El español que se asome a los análisis del discurso de Sánchez se encontrará con expresiones más o menos consensuadas por esas víctimas habituales de la inmediatez y el tópico que son los periodistas. Expresiones como giro a la izquierda, podemización, iniciativa política, reconexión con los votantes, vuelta a los orígenes, huida hacia adelante. Todos estos análisis, acertados o no, parten de un error perceptivo que a estas alturas no podemos perdonar: el error de tomarse en serio lo que Sánchez dice, anuncia, promete o jura sobre la tumba de Pinocho.
La izquierda española no está bien, y cuando la izquierda española no está bien pasan cosas terribles en España. Le pasan sobre todo a la izquierda y las ejecuta sobre todo la izquierda, y el entrañable espectáculo de su secular inclinación al fratricidio nos llena de asombro a todos aquellos a los que nunca se nos ocurrió la peregrina idea de pertenecer a un club tan errado e hipócrita como el de la izquierda española, pese a sus notorias ventajas a la hora de practicar el gañote cultural y recibir premios periodísticos. Uno contempla el vértigo del fuego amigo/enemigo que está diezmando a la izquierda española como Saint-Exupéry contempló la retaguardia barcelonesa de 1936: «Aquí se fusila como quien tala árboles». El problema, naturalmente, surge cuando se cansan de dispararse entre ellos y se conciertan para disparar a los demás.
Como Dafne se convirtió en laurel cuando el lujurioso dedo del encendido Apolo alcanzó su ebúrnea carne, así también doña Nadia Calviño empezó a transformarse ante nuestros atónitos ojos en Pedro Sánchez, no bien la noticia del empinado IPC irrumpió aparatosamente en el Congreso. Disculpen ustedes este exordio grecolatino, pero todo apunta a que en otoño va a arder Troya, y conviene repasar a los clásicos para explicar nuestra próxima tragedia.
Dice Iván Redondo que Sánchez vuelve, pero no dice adónde. Y no lo dice porque no puede. Sánchez no tiene principio, precisamente porque no tiene principios, así que solo queda por escribir el último de sus finales. Ya escribimos uno cuando fue desalojado de Ferraz en aquella noche escarlata en que juró venganza. Logró añadir una segunda parte a su novela picaresca, pero el pícaro cuenta con un número limitado de recursos para sostener la atención del lector. Cuando empieza a repetirse, la historia pierde interés.Es un político amortizado para todos menos para Tezanos, cuyo amor es constante más allá de la muerte. Pedro es de Marte y José Félix de Venus.
Así que el PP arrasa en Andalucía y Pedro Sánchez baja los impuestos. Menuda encrucijada para el electorado. El votante que desee impuestos bajos ya sabe que tiene que votar al PP, pero el votante que prefiera los impuestos altos -tiene que haber de todo- ya no puede votar a Sánchez. Que le gustaba copiar tesis era sabido; pero que le copie la tesis a Feijóo tiene delito. Sobre todo porque esa bajada del IVA de la luz de la que usted me habla la descartó en su día Teresa Ribera por «cosmética». Pero desde cuándo le molesta la cosmética a Pedro Sánchez, mujer.
Quizá lo que sucede no es tanto el regreso del bipartidismo como la nostalgia de la autenticidad. El bipartidismo se quebró cuando su discurso de madera dejó de ser creíble para demasiados, que prestaron oídos a la retórica vibrante de los nuevos partidos. Cuando esa bengala dejó de chisporrotear, los ciudadanos escarmentados han seguido buscando verdad en la política -se olvida que el primer interés del votante es que no le engañen-, pero ya no la encuentran tanto en las siglas como en las personas. Por eso Feijóo, Ayuso o Moreno han cimentado sus triunfos autonómicos en una marca personal más que en la del PP. El partido debe aportar estructura y coherencia, pero cada vez gana más el candidato.
Despacho de La Moncloa, nueve de la mañana. Sánchez corre en la cinta que ha hecho instalar allí. El escritorio está vacío de papeles pero lleno de fotos. Una perrita sestea en el rincón. Abre un ojo cada vez que su amo resopla. De pronto se incorpora: llaman a la puerta.
-¿Me has hecho llamar, presidente?
-Adelante, Pepe. Pasa, pasa. No te quedes ahí. ¿Nunca has visto correr a un líder? A ver, minuto y resultado del lío de Argelia, va.
-Pues esperamos que Úrsula haga la llamada que me ha prometido. Pero si los argelinos no reculan…
-Qué harto estoy de la morisma, te lo digo. Un año llevan dando por saco. Primero unos y luego otros. ¡Yo solo intento ayudarles! Curamos al del mostacho aquel en Logroño. Me cargué a la ministra de las gafas, ¿cómo se llamaba…? Es igual. Les di el desierto que llevan la tira de tiempo reclamando. Bajé a Rabat a cenar unos dátiles que te dejan el estómago como un bebedero de patos. Y hace nada extradité a dos opositores argelinos para que practiquen el medievo con su culo. Qué más quieren, copón. Lo único divertido fue mandar a la Legión a Ceuta cuando el tío feo de Mohamed abrió la valla a traición. ¡Por fin sé cómo se sentía el Caudillo!
El Senado español no es el Madison Square Garden. Alberga un bonito parlamento inglés que nadie usa, porque aquí no tenemos parlamentarios ingleses, y una preciosa biblioteca de época que nadie visita, porque aquí no tenemos políticos que lean. A cambio ofrece una cámara funcional con menos solera que cualquier ateneo de provincias, forrada de madera barnizada para que los elefantes de este cementerio no se astillen la piel mientras descabezan la siesta en el escaño. El Senado español siempre está en obras por fuera para disuadir a los idealistas de entrar a reformarlo por dentro. Yo creo que quedaría igual de bien en Barcelona, como propone Ximo Puig, pero lo propio sería Benidorm. Lo digo por tender puentes entre el Imserso y la gerontocracia.