Archivo de la etiqueta: libres e iguales

El privilegio del coraje

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Coraje.

Las guerras civiles en Occidente aún son culturales. Dos se están librando hoy, una en la izquierda y otra en la derecha.

En el primer frente tenemos a los neomarxistas tratando de pinchar las múltiples burbujas divisivas de los identitarios, explicándoles que lo que determina su conciencia solo puede ser su clase social y no la fluidez de su género, ni el abono semanal a la batucada saharaui, ni su arrebatada piedad por las focas. Militancias tan atomizadas les escamotean su destino histórico, que es unirse como precarios del mundo en la lucha final contra el neoliberalismo globalizado. Se trata de una guerra melancólica que ya se perdió en París en 1968, cuando los hijos de la paz descubrieron que sus anhelos los satisfacía mejor el mercado que el Estado, pero su lucha me inspira más simpatía que la de quien pide el sufragio para el gran simio; al fin y al cabo, Adam Smith y Karl Marx comparten la convicción de que la emancipación del hombre empieza por sus condiciones materiales.

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10 diciembre, 2018 · 11:46

El candado de la libertad

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Oscuro objeto de deseo del conspirador.

Sirve el latín no solo para que a los oriundos de Cabra los llamen egabrenses, sino también para cincelar el sentido de la civilización en un puñado de eufónicas palabras: Legum servi sumus ut liberi esse possimus. En castellano no suenan tan bien, pero proclaman la misma verdad: «Somos esclavos de la ley para poder ser libres». La paradoja formulada por Cicerón hace 21 siglos ha guiado a todos los pueblos que quisieron ser libres y adivinaron la única manera de conseguirlo: ser al mismo tiempo iguales ante la ley.

A menudo enfrentamos la libertad a la igualdad para diferenciar el ideal propio de la derecha de la vocación por la que lucharía la izquierda. Pero esta dicotomía no deja de ser una trampa pedagógica tendida por nuestra mente binaria, porque la igualdad no es otra cosa que la igual libertad entre ciudadanos. Al final todos luchamos por la libertad, por igualarnos en autonomía, para que la libertad de partida que asiste al pobre se parezca lo más posible a la que disfruta el rico, sin someter la de ninguno por el camino ni impugnar la disparidad de resultados que necesariamente se sigue del ejercicio del albedrío y el capricho de la genética. Esa doble condición inseparable, la de ser libres e iguales como españoles, es la que consagra la Constitución de 1978.

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6 diciembre, 2018 · 10:11

Pablo Casado: el parto de un líder

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El relevo.

La victoria de Pablo Casado no debería sorprender a nadie. Si la fortuna ayuda a los audaces y si la política occidental está recorrida por el rechazo al elitismo inercial de las estructuras tradicionales de poder, cabía esperar que Soraya Sáenz de Santamaría fuera apeada del puente de mando en cuanto se le permitiera elegir a la militancia. Es lo malo de dejar votar a la gente, que acaba votando lo que le da la gana. Lo que mejor le llega.

Casado ha podido levantar en mes y medio un liderazgo propio porque tenía un líder dentro, largamente gestado, que el tapón marianista impedía salir. Durante su energizante discurso -una pieza notable de oratoria, directa al corazón del compromisario y a las piernas del público, que no pudo evitar ponerse en pie hasta cinco veces-, el orador sudaba no porque Soraya tuviera secuestrados a sus hijos, como apuntó un malvado tuitero, sino porque estaba de parto: estaba alumbrando al próximo presidente del partido.

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Un resumen de mi largo diálogo con Gistau en COPE

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22 julio, 2018 · 12:23

Es el nacionalismo, estúPPidos

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«¿Pero de qué se quejan, Aitor?»

