Al Congreso no se le toma el pulso real en las grandes jornadas, en las juras de princesas o las aperturas solemnes, sino en mañanas anodinas como la de este miércoles. Era la primera sesión de control de la legislatura pero no asistía el presidente, a quien el Congreso siempre le ha parecido un lugar redundante, superpoblado. A él con tres escaños le bastaría: uno para él y dos para sus viriles atributos. La ventaja es que al faltar Sánchez el pleno se desarrolló con menor crispación, porque sus siervos ya no se matan por satisfacer al señorito compitiendo en invectivas contra la oposición.
La ola autocrática que se prepara para descargarnos encima una amnistía infame se estrelló este domingo contra el rompeolas alzado en la plaza de Felipe II, el rey que decidió la capitalidad de Madrid. El escenario era nuevo y el formato también: ni aún manifestación ni ya acto de partido, el gentío desbordó las costuras propias del mitin cerrado y colapsó las calles adyacentes al WiZink Center -O’Donnell, Alcalá , Goya, Conde de Peñalver- con la desorientación propia de la falta de costumbre. Otra cosa que la gente de orden jamás perdonará a Pedro Sánchez es haberla obligado a manifestarse. Los papeles tradicionales están invertidos: la izquierda insta al silencio frente al privilegio y la derecha se echa a la calle en defensa de la igualdad. Otra revolución psiquiátrica que le debemos al sanchismo.
Cuatro cajas de pinganillos recibían a los plumillas a la entrada de la tribuna de prensa del Congreso. De buena mañana y por el conducto oficial habíamos sido informados del inicio de una nueva era, pero han sido tantas las eras abiertas por el sanchismo que cuesta distinguir la rutina de la excepcionalidad. Por cierto que el fundador de la new age no comparecía en su escaño -a diferencia de Nerón, rara vez se queda a contemplar el resplandor de sus incendios-, lo cual aguó el golpe de efecto premeditado por Vox para el momento en que Francina Armengol rechazara las protestas reglamentistas y diera curso al pleno plurilingüe. Como si el reglamento importara a estas alturas, doña Cuca.
Ahora que el PSOE está a punto de hacer con Puigdemont lo mismo que Rubiales con Jennifer Hermoso -lo de Sánchez será un beso de tornillo en varias lenguas-, una insuperable repugnancia se ha instalado en el cuerpo liberal y conservador del país, que se niega a serlo de países. El personal no encuentra consuelo, y no lo comprendemos, porque le sobran razones para sacudirse de una vez este luto paralizante y narcisista. Basta ya de lamerse la llaga, damas y caballeros del centroderecha: no les educaron para eso. Es hora de levantar la cabeza, empuñar la honda y sonreír a la fealdad del gigante de pies de barro. Primero porque su caída será más dura, empujada por un cúmulo de circunstancias económicas y territoriales suficientemente inventariadas: de las reglas de gasto a las elecciones vascas y catalanas. Y segundo porque eso de la oposición más poderosa de la historia no es frase hecha. Nunca un Gobierno fue menos estable y nunca una oposición acumuló tanto poder municipal, autonómico y parlamentario. Las ocasiones para convertir cada día de la legislatura de Pedro Puigdemont en un infierno delicioso serán innumerables. Falta, claro, que Feijóo se lo crea. Que descubra su propio arsenal. Y que lo despliegue sin miramientos hasta que la prensa sanchista fiche de columnista a Marcial Dorado. Ya tardan.
Cuando el PSOE presumía de ser el partido que más se parecía España no fundaba tal vínculo en la clase social, pues el obrerismo perdió sentido hace tiempo en las sociedades posindustriales, sino en la diversidad territorial. Desde que Feijóo tomó las riendas del PP -dejando la rienda larga por contraste con el centralismo casadista-, y sobre todo desde que el 28 de mayo los españoles retiraron abrumadoramente el poder territorial al PSOE para confiárselo al PP, el partido que más se parece a España es el liderado por un gallego flexible y templado que ha hecho del respeto a los acentos singulares de la nación su paradójica seña de identidad.
Los animales solo salen de su madriguera de confort cuando están desesperados, pero de la entrevista que Sánchez al fin concedió a Alsina me interesaban mayormente las preguntas. Una repuesta de Sánchez no importa a nadie porque procede de un animal invertebrado cuyo principal atributo es la liquidez: la abolición de la correspondencia entre lo dicho y lo hecho, entre la voluntad y la responsabilidad. Si se le inquiere por lo que ve cuando se mira al espejo, él contesta que pandemias y volcanes y guerras. La entrevista entera se redujo a una única pregunta sin respuesta que quedó flotando en el aire de las ondas como la canción de Dylan: por qué nos ha mentido tanto, presidente. «En qué», tuvo el cuajo de replicar. No quiso Alsina rematarlo en un susurro: tengo una lista pero no hará falta, Pedro, porque todo tú eres mentira.
Nadie cae del cielo de las finanzas a la celda del talego sin experimentar un íntimo cambio. Rodrigo Rato (Madrid, 1949) rompe un silencio de 10 años para contar su versión de la historia que mejor encarna el auge y la caída de un hombre que fue una época. Llega en moto, se quita el casco, posa paciente y descarga su conciencia con sosiego y más ajustes de cuentas que actos de contrición. Para penar ya está Soto del Real.
Usted defiende que la politización no fue el problema de las cajas en España.
Los problemas que tuve en Caja Madrid y los que vi en las otras seis cajas no eran los créditos políticos. Eran operaciones bancarias, casi todas relacionadas con hipotecas. Caja Madrid tenía sobre todo hipotecas a inmigrantes que eran un problema, y otras, como Bancaja, tenían además préstamos a promotores en los que la caja entraba con un porcentaje. Eso es típico cuando las cosas van bien. Pero cuando la demanda se frena, los bancos se adaptan ampliando capital. Las cajas no tienen a quién cargarle las pérdidas porque no pueden ampliar capital. Ahí el timing es fundamental. Todo esto empieza en 2007. En ese momento todos los partidos tenían cajas regionales y no quieren privatizarlas. Y ahí se pierde un tiempo precioso. Pero las cajas han financiado la vivienda de las clases medias españolas.
Después de la comba, que Gistau sustituía por una carrerita desganada alrededor del gimnasio, el primer ejercicio que nos hacía practicar Jero era la esquiva. Me emparejaba con David y cada uno soltaba diez veces la mano -izquierda, derecha, uno, dos- hacia la cabeza del otro, que debía agacharse a tiempo para emerger de nuevo lo más rápido posible, listo para contragolpear.