún tuvo que dulcificar el tono en la segunda parte del libro porque comprendió que su manutención dependía del mecenazgo de aquellos estamentos a los que atacaba.

Será el absolutismo el sistema que venga a aplacar el temperamento crítico de la sociedad barroca, y será el abuso de poder de los reyes absolutos el que justifique la doctrina del contrato social de Rousseau, cuya ruptura define precisamente el fenómeno de la corrupción. El concepto de voluntad general del autor del Emilio es el germen del democratismo moderno, pero también será el chivo expiatorio más invocado por los futuros populistas para encubrir sus propias corruptelas.

La vocación pedagógica de los ilustrados produjo una rica veta de ensayismo didáctico, de intención moralizante. Feijóo, Jovellanos y el viperino Moratín tienen páginas sobre la viciada maquinaria de la administración que ha permanecido inexpugnable a la democracia. Una misma sensación de tiempo perdido que nos despierta el Madrid galdosiano de ¡Miau!, verdadera radiografía de lo que el gran novelista llamó “el panfuncionarismo burocrático”, cuyos frutos más consabidos eran el nepotismo de corte, el caciquismo localista y el revolucionario de salón. Pero caeríamos de nuevo en el papanatismo aldeano si creyéramos que nuestra situación, pese a su proverbial atraso teocrático, era mucho peor en lo tocante a corrupción política que la de otros europeos. Los franceses encontraron su espejo en los burgueses corruptos de Balzac y Maupassant; en los infinitos engranajes del Imperio británico se escondían los arribistas victorianos de Dickens y Thackeray. Y en Italia, entretanto, la semilla de picaresca sembrada por los españoles durante el virreinato de Nápoles y Sicilia germinaba en ramificaciones mafiosas que andando el tiempo llegarían consolidar una vertiente endémica de la novela negra que encuentra en Sciascia su culminación.

No olvidemos la tesis ya clásica de Enzensberger y otros que han señalado el origen español de la Camorra como un sistema paralelo y clandestino de distribución de recursos que florece allí donde ciertas funciones sociales no están suficientemente atendidas por el Estado capitalista, que tampoco puede o quiere imponer la ley del todo. Luego los italoamericanos exportaron el modelo de negocio a Chicago, Nueva York, Atlantic City o Nueva Jersey con el éxito conocido en novelas, películas memorables y series de HBO. Fuera del subgénero mafioso, pero sin salir de Estados Unidos, cabe recordar que la gran aportación –aparte de la estilística– de Hammett y Chandler al canon detectivesco consistió precisamente en la introducción de un propósito de denuncia, pues las víctimas no son ya únicamente de un asesino más o menos sofisticado sino de todo un entramado social injusto que premia con el medro la corrupción de policías, políticos y empresarios, mientras que mantener un código ético solo reporta soledad personal y penuria económica.

Valle instituyó el género de dictador, o corrupción suprema.

Valle instituyó el género de dictador, que corrompe absolutamente.

Un fenómeno parecido ocurría entretanto al otro lado del Atlántico. El genial aforista colombiano Nicolás Gómez Dávila, frente al indigenismo incipiente, no culpaba a España de haber colonizado el vergel suramericano, sino de haberlo colonizado tan mal: “La mejor crítica de la colonización española son las repúblicas suramericanas”. Y comparaba los resultados en limpieza cívica que exhibían los países de la Commonwealth, por donde había pisado la bota británica, con la yuxtaposición de satrapías en las que se habla el español. No es una visión demasiado amable con España, pero el hecho de que la novela de dictador –con el precedente canónico que según la crítica sienta el Tirano Banderas de Valle– se convirtiese en un género casi autóctono desde Panamá hasta Tierra de Fuego parece refrendar su amarga constatación. De toda la narrativa de Vargas Llosa, un autor que ha consagrado a la degeneración de la política buena parte de su obra de ficción, acaso sea Conversación en La Catedral la novela que mejor nos pasea por las simas de general indignidad que propicia todo régimen tiránico y corrompido.

