La noticia no es que el PP lleve gobernando Castilla y León el mismo tiempo que pasó Moisés guiando al pueblo elegido. La noticia es que ese pueblo no solo no expresa voluntad alguna de cambio sino que acaba de redoblar su confianza en el partido que allí fue refundado. Cuando Aznar llegó a la presidencia de la Junta no solo no había nacido Lamine Yamal: es que acababa de nacer su padre.
Un día las elecciones de Castilla y León de 2026 serán recordadas con lágrimas de añoranza por todos los amantes de la vieja política. Es decir, por todos esos ciudadanos que aborrecen el mesianismo, que no necesitan posicionarse cada cinco minutos en el lado correcto de la historia, que experimentan un vívido bochorno ante la espontaneidad milimetrada del político que se graba jugando con su perrita y que jamás han depositado en sus representantes otra expectativa que la de ser capaces de cuadrar un presupuesto, mantener los servicios públicos, garantizar el orden en la calle y a ser posible no meter la mano en la caja.
Cuando caiga merecidamente este Gobierno, antes por ridículo propio que por odio ajeno, habría que desear que lo sustituyera su contrario. Pero lo contrario del sanchismo no es la derecha, ni siquiera la ultraderecha, ni mucho menos el fascismo ubicado a la derecha de la extrema derecha pasando por el centro. Lo contrario del sanchismo es la realidad.
Hay unas elecciones el domingo, por si usted no lo sabía. Podemos considerar esta campaña en sordina como un sincero tributo a la proverbial austeridad del carácter castellano. O podemos reconocer que es difícil competir por la atención ciudadana cuando estalla una guerra en Oriente Próximo y el presidente de tu país sale de la cabina de La Moncloa convertido en superhéroe, según doctrina sentada por Ana Redondo: quién mejor que una ministra de igualdad para reconocer al primus inter pares de la democracia.
Se le vio incómodo al presidente en el mitin del sábado cuando Ana Redondo, la más desinhibida bacante de su coro, le gritó que era «el superhéroe de la democracia» y «el representante de la dignidad humana» en este mundo cruel. Un instante así resulta embarazoso para cualquier homínido dotado de vergüenza propia o ajena, pero sabemos que Pedro no vino de serie con semejante dotación genética. ¿Entonces por qué, cuando le cae encima la catarata de almíbar de su ministra, él baja los ojos, se aferra a una botella de agua y le pega un trago lento hasta que la cámara vuelve a posarse en su estrepitosa telonera?
Qué poco nos duran las ansias infinitas de paz. Mientras los cruzados del Gandhi de Pozuelo ondean la rojigualda como basiliscos en las tertulias de TVE, la fragata Blas de Lezo surca discretamente el Atlántico escoltando al portaaviones George W. Bush (no podía ser otro). Por si fuera poco, la fragata Cristóbal Colón (encima con recochineo colonialista) zarpa ahora rumbo a Chipre, cuya base británica fue alcanzada por un dron iraní. ¿Debemos suponer que nuestras fragatas van equipadas con chapas propalestinas, vinilos de Ismael Serrano y guiones humorísticos de Gila?
Nuestro presidente está en guerra. Pero nuestro presidente es progresista: él le hace la guerra a la guerra. Así que nuestro presidente está en la paz. Pide la paz y pide la palabra, a ser posible sin preguntas de periodistas independientes ni de portavoces parlamentarios. Con la sonora belleza de una Miss Universo arrimada a un micrófono, alma bella en bello cuerpo, el profeta del oasis español clama en el desierto de este mundo facha que guerrea con furia épica, ávida de petróleo y ayuna de piedad, que ha dado su negra espalda a la diplomacia. Que prefiere «misiles a hospitales» (sic). Que repatriará a los pijos de los Emiratos y protegerá a los humildes que repostan en nuestras gasolineras. No hemos de temer represalias comerciales, aunque caminemos por el valle de las sombras, porque su vara y su cayado nos sostienen.
Podemos convenir en la definición del tardosanchismo como una sucesión de escándalos apenas velados por sus correspondientes cortinas de humo. Hace tiempo que el búnker se ha poblado de penélopes con doctorado en posverdad que tejen volutas en el aire antes que leyes en el BOE, fundamentalmente porque no hay mayoría para aprobarlas. Todavía no se ha dado cuenta, pero ya falta menos para que Pedro comprenda que debió haber dimitido tras los famosos cinco días de reflexión. No solo habría recobrado la salud sino que habría legado a la izquierda un capital de misterio y victimismo, un relato casi suareciano desde el que intentar la tercera salida quijotesca en el momento oportuno de desgaste de un gobierno de derechas.