Nos tenían dicho que la belicosidad era cosa de la izquierda, pero también ese tópico vamos a tener que revisarlo. Hoy el antagonismo más virulento de la política española lo desempeñan Ciudadanos y el PP, mientras Pedro Sánchez se abraza melancólico a Felipe y Pablo Iglesias se abraza enmudecido a su iPhone. Los de Rivera y los de Rajoy se sacuden ya sin mesura, llegan al escaño con el botiquín de campaña y alguno hasta se arremanga antes de pedir la vez. Ya se sabe que las guerras más encarnizadas se las declaran los presuntos aliados. Si algo acredita Ciudadanos es cintura, pero ya no es solo ideológica sino también geográfica: condiciona el Gobierno y al mismo tiempo ejerce la más dura oposición. Y todos los partidos, a su vez, se oponen a Cs. Los ciudadanos con minúscula lo ven y según los sondeos se identifican. Ahora es Cs el partido anticasta.

Por eso cuando Margarita Robles llama camastrón a don Mariano a primera hora de la mañana, suena antes a pellizco maternal que a la diatriba de la portavoz –portavoza para Lastra– de la primera fuerza opositora, u opositoro. «¡Despierta usted!», gritaba doña Margarita, pero su grito nos despertó a todos menos a Rajoy, que cabeceaba aún más aburrido que antes. Vedado el tema catalán por la entente del 155, el PSOE trata de arañar la piel de kevlar del presidente con el enfoque social, la precariedad, la brecha, la pobreza. Pero Rajoy recurre a la memoria ruinosa de Zapatero y todavía le funciona.

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La generosa reseña de Jesús F. Úbeda en Zenda sobre Vidas cipotudas

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14 febrero, 2018 · 13:36

Odiar a Ciudadanos

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El centro.

Hay buenas razones para odiar a Ciudadanos y esta semana han aflorado algunas de ellas. A medida que el partido de Albert Rivera se va aproximando a la idea que se propuso defender en el congreso refundacional de Coslada del pasado febrero, cuando renunció a la socialdemocracia para abrazar el liberalismo, la inquina transversal de la partidocracia española irá confluyendo en un mismo y ancho cauce de resentimiento. Quienes conocemos un poco a los spin doctors de los partidos establecidos -y a sus clientes- nos explicamos muy bien que anden todos afanándose en dibujar sobre la foto de Rivera un bigote hitleriano, o en señalar su lampiño amateurismo, pero eso no se debe solo a las encuestas. Se debe a la odiosa disonancia cognitiva que la consolidación del centro crea en los detentadores del discurso político, sean de izquierdas o de derechas, nacionalistas o populistas. Hay por tanto razones profundas para odiar a Cs, pero todas las que hay se pueden resumir en dos: la libertad y la igualdad.

Libertad es una palabra que suena bien pero cuyo significado casi nadie comparte porque entraña dolorosas renuncias. Desear ser libre significa primero atribuirse la capacidad de responder por las propias decisiones, lo cual te exilia para siempre del confortable país de la queja, y significa después asumir que cada decisión tomada excluye todas las alternativas. Decidir es renunciar. Solo cuando eres niño lo quieres todo, pero la vida te enseña -a menudo demasiado tarde- que lo primero que debes elegir son los descartes, lo que no quieres ser, de modo que un día puedas vivir reconciliado con el hombre del espejo con el que finalmente te quedaste. La libertad a menudo depara soledad, intemperie sentimental, mediática o parlamentaria. La compañía da calor pero enajena la voluntad, a veces a inquilinos indeseables. Solo amamos lo que elegimos tener. Por eso la propiedad privada vence siempre al colectivismo: porque a la larga nadie quiere vivir sin amor. Lenin nunca amó y de ahí su réplica: libertad, para qué.

