Archivo de la etiqueta: populismo y otras hierbas

La España de Fidel

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¿Compañero de viaje o tonto inútil?

A los cubanos se les ha muerto Fidel, el hombre, pero los españoles no tendremos tanta suerte: aquí sigue vivo Fidel, el símbolo. Y no sólo pervive en la roja devoción de sus beatas: numerosos medios liberales han optado por ilustrar su muerte con el arrogante barbudo de fusil al hombro, como si ese tipo no hubiera muerto hace décadas, en lugar de escoger al decrépito rehén de su propio chándal, gran pérdida para Adidas. Cuando se trata de embalsamar a un mito, el primer borrador de la historia que es el periodismo a veces no resiste la tentación de comportarse como un maquillador forense.

Se ha escrito que Castro fue el último revolucionario de una época, pero quizá fue el primero de otra, la nuestra, que llamamos posmoderna a falta de mayor precisión y que ha confirmado la sospecha nietzscheana: ya no hay hechos sino interpretaciones. Los hechos: Castro dio un golpe de Estado contra una dictadura de derechas para devolver la soberanía y la prosperidad al pueblo, pero se perpetuó al mando absoluto de una isla penitenciaria a la que, después de quitárselo todo, le arrebató también el orgullo de mandar en su hambre, pues malvivía de las limosnas de la URSS y luego de la petrocracia chavista. Las viudas del chivo que cacarean no sé qué sobre educación universal quizá olvidan que Franco aprobó la Ley de Bases de la Seguridad Social.

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La buena (Barberá), el feo (PP) y el malo (Iglesias) en La Linterna de COPE

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28 noviembre, 2016 · 13:57

Apoye a un imputado por Navidad

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Y se hacen la foto frente a la sede de la soberanía contra la que conspiran, madre.

El Hotel Villa Real exhibe una coqueta selección de antigüedades romanas entre las cuales destacan unos vistosos mosaicos. No cabe sino reconocer la coherencia del lugar elegido para la reunión que ayer convocó allí a las teselas más coloridas del Estado plural, desde Bildu hasta En Marea, de Artur Mas a don Gabriel Rufián.

Acudían a suplicar contra el suplicatorio que el Congreso votaba por la tarde para infortunio de Francesc Homs, procesado por desobediencia. No se trataba sólo del entrañable apoyo a un imputado por Navidad, sucedáneo del pobre de Berlanga, sino de desahogar el sentimiento premoderno que opone la democracia a la ley, la excepción a la norma, el privilegio a la igualdad, el Ejecutivo al Judicial, el Medievo a la Ilustración. La tribu a Roma.

Lo expresó muy bien don Artur, algo más canoso pero aún dueño de esa oratoria silbante que alarga las eses finales lo mismo que los soberanismos alicaídos: «Van a permitir que un político sea juzgado por escuchar a la gente. Es una sinrazón y una vergüenza para España entera». Siempre que Mas dice España, algo cálido y punzante nos recorre la piel interior, algo como un chupito. Luego interpeló al PSOE en un rizo de demagogia singularmente espumoso: «¿Es digno hacer presidente a Rajoy y permitir que se juzgue a Homs?».

Tomó luego la palabra el vate Llach, desprovisto de vihuela, para alertarnos contra la baja calidad de nuestra democracia. «La ley no es sinónimo de justicia», aseguró. Y puso como ejemplo el franquismo, pudiendo haber evocado la expulsión de los moriscos, la batalla de Farsalia o cualquier otra iniquidad histórica. Salió al quite Maite Beitialarrangoitia, de dicción tan pedregosa como las canteras de su tierra: «Añoran el colonialismo», decretó. Aitor Esteban protagonizó un interludio más técnico, pero enseguida retomó la elegiaca letanía Alexandra Fernández, cuya marea no es precisamente de conocimientos jurídicos. Porque cargaban todos contra la judicialización de la política, que es como amonestar al agente que nos multa por exceso de velocidad por judicializar nuestra conducción.

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23 noviembre, 2016 · 15:49

El mito de la Transición

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Torcuato, el guionista, y Adolfo, el intérprete.

Hace tiempo que la Transición murió de éxito, pero aun después de muerta sigue reconciliando a los españoles. Sólo que ahora los reconcilia en el desprecio transversal a la difunta. El último consenso emanado del cuerpo insepulto de Santa Transición es un revisionismo impugnatorio que ejercen la izquierda adánica y la derecha matusalénica. Ambas rezongan que la Transición está mitificada, y llevan razón.

