Nuestro galán demediado protagonizó en el Congreso el penúltimo thriller de su carrera. Una escena altisonante de género híbrido, entre la chulería genital de Tony Montana y el gótico aparatoso de Guillermo del Toro. Se trata de morir matando, con la cara cubierta de pólvora y la bayoneta apoyada en el muñón, disparando contra el PP autonomía por autonomía. La escena tiene fuerza, no lo vamos a negar. Dimitido Mazón, ningún presidente ha deseado con tanta desesperación seguir siéndolo aun cuando la presidencia hace tiempo que huyó de su futuro como alma que lleva el diablo.
Hasta la invención del smartphone la política era un lugar razonablemente inaccesible. No solo eso: también era afortunadamente indeseable. Un pasatiempo aburrido del que se ocupaban periodistas especializados en trance de divorcio, académicos desertores del claustro, víctimas de la selección natural en las pistas de baile y aquel delegado de clase con gafotas de carey que quería seguir siéndolo de mayorcito, más la porción habitual de fanáticos y pícaros. La política atraía solo a cuñados bajo sospecha y sociópatas por diagnosticar, y gracias a eso los políticos se permitían no romper en populistas desorejados. Los portavoces parlamentarios podían incluso hacer su trabajo pensando en las necesidades reales del país a medio plazo, no en la inmediata satisfacción de los instintos tribales del espectador. Porque la atención social no estaba precisamente puesta en el trámite de enmiendas a un proyecto de ley, ni la vida política era una sesión continua de zascas telerreales seleccionados por el algoritmo para alimentar la burbuja ideológica de cada dueño de un smartphone. Se tenía confianza en que unos presupuestos terminarían aprobándose. Y quizá gracias a que nadie miraba mucho se terminaban aprobando.
Si la agonía del marianismo quedó cifrada en el bolso sedente de Soraya, el final del sanchismo se anuncia en el bolso falso de la hija de Yolanda Díaz. El bolso se nos presenta así como el alfa y el omega de un periodo español más accesorio que sustantivo. Que una familia comunista recurra a complementos de mercadillo a mí no me parece tan mal como a su propio Gobierno, que difundió una compaña ceñuda contra los productos falsificados sin reparar en el ejercicio de autoinculpación. Porque el Gobierno de coalición progresista es en sí mismo un gigantesco bolso falso, un Luis Vuitón tendido sobre la manta de un senegalés de la Gran Vía.
Hoy se entiende mejor la decisión que tomó Santiago Abascal en julio de 2024, cuando obligó a sus dirigentes territoriales a salirse de los gobiernos autonómicos. Lo hizo para mantener a su partido en una minoría de edad sin culpas, con toda la inocencia (y la impunidad) que apareja esa añorada condición. Un partido que gestiona la realidad del mundo adulto se expone inevitablemente a la erosión del desencanto; en cambio, un partido que solo gestiona expectativas, deseos, ilusiones y fantasías no puede envejecer en las encuestas. Tampoco sirve para transformar España en ningún sentido fáctico, pero sus votantes se conforman de momento con la guerrita cultural de la pubertad y la soñadora pureza de la infancia. «¡España está amenazada! Cuando gobernemos la salvaremos. Pero tampoco tenemos prisa: quizá no sea para tanto».
Aquella mañana Pedro se levantó, se compró unas gafas de existencialista francés en una farmacia y acudió a divertirse al Senado de España, país del que le han hablado tanto que ya sentía ganas de visitarlo. Al parecer se celebraba allí esos días una comisión de investigación porque miembros relevantes del partido, la familia y el gobierno del presidente de aquel país estaban procesados por corrupción. Estas cosas nunca han dejado de asombrar a Pedro, que se indigna a la hora del desayuno cuando se entera por la prensa de las andanzas de gente tan desahogada.
Va a tener María Guardiola la oportunidad de testar esa máxima que Cayetana Álvarez de Toledo repite a menudo: en política lo moral es también lo eficaz. Convocar a los ciudadanos cuando el bloqueo parlamentario que los priva de unos presupuestos se revela insuperable es el primer reflejo de un demócrata cabal. Guardiola se ha cansado de la tenaza PSOE-Vox, y hace bien en oficializar ese hartazgo para que sean los extremeños quienes juzguen en las urnas a los responsables del boicot. La decisión, además, tiene la virtud de retratar por contraste la pulsión autocrática de Pedro, aún más incapaz de gobernar que la semana pasada tras el descuelgue de Junts, pero tan convencido como siempre de que el poder es algo demasiado serio como para dejarlo en manos de los votantes.
El colegio de Sandra Peña, la alumna de 14 años que se suicidó la semana pasada para no seguir soportando el acoso de tres compañeras, amaneció con los muros cubiertos de pintadas enfurecidas. «No quedaréis impunes». «Dar (sic) la cara, asesinos». «Justicia o venganza». Es la prosa justiciera que nace de la indignación moral, y habrá quien por eso tienda a disculparla. Como disculpará los señalamientos en redes sociales que están recibiendo ahora las tres acosadoras, sus fotos publicadas, sus datos personales revelados con el propósito cristalino de que sustituyan a Sandra en la hoguera incombustible del odio humano, que brota antes del idealismo que de la malevolencia. Quizá los autores de esas pintadas no sabían que Sandra y su calvario existían, y se culpan ahora por no haberlo sabido; o quizá lo sabían pero no reaccionaron suficientemente, y ahora que ya es tarde sobrerreaccionan para ahogar el remordimiento. No lo sé: somos una especie compleja capaz de fundar sucesivamente la presunción de inocencia y la cultura de la cancelación. En determinadas circunstancias vacilamos entre el ajuste de cuentas de la turba y el reproche institucional del Estado. Nos cuesta aprender que lo malo no se cura con lo peor, y que la revancha no restaura el equilibrio sino que justifica la escalada. Perpetúa el daño.
Para humillar el orgullo de Francia antes no había más remedio que batirse bajo el sol de Bailén o cruzar la Línea Maginot por las Ardenas. Ahora basta con subirse a una scooter y presentarse en el Louvre a las nueve y media de la mañana por la fachada que da al Sena, elevarse en la grúa de una furgoneta de reformas, cortar la ventana con una radial, acopiar las joyas que quepan en la mano y salir zumbando por donde has venido aunque en la huida pierdas la corona de una emperatriz. No niego que el robo del Louvre sea de película, pero del cine quinqui.