La descomposición de toda superestructura política suele abonar una exuberante floración literaria. Sea porque el fin de la censura suelta las lenguas reprimidas, sea porque en el fango se revela con más plasticidad la naturaleza humana, no podemos olvidar las gestas narrativas de heroicos disidentes soviéticos como Solzhenitsyn o Vasili Grossman desde la óptica realista, o las de Bulgákov o Voinóvich desde la paródica. No se trata solo literatura testimonial, sino de verdaderos informes sobre la vivencia humana bajo el máximo grado de corrupción (lingüística, económica, ética, estética…) jamás alcanzado. Con parecida chapucería aunque menor crueldad cursó el estertor entre elegíaco y bufo del Imperio austrohúngaro, tan formidablemente retratado por Joseph Roth, o por el desopilante Jaroslav Hašek de Las aventuras del buen soldado Švejk. Y la literatura poscolonial ha seguido arrojando frutos de denuncia escalofriante en Oriente Medio y en África.

Nuestro país afronta, si no una genuina descomposición, como poco una olorosa catarsis, y nadie puede discutir la oportunidad de conceder a Rafael Chirbes, novelista ácido del pelotazo inmobiliario, el último Nacional de Narrativa (¡y sin devolverlo!). Lo que está claro es que la corrupción, como buen excremento, resulta un abono excelente para la fertilidad de la imaginación.

(Revista Leer, número 258, Diciembre 2014 – Enero 2015)

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Es la Navidad, estúpido

Navidad de 1942. Un soldado estadounidense reparte su chocolate entre unos niños.

Navidad de 1942. Un soldado estadounidense reparte su chocolate entre unos niños.

A un oficial que le pidió a Churchill unos días de asueto con su familia en plena guerra mundial, el premier le respondió:

–¿Vacaciones? Las vacaciones son un concepto de paz

Y el oficial se reintegró de inmediato al frente.

La Navidad parece un concepto de paz, pero lo es tanto como de guerra. En Navidad siempre hay un ministro o un primer ministro o un segundo primer ministro que viaja hacia desiertos remotos y lejanas montañas donde nuestros muchachos pasan la Nochebuena preparando la guerra para tener la paz, reza el adagio latino. En España este año le ha tocado a Soraya personarse en Afganistán, y a su regreso ella misma me contó en la copa de prensa monclovita que allí ahora no hace frío, lo cual complica la interpretación fidedigna tanto del Blanca Navidad como del Noche de Paz, entre otros entrañables villancicos. Mi preferido es de José Luis Perales, compositor cálido de mi infancia, artista injustamente preterido en beneficio de histriones como Raphael o chuloplayas como Julio: “Ven, soldado, / vuelve ya, / para curar tus heridas, / para prestarte la paz”. Claro que un soldado de veras no quiere regresar a casa por Navidad, porque su casa es la guerra y una cena de Navidad su verdadero infierno.

De las cenas de Navidad, de empresa como de familia, o incluso de empresa familiar –a las que se va directamente en traje antiébola–, uno puede salir como Jünger en Tempestades de acero: “Prescindiendo de pequeñeces como los rasguños y las contusiones producidas por balas de rebote, mi cuerpo había retenido al menos catorce proyectiles que dieron en el blanco, y contando las entradas y salidas me habían dejado veinte cicatrices. […] En aquella guerra en la que ya se disparaba más a los espacios que a los individuos había conseguido que once dieran en mi cuerpo”. De ahí que estos días proliferen las piezas de telediario y los decálogos digitales sobre cómo sobrevivir a la reunión navideña, tan inexorables como las medidas para no deshidratarse con la ola de calor en agosto. En ambos casos el taimado periodista se excusa en unos “expertos” a los que al parecer se les encuentra en el listín siempre dispuestos a decir perogrulladas.

