
Los campeadores.
Hay un hastío en la paz que justifica las ansias de batalla. Hesíodo creía que los hombres se mataban entre sí cada vez que la madre Gea se sentía demasiado poblada: la guerra como dieta de enero de la Tierra. Los mitógrafos de hoy trabajan en los medios, y tras un par de años de bulimia electorera padecen ya el síndrome de abstinencia de la estabilidad, que es un coñazo. A la desesperada huronean disidencias y cuando las encuentran las miman para que ningún partido se quede sin su crisis, a cuyos minuciosos relatos contribuyen los propios políticos con el antiguo entusiasmo de Caín. Era el PP el único a salvo de titulares agónicos desde el restablecimiento de la pax mariana, cuyo blasón debería representar a un gran oso celta abrazando a todos sus opositores en un ancho regazo socialdemócrata. La fuerza constrictora de ese abrazo se mide además por el estallido de la burbuja de los politólogos, quienes con tanta regularidad como alegría nos entregaban sus irisados pronósticos. Ya no hay pactómetros ni sondeos de voto ni fraseología de campus complutense. Hay que hacer algo o moriremos de aburrimiento contando cómo cuatro partidos españoles dirimen civilizadamente sus diferencias en las instituciones y ejercitan la responsabilidad en la negociación multipartita de propuestas de ley.
De semejante infierno ha venido Aznar a rescatar a la prensa. Aznar es oro mediático: con él vivía la derecha más orgullosa y contra él fluía más libre el odio de la izquierda, pues hay que ser muy retorcido para odiar a don Mariano. Aznar funciona muy bien como supervillano y al mismo tiempo se le invoca como al Cid en Valencia: flamígero y restaurador. Que la liquidez ideológica del marianismo acabaría despertando la nostalgia del absoluto aznarista podíamos preverlo; a lo que no nos acostumbramos es a la falta de memoria del personal, empezando por la del mismo Aznar, que ya no recuerda sus cesiones al nacionalismo, sus viajes al centro y su perfecta asunción de la moral pública del felipismo, aborto incluido. Y nosotros le entendemos, porque gobernar un país grande y diverso es difícil. Pero lo cierto, atendiendo a su ejecutoria y no a su caricatura, es que el pedigrí derechista de Aznar es tan genuino como el tono azabache de su pelazo.





El trabajoso desbloqueo político apenas deja espacio estos días para discutir de nada más. Por ejemplo de regeneración democrática, procesos penales aparte. Y sin embargo las razones esgrimidas para bloquear la investidura de Mariano Rajoy apuntaban precisamente a la necesidad de una regeneración que el PP fue el último en aceptar. Lo curioso es que, cuando ya la tenía asumida, el PSOE entró en una crisis existencial de la cual emergió –si ha emergido– notablemente cambiado: preguntado por la exclusiva de este diario sobre las lecciones de corrupción en cómodos croquis de powerpoint que impartía el PP, el portavoz de la Gestora, Mario Jiménez, declaró no tener mucho más que añadir. Y el propio Javier Fernández ha tratado de explicar que la corrupción ya no puede servir para continuar bloqueando el país, como le sirvió al pedrismo para perseverar en el no. El nuevo PSOE confronta con Podemos, no con el PP, y ese viraje pone sordina a las demandas de limpieza institucional que hasta hace poco centraban el debate político.






