
«Vamos, Aitor, no te hagas el estrecho».
Sospecho que falta poco para que el Gobierno abra en Euskadi un despacho como el de Soraya en Cataluña. No se trata sólo de negociar el apoyo del PNV a los Presupuestos, sino de una estrategia general de deshielo que riegue las macetas nacionalistas tanto como las socialistas: en Ferraz, más que despacho, el PP directamente ha puesto cocina. Todas las fuerzas opositoras son susceptibles de caber en el abrazo de don Mariano, el oso ecuménico que sofoca la discrepancia ideológica en su tecnocrático regazo. El Rajoy de la mayoría ensimismada ha mutado sin dificultad en pastor del pacto, y no debería sorprendernos de quien en 2008 se desembarazó de liberalismo y conservadurismo para inventarse el marianismo.
Con este PP todo es negociable salvo alguna cosa, por ejemplo la unidad de España, lo cual nos alivia mucho. Lo será sin embargo la política penitenciaria. Se desatará la polémica en cuanto Zoido sugiera el acercamiento de los presos etarras, pero a mí me convence el argumento de Redondo Terreros: el alejamiento obedecía a la lucha contra una banda activa; desaparecida la causa, no hay motivo para perpetuar el efecto. Cuando suceda, poco le importará al presidente el recuerdo de Ortega Lara y otros símbolos de la derecha sociológica, porque la personalidad de Rajoy ha modelado un PP gaseoso, que se expande y se mezcla porque ni pesa ni dura. Por eso la irritación de Aznar. Toda identidad se nutre del antagonismo, pero contra don Mariano no se puede vivir. Es como escupir al cielo. Ahí están las testas colgantes de Mas o de Sánchez, coronadas con su propia saliva.



El trabajoso desbloqueo político apenas deja espacio estos días para discutir de nada más. Por ejemplo de regeneración democrática, procesos penales aparte. Y sin embargo las razones esgrimidas para bloquear la investidura de Mariano Rajoy apuntaban precisamente a la necesidad de una regeneración que el PP fue el último en aceptar. Lo curioso es que, cuando ya la tenía asumida, el PSOE entró en una crisis existencial de la cual emergió –si ha emergido– notablemente cambiado: preguntado por la exclusiva de este diario sobre las lecciones de corrupción en cómodos croquis de powerpoint que impartía el PP, el portavoz de la Gestora, Mario Jiménez, declaró no tener mucho más que añadir. Y el propio Javier Fernández ha tratado de explicar que la corrupción ya no puede servir para continuar bloqueando el país, como le sirvió al pedrismo para perseverar en el no. El nuevo PSOE confronta con Podemos, no con el PP, y ese viraje pone sordina a las demandas de limpieza institucional que hasta hace poco centraban el debate político.