De perogrulladas está llena la Navidad, en donde tan tópico resulta la insufrible comedia moñas de sobremesa como los visajes del hipster anticastizo: ambos están ya contenidos en la obra de Dickens que funda el relato occidental aún vigente de lo navideño. Paradójicamente, poner en pie un tópico que dure es quizá la mayor prueba de originalidad que distingue a la obra maestra. Cuento de Navidad lo es, del mismo modo que llamar kafkiano a lo desasosegante constituye ya un lugar común. Así que mientras odiemos la Navidad o bien nos compadezcamos del niño con mocos que la pasa sin regalos, seguiremos siendo criaturas de Dickens: canónicamente navideñas.

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Las raíces culturales del futuro: el hígado de Prometeo

La 'elocutio', que diría Quintiliano.

La ‘actio’ o ‘pronuntiatio’, que diría el bueno de Quintiliano.

El pasado lunes 1 de diciembre debuté como conferenciante en el imponente auditorio que Caixa Fórum tiene en Madrid con una charla titulada Las raíces culturales del futuro: el hígado de Prometeo. Fue el filósofo Gregorio Luri quien concibió la generosidad inverosímil de fijarse en mí para cerrar el ciclo de conferencias que él coordinaba bajo el título: «A hombros de gigantes. La transmisión filosófica, política y cultural». Para las dos primeras conferencias, don Gregorio reclutó nada menos que a William Kristol y a Rémi Brague, dos intelectuales de renombre mundial y respectivos referentes en Estados Unidos y Francia. Mientras me planteaba la propuesta por teléfono, exactamente hace un año, nunca pensé que de mí arrogante boca saldría un sí. Pero salió: yo mismo me oí aceptando con increíble suficiencia. Y no solo salió el sí de mis labios sino que terminé dando la conferencia.

La cita que mereció el evento en la columna de ABC del maese Ignacio Ruiz Quintano.

La cita que mereció el evento en la columna de ABC del maese Ignacio Ruiz Quintano.

Pasé el verano leyendo ensayos y tomando notas, refrescando viejas tesis y abocetando un texto más o menos contundente y articulado, expurgando las primeras versiones y añadiendo observaciones de última lectura bajo la tutela de don Gregorio. Me metí en el papel, vamos. No puede uno pasarse la vida quejándose de que no le dan bola y, cuando se la dan, volver la espalda al paso amoroso del tren. Si no es lo más ambicioso que he escrito –una furiosa reivindicación del canon occidental en tiempos de liquidez posmoderna–, está cerca; en todo caso han pasado cinco días y todavía no he cambiado de posición respecto de las resueltas sentencias que blandí desde el atril. Por esta razón, y en la confianza de que el trabajo realizado redunde en algún provecho para mis improbables lectores, ofrezco ahora en mi blog gratis et amore –el directo costó cuatro euros, la mitad para clientes de La Caixa– tanto el texto literal como su ejecución oral, suerte en la que aún no me defiendo con la soltura que desearía, como se advierte en los vídeos. Apenos me atrevo a levantar la vista del papel, exactamente lo que he criticado en los políticos, leo a velocidad ininteligible y por momentos la zozobra nerviosa de mi voz se vuelve intolerable. Pido disculpas por ello con el propósito de enmendarme para trances futuros, llenando si es preciso mi boca de guijarros playeros como Demóstenes; pero si el Rey Felipe todavía gallea, yo, monárquico declarado, no voy a ser menos. También debo aprender a sujetar la mente y terminar una frase antes de empezar otra, incapacidad manifiesta en el vídeo del coloquio que sucedió a la conferencia.

La revista LEER, con la que colaboro y que envió a Caixa Fórum una delegación de entusiastas dignos de mejor causa, publica en exclusiva el texto de la conferencia con un pulcro esfuerzo de presentación que aprovecho para agradecer a Borja Martínez, incluyendo la ilustración de Prometeo martirizado que imaginó Rubens con el grandioso efectismo marca de la casa. Aquí va la conferencia. ¿Qué mejor plan para este puente?

Y aquí, con toda mi vergüenza por fuera, los vídeos de la conferencia y del coloquio:

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El nacionalismo como primer refugio de los corruptos

El ponente ante la audiencia.

El ponente ante la audiencia.

