
Donde no hay Mariano, Soraya ‘rules’.
Que empiece el invierno es un pretexto tan bueno como otro cualquiera para fumarte el último Pleno del año. Eso pensarían los diputados culpables de que el Hemiciclo pareciera ayer la presidencia de honor del PP: una pura vacante.
Flotaba en el ambiente una inminencia de maletas, la morriña de circunscripción del parlamentario de provincias. «Es que mi casa da al mar», suspiraba la gallega Yolanda Díaz, que para eso es de En Marea. Por no estar no estaba ni Papá Noel, rol que compete a don Mariano (en Nueva York) desde que falta Cañete y desde que los líos de la política le clarean la barba de más.
No se entiende que Bescansa reproche a la vicepresidenta que el Gobierno se conduzca como si conservara la mayoría absoluta. Igual les funciona como consigna para la tele, pero los hechos -Lomce, salario mínimo, pronto la ley Mordaza, ayer mismo el bono social para impedir los cortes de luz a los insolventes- prueban que el paquete legislativo que está inaugurando el segundo mandato de Rajoy no figuraba precisamente en su programa.
Escandalizarse de que PP y PSOE se entiendan es fulanismo de patio de colegio. Lo relevante es la letra ideológica de la ley que resulte de esa cooperación. Y esa letra, se mire como se mire, es socialdemócrata, y no sólo en economía. Cuando Isabel Rodríguez (PSOE) o Aitor Esteban inquirieron a Catalá por la memoria histórica –Iglesias aplaudió-, el ministro informó de que el mapa de fosas actualizado por sus funcionarios ha recibido 90.000 visitas este año, o de que en Sevilla se les ha restituido el honor a 313 presos políticos. Y no cierran Casa Pepe porque es un negocio privado, como lo es la serie sobre Serrano Suñer que tiene al antifascismo de guardia al borde de armar un maquis en Telecinco.



El trabajoso desbloqueo político apenas deja espacio estos días para discutir de nada más. Por ejemplo de regeneración democrática, procesos penales aparte. Y sin embargo las razones esgrimidas para bloquear la investidura de Mariano Rajoy apuntaban precisamente a la necesidad de una regeneración que el PP fue el último en aceptar. Lo curioso es que, cuando ya la tenía asumida, el PSOE entró en una crisis existencial de la cual emergió –si ha emergido– notablemente cambiado: preguntado por la exclusiva de este diario sobre las lecciones de corrupción en cómodos croquis de powerpoint que impartía el PP, el portavoz de la Gestora, Mario Jiménez, declaró no tener mucho más que añadir. Y el propio Javier Fernández ha tratado de explicar que la corrupción ya no puede servir para continuar bloqueando el país, como le sirvió al pedrismo para perseverar en el no. El nuevo PSOE confronta con Podemos, no con el PP, y ese viraje pone sordina a las demandas de limpieza institucional que hasta hace poco centraban el debate político.








