Archivo de la etiqueta: liquidez sanchista

Total respaldo de Sánchez

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Fría diplomacia.

¿Oiga, Juan Guaidó? Sí, soy Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España. Sí, yo soy el presidente del Gobierno. ¿Cómo estás, Juan? Perdona que te tutee, estoy en Davos, en plan informal. Precisamente acabo de hablar con Iván Duque, el colombiano. Dice que allí tienen campos de niños venezolanos prostituyéndose por comida. Menudo lío, ¿eh? Le has echado cojones, muchacho, las cosas como son. Tienes mi total respaldo. ¿Tu reconocimiento? Hombre, esas cosas llevan sus trámites, Juan. Somos Europa, aquí no funcionamos así. Cuba no te reconoce y por algo será, paseé por el Malecón hace poco y es una maravilla. ¿Trudeau? ¡A Begoña le cayó fenomenal! En principio no iba a acompañarme pero no sabes la barrila que me dio, fan del canadiense hasta la histeria, chico.

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27 enero, 2019 · 23:34

Puente aéreo

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Tarradellas y Suárez.

Resulta descriptible mi entusiasmo por el redondismo, pero debo rendirme a don Iván si suya ha sido la idea de rebautizar El Prat con el nombre de Josep Tarradellas. Estamos ante un nuevo brote cuántico de sanchismo, un nuevo desafío metafísico al principio de no contradicción por el cual el Sánchez real, el que firma la calculada omisión de la Constitución con sus agresores, se opone al Sánchez simbólico: el que adjudica al aeropuerto de Barcelona la identidad del enemigo encarnizado de Jordi Pujol.

Tarradellas fue el primero en denunciar la «dictadura blanca» de aquel milhombres corrupto -«iguana epiléptica» le llamó Federico, orfebre del denuesto, en una de las cumbres de su repertorio- de cuyos hispanófobos legatarios depende hoy el Gobierno de España. He aquí otro hito de la bipolaridad sanchista: reivindica con gesto solemne a un patriarca de la Transición mientras dinamita su obra por la vía clamorosa de los hechos. Tarradellas fue leal a Suárez, y de esa lealtad nació el Estatuto de Cataluña. Pero pronto llegaría Pujol, procedente de Andorra, y sus coletazos de iguana descargaron durante años sobre las bases de aquel pacto de caballeros, hasta que no han quedado en pie más que un Torra y un Sánchez midiéndose mano a mano la profundidad de sus traiciones respectivas.

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24 diciembre, 2018 · 11:59

El sanchismo es autoinmune

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Sánchez.

Nos estamos equivocando con Sánchez. Nos empeñamos en seguir la doctrina Calvo respecto de la cualidad esquizoide que permite disociar a Pedro Sánchez del presidente del Gobierno en función de la impertinencia con que le golpee la hemeroteca. Pero quizá Sánchez no sea el pícaro sin escrúpulos que muda de posición y se opone a sí mismo con descaro para escamotear toda responsabilidad. Quizá Sánchez es el político del futuro, el prototipo que se adelanta a la era de la política biónica, el líder mitad humano mitad máquina alimentada con energías renovables. Sánchez es ese muñeco cilíndrico de plástico hueco que unos chorros de aire inflan y bambolean arbitrariamente, y que se emplea para decorar los conciertos y la fan zone de las finales de Champions. Ese muñeco nos gobierna sin poder gobernarse a sí mismo.

Yo pensaba hasta ahora -y conmigo numerosos diputados susanistas- que la conducta de Sánchez era materia más apropiada a la terapia de los psicólogos que a la ciencia de los politólogos. Nada de eso: es un caso para la física. Estamos ante un presidente cuántico. La física cuántica admite los comportamientos paradójicos, porque una partícula cuántica no posee un valor único, definido, sino que los admite todos al mismo tiempo; esta propiedad de superposición no excluye la capacidad de transportarse a través del espacio vacío. Ahí es donde entra el Falcon. El espacio vacío equivale a la gestión de Sánchez estos siete meses.

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12 diciembre, 2018 · 16:03

Cicerona Calvo

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Oradores con cara de oradores.

El sanchismo es un abuso gradual de la paciencia que primero nos polariza para luego domesticarnos. Cada día estira un poquito más las costuras del traje del 78 para desfigurarlo sin romperlo aparentemente. Se trata de que los publicistas del rey desnudo puedan seguir diciendo que vamos vestidos de constitucionalistas, aunque en realidad ya no nos reconozca ni la madre que nos parió hace ahora 40 años, cuando el nacionalismo era un invitado más del juego y no el croupier que amenaza con volcar la mesa. Una moción de censura pactada con los autores políticos de una rebelión, la colonización hortera de cada nómina pública por el rasero del sectarismo, el aislamiento del Monarca constitucional, la mofa cínica del propio listón ético proclamado por un antiguo avatar de Pedro Sánchez, la asunción de la demagogia económica bolivariana en un plan de Presupuestos, el pasteleo zafio para acomodar las togas a los tiempos políticos… El pedrisco sanchista va cayendo semana tras semana sobre el sembrado institucional hasta que lo aceptemos como una maldición cósmica, inexorable.