[Reproduzco a continuación, por si fuera de algún interés, la charla que el sábado 11 de octubre impartí en el Centro Cultural de Hortaleza ante jóvenes de Nuevas Generaciones del Partido Popular, foro al que fui invitado por Cayetana Álvarez de Toledo, quien con José María Marco completaba el trío de ponentes. Por carácter y oficio recelo de la participación en actos de todo partido, asociación o entidad orgánica, pero dado que di el paso de sumarme a Libres e Iguales, y dado que los periodistas nos pasamos la vida con la jeremiada en la boca de que en España no hay sociedad civil, no encontré motivos para negarme a participar, máxime sobre un asunto como la quiebra del Estado. Lo que encontré, para mi sorpresa (porque nadie escapa al estereotipo bobo que el monologuista de progreso ha fijado al respecto de NNGG), fue un centenar heterogéneo de universitarios mejor formados –a tenor de sus preguntas– que no pocos tertulianos, más críticos con la trayectoria de su propio partido en la relación con el nacionalismo que sus cuadros superiores y en general aquejados de un derrotismo apriorístico exagerado. Como si la independencia de Cataluña fuera un hecho inexorable del cual, como el poeta, tuvieran ya el recuerdo. Este estado de cosas –que el ánimo de los jóvenes peperos tenga más asumida la independencia catalana que los propios dirigentes de CiU– da que pensar sobre la confusión entre realidad y propaganda. En todo caso uno, con las apostillas orales propias del género, vino a decirles lo que sigue, y aprovecha para agradecer a la presidenta de NNGG de Madrid, Ana Isabel Pérez, su atención y trato]

1. El viernes 7 de abril de 1775, cuando Cataluña ya llevaba 61 años bajo el intolerable yugo borbónico, el doctor Samuel Johnson celebró en Edimburgo una de sus chispeantes cenas con James Boswell y algunos amigos más. Cenar en la época culminante de la Ilustración escocesa no consistía solamente en pegarse un atracón y emborracharse ruidosamente, que también, sino además en entablar un certamen de ingenio y erudición entre todos los comensales. Ahora bien, si entre ellos estaba el doctor Johnson, de antemano se sabía quién iba a decir la mejor frase de la noche. Aquella noche el gran genio junto con David Hume de la Ilustración escocesa pronunció una frase especialmente memorable que hoy vemos citada todos los días en las columnas críticas con el nacionalismo, que son casi todas por culpa de Artur Mas. (Nunca le perdonaremos la cárcel monotemática en la que durante demasiados meses encerró al periodismo español). Esa frase, vosotros la conoceréis, reza que el patriotismo es el último refugio de los canallas. La interpretación de esta sentencia todavía hoy provocadora la aporta Boswell en su propia biografía del Doctor: Johnson no se refería a un “amor honesto y generoso por nuestro país”, sino a aquellos que, «en todas las épocas y lugares, han usado el manto del patriotismo para arropar sus propios intereses”.

2. Fijaos si la frase hizo fortuna popular que hasta la cita Sean Connery ante Ed Harris en un thriller carcelario extremadamente yanqui llamado La roca, aunque la atribuye erróneamente a Oscar Wilde, si no recuerdo mal. Cosas de Hollywood. También Sabina atribuyó el otro día ante Risto Mejide aquella pregunta sobre cuándo se jodió el Perú a La ciudad y los perros, cuando de hecho es la pregunta que abre Conversación en La Catedral. El caso es que todos sospechamos que el envolvimiento en la bandera ha servido durante siglos a los peores aprovechados para tapar sus vergüenzas. El mismísimo actor escocés Sean Connery, de hecho, hizo campaña a favor de la separación de Escocia; yo no sé si Connery ha sido independentista escocés toda su vida, pero estoy seguro de que su amor al terruño se agudizó después de saberse que su residencia fiscal está en las Bahamas y de haber sido imputado por fraude fiscal y blanqueo de capitales, acusaciones marbellíes de las que finalmente quedó exonerado. Yo pienso, como Josep Pla, que el corazón de un hombre se mide por su bolsillo y que la verdadera patria del ser humano no es su infancia sino otro tipo de paraíso más tangible: su paraíso fiscal. ¿Es casualidad que aquellos que enfatizan su patriotismo a menudo resulten luego pringados en alguna maniobra de naturaleza más material que espiritual? ¿Como qué otra cosa que como el gran negocio de la identidad, del poder que la identidad les garantizaba, podemos entender la fortuna amasada por los Pujol, cuyo nombre aún inspiraba respeto a los alguacilados del Parlament? ¿Y ese respeto en la ominosa comparecencia del padrino de Premià de Dalt no será pura omertá mafiosa más que veneración al padre de la patria?

