
Abrazo destituyente.
Que no son las comparecencias sin preguntas ni las investiduras sin conciliación. Que no son los 35.000 millones más de gasto, ni los falsos impuestos solo para ricos, ni que Alberto Garzón sea ministro de España. Que no es el propósito de echar a la Guardia Civil de Navarra, ni de ceder al nacionalismo vasco la gestión de las cárceles donde los etarras salivan por su 100.2 (ya estoy oyendo al pedrette random haciendo repicar su cuchara pesebrera en la cacerola del tuit o la tertulia: «Si Urdangarin sale, ¿por qué Txapote no?»). Que no es el reparto de nóminas y subvenciones entre activistas en lucha eterna contra Franco y contra el Patriarcado, ni el limosneo asimétrico a Revilla o a Teruel. Todo esto no es más que el mugido inarticulado de un Frankenstein cosido con los despieces más rojos del desolladero donde la derecha amuebla sus pesadillas. Veremos cuántas de esas promesas sin memoria podrán cumplir Pedro y Pablo y hasta dónde llegan la agónica aritmética y la paciencia de Bruselas.
Aquí lo dramático, lo irreversible, lo que un día estúpido pensaste que ni siquiera Sánchez podía hacer es que a cambio de una miserable investidura concediese a los separatistas la legitimidad de su soñado referéndum. En premio al golpe, en reparación al cuestionamiento de su supremacismo, el socialismo -el partido de la igualdad, je- ha accedido a someter los acuerdos de no sé qué mesa de charcutería institucional a la voluntad exclusiva de los españoles censados en la autonomía catalana. Es decir, el sanchismo acaba de decidir que los del molotov en Laietana tenían razón, que su causa era justa y que los constitucionalistas somos muertos de hambre subidos a la valla de Ceuta.




Que la investidura de Sánchez se pacte en Lledoners no puede escandalizar a nadie, porque lo propio de las bandas es hacer negocios en el trullo. El Joker de Moncloa está a punto de concretar el chiste más macabro en la broma infinita de su vida pública. «¡Pero salvó al PSOE del acecho de Podemos!», cacarean las pedrettes, incapaces por amor de entender que el precio que ha pagado su gallo por mandar en la izquierda es la titularidad del corral. El PSOE acabó de morir un martes de noviembre de 2019, cuando su secretario general abrazó al epígono leninista de Anguita para abrirle la puerta del Consejo de Ministros. Ahora un condenado a 13 años por sedición otorgará a Sánchez la gracia de unos meses más de insomnio en su colchón, pero el protagonismo pasará al vicepresidente Iglesias, que devorará diariamente en las teles a su presa. Será una legislatura furiosa y estéril que solo culminará un proyecto, activado el día que Sánchez reconquistó Ferraz: la destrucción de la socialdemocracia española. Su legado.





