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Un hombre libre

El 10 de enero de 1991 a Libero Grassi, siciliano de Catania, se le acabó la paciencia que lo mantenía vivo. Grassi tenía una tienda de pijamas para hombre en Palermo. No le iba mal, pero a él y a muchos como él les iría mejor, pensaba, si la mafia no hubiera decidido ayudarles. El pizzo es eso: pagas para que te protejan de los mismos que te cobran. La mitad de los comerciantes de la hermosa capital de la isla lo pagaba, así que cuando Libero compartía su indignación con sus vecinos todos cabeceaban tan solidarios como resignados. Pero el señor Grassi, a diferencia de sus vecinos, no creía que la verdadera indignación pudiera ser silenciosa. Así que aquella mañana envió una carta al Giornale di Sicilia con este encabezado: «Querido extorsionador».

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15 agosto, 2022 · 10:19

Del espíritu al fantasma de Ermua

La historia de Miguel Ángel Blanco no empieza en Ermua sino en Mondragón, a orillas del río Deba, en el podrido subsuelo de la nave industrial donde Ortega Lara fue enterrado en vida y rescatado tras 12.768 horas exactas de agonía. Hoy ese lugar es un almacén abandonado de propiedad municipal, comido por la maleza y regado de cristales rotos. En la puerta metálica hay una rojigualda tachada y una pintada que injuria al sindicato Jusapol. Junto a la nave han construido un área infantil con columpios, y si uno permanece allí el tiempo suficiente oirá cantar a un gallo y reír a algún niño, sonidos impertinentes allí donde un hombre fue torturado. Pero el ayuntamiento no se limitó a comprar este siniestro edificio: desactivó su potencia pedagógica rellenando el zulo con hormigón. Hoy no es posible ver el agujero donde fue recluido el funcionario de prisiones. De eso se trataba y de eso se sigue tratando en Euskadi: de recordar o de olvidar.

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11 julio, 2022 · 8:44

Giulio Andreotti: el obispo isósceles

Giulio Andreotti, il Divo que llena la escena de la política italiana desde la posguerra hasta ese guadianesco avatar de sí mismo que es Berlusconi, fue en todo caso un caballero, por lo que decidió ceder el paso postrero a Margaret Thatcher para que la Dama de Hierro fuera la primera de los dos en llamar a las puertas del cielo. Ahora don Giulio, que como político de longevidad mitológica llamó a todas las puertas incluidas las del infierno, habrá de armarse de paciencia ante la aldaba celestial. “No tengo vicios menores”, confesó él mismo, porque tenía el único que los engloba a todos: el poder, el poder en estado puro, sin condicionantes onerosos por culpa de los malditos principios, ese poder que sólo desgasta a los que no lo tienen, como dejó esculpido en cita memorable.

Andreotti fue el inveterado líder de una cosa que llaman Democracia Cristiana, sintagma inconciliable que a Unamuno, si no me falla la memoria, le suscitó una analogía genial: “Decir democracia cristiana es como decir obispo isósceles”. Y así es, porque el cristianismo es una respuesta unívoca a la búsqueda de la Verdad, mientras que la democracia no es más que un concierto aritmético de opiniones coyunturales. Y aunque todo partido democrático reproduce en la práctica un funcionamiento tan jerarquizado como el de la Iglesia, un político con convicciones demasiado definidas se revela pronto una rémora para el mercadeo partitocrático. En términos radicales o se es cristiano, o se es demócrata. El propio Andreotti –y en esto no hacía sino preconizar el comportamiento de las futuras derechas europeas, que equivale al presente relativista de nuestra época y país- no perdió demasiado tiempo tratando de justificar la ideología de su partido, y si a alguno se le ocurría pedirle un poquito de coherencia no tenía empacho en invocar las mismísimas Escrituras como fuente de su pragmatismo: “Lo leímos en los Evangelios: cuando a Jesucristo se le preguntaba qué es la verdad, nunca respondía”. Uno de sus más brillantes fustigadores, el inmortal Indro Montanelli, resumía plásticamente la inspiración maquiavélica de su proceder político: “De Gasperi y Andreotti iban siempre juntos a misa; De Gasperi para hablar con Dios y Andreotti para hablar con los curas”. Que a Dios no se le pueden hacer ofertas irrechazables. Y sin embargo, rara vez a lo largo de su vida faltó a misa de siete de la mañana. Algo tendría pactado con Él; quizá la gratitud por salir adelante como hijo huérfano de familia modesta en la Italia devastada por la guerra.

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7 mayo, 2013 · 12:57