3. Mi tesis es que el identitarismo –no confundir con la identidad, como el autoritarismo no ha de confundirse con la autoridad– avisa del olor de la corrupción en el mismo grado infalible en que el humo avisa de la presencia del fuego. No es que el alarde de bandería sirva de biombo para tapar la corrupción; es que allí donde veáis a un político que alardea de su identidad, podéis estar seguros de que estáis viendo a un corrupto, a un demagogo, a un populista, a un tipo que os está señalando la luna mientras se mete el euro en la bocamanga como los trileros. No falla. Y esto vale para alcaldes o barones del PP o del PSOE, o de la Chunta Aragonesista si quedan, o de Fabián Picardo, el de la roca con monos. Yo soy de los que piensan que cuanta más asepsia emocional caracterice la relación de un político con su terruño, más garantías de limpieza habrá en su relación con los terrícolas, que son los que tienen derechos. Y viceversa: cuanto mayor es el folclore local, más se extiende la sospecha.

4. ¿Significa eso que el llamado Proceso es una gigantesca cortina de humo para desviar hacia fuera la ira de los catalanes, que han sido expoliados por sus gobernantes nacionalistas a unos porcentajes que oscilan del 3 al 20% según se elija la fuente, y que luego han visto severamente recortadas sus prestaciones públicas? Eso es lo que creo, sí, pero vayamos por partes. En una partidocracia tan bien instalada como la catalana, donde la moqueta y el pesebre se lo ha guisado y comido sistemáticamente el nacionalismo –las legislaturas del tripartito no pueden calificarse en rigor de alternancia constitucionalista–, la irrupción de la crisis y la necesidad de los recortes representaban una amenaza para el poder endogámico local. Cuando la ruina entra por la puerta, el amor sale por la ventana, dice el refranero. Sobre todo si ese amor, esa delicada lealtad constitucional, ha sido minada durante décadas por la propaganda de los medios autonómicos y del sistema educativo transferido. La presión ha llegado al punto de obligar al heroísmo a ciudadanos que vivían su catalanidad española con naturalidad. Luego están los independentistas de nacimiento y convicción, que son los menos: ese 22% de 1994. En tercer lugar aparece la inmensa masa diada en forma de V o de lo que le pida TV3, que llega al 45% según las últimas encuestas. Y en cuarto lugar están los corruptos, es decir, los responsables políticos que se dejan abroncar por Pujol en el Parlament porque no tienen la conciencia limpia. Los que saben que no habrá consulta, ni mucho menos independencia, pero dejan a los hámsteres pedaleando en la rueda por miedo a que si paran se pongan a pensar, y si se ponen a pensar se vuelvan contra ellos. A esto me refiero con corrupción: corrupción moral en primer lugar, y luego ya la económica y fiscal que determinen la UDEF y los tribunales. Hay que reparar en que el independentismo catalán está compuesto por lo demás de dos sentimientos nauseabundos: la insolidaridad y la xenofobia. Para promocionar la gran cultura catalana no hace falta romper el Estado; para evitar a Hacienda, sí.