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Vuelve El bueno (Joan Baldoví), el feo (Aitor Esteban) y la mala (Nuria de Gispert) a La Linterna de COPE

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25 noviembre, 2017 · 11:25

Cuando el humo se disipe

15091224181931.jpgCuando el humo se disipe deberían quedar en pie algunas certezas distinguibles, de contornos nítidos, recortadas contra el polvo retórico que nos asfixia. Debería quedar en pie la diferencia entre el Gobierno y el Estado, y entre la formalidad democrática y la innegable emoción del nacionalpopulismo. Deberíamos también haber atisbado los límites de la política, que son tan anchos como los del amor, pues sólo limitan con lo penal. Cuando el humo se disipe habremos recordado por qué se representa a la diosa no con una balanza y una zanahoria, sino con una balanza y una espada, porque sin fuerza no hay justicia. Y habremos aprendido a desconfiar de la soberana voluntad de los niños, que desconocen la amargura por las plegarias atendidas, para reclamar los tratos entre hombres, a quienes las frustraciones enseñaron que la vida va en serio sin necesidad de tachar rayas en la pared de una celda.

Pero sobre todo deberíamos aprender a separar a los pueblos de los mesías que creen acaudillarlos, porque no hemos asistido a la caída de Cataluña sino a la de algunos catalanes demasiado decisivos. Los pueblos, queridos niños, no se independizan. Los pueblos no tienen derechos. Ellos no deciden pasar a sus plurales habitantes por la horma de una lengua o una etnia. Los pueblos no luchan, no desafían las leyes, no obedecen mandatos populares, no son el juguete de una dialéctica cósmica. Los pueblos no van a la cárcel, porque el derecho no contempla responsabilidades abstractas y colectivas sino concretas e individuales. Los pueblos no son libres, ni esclavos. Los pueblos, como mucho, figuran en los mapas, y porque hay cartógrafos que los dibujan. Es el hombre solo, empujado por móviles febriles, el que se revela en este histórico drama, que en el mejor de los casos es la obra de actores conscientes de sus actos e inconscientes de su destino, como escribió Raymond Aron a propósito de la guerra.

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30 octubre, 2017 · 10:10

El mito de la Transición

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Torcuato, el guionista, y Adolfo, el intérprete.

Hace tiempo que la Transición murió de éxito, pero aun después de muerta sigue reconciliando a los españoles. Sólo que ahora los reconcilia en el desprecio transversal a la difunta. El último consenso emanado del cuerpo insepulto de Santa Transición es un revisionismo impugnatorio que ejercen la izquierda adánica y la derecha matusalénica. Ambas rezongan que la Transición está mitificada, y llevan razón.

Para el podemita paranoide, el 78 fue un apaño elitista del que el pueblo estuvo excluido. Y es verdad, básicamente porque el pueblo, como sujeto histórico, no existe. La Historia la escriben individuos de gran determinación apoyados por grupos de fuerza muy concretos. El pueblo fue arrastrado a la Guerra Civil por ellos, y a la dictadura por ellos, y la Democracia por ellos. Lo que cambia es la catadura de las élites en cada momento, y todos tuvimos la suerte de que las élites de los 70 fueran más presentables que las de ahora. Nunca el establishment estuvo tan barato, queridos conspiradores. Así que la cursi reflexividad del sintagma «nos dimos una Constitución» es, efectivamente, un mito. Nos la dieron a votar, más bien, y por fortuna los españoles votaron lo que les convenía, a la vista del abismo de prosperidad que separa el país de entonces y el de hoy. Para el conservador pedernal, por su parte, el 78 fue una traición a las esencias espirituales de España. Pero su pérdida también es un mito: nuestro proverbial espíritu de contradicción goza de salud vigorosa en el Parlamento y en Twitter.

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21 noviembre, 2016 · 10:17

Libres e Iguales, Teatro Calderón, artículo 12

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Victoria Vera y yo, en el teatro Calderón.