Para el podemita paranoide, el 78 fue un apaño elitista del que el pueblo estuvo excluido. Y es verdad, básicamente porque el pueblo, como sujeto histórico, no existe. La Historia la escriben individuos de gran determinación apoyados por grupos de fuerza muy concretos. El pueblo fue arrastrado a la Guerra Civil por ellos, y a la dictadura por ellos, y la Democracia por ellos. Lo que cambia es la catadura de las élites en cada momento, y todos tuvimos la suerte de que las élites de los 70 fueran más presentables que las de ahora. Nunca el establishment estuvo tan barato, queridos conspiradores. Así que la cursi reflexividad del sintagma «nos dimos una Constitución» es, efectivamente, un mito. Nos la dieron a votar, más bien, y por fortuna los españoles votaron lo que les convenía, a la vista del abismo de prosperidad que separa el país de entonces y el de hoy. Para el conservador pedernal, por su parte, el 78 fue una traición a las esencias espirituales de España. Pero su pérdida también es un mito: nuestro proverbial espíritu de contradicción goza de salud vigorosa en el Parlamento y en Twitter.

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21 noviembre, 2016 · 10:17

Democracia microondas

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Aquí, demócrata.

La política ya no nos calienta el corazón. La frialdad de la tecnocracia acerca el invierno de nuestro descontento electoral. La gestión del poder ha alcanzado tal grado de racionalismo que hiela la sangre de los nostálgicos, del mismo modo que la Ilustración agredía las conciencias feudales. Un creciente número de votantes toma por despotismo ilustrado el orden socioliberal que desde la posguerra rige Occidente y hace progresar a Oriente con la higiene y el desencanto de la aritmética. Contra esa asepsia ideológica se levantan los desclasados, los ofendidos, los interesados en consolar su apocalipsis personal con uno colectivo. Los que preferirían que China se mantuviera sólidamente tercermundista para que Trevor, tosco pero buen chico, pudiera seguir cobrando lo que cobraba por ensamblar coches en Detroit. Piden más democracia. Piden que se consulte más al pueblo. Y sus dirigentes, víctimas medrosas de su propio antiintelectualismo, cumplen el deseo plebiscitario de paso que transfieren su responsabilidad al pueblo, sin sentirse obligados a transferirle también el salario.

Una epidemia referendista ataca barrios, prende regiones y escala hasta los Estados. La idea es tan simple que duele que haya humanos que se resistan a su redondez lógica: votar más nos hará más demócratas. No hay que temer a la democracia. Votándolas, las decisiones de gobierno ganan legitimidad. Y otras inmundicias mentales por el estilo. Es la democracia microondas: calienta pero no cocina.

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18 noviembre, 2016 · 16:18

Y Trump es su profeta

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El pesebre de Belén resulta que estaba en la Torre Trump.

Ya que nos pronostican la caída del Imperio Romano habrá que releer a quien la contó primero. Gibbon pensaba que el declive de las civilizaciones viene anunciado por el de las religiones, que en Roma cumplían papeles distintos según el observador: el pueblo creía que todas eran verdaderas, el filósofo que eran todas falsas y el político que eran todas útiles. Muerto Dios y amenazado el humanismo, nace la última superstición de Occidente: el culto a la sociedad, que se deifica a sí misma en el altar de la tecnología. A esta eucaristía cotidiana que convierte el pan duro del precariado en cuerpo revolucionario los nuevos sacerdotes la llaman empoderamiento. Salid a las redes, apóstoles del clic, y difundid por todo el mundo el evangelio populista.

También el cristianismo nació como una religión de pobres contra el politeísmo de los ricos y acabó convenciendo a Constantino. Desde el pasado martes tenemos un emperador que ya profesa la fe rabiosamente verdadera. ¿Cómo pudo suceder? No hay historia más vieja. Tampoco ahora los bárbaros provienen del otro lado del muro, sino de las catacumbas del propio imperio. Tenía que ser un rabino, el agudo Jonathan Sacks, quien esclareciera la entraña religiosa del fenómeno populista. Dice Sacks que el individuo occidental ha externalizado su conciencia. Ha transferido todas sus competencias al Estado y al mercado. Y durante medio siglo el demoliberalismo cumplió el contrato. Pero también generó una expectativa de prosperidad constante que la globalización y la digitalización han quebrado. Para entonces, el individuo se encuentra tan infantilizado que ya no sabe gobernarse a sí mismo, ni corresponsabilizarse de ningún fracaso. Antes al contrario: se vuelca en la cultura de la queja, cuya última estación es la patada al sistema y el aplauso pavloviano al último oportunista televisivo. Su reacción no es cerebral sino visceral, abonada por la nostalgia de una triple pérdida: de poder adquisitivo, pero también de poder identitario en una sociedad plural y de poder lingüístico bajo la asfixia de la corrección política. Nuestro individuo está acostumbrado a esperar de la política lo que sólo la magia puede dar, pero nunca falta en esta vida un homeópata elocuente. Hay magos de extrema derecha, que prometen regresar a una edad dorada que nunca existió. Y hay magos de extrema izquierda, que sacrifican la vida (de los otros) a un futuro utópico que nunca existirá.