Ahora bien. Algunos estrechos todavía no hemos dilatado el esfínter lo suficiente como para cumplir con el papel que se nos pide en esta sauna. Que Carmen Calvo, una catedrática de Cabra que confunde el latín con los dibujos animados, se compare con Cicerón es demasiado. Nadie como Calvo ilustra el atrevimiento de la ignorancia, pero si se atreve a tanto quizá no sea solo por la ridícula soberbia que le afeó Melisa Rodríguez, sino porque la oposición no se le está oponiendo como debería. Hablo con unos y con otros, charlo con compañeros que cubren PP y la impresión es unánime: el casadismo no cuaja. Bien por la corrupción del pasado, bien por la bisoñez del presente, el primer partido de España está trazando una deriva errática que desmiente su aún poderosa representación. Y eso no se soluciona con intervenciones altisonantes muy subidas de adjetivo. ¿De qué sirve que Emilio del Río -buen latinista, por cierto- cargue contra los infames manejos en la Abogacía del Estado de Dolores Delgado si su compañero Rafael Catalá acaba de blanquearla repartiéndose con ella los vocales del CGPJ? ¿Qué hacía Catalá con una corbata fucsia si debía llevarla negra por el luto debido a la decencia de su sigla? ¿Puede convencernos el PP de que no ha cedido la hegemonía judicial al PSOE a cambio de un control de daños en sus casos de corrupción, empezando por la protección pactada para un Mariano Rajoy que ha perdido el aforamiento?

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14 noviembre, 2018 · 14:04

Operación Salomón

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Robin Hood.

De vez en cuando conviene decirle la verdad a la gente, y perdonen ustedes este arranque populista impropio de mí. Pero hoy pujaré por una plaza mediática en la petada convocatoria nacional de tribunos de la plebe. Porque la monumental farsa que empezó con unos ropones lavando en público sus sucias puñetas y acaba con un decretazo sanchista -es decir, sin escrúpulos- en el BOE merece que alguien la desnude, al menos por la vergüenza que puedan pasar, si es que la tienen.

La crisis de las hipotecas no la han resuelto ni la banca ni los jueces ni los diputados de Gobierno o de oposición ni nuestro Kennedy comprado en los chinos, sino una tácita concertación de las voluntades e intereses de todos ellos en las tres semanas que duró la insólita prórroga de la decisión final. Cuando Carlos Lesmes, el abad del convento que decidió cargarse dentro, salió después de poner el huevo de la discordia y emplazó a los diputados -«Las Cortes tienen una magnífica ocasión para clarificar el asunto»-, quedó clara al fin no solo la doctrina hipotecaria del Supremo sino el salomónico enjuague que la había parido. Una típica operación de Estado made in lo peor del 78 por el cual los tres poderes se distribuyen las responsabilidades bajo la atenta mirada del cuarto, que no es la prensa -ay de mí- sino la banca. El Judicial le saca al Ejecutivo las castañas tributarias del fuego electoral a cambio de que el Ejecutivo obligue al Legislativo a convalidar un decreto desinflamatorio que con una mano aparta la retroactividad de las pesadillas bancarias y con la otra relaja el ceño de la gente, oportunamente fruncido por Podemos, que no es sino otro poder del Estado: comparte con la Liga la función vital del desahogo popular. Los bancos recobran la salud bursátil, los tribunales esquivan la amenaza de colapso, los barones siguen repartiendo viruta preelectoral y el presidente se hace un selfi con arco y calzas verdes en el bosque de Sherwood. Todos contentos.

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14 noviembre, 2018 · 11:50

‘Pedrisco’ Sánchez cae sobre el 78

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Para vislumbrar urnas ha de achinar los ojos.

Todo esto no es más que un paréntesis de furia hasta que el inminente ciclo electoral decida la vigencia de la España del 78. En 2020 sabremos si se destruye del todo o se refunda: lo que quieran los votantes. Entretanto, el sanchismo es una corta legislatura maniquea o un largo musical para mileniales en el que la oposición carga con el papel de villano y el protagonista teatraliza su propia grandeza como si nunca fuera a caer el telón. Hoy le tocaba lucir a Pedro Sánchez el traje de estadista europeo. Y si uno prescindiera de sus hechos y de sus alianzas, si uno cayera por primera vez en el hemiciclo, no podría sino asentir a declaraciones tan juiciosas como que los rupturistas del Brexit deberían reflexionar o que la estabilidad es un valor muy importante del europeísmo. Pero el actor que llegó al poder y se mantiene en él con los votos del rupturismo catalán y del populismo eurófobo no puede pretender que le creamos el amigo más fiable de Juncker y Tajani. Ya hemos dicho que todo en Sánchez es falso, empezando por su voz y terminando por sus transfusiones de sangre.