5. Corrupción moral. El independentismo de colonias oprimidas por una metrópoli insensible es una hazaña por la que vale la pena luchar. Es un gesto hermoso, una cima ética, un acto de heroísmo. El independentismo de una metrópoli que se quiere separar de su colonia, como con tanto humor como exactitud denunciaba Wenceslao Fernández Flórez en el caso catalán, es un movimiento de puro egoísmo, de ceguera histórica, de encierro social. Es el hartazgo del rico cansado de no ser más rico porque tiene que pagarles los profesores y las enfermeras a esos miserables y vagos charnegos del sur. Esta es la mercancía desnuda con la que trafica íntimamente el Proceso; lo de las cadenitas humanas y el uso de niños pintarrajeados es solo marketing de dudoso gusto.

6. Corrupción intelectual. Pero hay una tercera vertiente de corrupción en el separatismo catalán, aparte de la económica y la moral. Es la corrupción del pensamiento, el retroceso argumental, la vuelta a la infancia mental. Por buscarles una filiación filosófica a tantos pobres ignorantes que van diciendo que la democracia es votar, y que la voluntad de un pueblo está por encima de la ley –punto número uno del manual del buen fascista–, habrá que remontarse a Rousseau, padre del ambiguo concepto de “voluntad general” y autor de este pasaje del Emilio donde ya hablaba de consultas: “Solo tengo que consultarme a mí mismo sobre lo que debo hacer: todo lo que siento que está bien está bien; todo lo que siento que está mal está mal. Demasiado a menudo la razón nos engaña; la conciencia es la verdadero guía del hombre”. Con este razonamiento, tan moderno, sentimental y naïf, Rousseau se convirtió en el padre intelectual de todas las revoluciones, aparte de abuelo de la publicidad y el consumismo de masas. Tuvo que venir luego Benjamin Constant, que atestiguó la actividad de la guillotina a pleno rendimiento, para localizar el error siniestro que causa la degeneración del ideal democrático en puro terror. Ese gusano en la manzana es la brecha entre realidad y abstracción que un sistema armado en torno al concepto de «voluntad general» no puede salvar. En efecto, Rousseau olvida que, en la práctica, la voluntad general siempre acaba depositada en las manos de unos pocos individuos –la nueva casta que sustituye a la derrocada– que una vez en el poder procederán con el revanchismo inherente a la condición humana. “Todo es moral en los individuos, pero todo es físico en las masas”, descubre Constant. Las masas encuadradas en V, por ejemplo. Eso es un pajar donde la razón es la aguja.

Así que el nacionalismo no es solo una pancarta tras de la que se esconden los comisionistas de maletín. Lo es en la parte culminante de la pirámide sociopolítica, y en todos aquellos empresarios y particulares que se lucraron del tinglado o hicieron la vista gorda. Pero aun cuando detrás de la pancarta solo haya un contribuyente en regla con Hacienda, también en su ingenuidad hay una responsabilidad moral e intelectual. Más disculpable que en el político, claro, pero igualmente destructiva para el tejido de la convivencia. Por eso, si el patriotismo es el último refugio de los canallas, el nacionalismo es directamente el primer refugio de los corruptos.

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Mezclen por favor el fútbol con la política

Identidad... patrocinada.

Identidad… patrocinada.

Desde que la Selección Española celebrara por las calles de Irún y San Sebastián –con inequívoca adhesión local– su inverosímil plata en los Juegos Olímpicos de Amberes en 1920, la trama de afectos que el fútbol anuda inevitablemente con la política ha cambiado bastante. Hoy se trata de debatir sobre si Piqué es digno de defender la camiseta de un país en que no cree, incluso de un país que oprime al país en que sí cree, y sobre si el club más que un club que juega en el Camp Nou debería desplazarse en autobús por los campos regionales de la Comarca a partir del primer día después de la independencia. No son inquietudes banales, pues ilustran la degeneración del sentimiento patriótico en España, que por otro lado nunca fue demasiado unitario y solo intenso en ocasiones trágicas o bien en la poesía del exilio.

–La comunidad imaginada de millones de seres parece más real bajo la forma de un equipo de once personas cuyo nombre conocemos.