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11 noviembre, 2016 · 12:32

Trump no es Trump

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Él te salvará.

Se nos presentan estos comicios estadounidenses como la elección del asno de Buridán, que murió de inanición por no decidirse entre dos montones de heno idénticos. A tenor de sus respectivos detractores, Trump y Hillary personifican dos montones de estiércol equivalentes. El burro de la fábula escolástica expresa la parálisis a que aboca el racionalismo extremo, y siendo además el símbolo de los demócratas ilustra bien el escrúpulo del votante de Obama que no se decide a votar a una investigada por el FBI.

El trumpista es otra cosa. Su opción no es racional sino identitaria. No delega en un representante sino que se identifica con un superhéroe, capaz por fin de poner coto a esa hipócrita progresía cuyo triunfo tanto le humilla. Es un tipo oscurecido por el signo de los tiempos que ha decidido que Trump encarna lo que él necesita: el resurgir de un nacionalismo orgulloso y proteccionista como reacción a la intemperie global. Pero el trumpismo es, sobre todo, el pretexto autorizado para una ira abstracta. Trump es el hombre de la rienda suelta: el que concede la gran revancha a los derrotados por la corrección política, el aliviadero blanco del resentimiento o la nostalgia. Más que admirarle, Trump le sirve al trumpista para odiar a gusto al progre.

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7 noviembre, 2016 · 11:43

El honor del 78

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El unicornio apareció y tomé la foto.

La única ventaja del radicalismo es la transparencia. Si la exhibición bochornosa de la bajeza y de la ineptitud sirve para unir por reacción a las inteligencias sanas, entonces no daremos por malogrado este año de payasos y débiles mentales con cuyas nóminas la democracia parlamentaria prueba su inconcebible generosidad.

Todo ocurrió cuando Antonio Hernando sacó fuerzas del fondo de su postración abstencionista y pidió la palabra a Ana Pastor para defender el honor del PSOE, manchado por esa apoteosis de una calabaza llamada Rufián. Rematado luego por un tal Matute, de Bildu, que tuvo los santos cojones de presumir de ética frente a Eduardo Madina, al que sus gudaris expropiaron una pierna que por lo visto pertenecía también al Ibex. Hernando, el humillado Hernando, se alzó. Mentó la sangre de los socialistas y las gradas se abrieron, y de ellas bajó una aplauso transversal y espontáneo como una riada de dignidad largamente contenida. En pie aplaudieron juntos, sí, los diputados de PP, PSOE, C’s y PNV: el honor del 78 puesto en pie como un resorte, sin atender por una vez al qué dirán si salgo con ese en la foto, marcando la salvífica frontera entre la razón y el resentimiento, entre la madurez y la orina en el pijama, entre la democracia y la televisión. Rara vez le es dado a un español asistir al posicionamiento plural de la decencia contra la abyección. Ayer lo vi con mis ojos. Vi al unicornio plantado en mitad del Congreso.

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30 octubre, 2016 · 11:27

El oso y el bisoño

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Gesto de rabioso futuro.

Nos tenía prometido Antonio Hernando un numerito de transformismo. Del no a la abstención y del Hollywood pedrista a la asunción de la realidad. Bajo la mirada tutora de Javier Fernández lo ejecutó con tanta profesionalidad que acuñó un neologismo: la «perseveración». Dícese de la rebeldía contra la asimilación (y contra el diccionario) con que el PSOE buscará zafarse del abrazo osuno de Rajoy, sin dejar de aparecer como oposición constructiva. ¿Quién se colgará ahora las medallas legislativas? El consenso beneficia al gobernado y no al gobernante porque reparte el éxito y afloja la adhesión de la tribu. Las urnas han importado al fin la fragmentación de Europa, y con ella la coalición, que aquí llega con retraso como todos los avances ilustrados desde Felipe V.

Ahora reina Felipe VI y en Euskadi el PNV, los dos únicos vestigios del 78 según Pablo Iglesias, guionista de mockumentaries. Con el carcaj petado de tuits y vacío de propuestas salió don Pablo a cazar no la piel del oso, sino la del PSOE. Hernando lo había anticipado cuando habló de la «izquierda pura que acusó de gradualismo traidor» a los socialistas por abandonar el marxismo o hacer la reconversión industrial. Busca el PSOE el arca perdida socialdemócrata, sin darse cuenta de que la administra el PP hace años. El elefante llevaba décadas en la habitación y ya era hora de nombrarlo. «Tengo más que ver con ustedes que con otros, lo siento», dijo Rajoy, que recordó los recortes de ZP cuando Hernando afectó distinción como una marquesa agraviada. «Nosotros sí somos diferentes», afirmó Iglesias. Vaya si lo son.

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28 octubre, 2016 · 11:43