El obstinado maniquí que nos gobierna estuvo este miércoles de visita oficial en España antes de volver al aire, de donde no bajará ya hasta Navidad porque sabe que dejarse ver mucho le perjudica y porque teme que si pisa suelo español lo metan en el Senado a explicar el plagio de su tesis. «Yo siempre he creído que la política consiste en convertir los ideales en realidad», dijo, y puede decirlo porque el ideal de nuestro Kennedy comprado en los chinos se reducía a dormir en Moncloa como fuera. La pregunta es cuánto tiempo más dormirá en palacio y en qué estado amanecerán las instituciones del país después de su última noche allí. En el pasillo todos los reporteros coinciden en la misma apuesta: Sánchez no aprobará sus Presupuestos por la lealtad indepe al relato de sus presos, pero le da lo mismo porque culpará a todos los demás de tener que prorrogar los de Rajoy para apurar hasta el último día de poltrona, confiando en que la opinión pública haya sido domada en su favor para entonces.

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24 octubre, 2018 · 17:10

Mucha coreografía, poca diversión

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Macbeth comprado en los chinos.

España es un país con un presidente que ni gana ni convoca elecciones cuyo poder depende de los enemigos de la Constitución y cuyos Presupuestos se negocian en el trullo entre un golpista beato y un antisistema con chalé. Lo que no sabemos todavía es si esta descripción tristemente objetiva de la realidad corresponde a las luces de bohemia de un olvidable paréntesis en la historia de la cuarta economía del euro o si avanza el mero prólogo de una degeneración más profunda de la que, al cabo de un sexenio ominoso de sanchismo, emerja una confederación de repúblicas deficitarias, unidas únicamente por la alienante propaganda de sus muecines mediáticos y por el voto clientelar regado con impuestos.

La legislatura de Sánchez es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, pero nuestro Macbeth plagiado de El rincón del vago guarda con el original la semejanza de la genuina carencia de escrúpulos. Hará lo que haga falta por retrasar las urnas hasta que sus publicistas hayan terminado de confeccionarle el traje del emperador: se cobrará la salud mental de Lola Delgado obligándole a resistir, enterrará la carrera de Calviño o humillará a Borrell y a Felipe VI por un voto indepe más. Porque no nos gobierna un político al uso, sino un hombre herido que un día juró venganza y al que la sonrisa del destino le concedió la dulce posibilidad de practicarla a costa de nuestras instituciones y de nuestros bolsillos. Es todo un espectáculo contemplar desde la tribuna de prensa cómo le aplauden a rabiar todos esos diputados susanistas que venían a susurrarte la calaña de Pedro, lo loco que estaba, el peligro que suponía. Y ahí les tienen ahora, partiéndose las manos por un puesto en las listas. Qué no escribiría Balzac con semejante acopio de enternecedora fragilidad humana.

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17 octubre, 2018 · 14:27

El Rey Sol lucha contra Franco

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«El Estado soy yo».

El Congreso amanecía desprestigiado por la presencia de Pedro Sánchez, quien la víspera había declarado que no va al Senado a explicar lo de su tesis precisamente para prestigiarlo. El argumento es otra genialidad de la factoría monclovita, pues invierte los términos de la doctrina Umbral: si el escritor iba a la tele a hablar de su libro, el presidente no va al Parlamento a hablar del suyo, básicamente porque ni siquiera es suyo.

Definimos el sanchismo como una manera de llegar al poder a pesar del PSOE y no a través de él, pero también como un modo personalista de conservarlo que precisa un aprecio irreflexivo por uno mismo y un olímpico desprecio por las instituciones de todos los demás, desde las ruedas de prensa hasta las cámaras legislativas. El sanchismo es un absolutismo de nuevo rico que consiste no solo en enfatizar constantemente tu condición de presidente del Gobierno sino en presentarte como encarnación de la razón de Estado, atacada por una oposición histérica. Acorralada por Javier Maroto y Bermúdez de Castro, la ministra Delgado consumó una sinécdoque -la parte por el todo- que le hubiera envidiado el mismo Luis XIV: «¡Yo soy la víctima de un chantaje al Estado!». Hombre, doña Dolores, las víctimas no suelen aceptar mariscadas de su chantajista, ni interceden con sus amigotes, ni elogian la idoneidad de su puticlub.

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10 octubre, 2018 · 16:49