Esta frase del historiador Hobsbawm sintetiza por qué es imposible separar el fútbol de la política, especialmente en semana de selecciones nacionales como la que nos ocupa (y nos aburre). Toda selección de fútbol funciona como resistencia simbólica de un Estado-nación a la aldea global a la que nos aboca la tecnología. Sus victorias hacen felices a los ciudadanos de ese Estado, y cuando suceden sus presidentes o primeros ministros reciben a los héroes en palacio y la foto copa orgullosa las portadas de diarios generalistas, no solo deportivos. El Mundial es la más alta ocasión del fútbol, la que consagra nuevas estrellas y derroca a las viejas, la que forja las leyendas y la que expide pasaportes a la Historia, y lo es precisamente por su dimensión política: es la épica guerrera por medios lúdicos. Aparte de su archisobada cita sobre las muchas lecciones éticas que había extraído del fútbol, el futbolero Camus escribió otra sentencia seguramente más verdadera: «El fútbol es el modo que ha encontrado Europa de atacarse sin destruirse».

La política es una negociación entre la identidad y el pragmatismo, y precisamente la identidad es el nudo sentimental que da cuerpo a un equipo de fútbol; sea una identidad escolar, municipal, provincial, nacional o de amigos contra la droga. Sin indentidad, sin el ansia de la gente de proyectar esperanza sobre unos jugadores, no hay fútbol. Por eso es una gilipollez suplicar a tertulianos acalorados que no mezclen el fútbol con la política, como hacen algunos insípidos conductores de programas deportivos, temerosos de perder audiencia a poco que se salga la cosa del carril del buenismo. La audiencia está para perderla. A base de proteger a la audiencia de cualquier arista conceptual es como la hemos idiotizado definitivamente.

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La cursilería de saber de fútbol

Velázquez viendo un Atleti-Juve.

Velázquez viendo un Atleti-Juve.

En los años sesenta a un profesor español de Historia del Arte le fue encomendada la misión de recibir en el Museo del Prado a un alto diplomático europeo de gira por España. Esta gira era vital para los intereses del país en plena época del desarrollismo franquista, cuando la opinión de un observador extranjero podía determinar una inversión clave para consolidar el despegue económico español. Este diplomático era por tanto un hombre influyente, y se sabía de él que tenía aficiones artísticas; en concreto sentía gran admiración por Velázquez. Así que la manera más idónea que se halló de agasajarlo fue colocarlo frente a Las Meninas.

El profesor español, consciente de la importancia de su misión, se fue a una librería especializada y compró la última novedad no ya sobre Velázquez, sino específicamente sobre Las Meninas. La víspera del encuentro con el diplomático se pasó la noche en vela estudiando aquel tratado pictórico, familiarizándose con la última hermenéutica barroca a propósito del simbolismo del espejo donde se reflejan los reyes, el rictus cansino en el bigote del pintor autorretratado, el modo etéreo en que la luz incide en el hocico del perro y en este plan. Apenas durmió, pero disponía en la memoria de suficientes golpes de efecto para deslumbrar al visitante.

Al día siguiente el profesor y el diplomático se vieron juntos frente a la obra maestra de Velázquez. Entonces el profesor empezó su lección magistral en pasable inglés:

–Fíjese usted en el simbolismo del espejo, en consonancia con la noción de desengaño propia del XVII español, donde la realidad de este mundo siempre es tomada como sueño efímero…
–Muy interesante –respondió el extranjero–. Pero yo estaba reparando en el gesto cansado del propio Velázquez, que parece agotado de la carrera de la edad según sugiere el soneto de Quevedo
–Por supuesto. Pero le invito a calibrar el sabio manejo de la luz para conferir volumen a los personajes…
–Sí, y en especial cuando se derrama sobre el hocico del perro…

Entonces ambos impostores se miraron, esbozaron una sonrisa cómplice y fue el español el que anunció solemnemente:

–Me temo, míster Jones, que usted y yo leímos anoche el mismo libro.

Y se fueron de cañas para concretar el asunto de la inversión.

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Amable Lenin

La dupla que veía el amanecer del hombre nuevo.

La dupla que veía el amanecer del hombre nuevo.