[Reproducimos a continuación el texto que escribí para el acto en defensa del acuerdo constitucional que, convocado por Libres e Iguales, tuvo lugar del 21 de junio de 2016 en el teatro Calderón. Mi pareja constituyente fue Victoria Vera (V-), que interpretó conmigo lo que sigue, bajo una apoteósica y consensuada salva de aplausos]

AQUÍ, vídeo completo del acto

J- Título I. De los derechos y deberes fundamentales

V- Capítulo primero. De los españoles y los extranjeros

J- Artículo 12. Los españoles son mayores de edad a los dieciocho años. Damas y caballeros, urge reformar la Constitución ya solo por este artículo, a todas luces desfasado. La sociedad española ha cambiado y hoy la mayoría de edad, en el sentido kantiano de tan alta condición, no puede ya predicarse de los congéneres que han cumplido los 18 años.

V- Ni de muchos que tienen más, ya que estamos.

J- Kant identificó la mayoría de edad del hombre con la era ilustrada, es decir, con la primacía rectora de la razón universal sobre cualquier sentimentalidad identitaria, parcial, subjetiva. Sin embargo, hoy la razón está completamente desacreditada en nuestra vida pública. En tanto que la emoción más primaria, patrimonio como se sabe del adolescente a falta de otra claridad, cabalga contradicciones caminito del sorpasso, que como saben ustedes significa adelantamiento.

V- La razón es de paso lento, pero la niñez se caracteriza por la impaciencia, y hay niños con barba que no pueden esperar. Quieren el poder y lo quieren ya. Ya pensarán después.

J- Hay que reformar el artículo 12 de la Carta Magna, pero en el sentido opuesto al que reclamó, en esta ominosa y fugaz legislatura, una moción de Esquerra Republicana que contó con el apoyo entusiasta de Podemos e IU, el respaldo lerdo del PSOE, el sí efébico de Compromís y la afirmación vergonzante de Democracia, Andorra y Libertad, antigua Convergencia. Se trataba de una propuesta cosmética, pues no había ejecutivo que la aplicara. Pero el gesto enseña un cálculo y una rendición. El cálculo es desde luego astuto: Unidos Podemos sabe que es la primera fuerza de largo entre los menores de 40 años. Su popularidad entre los de 15 a 25 años ya resulta directamente propia de una Kardashian o un Justin Bieber.

V- Para qué trabajar un programa si puedes forrar una carpeta. Pero aparte del puro cálculo electoral, esta reivindicación de la izquierda pueril comporta una rendición: la de quien confía ya muy poco en su capacidad para seducir a mentes adultas y ha de conformarse con excitar los humores del parvulario. Lágrimas melancólicas llora la vieja, la genuina socialdemocracia.

J- Por todo ello pienso que el debate constituyente debería plantearse en torno a la conveniencia de elevar la edad del votante, no de rebajarla más. Si ahora dicen que los 30 son los nuevos 20, si las discotecas están llenas de canosos interesantes y tersas maduritas, si la ciencia estira la vida que es una barbaridad, ¿por qué la política no va a reconocer en la ley lo que ya es normal en la calle? Pongamos a los 20 años, señorías. Para entonces es posible que un español ya haya experimentado algún choque con la realidad:

V- Unos cuernos, una resaca histórica, un susto con la moto, un José Luis Rodríguez Zapatero, un Alexis Tsipras; una de esos serios avisos con que la vida nos concede la oportunidad de madurar.

 J- Y de votar con el cerebro, no con el intestino. Bromas aparte. No hay criatura más totalitaria que un niño. Un niño no entenderá la Constitución, ni mucho menos el crítico contexto en que hubo de tejerse. Un niño necesita catálogos con dibujitos, eslóganes de nana dulce, corazones y sonrisas. Yo no comprendo a esas casandras que nos avisan del suicidio demográfico.

V- En realidad el país se nos ha puesto perdido de infantes. Y no van a dejar vacante una sola plaza de guardería en el Estado. Todo lo cual solo nos deja una salida.

J- Damas y caballeros: pongámonos a hacer pedagogía.

La cortesía de Albert de Paco

Y en el Parnasillo esta semana el premiado Richard Ford, maestro de novelistas (y de periodistas deportivos)

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23 junio, 2016 · 14:14