Hablamos mucho de Pablemos y poco de Monedero, pero puede que esto empiece a cambiar. No porque queramos, ay de nosotros, que tanto echamos de menos las serpientes de verano; sino porque el tipo se lo va ganando a pulso. A pulso contra la realidad, naturalmente.

Ustedes habrán reparado por YouTube en la mal disimulada hinchazón que ahueca las gargantas de Monedero y Pablemos cuando deslizan constantemente su condición de profesores de Ciencias Políticas. Ahí les tienen, fardando de placa como si invocaran el Eton de Orwell y Connolly. Como si ser profesor de Políticas fuera algo relevante (y menos en mi Complu), como si la política fuera una ciencia, o como si los puestos universitarios se repartieran con un gramo más de meritocracia que los puestos en los partidos, según conoce cualquier hijo o hermano de profesor universitario español.

Es cierto que nuestros Marx y Engels comprados en Alcampo acreditan verborrea más pintona y lecturas más frescas que un Carlos Floriano o una Micaela Navarro, digamos; pero su formación, sobre un tufillo a telar de Manchester de mediados del XIX, exhibe la consabida hemiplejia ideológica que se le presupone al profesor de Humanidades de la Complutense, académica palanca de mi primera juventud donde alguna latinista que perdió el sostén entre los adoquines parisinos del 68 nos escamoteó una semana de clase «porque me parece una frivolidad hablar de Séneca mientras Bush mata a inocentes en Irak» (sic). Así que me conozco el paño hasta el último costurón, desgraciadamente. Pocas cosas, por cierto, más coherentes que traducir a Séneca durante un bombardeo: «Nunca te quejes si sufres, pues si el sufrimiento es intenso no será duradero, y si dura no será tan intenso». Y se quedaba tan flamenco.

Lo último de Monedero, al parecer secretado en el curso de un aquelarre peronista –Dios los cría y no los abandona, porque desde Tierno sabemos que Dios nunca abandona a un buen marxista–, es que los países del sur de Europa deberían salir del euro para acuñar moneda propia y que Podemos atraviesa de momento una fase de «leninismo amable». Lo de la moneda me sigue pareciendo un exceso capitalista, pudiendo remontarse a la edad roussoniana en que trocábamos un cerdo por veinte gallinas. En cuanto al leninismo amable, no se me ocurre oxímoron más sonoro, salvo quizá «fiscalidad convergente».

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7 agosto, 2014 · 12:45

Las mejores hamburguesas: con las vacas sagradas

Él nos lo dio, él nos lo quitó.

Él nos lo dio, él nos lo quitó.

Cuando el típico periodista le preguntó a Cela si le sorprendía que le hubiesen dado el Nobel de Literatura, Cela contestó:

–Sí: me esperaba el de Física.

Cuando nuestros amigos más inocentones nos preguntan si nos ha sorprendido la eliminación de España de este Mundial respondemos que sí, porque también esperábamos que nos eliminaran de la Superbowl. De cualquier competición de élite, en general.

Se puede discutir el grado de vejación con que vaticinábamos el desalojo mundialista, pero lo que no se discute es que la acusación de ventajismo, tan automática en las mentes inferiores como la obsesión por la coherencia según Emerson, no procede esta vez salvo como pretexto autoengañoso para la escapada de gañote de los tertulianos energéticos. Se murmuraba, se mascaba, se recortaba el cadalso rojigualdo junto al Corcovado como mínimo desde que se supo la lista, como normal desde las alarmas emitidas en la Confederaciones y como máximo desde la implosión del guardiolismo.

Las razones de muerte tan anunciada bullen en Twitter, en las tertulias, en las barras de bar y en las deliberaciones del Consejo de Ministros, así que podemos ahorrarnos la manida relación. Ha hecho fortuna el sintagma de Gomá, “descorche generacional”, y baste señalar de momento que tal descorche no existe más que como deseo severamente taponado. Lo viejo, en La Roja y en todas partes salvo en la Corona, no acaba de morir y lo nuevo no ha sido convocado.

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24 junio, 2014 · 10:29